lunes, 21 de septiembre de 2026

Vocación de Leví y comida con pecadores (Mt 9, 9-13)

 P. Carlos Cardó SJ 

Llamamiento a Mateo, témpera sobre tela de Mateo Carpaccio (1502), iglesia de San Giorgio degli Schiavoni, Venecia, Italia

Jesús, al irse de allí, vio a un hombre llamado Mateo en su puesto de cobrador de impuestos, y le dijo: «Sígueme.»
Mateo se levantó y lo siguió. Como Jesús estaba comiendo en casa de Mateo, un buen número de cobradores de impuestos y otra gente pecadora vinieron a sentarse a la mesa con Jesús y sus discípulos.
Los fariseos, al ver esto, decían a los discípulos: «¿Cómo es que su Maestro come con cobradores de impuestos y pecadores?».
Jesús los oyó y dijo: «No es la gente sana la que necesita médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan lo que significa esta palabra de Dios: Me gusta la misericordia más que las ofrendas. Pues no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores». 

Tres temas importantes de la tradición cristiana aparecen unidos en un solo relato: el llamamiento de Mateo publicano (llamado Leví en Mc 9,14 y en Lc 5,27), la comida de Jesús con gente de mal vivir, y la frase que sintetiza la misión para la que ha sido enviado: No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores. 

Mateo (o Leví) ejercía un oficio despreciable: era cobrador de los impuestos (sobre el suelo y per capita) que los romanos obligaban a pagar a los pueblos dominados. Los funcionarios del Estado encargados de ello solían arrendar sus mesas al mejor postor y, generalmente eran los publicanos los que las obtenían por las ganancias que les reportaban. Se valían de artimañas para explotar al público, alteraban las tarifas oficiales, adelantaban el dinero a quienes no podían pagar, para después cobrárselo con usura. Por eso, pero sobre todo porque colaboraban con los romanos, eran tenidos por traidores y ladrones, no poseían derechos civiles entre los judíos y la gente los evitaba. 

Jesús ve las cosas de otra manera, él trae consigo la misericordia que extrae el bien de todas las formas de mal y regenera al que no tiene quien le ayude a cambiar. Pasa delante de Mateo, lo ve y le dice: Sígueme, sin más, sin siquiera esperar su cambio de profesión y, sobre todo, la reparación que debía hacer y consistía en restituir la cantidad defraudada, aumentada en una quinta parte. Pero ¿cómo puede saber Mateo a quién ha robado todo? Ciertamente ni él ni los allí presentes se lo esperaban. Y por eso, sin más trámite, se levantó y lo siguió; es decir, inició un camino de transformación que hará de él una persona nueva. 

A continuación, Jesús realizó un gesto público que debió resultar tanto o más chocante porque al no dudar en irse a comer con Mateo y permitir que tomaran parte también en la mesa muchos recaudadores de impuestos y pecadores públicos, estaba realizando una acción atrevida, provocadora desde el punto de vista religioso. Era un signo profético, con el que Jesús venía a declarar que la comunión de mesa del banquete del reino de los cielos no estaba reservada únicamente a los justos cumplidores de la ley y miembros de la raza escogida, sino que está abierta también a los excluidos, a los despreciados, a los no practicantes, incluso a los traidores porque el Dios que obra en Jesús a nadie excluye, y está dispuesto a perdonar a quienes más necesitan de su misericordia. Ellos son los primeros receptores de su amor, que transforma sus vidas y los hace personas nuevas. 

En consecuencia, en la comunidad cristiana no puede haber discriminaciones ni exclusiones. La frase de Jesús condensa la manera como él ve su misión recibida del Padre y hace tomar conciencia a los cristianos de que ellos, los primeros, son los pecadores que han sido tocados por la misericordia de Dios y han sido llamados a su servicio. No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores. Es un tema central en la predicación de Jesús y se puede ver en sus parábolas del hijo pródigo, de los viñadores homicidas, de los invitados a las bodas... 

