miércoles, 8 de diciembre de 2021

Encarnación – Fiesta de la Inmaculada (Lc 1, 26-38)

 P. Carlos Cardó SJ

Patrocinio de la Virgen con Santos Jesuitas, anónimo de la Escuela Cusqueña (1670), colección privada

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La virgen se llamaba María.
Entró el ángel a donde ella estaba y le dijo: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo".  Al oír estas palabras, ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría decir semejante saludo.
El ángel le dijo: "No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y Él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin".
María le dijo entonces al ángel: "¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen?".
El ángel le contestó: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo, que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios".
María contestó: "Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho".
Y el ángel se retiró de su presencia.

En Adviento se sitúa la fiesta de la Inmaculada Concepción. Se nos presenta la figura de María como la Virgen fiel, atenta a la Palabra de Dios que se encarna en su seno, modelo de oración, vigilancia y espera. Es lo que se nos pide en adviento.

El Adviento da motivos muy válidos para la admiración, gratitud y amor que profesamos a la Madre de Dios. Conviene, pues, meditar en María de Adviento, que se prepara para la venida de su Hijo. Para toda mujer, el nacimiento de su hijo supone una fiesta extraordinaria, que cambia su vida para siempre; pero la espera del hijo es un tiempo excepcional, en el que se genera entre la madre y su hijo una intimidad verdaderamente indisociable. Por eso, si la Navidad es la fiesta que exalta la maternidad de María, el Adviento exalta la fe con que María acepta su vocación de madre del Redentor.

El texto de Lucas sobre la anunciación a María (Lc 1,26-38) refleja la alegría de Dios en su encuentro, por medio del ángel, con María, la llena de gracia…, bendita entre todas las mujeres”. Y esta alegría que Dios le transmite abre la espera de la virgen madre. En María, la humanidad acoge el ofrecimiento de salvación hecho por Dios. Dios ha hallado una madre que le haga nacer entre nosotros.

Todo en María ha sido predestinado por Dios con vistas al cumplimiento de su voluntad de revelarse a la humanidad y salvarla enviando a su Hijo al mundo. Dios ha querido encontrarse con ella desde su eternidad. El sueño de Dios en favor de sus hijos puede al fin realizarse. Y Dios viene, se incorpora en nuestra historia, sella su alianza con nosotros para siempre.

María acoge el plan de Dios con la actitud de obediencia propia de la fe. Pero esta obediencia lleva primero a remontar las dificultades del creer. María, como los grandes creyentes de la historia, no teme expresar ante su Dios su propio sentimiento de incapacidad frente al designio divino que trasciende toda humana razón: ¿cómo podrá ser esto si no tengo relación con ningún varón?

Y en virtud de esa misma fe confiada que le hace al mismo tiempo referir toda su existencia al Dios que todo lo puede, no duda en responder al anuncio: “Hágase en mí lo que has dicho”. En su respuesta halla eco el “Hágase” divino, por el que fueron creadas todas las cosas. Su acogida de la gracia anuncia la nueva creación. María pone a disposición del Padre su cuerpo virginal, para que su Hijo pueda tener un cuerpo humano por obra del Espíritu Santo, y se convierta en hermano nuestro. Lo imposible se hace posible. “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.

En la Encarnación María inicia un camino de fe, y ya toda su vida será un caminar en la “obediencia de la fe”, un continuo Adviento de esperanza en el silencio de la oración, en la oscuridad de la fe, en la sorpresa del misterio de Dios. María “conservaba todas estas cosas en su corazón”.

Santa María, Madre de Dios,
consérvame un corazón de niño,
puro y cristalino como una fuente.
Dame un corazón sencillo,
que no saboree las tristezas;
un corazón grande para entregarse,
tierno en la compasión;
un corazón fiel y generoso,
que no olvide ningún bien,
ni guarde rencor por ningún mal.
Forma en mí un corazón manso y humilde,
que ame sin reclamar agradecimiento,
gozoso al desaparecer en el corazón de tu divino Hijo;
un corazón grande e indomable,
que con ninguna ingratitud se cierre
y con ninguna indiferencia se canse;
un corazón apasionado por la gloria de Jesucristo,
herido por su amor,
con una herida que sólo se cure en el cielo Amén.

