sábado, 4 de diciembre de 2021

Vocación de los Doce (Mateo 9,35-10,8)

 P. Carlos Cardó SJ

Jesús cura a los enfermos, óleo en papel montado en lienzo de Benjamín West (1794), colección privada de David Pleydell-Bouverie, Estados Unidos

En aquel tiempo, Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia. Al ver a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: "La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos".

Después, llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.
Les dijo: "Vayan en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente".

Comienza la lectura de hoy con un sumario de la actividad de Jesús: predicador itinerante, recorre ciudades y aldeas, enseña en las sinagogas y en el campo proclamando la buena noticia del Reino, cura las enfermedades del cuerpo y sana las heridas del espíritu.

Se destaca luego una de sus actitudes más características: su compasión. Mateo la describe con las mismas expresiones empleadas en el inicio de la multiplicación de los panes. Ese cuidado compasivo por los pobres, Jesús lo comunica a sus discípulos porque es hacia ellos, a los pobres, adonde los envía. La misión nace de la misericordia.

Jesús al ver a las gentes, sintió compasión de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor. El cuadro que Jesús ve es desolador: la mayor parte de la población era víctima de la injusticia, la enfermedad, la pobreza, la ignorancia. Esta atmósfera de sufrimiento y miseria le conmueve profundamente: Al ver Jesús a las gentes sintió compasión. El verbo griego es muy significativo, equivale a “se le enternecieron las entrañas”, “se le partió el corazón”. La misión de Jesús brota de su misericordia entrañable, de la compasión que siente ante la miseria material y espiritual.

A continuación, sigue el relato del llamamiento y misión de los Doce, comparada a la cosecha: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos”. Con esta alegoría Jesús subraya el hecho de que la misión no depende de la iniciativa de las personas sino de la voluntad de Dios. Él es el dueño de la mies, Él es quien escoge y llama a los trabajadores. La mies es la muchedumbre necesitada. Jesús necesita colaboradores.

Rueguen, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies. La misión se realiza con oración. Y la oración será eficaz, porque es el Señor de la mies quien se ha comprometido a salvarla. Es lo que se ha de pedir en la oración. Cada nueva vocación que se enrola en el trabajo de la mies de Cristo es una gracia y una respuesta a una gracia, un misterio que tiene su origen y explicación en la voluntad soberana del Señor.

Misión de Jesús, misión de los doce. Jesús se prolonga en el mundo por medio de sus discípulos, los de ayer y los de hoy: Como el Padre me ha enviado, así os envío yo (Jn 20,21). Los apóstoles son unos enviados, representantes de quien los envía; por eso reciben los mismos poderes que tenía Jesús: expulsar espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias; y el anuncio que hacen es idéntico al suyo: el Reino de Dios está cerca (Mt 4,17; 10,7).

Jesús elige a doce apóstoles. El número simboliza las doce tribus de Israel. El grupo de Jesús encarna al nuevo Israel. Es un grupo, por lo demás, bastante heterogéneo. De siete de ellos (Andrés, Felipe, Bartolomé, Tomás, Santiago Alfeo, Tadeo, y Simón el fanático) apenas sabemos nada. El primero del grupo es Simón, por su función de “piedra”, sobre la que el Señor edificará su Iglesia.

Siguen Santiago Zebedeo y su hermano Juan, denominados en el evangelio de Marcos “Boanerges” (hijos del trueno), es decir, “violentos”. El otro Simón es apodado el “cananeo” que significa partisano, subversivo que lucha contra el poder de los romanos. Del noveno de la lista, Leví, sabemos que era un recaudador de impuestos y, por tanto, colaboracionista con el poder romano. El último de la lista, Judas, tristemente célebre por ser el que traicionó a Jesús, es llamado el “Iscariote”, que significa probablemente “mentiroso” o es una transliteración del latín “sicario”, por pertenecer también a los zelotas que en las revueltas apuñalaban a los enemigos del pueblo.

Mucho tendría que trabajar Jesús hasta hacerles comprender su mensaje de amor, de renuncia a los privilegios y al poder, su doctrina de servicio hasta la muerte. No hay entre ellos sabios o fariseos, ni nobles saduceos de la casta sacerdotal de Jerusalén. No son cultos ni virtuosos cumplidores de la ley Son simples pescadores de Galilea, hombres comunes como cualquiera de nosotros.