Cada miembro de la comunidad cristiana puede verse en Mateo, o entre los pecadores invitados a la mesa de Jesús. Cada uno puede sentirse objeto de misericordia, acogido a la mesa. También puede sentirse llamado a aprender qué quiere decir: misericordia quiero y no sacrificios. Lo que espera Dios de nosotros son gestos solidaridad y misericordia, más que actos religiosos externos. Jesús da ejemplo, poniéndose a la mesa con pecadores, cumple la voluntad divina de buscar a esa gente y ofrecer a todos la posibilidad de rehabilitarse. 

Y esto es lo más importante del pasaje evangélico: la nueva imagen y experiencia de Dios que Jesús revela y transmite en contraposición con la idea de Dios discriminador que transmitían los rabinos fariseos. Jesús revela a un Dios que muestra su grandeza y su amor salvador como misericordia, no quiere que nadie se pierda y a todos acoge porque es padre. Jesús aparece no sólo como maestro de misericordia sino como encarnación misma del amor misericordioso que es la esencia de Dios. Su comunidad, por tanto, no puede ser otra cosa que un espacio acogedor y fraterno en el que se refleje el rostro del Dios de Jesús.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Domingo XXV del Tiempo Ordinario - Los trabajadores de la viña (Mt 20,1-16)

 P. Carlos Cardó SJ 

Parábola de los trabajadores en la viña, óleo sobre lienzo de Salomon Koninck (siglo XVII), Museo del Hermitage, San Petersburgo, Rusia

Jesús les dijo: Aprendan algo del Reino de los Cielos. Un propietario salió de madrugada a contratar trabajadores para su viña. Se puso de acuerdo con ellos para pagarles una moneda de plata al día, y los envió a su viña.
Salió de nuevo hacia las nueve de la mañana, y al ver en la plaza a otros que estaban desocupados, les dijo: «Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo». Y fueron a trabajar.
Salió otra vez al mediodía, y luego a las tres de la tarde, e hizo lo mismo. Ya era la última hora del día, la undécima, cuando salió otra vez y vio a otros que estaban allí parados. Les preguntó: «¿Por qué se han quedado todo el día sin hacer nada?».
Contestaron ellos: «Porque nadie nos ha contratado».
Y les dijo: «Vayan también ustedes a trabajar en mi viña».
Al anochecer, dijo el dueño de la viña a su mayordomo: «Llama a los trabajadores y págales su jornal, empezando por los últimos y terminando por los primeros».
Vinieron los que habían ido a trabajar a última hora, y cada uno recibió un denario (una moneda de plata). Cuando llegó el turno a los primeros, pensaron que iban a recibir más, pero también recibieron cada uno un denario. Por eso, mientras se les pagaba, protestaban contra el propietario. Decían: «Estos últimos apenas trabajaron una hora, y los consideras igual que a nosotros, que hemos aguantado el día entero y soportado lo más pesado del calor».
El dueño contestó a uno de ellos: «Amigo, yo no he sido injusto contigo. ¿No acordamos en un denario al día? Toma lo que te corresponde y márchate. Yo quiero dar al último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a llevar mis cosas de la manera que quiero? ¿O será porque soy generoso, y tú envidioso?».
Así sucederá: «los últimos serán primeros, y los primeros serán últimos.» 

Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos. De ninguna manera esta frase alienta la incompetencia y la mediocridad. Los talentos que Dios da hay que hacerlos producir. Procurar mejorar en todo, perfeccionarse en los estudios, progresar profesionalmente, es lo que toda persona debe hacer por su propio bien y el de la sociedad. Pero si la motivación para lograrlo no es la de servir mejor, sino únicamente el lucro, la autocomplacencia y el provecho egoísta, desde el punto de vista cristiano eso no sirve para nada. Lo dice San Pablo: Ya puedo yo hablar las lenguas de hombres y de los ángeles, pero si no tengo amor soy como un bronce que suena o unos platillos que hacen ruido (1Cor 13,1); en otras palabras, ya puedo ser un triunfador según el mundo pero si no actúo por amor no merezco ninguna alabanza. 

La parábola es sencilla, el dueño de la viña, que representa al Padre del cielo, contrata a toda clase de obreros y a todos les paga un mismo jornal. Unos van a trabajar a primera hora, otros al mediodía y otros cuando la jornada ya concluye; cada uno cuando lo llama el Señor. A todos, en el tiempo propicio, cuando el Señor así lo dispone, nos toca la gracia. 