[Léonce de Gramaison S.J.]

martes, 7 de diciembre de 2021

La oveja perdida (Mt 18,12-14)

P. Carlos Cardó SJ

El buen pastor, óleo sobre lienzo de Henry Ossawa Tanner (1930), colección privada, Estados Unidos

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿acaso no deja las noventa y nueve en los montes, y se va a buscar a la que se le perdió? Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se le perdieron. De igual modo, el Padre celestial no quiere que se pierda uno solo de estos pequeños".

La metáfora del pastor que busca la oveja que se pierde, porque las otras noventa y nueve están bien, nos habla de la ternura de Dios Padre, que siente compasión y se duele de las ovejas de su pueblo, maltratadas y abandonadas por sus pastores. Dios reivindica para sí el título de pastor auténtico y lleno de cariño, y así quiso venir a nosotros históricamente en la persona de Jesús, buen pastor de la humanidad.

La parábola subraya el valor que tiene para Dios la vida de sus hijos e hijas y de manera especial su cercanía y misericordia para con los perdidos. Es, además, una defensa que hace Jesús de su propio compartimiento frente a los fariseos y doctores de la ley judía que lo criticaban por acercarse a pecadores públicos y publicanos y comer con ellos. Él dejará bien en claro que ha venido a buscar lo que está perdido y a salvarlo (Cf. Lc 19,10).

El salir en busca de la extraviada manifiesta la calidad del pastor, es cualidad típica de un pastor responsable (Cf. Ez 34,11-12.16; Jn 10, 11-12). Se supone que un pastor que ama a su rebaño tiene que reaccionar de esa manera. No puede perder ninguna de sus ovejas, porque le pertenecen y valen mucho para él. Y sale además a buscar a su oveja no porque sea la más grande ni porque la quiera más que a las otras noventa y nueve, pues las ama a todas por igual, sino porque no quiere que ninguna se le pierda.

Así nos ama Dios, nos hace ver Jesús. Su amor por nosotros es tan extraordinariamente pródigo, indulgente y desinteresado, que está dispuesto a hacer lo que sea necesario para rescatar para sí, porque le pertenece, a todo hijo o hija suya que necesite ser restablecido en su condición de hijo.

Jesús, por su parte, estará dispuesto a llevar su amor hasta el extremo de dar su vida por sus amigos. Si su amor no fuera así, si se quedase en dar a cada cual lo que se merece, excluir al que le da la espalda o castigar a quien se ha portado mal, podría quizá cumplir con la justicia humana reivindicativa, pero no sería Dios. La justicia divina se muestra perfecta en la misericordia.

“Nosotros conocemos el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1 Jn 4,16). Y no es que nos ame por nuestros méritos ni nos deje de amar por nuestros deméritos. Su amor es incondicional y gratuito. No nos ama porque lo merezcamos y su amor es anterior al que nosotros podamos tenerle. Tampoco necesita de nuestro amor.

“El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero, y envió a su Hijo como víctima por nuestros pecados” (1Jn 4, 10). El cristiano fundamenta sobre esta convicción su confianza básica, esa confianza sin la cual no es posible vivir humanamente ni construir una personalidad sana, valiosa, y benéfica para los demás. Sabe, por eso, que debe mostrar en su amor y entrega a los demás el amor que recibe, y se sabe capaz de amar: se ama a sí mismo porque siente amado, y Dios le ha enseñado que debe mostrarle su gratitud amando a los demás. “Si Dios nos amó así, también nosotros debemos amarnos unos a otros” (1Jn 4,11). 

lunes, 6 de diciembre de 2021

Curación del paralítico (Lc 5, 17-26)

 P. Carlos Cardó SJ

El paralítico, acuarela opaca sobre grafito en papel tejido gris de James Tissot (entre 1886 y 1894), Museo de Brooklyn, Nueva York

Un día Jesús estaba enseñando y estaban también sentados ahí algunos fariseos y doctores de la ley, venidos de todas las aldeas de Galilea, de Judea y de Jerusalén. El poder del Señor estaba con él para que hiciera curaciones.
Llegaron unos hombres que traían en una camilla a un paralítico y trataban de entrar, para colocarlo delante de él; pero como no encontraban por dónde meterlo a causa de la muchedumbre, subieron al techo y por entre las tejas lo descolgaron en la camilla y se lo pusieron delante a Jesús.
Cuando él vio la fe de aquellos hombres, dijo al paralítico: "Amigo mío, se te perdonan tus pecados".
Entonces los escribas y fariseos comenzaron a pensar: "¿Quién es este individuo que así blasfema? ¿Quién, sino sólo Dios, puede perdonar los pecados?".
Jesús, conociendo sus pensamientos, les replicó: "¿Qué están pensando? ¿Qué es más fácil decir: 'Se te perdonan tus pecados' o 'Levántate y anda'? Pues para que vean que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados -dijo entonces al paralítico-: Yo te lo mando: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa".
El paralítico se levantó inmediatamente, en presencia de todos, tomó la camilla donde había estado tendido y se fue a su casa glorificando a Dios. Todos quedaron atónitos y daban gloria a Dios, y llenos de temor, decían: "Hoy hemos visto maravillas".