Lo que les une es la experiencia que han tenido de la persona del Señor y el haber sido llamados por Él en su seguimiento. La convivencia entre ellos no debió ser fácil. ¿Cómo se sentirían viviendo juntos Pedro y Andrés con Leví el publicano, a quien le pagaban los impuestos en Cafarnaum? ¿Cómo sería el trato diario con violentos como Simón cananeo y el Iscariote? No todos son personas honorables, incluso resultan incompatibles entre sí. Gente diversa que mantendrá hasta el final su carácter personal.

Nosotros, tal vez, hubiéramos elegido otros colaboradores mejor preparados. No obstante, ellos estuvieron con Jesús en todas las circunstancias de su vida, vieron sus lágrimas por el amigo muerto, le observaron rezar a su Padre del cielo, conmoverse en sus entrañas ante la multitud hambrienta, alegrarse por sus triunfos apostólicos, estremecerse de angustia ante la inminencia de su propia muerte.

Poco a poco, ya no hubo secretos entre ellos y Él. "Yo no los llamo siervos sino amigos, porque un siervo no sabe lo que hace su señor" (Jn 15,15). La palabra fue calando en su interior. Y más tarde, cuando ya no recordasen al pie de la letra sus palabras, su modo de pensar y actuar habrá pasado a hacerse carne y sangre en ellos. Y aun cuando se encontrasen en situaciones nuevas, no vividas en su convivencia con Él, podían, sin embargo, decir con toda seguridad cómo se hubiese comportado Jesús en este caso preciso.

Tan identificados se sentirán los apóstoles con la persona y misión de Jesús que, llegado el momento, compartirán también su destino redentor, dando como Jesús su propia vida por la salvación de los hombres. 

viernes, 3 de diciembre de 2021

Curación de dos ciegos (Mt 9, 27-31)

P. Carlos Cardó SJ

Curación de los ciegos camino a Jericó, óleo sobre lienzo de Pieter Norbert van Reysschoot (Siglo XVIII), Iglesia de San Pedro, Gante, Bélgica

Cuando Jesús salía de Cafarnaúm, lo siguieron dos ciegos, que gritaban: "¡Hijo de David, compadécete de nosotros!".
Al entrar Jesús en la casa, se le acercaron los ciegos y Jesús les preguntó: "¿Creen que puedo hacerlo?".
Ellos le contestaron: "Sí, Señor".
Entonces les tocó los ojos, diciendo: "Que se haga en ustedes conforme a su fe". Y se les abrieron los ojos.
Jesús les advirtió severamente: "Que nadie lo sepa". Pero ellos, al salir, divulgaron su fama por toda la región.

En el evangelio, el descubrimiento del sentido de la vida se equipara al ver, que la fe hace posible. La vida se ilumina, se sabe dónde ir, a dónde dirigirse. Lo contrario es ceguera, vida sin norte. Como la resurrección, la fe hace pasar de la tiniebla a la luz. Despierta tú que duermes y te iluminará Cristo (Ef 5,14).

El relato de la curación de los dos ciegos invita a ver la realidad desde otra perspectiva, en su proyección trascendente, más allá de lo que se percibe con la simple visión física. La fe nos hace apreciar el valor de nuestra vida como Dios la ve, y orientarla hacia Él.

Lo seguían. Como los enfermos y excluidos, fiados de su poder liberador, y también como los discípulos que escucharon su llamada: Ven y sígueme. La atracción que ejerce Jesús genera un dinamismo de salir en su busca, tras Él. Y su seguimiento se sostiene gracias a la confianza que Él mismo inspira: Quien me sigue no camina en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida (Jn 8,12).

Los ciegos se dan cuenta de que no ven y de que su ceguera puede ser curada; es el inicio de la gracia, darse cuenta. Los fariseos, en cambio no admiten su falta de visión y pretenden enseñar a los demás; son ciegos que guían a otros ciegos.

Lo seguían gritando: Hijo de David, ten compasión. El anhelo de la fe es como un grito en la noche. Los ciegos atribuyen a Jesús un título mesiánico, que hace referencia al libertador que los judíos esperaban, un descendiente del rey David. Pero es interesante constatar que los ciegos se refieren a un Mesías que puede fijarse en ellos y curarlos porque es compasivo y misericordioso.

A continuación, Jesús y los que le siguen entran “en la casa”. Antes ha estado en casa de Jairo, magistrado judío, para devolverle la vida a su hija. Ahora no se dice a qué casa entra, pero puede ser la de Simón, que solía alojarlo en Cafarnaúm. En todo caso, “la casa” simboliza en los evangelios a la Iglesia, casa de los que siguen a Jesús, comunidad de hermanos en la fe. Allí, en la experiencia de la fraternidad se abre para todos la luz de la fe.

“Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos (1Jn 3,14). Y el signo que se realiza, la curación de los dos ciegos, se realiza desde la fe: Que se haga como han creído.

jueves, 2 de diciembre de 2021

Escuchar la palabra y llevarla a la práctica (Mt 7,21.24-27)

P. Carlos Cardó SJ

Casa de adobes, óleo sobre lienzo de Ezequiel Jiménez Rojas (1885), Sistema Nacional de Bibliotecas de Costa Rica

Jesús les dijo: "No todo el que me diga: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de Dios, sino el que haga la voluntad de mi Padre del cielo. Así pues, quien escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a un hombre prudente que construyó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, crecieron los ríos, soplaron los vientos y se abatieron sobre la casa; pero no se derrumbó, porque estaba cimentada sobre roca. Quien escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a un hombre sin juicio que construyó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, crecieron los ríos, soplaron los vientos, golpearon la casa y ésta se derrumbó. Y todo fue un gran desastre".

A sus oyentes, que escuchan sus enseñanzas pero no las ponen en práctica, Jesús les propone la parábola de dos hombres que construyen su casa de diferente manera. El primero, considerado “prudente”, edifica firmemente sobre roca, de modo que cuando vienen las tormentas, las crecidas de los ríos y los fuertes vientos, la casa resiste por sus buenos cimientos.

El segundo en cambio, es un “necio” que construye en un terreno arenoso, sin las debidas precauciones, y el resultado es lamentable porque la casa no soporta el embate de los fenómenos atmosféricos y se viene abajo. Los valores y enseñanzas de Jesús son el fundamento firme para una vida bien construida; no tenerlos en cuenta es echarla a perder, “desgracia grande”. 

En la predicación y, sobre todo, en el ejemplo de vida de Jesús se delinea una ética bien concreta, un modo recto de proceder, que vale tanto para los cristianos como para toda persona que aspire a forjarse una vida verdaderamente valiosa para sí y para los demás (Mt 28,19s).  

Jesús hace ver que para lograr este proyecto de vida es importante interiorizar los valores, asumirlos con el corazón, de lo contrario la persona no podrá actuar con convicción cuando esté sometida a la presión de los propios impulsos, sufra frustraciones o se vea envuelta por la multitud de “voces” que desde el exterior impactan en su conciencia y pugnan por dirigir su conducta.

Jesús no busca únicamente que la persona sepa cuál debe ser la recta ordenación moral de sus actos, sino que aprecie la validez de sus enseñanzas, ponga en ellas el afecto de su corazón (es decir, procure que movilicen su afectividad y sus sentimientos) de modo que la muevan desde su interior, y no como imposiciones externas. Esta persona sabrá discernir en cada circunstancia cuál ha de ser su modo de proceder y sabrá mantener un estilo de vida coherente y ejemplar.

En la actualidad ya no se cree –sobre todo entre los jóvenes– en doctrinas y discursos,  y se ha perdido confianza en las instituciones. Lo que convence es la coherencia y autenticidad de las personas, más que las declaraciones de principios. Y eso fue lo que Jesús demostró. No enseñó nada que primero él no lo cumpliera. Nadie halló engaño en su boca (1 Pe 2,22), buscó servir y no ser servido (Mt 20,28), y su integridad de vida fue tan patente, que hasta sus adversarios reconocieron ante él: Maestro, sabemos que eres sincero, que enseñas con verdad el camino de Dios y no te dejas influenciar por nadie, pues no te fijas en las apariencias de las personas (Mt 22,16).

Con razón pudo decir a sus discípulos, después de lavarles los pies –gesto que sintetiza lo más característico de su persona–: Ejemplo les he dado para que hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes” (Jn 13,15).

La parábola de los dos constructores interpela al lector, le induce a confrontarse con uno y otro para tomar conciencia de su realidad actual. Además, el ejemplo de la casa construida a prueba de adversidades naturales le mueve a pasar de la simple escucha de la palabra del evangelio a ponerla decididamente en práctica. A fin de cuentas, las fuerzas que se desencadenan contra la casa no son sólo las dificultades que uno puede encontrar en la vida, sino la prueba de la autenticidad o inautenticidad que se revelará al final de la existencia. 

miércoles, 1 de diciembre de 2021

Curaciones y segunda multiplicación de los panes (Mt 15, 29-37)

P. Carlos Cardó

Multiplicación de los panes, óleo sobre lienzo de Arturo Michelena (1897), Santa Capilla de Caracas, Venezuela

En aquel tiempo, llegó Jesús a la orilla del mar de Galilea, subió al monte y se sentó. Acudió a él mucha gente, que llevaba consigo tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros enfermos. Los tendieron a sus pies y él los curó. La gente se llenó de admiración, al ver que los lisiados estaban curados, que los ciegos veían, que los mudos hablaban y los tullidos caminaban; por lo que glorificaron al Dios de Israel.

Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: “Me da lástima esta gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. No quiero despedirlos en ayunas, porque pueden desmayarse en el camino”.

Los discípulos le preguntaron: “¿Dónde vamos a conseguir, en este lugar despoblado, panes suficientes para saciar a tal muchedumbre?”.

Jesús les preguntó: “¿Cuántos panes tienen?”.

Ellos contestaron: “Siete, y unos cuantos pescados”.

Después de ordenar a la gente que se sentara en el suelo, Jesús tomó los siete panes y los pescados, y habiendo dado gracias a Dios, los partió y los fue entregando a los discípulos, y los discípulos a la gente.

Todos comieron hasta saciarse, y llenaron siete canastos con los pedazos que habían sobrado.

El texto es muy similar al de la primera multiplicación de los panes de Mt 14, 13-21. Después de un breve sumario de las curaciones que Jesús realiza, (v. 30s) sigue un diálogo con los discípulos (v. 32-34) y luego el milagro de los panes (v. 35-38). Se distingue con más exactitud el lugar geográfico –en un monte a orillas del lago de Galilea–, pero todo lo demás recuerda lo que se ha leído antes en la primera multiplicación de los panes. Las repeticiones y evocaciones de hechos memorables son un recurso literario de los evangelios.

En este relato los discípulos no van a decirle a Jesús que despida a la gente para que busquen qué comer porque ya es tarde. Jesús mismo siente lástima de la multitud porque le siguen desde hace tres días, no tienen qué comer y no puede despedirlos en ayunas, porque podrían desfallecer en el camino. Se resalta la misericordia característica de Jesús, con que hace suya la necesidad ajena y mueve a los suyos a buscar una solución. La misericordia, en efecto, no es un simple sentimiento o una mirada compasiva ante la dolencia del prójimo. Ella promueve de inmediato el movimiento de la solidaridad para remediarla.

La ubicación de Jesús en el monte es un detalle significativo. En la Biblia, es lugar de cercanía con Dios. En el Sinaí Moisés hablaba con el Señor cara a cara, como un amigo con su amigo (Ex 33, 11). El monte aparece a menudo en la vida de Jesús. En el monte de las bienaventuranzas proclamó lo más central de su mensaje (Mt 5, 1). En un monte se va a transfigurar ante sus discípulos (Mt 17, 1-3). Y en el monte Calvario será elevado en una cruz para la salvación del mundo.

Acercarse a Jesús es acceder a la máxima revelación de Dios, que actúa en Él como misericordia, amor que salva. De ese modo queda subrayado el sentido básico del milagro de los panes: realmente, Jesús sacia el hambre de su pueblo y hace ver que por ser Dios amor misericordioso, Él no puede desentenderse del hambre de la multitud.

El contenido eucarístico de la primera multiplicación de los panes se reproduce en la segunda. Van unidos el pan y el pescado, pues ambos elementos representaban para los primeros cristianos el misterio eucarístico, como puede verse en el arte paleocristiano, concretamente en las catacumbas.

Las palabras de Jesús sobre los panes: pronunció la bendición, los partió y se los dio, evocaban indudablemente a sus lectores la celebración de la cena del Señor. La comunidad advirtió que el Jesús que dio de comer a la multitud, les dio a ellos a comer su cuerpo en la última cena y mandó realizar esa misma acción como el memorial de su entrega para la vida del mundo.

El relato concluye como en el capítulo 14. Jesús despide a la multitud, sube a una barca y se dirige, esta vez, a la región de Magadán, lugar desconocido, que muchos suponen que es Magdala (o la ciudad de Maquedá mencionada en Josué, 15, 37).

Jesús sigue acompañando a su pueblo con los mismos sentimientos que tuvo ante las multitudes hambrientas de Galilea. Su presencia es tan real y concreta como la de quien da de comer. El grupo de los suyos, reunidos por Él en torno a la mesa de su pan compartido, asumen sus mismos sentimientos solidarios y los de sus hermanos y hermanas carentes de pan. La mesa común de la comunidad da a sus vidas el significado del pan, cuya razón de ser no es guardarse sino compartirse. Se realiza así en ellos la presencia viva del Señor, la eucaristía perfecta en el quehacer cotidiano en favor de los demás.