Jesús toma distancia de la justicia humana, que a veces puede ser parcial y deficiente. El “dar a cada uno lo suyo” puede fomentar las desigualdades cuando exigimos desde nuestros derechos adquiridos, buscando incrementar lo que ya tenemos, sin pensar primero en asegurar las necesidades más urgentes que otros padecen. La justicia de Jesús es de otro orden: para él, los últimos han de ser tratados como los primeros. La caridad y la misericordia coronan la justicia. Dios no se rige tanto por la justicia del derecho sino por la gracia. 

Sin darnos cuenta podemos trasladar a nuestra relación con Dios la lógica contable y lucrativa que rige los intercambios económicos. La relación con Dios no se basa en inversiones y ganancias, méritos y recompensas. Dios es amor gratuito y sobrea­bundante. Y su modo de obrar nos debe mover a ser agradecidos y desinteresados. Querer llevar una vida recta y hacer obras buenas para asegurarnos un premio aquí o en el más allá, es obrar como los primeros trabajadores de la viña que se quejan de que los últimos reciban igual salario; ellos quieren recibir más por sus méritos propios, no por gracia del Señor. No han conocido la justicia del reino, no han aprendido la lección de la gratuidad, núcleo central del amor. 

Así se portó Jonás cuando vio que Dios perdonaba a los habitantes de Nínive, que él creía merecedores de castigo. Así se portó también el hijo mayor que se quejó contra su padre porque mandó celebrar un banquete por el regreso del hijo pródigo. Lo mismo ocurría en la primitiva Iglesia con los cristianos procedentes del judaísmo que se quejaban porque los venidos del paganismo tenían en la Iglesia igual rango y derechos que ellos. Jesús mismo tuvo que enfrentar esta dificultad: los judíos no podían comprender que Dios ofreciera el don de la salvación a judíos y no judíos. Por eso declaró: Les digo que muchos vendrán de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos. Mientras que los ciudadanos del reino serán expulsados a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el crujir de dientes. (Mt 8,11-12). 

Realidad actual: muchos por el cargo que ocupan o por las buenas obras que practican adquieren relevancia y se creen superiores. Ante Dios no podemos esgrimir derechos ni exhibir méritos, los que consideramos “últimos” pueden estar delante de nosotros ante Dios. Seguir a Jesús pobre y humilde, venido no a que lo sirvan sino a servir, significa superar todo espíritu de rivalidad y codicia, desterrar todo “exclusivismo”, alegrarse con el éxito y cua­lidades de los demás, admitir con gozo que otros sean favorecidos por el Señor, que ama a todos sin distinción y gratuitamente, es decir, sin esperar nada a cambio.

sábado, 19 de septiembre de 2026

La parábola de la semilla (Lc 8, 4-15)

 P. Carlos Cardó SJ 

Satán sembrando cizaña, pincel y tinta marrón sobre boceto en tinta roja de Domenico Fetti (primer cuarto del siglo XVII), Museo del Hermitage, San Petersburgo, Rusia

Juntándose una gran multitud, y los que de cada ciudad venían a él, les dijo esta parábola:
El sembrador salió a sembrar su semilla; y mientras sembraba, una parte cayó junto al camino, la pisotearon, y las aves del cielo la comieron.
Otra parte cayó sobre la piedra; brotó, pero luego se secó, porque no tenía humedad.
Otra parte cayó entre espinos, y los espinos que nacieron junto con ella, la ahogaron.
Y otra parte cayó en buena tierra, y nació, creció y produjo fruto a ciento por uno. Al terminar, Jesús exclamó: El que tenga oídos para oír, que oiga.
Y sus discípulos le preguntaron qué significaba esa parábola.
Y él dijo: «A ustedes se les concede conocer los misterios del Reino de Dios, mientras que a los demás les llega en parábolas. Así, pues, mirando no ven y oyendo no comprenden».