San Lucas nos presenta a Jesús como el Salvador que continúa en la comunidad cristiana acogiendo y perdonando a todo el que lo busca con fe. Subraya, además, el hecho de que mientras los funcionarios de la religión –representados en los fariseos y doctores de le ley– no ofrecen una ayuda a la recuperación de la gente, porque se limitan a juzgar y condenar, Jesús emplea el poder de la misericordia divina para liberar a las personas y rehacerlas. El poder del Señor lo impulsaba a curar.

El poder que actúa en Jesús corresponde a la presencia en él del Espíritu que lo guía y conduce desde su bautismo en el Jordán y que lo ha ungido y enviado para anunciar la buena noticia a los pobres y sanar los corazones afligidos (Lc 4, 18; 6, 19). Es el poder de la misericordia que cura y perdona.

El perdón que sólo puede dar Dios y que Jesús, como Hijo del Hombre y enviado plenipotenciario de Dios, concede a los pecadores equivale a la salvación plena, que es la regeneración total de la persona para su participación en la vida divina.

El enfermo paralítico representa a todos aquellos a quienes el mal, en cualquier de sus formas, aprisiona, envilece o inmoviliza, dejándolos sin libertad para actuar por sí mismos, obrar de manera auténtica o conseguir lo que desean. Estos “paralíticos” tienen necesidad de otros que los ayuden a recobrar su libertad, y que en el relato son las personas buenas que cargan al enfermo con su camilla y “buscan cómo presentárselo a Jesús”.

Todos hemos tenido necesidad de estas mediaciones humanas de la gracia para nuestro encuentro con el Señor. La comunidad de la Iglesia, que anuncia el perdón y la misericordia, lleva con su fe a todos hacia la reconciliación y remisión de los pecados en Jesucristo. La comunidad es el camino abierto por Jesús para el encuentro con la misericordia que libera y salva. Sin la solidaridad, que mueve a hacerse cargo de la necesidad del hermano, no hay experiencia del Padre y de su amor. La Iglesia es el conjunto de todos aquellos que, habiendo sido tocados por la misericordia divina, se han hecho capaces de dar testimonio de ella, conduciendo a otros a la gracia que los ha curado.

Hombre, tus pecados te quedan perdonados. El pecado es una ruptura grave del tejido de relaciones que constituye a la persona humana. La descripción gráfica que hace del primer pecado el libro del Génesis (Gen 3) permite apreciar las consecuencias de esta ruptura. El hombre se aleja, lleno de temor y desconfianza. Deja de sentirse hijo y se distancia de quien es la fuente de su vida. Alienado, ajeno a sí mismo, a sus semejantes, a la naturaleza a él encomendada y a Dios, se siente invadido por el miedo a la muerte, por la culpabilidad que desgasta en la lamentación sin dar salida a la reparación y al cambio.

La palabra del perdón, que sólo Dios puede pronunciar, restablece a la persona en su relación con Dios, con los semejantes, consigo mismo y con la naturaleza. Por todo esto, la palabra del perdón es la cosa más difícil, según la lógica de Jesús en su respuesta a los maestros de la ley y a los fariseos del relato. La cosa más fácil, la curación física del paralítico, vendrá después como la garantía visible del poder de salvación que actúa en Jesús. Con este signo, conduce a la gente a apreciar el deseo y voluntad verdadera que tiene Dios para nosotros: dar vida, sanar, elevar, liberar al que se siente caído y oprimido. El Dios que ama la vida interviene para eliminar el mal hasta en sus ramificaciones más extremas, que son la enfermedad y la muerte.