Esta es, pues, la parábola: La semilla es la palabra de Dios.
Y los que están junto al camino son los que oyen, y luego viene el diablo y quita de su corazón la palabra, para que no crean y se salven.
La que cayó sobre la piedra son los que habiendo oído, reciben la palabra con gozo; pero éstos no tienen raíces; creen por algún tiempo, y en el tiempo de la prueba se apartan.
La que cayó entre espinos, éstos son los que oyen, pero yéndose, son ahogados por los afanes y las riquezas y los placeres de la vida, y no producen fruto.
Pero la que cayó en buena tierra, éstos son los que con corazón bueno y recto retienen la palabra oída, y dan fruto con perseverancia.
 

Lucas presenta la parábola de la semilla en forma más concisa y fluida que Marcos y Mateo, pero subrayando algunos elementos que combinan mejor con el conjunto de su obra y responden a las necesidades de la comunidad a la que escribe su evangelio. 

Jesús anuncia su mensaje a todos, la gente que le escucha viene de todas partes. De igual manera, el sembrador esparce en todas partes su semilla, sin escoger los terrenos donde pueda caer. Esto significa que buena parte de la semilla puede caer inútilmente en tierras que no son aptas porque están llenas de obstáculos o no están preparadas, y se secará sin dar fruto. Pero el sembrador trabaja con esperanza porque sabe que habrá un tierra buena en la que el fruto podrá llegar a ser hasta de cien por uno. En este sentido, la parábola transmite una visión positiva que debe alentar a los cristianos en su labor de anuncio del evangelio, frente al aparente fracaso que pueden ver en su obra. Al mismo tiempo contiene una exhortación a todos los creyentes para que se conviertan y lleguen a ser terreno bueno, acogiendo el mensaje cristiano con corazón noble y generoso, y manteniéndose firmes y perseverantes. 

Jesús hace ver a sus discípulos que el anuncio de la palabra, es decir, la revelación de los misterios del reino, supone una actitud de escucha, acogida y adhesión interior para que sea eficaz. En eso consiste el conocimiento que Dios les concede, no por su capacidad o cualidades personales, sino por pura iniciativa suya: A ustedes se les concede conocer los misterios de su reino; pero a los demás se les habla en parábolas. Más adelante Jesús los llamará dichosos porque ven lo que ni los profetas ni los reyes pudieron ver (Cf. Lc 10, 23-24; 12, 32). 

Este don recibido de lo alto no es para guardárselo simplemente como un bien particular y privado; trae consigo la responsabilidad de conformar la propia vida con el mensaje que han escuchado y difundirlo por todas partes. A nadie niega el Señor el don de su mensaje de salvación –a todas partes llega su pregón y hasta los confines del orbe sus palabras (Sal 19,5) –, pero el resultado dependerá de que quienes lo escuchen, tanto los discípulos como “los demás” respondan de la mejor manera. Estos últimos, que representan al pueblo de Israel, y “los otros” en general tienen siempre abierta la posibilidad de convertirse, es decir, de dejar de mirar sin ver y escuchar sin comprender. 

¿Por qué unos ven y entienden y otros no? Es la cuestión de fondo, que probablemente preocupaba a la comunidad cristiana a la que Lucas dirige su obra. ¿A qué se debe que la misión evangelizadora no tenga éxito o se produzcan deserciones o haya cristianos que no llegan a madurar? La parábola responde por medio de la alegoría de los diversos tipos de tierras, que aluden a los diversos obstáculos, dificultades y riesgos que encuentra el anuncio del evangelio. 

El primer tipo de tierra corresponde a los que no acogen con fe el anuncio de la palabra. Ocurre en ellos lo que a la semilla que cae al borde de camino. El mensaje no cala en ellos, no porque no les haya llegado, sino porque se ven afectados por influjos diametralmente opuestos que les llegan de fuera. Así, la semilla no puede arraigar en ellos, apenas los roza y es arrancada de sus corazones. 

Los que desertan en el momento de la prueba se equiparan a la semilla que cayó en terreno pedregoso. Tienen fe pero por poco tiempo. Falla la perseverancia, sobre todo en la adversidad. Pusilánimes o superficiales, abrazan el mensaje cristiano, pero mientras les conviene para sus propios intereses y su comodidad personal. 

Los que escuchan la palabra, pero no llegan a madurar, son los que abren el corazón al mensaje, pero las preocupaciones de la vida diaria, las riquezas y los placeres ahogan su actitud de escucha, impidiéndoles alcanzar la madurez cristiana. 

Finalmente viene la tierra buena, el tipo de oyentes de la palabra en quienes el anuncio del evangelio produce las más valiosas reacciones del ser humano: nobleza de espíritu, generosidad y coherencia plena. Son los que conservan la palabra en su corazón y no interrumpen su crecimiento, son perseverantes hasta producir un fruto abundante. En este grupo, la palabra de Dios logra su cometido: el ciento por uno. El secreto es la perseverancia y la constancia, distintivo de las personas justas.

viernes, 18 de septiembre de 2026

No teman, pequeño rebaño (Lc 12, 32-34)

 P. Carlos Cardó SJ 

El buen pastor, ilustración de Eugene Burnand publicada en Les Paraboles, de los editores franceses Berger y Levrault (1908)

No temas, pequeño rebaño, porque al Padre de ustedes le agradó darles el Reino. Vendan lo que tienen y repártanlo en limosnas. Háganse junto a Dios bolsas que no se rompen de viejas y reservas que no se acaban; allí no llega el ladrón, y no hay polilla que destroce. Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón. 

No teman, repite Jesús con frecuencia en el evangelio. El miedo se opone a la fe, cuya raíz esencial es la confianza. El amor perfecto destierra el temor, porque el temor supone castigo, y el que teme no ha logrado la perfección en el amor. (1Jn 4, 18). El llamado “temor de Dios”, que según la Biblia es inicio de la sabiduría (Prov 1,7), no se debe confundir con el miedo que es una reacción instintiva ante una amenaza; temor de Dios es sinónimo de respeto y reverencia, es aceptación de su paternidad y de su señorío en todo, y va unido a la confianza filial, por eso: ¡Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos! (Sal 128, 1). A ése, el Señor lo bendice con toda abundancia de bienes y su existencia transcurre segura. 

Con verdadero afecto, Jesús llama a sus discípulos pequeño rebaño. Es el buen pastor que ama a sus ovejas, las conoce y ellas le siguen; más aún, nadie se las arrebatará (cf. Jn 10, 27-28). Ese pequeño grupo constituye el germen del que brotará la Iglesia de Cristo que, a su vez, será también pequeño rebaño, sin pretensiones de grandeza. Sólo así, si no se deja contagiar del poder de los grandes de este mundo, confiará siempre en su Señor, que la ama y la cuida con cariño como un esposo a su esposa (Ef, 5, 29) 

En otra ocasión Jesús se alegró porque su Padre había revelado los misterios de su reino a sus discípulos y a la gente sencilla (Cf. Lc 10, 21). Ahora expresa una mayor satisfacción porque siente que la paternidad solícita de Dios, que conoce a cada uno de los que él le ha dado, ha querido darles el reino. El Padre tiene un plan que debe cumplirse: otorgar el don de su reino a la comunidad de los discípulos de Jesús (de todos los tiempos), aunque sea pequeña, amenazada e indefensa como un pequeño rebaño. Pero, este don tienen que hacerlo ver los discípulos mediante su disposición pronta para compartir lo que tienen con los necesitados. Así se implanta el reino del Padre. Por eso Jesús añade: Vendan lo que tienen y den limosna. Acumulen aquello que no pierde valor, tesoros inagotables en el cielo, donde ni el ladrón ronda ni la polilla destruye. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón. 

No es una exhortación a despreciar los bienes como si fueran malos o a descuidar el dinero. Lo que Jesús propone es un estilo de vida, caracterizado por la superación del ansia de posesión y por la esperanza en los bienes del reino, que significan la realización plena del ser humano y promueve en la tierra el fomento de la justicia. Para tener el corazón puesto en Dios, que es el tesoro verdadero, la persona deja de pensar sólo en sí misma, se abre al compartir fraterno y se muestra capaz de hacer uso de los bienes con la libertad de poder usarlos o dejarlos cuando convenga. Es no vivir para el dinero ni poner toda la seguridad en él. La verdadera riqueza no es lo que uno tiene, sino lo que comparte. Eso significa acumular bienes en el cielo, es decir, ponerlo todo en Dios y su reino, que es el verdadero tesoro. 