El paralítico cargó su camilla a la vista de todos y se marchó alabando a Dios. La camilla, signo palpable de su desgraciada invalidez, echada ahora a su espalda es signo de su libertad y dignidad reconquistadas. La comunidad toma conciencia del papel que le corresponde en la recuperación de las personas, que las haga capaces de superar o integrar de maneras digna los males que les aquejan, para poder moverse con libertad.

domingo, 5 de diciembre de 2021

Homilía del II Domingo de Adviento – Juan Bautista figura del Adviento (Lc 3,1-6)

 P. Carlos Cardó SJ

En el año décimo quinto del reinado del César Tiberio, siendo Poncio Pilato procurador de Judea; Herodes, tetrarca de Galilea; su hermano Filipo, tetrarca de las regiones de Iturea y Traconítide; y Lisanias, tetrarca de Abilene; bajo el pontificado de los sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino la palabra de Dios en el desierto sobre Juan, hijo de Zacarías.

Entonces comenzó a recorrer toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de penitencia para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro de las predicciones del profeta Isaías:

“Ha resonado una voz en el desierto: Preparen el camino del Señor, hagan rectos sus senderos. Todo valle será rellenado, toda montaña y colina, rebajada; lo tortuoso se hará derecho, los caminos ásperos serán allanados y todos los hombres verán la salvación de Dios”.

El evangelio de hoy nos presenta otra de las figuras del Adviento: Juan Bautista, el precursor de Jesús. Es la persona bien dispuesta a acoger al Señor que viene; por eso es una síntesis viviente del Antiguo Testamento y manifiesta lo más característico del Israel fiel: la expectativa por el futuro de Dios que trae la liberación para quienes se vuelven a Él con un corazón bien dispuesto.

Dice Lucas que la palabra de Dios vino sobre Juan, el hijo de Zacarías en el desierto. Por lo que se sabe de él, Juan no siguió el camino del sacerdote Zacarías, su padre, sino que, movido por Dios, escogió el desierto para preparar el camino del Señor. El desierto tiene en la Biblia un gran significado.

Israel se formó en el éxodo por el desierto. Allí tuvo sus mayores experiencias de la cercanía providente de Dios y aprendió a superar dificultades, a sostener sus expectativas con esperanza, a compartir solidariamente el escaso alimento, a andar con la mirada puesta en el futuro de Dios. A partir de entonces, ir al desierto significa recordar que no tenemos aquí morada permanente, que siempre estamos en éxodo: forzados a salir constantemente de cuanto nos esclaviza, para dirigirnos a la libertad que la ley del Señor nos asegura.

Por eso, la liturgia cristiana del adviento hará del símbolo del desierto la expresión del deseo de abandonar lo que es vano o engañoso para hallar lo que es esencial en la vida, la verdad del propio ser y la verdad de Dios.

Lucas hace ver que la predicación de Juan Bautista en el desierto estaba inspirada en las enseñanzas de Isaías, el gran profeta del siglo VI a. C., que transmitió esperanza a su pueblo en una de sus peores épocas, la del destierro en Babilonia. Para este profeta, como para Juan, la salvación está llegando y alcanza al mundo entero, pero hay que prepararse para recibirla como quien construye un camino en el desierto, lo cual exige nivelar senderos, rellenar barrancos, rebajar montañas o colinas, enderezar y rectificar lo que está torcido o desnivelado.

Hoy siguen resonando esos verbos moviéndonos a reconocer que puede haber otros caminos, otros modos de vivir que el Señor quiere que vivamos. Y eso significa nivelar, rellenar, rebajar, enderezar y rectificar lo que sea necesario para que nuestro deseo de preparar la venida del Señor vaya acompañada de frutos reales de conversión.

No es fácil saber a qué debemos convertirnos o en qué debemos cambiar. Podemos estar tan a gusto donde estamos, que no percibimos que puede haber otros caminos, otros modos de vivir más conformes a la voluntad del Señor sobre nosotros. Tenemos miedo a salir de donde estamos y preguntarle al Señor: ¿Qué quieres que haga?

Él me dirá que convertirme puede significar ser más auténtico y consecuente con los valores que profeso. Puede significar cambiar de mentalidad, para dejar actitudes vanas y mundanas y asumir otras nuevas de caridad y justicia. Puede significar, en fin, cambiar mis sentimientos egocéntricos por sentimientos altruistas, y cultivar una mayor sensibilidad por el otro, en especial por el pobre y el que está en necesidad.

Juan anunció la venida salvadora del Mesías de Dios. Lo que aconteció en el país de los judíos, ahora alcanza a la vida de cada uno de nosotros. Nuestra actitud no puede ser otra que la conversión. El Señor viene con la salvación. La eucaristía es la prueba más inequívoca de ello. Miremos, como nos pide el evangelio, qué debemos elevar o abajar, enderezar o rectificar para vivir con mayor coherencia nuestra fe cristiana.