La palabra limosna no aparece en el Antiguo Testamento, pero el atender al extranjero, al huérfano y a la viuda (Dt 24,19) era una ley sagrada ordenada por Dios a Israel: no endurecerás tu corazón ni cerrarás la mano a tu hermano pobre, sino que le abrirás tu mano y le darás lo que necesite (Dt 15, 7; cf., 8, 11; 26, 12; Lv 25, 35). Cristo exhortó a la práctica de la limosna, pero advirtió que no se debía realizar con ostentación buscando la alabanza de la gente (Cf. Mt 6, 2-4). En la Biblia, la limosna es expresión de justicia. Equivale a darle al otro lo que necesita para poder vivir. Porque todos somos hermanos, no es justo que uno posea y el otro desfallezca en la miseria. Es justicia distributiva. Para hacerla eficaz y para que se cumpla el plan del Creador, que hizo todos los bienes para sirvieran para el sustento de todos, la limosna adquiere el carácter de la cooperación nacional e internacional, del subsidio a las obras de beneficencia, de solidaridad con los damnificados por calamidades, de inversiones para el fomento de la educación y la salud de los menos favorecidos en la sociedad. Hay múltiples maneras de practicar la limosna.  Hay muchas maneras de ser justo según el evangelio, con la justicia mayor (el camino más excelente, de 1Cor 12, 31), que encuentra su perfección en la misericordia y promueve la fraternidad.

jueves, 17 de septiembre de 2026

La pecadora perdonada (Lc 7, 36-50)

P. Carlos Cardó SJ 

Cristo en casa del fariseo, mosaico de Firs Sergeevich Zhuravlev (1900), Catedral de la Resurrección de Cristo, San Petersburgo, Rusia

Un fariseo invitó a Jesús a comer. Entró en casa del fariseo y se reclinó en el sofá para comer. En aquel pueblo había una mujer conocida como una pecadora; al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, tomó un frasco de perfume, se colocó detrás de él, a sus pies, y se puso a llorar. Sus lágrimas empezaron a regar los pies de Jesús y ella trató de secarlos con su cabello. Luego le besaba los pies y derramaba sobre ellos el perfume.
Al ver esto el fariseo que lo había invitado, se dijo interiormente: «Si este hombre fuera profeta, sabría que la mujer que lo está tocando es una pecadora, conocería a la mujer y lo que vale».
Pero Jesús, tomando la palabra, le dijo: «Simón, tengo algo que decirte».
Simón contestó: «Habla, Maestro».
Y Jesús le dijo: «Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientas monedas y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagarle, les perdonó la deuda a ambos. ¿Cuál de los dos lo querrá más?».
Simón le contestó: «Pienso que aquel a quien le perdonó más».
Y Jesús le dijo: «Has juzgado bien».
Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Cuando entré en tu casa, no me ofreciste agua para los pies, mientras que ella me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha secado con sus cabellos. Tú no me has recibido con un beso, pero ella, desde que entró, no ha dejado de cubrirme los pies de besos. Tú no me ungiste la cabeza con aceite; ella, en cambio, ha derramado perfume sobre mis pies. Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le quedan perdonados, por el mucho amor que ha manifestado. En cambio, aquel al que se le perdona poco, demuestra poco amor».
Jesús dijo después a la mujer: «Tus pecados te quedan perdonados». Y los que estaban con él a la mesa empezaron a pensar: «¿Así que ahora pretende perdonar pecados?».
Pero de nuevo Jesús se dirigió a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz».

La casa puede simbolizar a la Iglesia que reúne a justos y pecadores, o a sus miembros e instituciones que pueden también acoger a Jesús con la frialdad del fariseo Simón. Ella y cada uno de nosotros necesitamos la enseñanza acerca del perdón y del mayor amor. 

Una mujer se acerca. Eso solo era ya un hecho que podía parecer desconcertante, inconveniente, hasta escandaloso en la cultura judía de entonces. Sin identidad propia, se la conoce como pecadora pública. Prostituta, vende su cuerpo por dinero. A nadie le interesan las tribulaciones, carencias y vacíos que la marcaron desde la infancia, ni la desesperada situación económica que la arrastra a vender su cuerpo. Para el mundo es una perdida. Para los judíos, una impura, excluida. Para Jesús, una oveja herida que reclama su amor comprensivo y solícito. Jesús revela a un Dios que busca lo perdido. Por eso dirá repetidas veces: Yo no he venido a buscar a justos sino a pecadores… 

Frente a ella se sitúa el fariseo Simón, que ha invitado a Jesús. Probablemente se le tiene por hombre probo y nadie advierte (o no quieren advertir) que también él es un pecador que peca de prostitución porque prostituye la religión: ofrece buenas obras, rezos, acciones de culto, para ganarse la benevolencia de Dios. Intenta comprarlo con las obras de la ley. Vive en la presunción de la propia justicia. Conoce sólo el mérito, no reconoce la deuda que tiene contraída y el amor con que se alcanza el perdón. Quiere merecer el amor de Dios. No sabe que el amor es gratuito. 

Pero a ambos ama el Señor. A ambos invita a abrirse a la misericordia. 

En el fariseo hay extrañeza, desdén, escándalo. En la mujer, hay determinación, generosidad, ternura. En Jesús, complacencia, agrado, alegría y aprobación plena por ella. 

La mujer se presentó con un vaso de alabastro lleno de perfume para honrar a Jesús. Por su parte Jesús, que siempre aparece como el que da, ahora aparece recibiendo: alguien le da algo, una mujer que se siente libre para agradecer el amor que el Señor le ha demostrado en su vida. 

La mujer llora y humedece los pies del Señor con sus lágrimas. Se puede pensar que es por el remordimiento de la vida que ha llevado. Pero hay algo más en su forma de llorar. Su llanto es apacible, sereno, consolador, casi llanto de alegría; es llanto de amor por Jesús. 

Y el fariseo se escandaliza. Pero no le escandaliza que esa mujer actúe así, sino que el Maestro lo consienta y lo apruebe. 

Jesús, entonces, propone a Simón la parábola de los dos deudores. Todos somos deudores de Dios: mi vida, mis bienes y, sobre todo, lo que me ha perdonado –y que sólo él y yo sabemos… Quien reconoce que ha recibido el don mayor, amará más. Quien tiene contraída la mayor deuda, por haber recibido un perdón mayor, se siente amado más. Por eso, mostrará más amor. El núcleo de la parábola está en la relación entre los dos verbos: perdonar y mostrar más amor. Se me ha perdonado más, muestro más amor. 

Gratitud es reconocer la vida como un regalo de amor, no como una deuda que tengo que pagar. El pecado es falta de amor agradecido. El pecador no ama, lo que hace es procurar ganarse méritos, pagar y comprar con buenas acciones. Así, es capaz de llevar una vida pródiga de obras, que despiertan la alabanza de quienes las ven, pero que no manifiestan amor verdadero. Toda la vida religiosa se convierte en un continuo pagar, merecer y comprar. Puedo repartir mis bienes entre los necesitados, tener una fe como para mover montañas, entregar incluso mi cuerpo a las llamas si no tengo amor, de nada me sirve (1 Cor 13). 

El perdón procede del amor. Dios nos ha perdonado primero por puro amor. Nuestro amor es la respuesta a esa gracia que se me ha concedido. Por eso, esta mujer ama más que el fariseo: porque ella sí se ha sentido amada y ha reconocido el amor. 

Toda religión y toda ética buscan que las personas sean mejores y pequen menos. El cristianismo va mucho más allá y cambia la cuestión: No simplemente que sean mejores y pequen menos, sino que amen más. Porque reconozco que Dios me ha amado, no puedo hacer otra cosa que poner amor en mi vida.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Los niños de la plaza (Lc 7, 31-35 )

 P. Carlos Cardó SJ 

Juan Bautista predicando en el mar de Tiberías, óleo sobre lienzo de Sebastien Bourdon (siglo XVI), Museo de Arte de Portland, Oregón, Estados Unidos

Jesús preguntó: “¿Con quién puedo comparar a los hombres del tiempo presente? Son como niños sentados en la plaza, que se quejan unos de otros: ''Les tocamos la flauta y no han bailado; les cantamos canciones tristes y no han querido llorar''. Porque vino Juan el Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y dijeron: Está endemoniado. Luego vino el Hijo del Hombre, que come y bebe y dicen: Es un comilón y un borracho, amigo de cobradores de impuestos y de pecadores. Sin embargo, los hijos de la Sabiduría la reconocen en su manera de actuar”. 

Jesús critica duramente a sus oyentes porque no han aceptado el mensaje de salvación ofrecido por Dios a través de él y de Juan Bautista. En otros pasajes, los llama generación adúltera porque rechazan la alianza que Dios ha establecido con su pueblo Israel; y generación pecadora (Lc 11,29-30; Mt 12, 39), porque siguen otros caminos, no los del mandamiento del amor. El lenguaje de Juan Bautista les ha parecido duro, intransigente, y lo han considerado un loco, un endemoniado, y se han mofado de él considerando su predicción como un mero espectáculo. Asimismo, el lenguaje de Jesús, que les ofrece la alegría del reino de Dios y la buena noticia de la misericordia, lo han considerado blando y relajado. Por esta actitud, Jesús los compara, no a los niños de quienes es el reino de Dios, sino a los niños caprichosos que intentan afirmar su independencia yendo en contra del parecer de los demás. 

La parábola que emplea hace alusión probablemente a un juego infantil, que consistía en representar con música de flauta las bodas y el duelo; si la música era alegre, de bodas, había que danzar; si era triste, de duelo, había que fingir el llanto. Los contemporáneos de Jesús se empeñan en jugar su propio juego, cuando hay que llorar, ríen; y cuando hay que alegrarse, se lamentan. Hacen lo contrario de lo que Dios les propone. Y la razón es que han endurecido el corazón. 

Vino Juan, con su porte austero y su mensaje de justicia y penitencia, pero lo consideraron un espectáculo de diversión. Oyen ahora el mensaje de amor que Dios les transmite por medio de Jesús y exigen un Dios severo y exigente. El corazón endurecido de fariseos y doctores, incapaz de discernir, obstaculiza la acción de Dios y frustra sus planes. Y lo peor de todo es que lo hacen seguros de ser los únicos intérpretes válidos de los planes de Dios. Se negaron a convertirse cuando Juan les habló de la inminencia del juicio; se niegan a alegrarse cuando Jesús los invita a alegrarse y hacer fiesta por el amor misericordioso de Dios. Al Bautista lo tuvieron por loco, endemoniado; a Jesús lo llaman comilón y borrachín, amigo de publicanos y pecadores (Lc 7,34). 

Pero la Sabiduría ha sido reconocida por sus discípulos, afirma Jesús. En el texto paralelo de Mt 11, 16-18, la sabiduría designa al mismo Jesús, portador de la alegría del reino, iniciador de las nupcias de Dios con su pueblo. En Lucas, la sabiduría parece aludir más bien al plan de salvación de Dios, prometido por Juan Bautista y realizado por Jesús. Los sabios son los que acogen y viven el mensaje de salvación. Ellos acogieron la invitación a la penitencia hecha por el Bautista y se alegran con el mensaje que Jesús les trae de parte de Dios. Reconocen así la sabiduría divina, es decir, su justicia, y la escuchan. 

La situación descrita se repite constantemente. Basta que una persona adopte un comportamiento coherente con su fe cristiana, y mucho más si se compromete activamente en el trabajo por la Iglesia o por el cambio de la sociedad, para que quienes no quieren un mensaje así lo critiquen, le den la espalda o se rían de él. No aceptan una fe religiosa que los va a llevar a dar lo que no quieren dar. Pero los pequeños, los pobres y los excluidos que no tienen intereses económicos ni poderes sociales o políticos que defender, ven allí una prueba de la validez del evangelio y dan razón a quienes obran así. Esas personas coherentes con su fe, son los discípulos fieles y generosos, los “hijos de la sabiduría”, que siguen reconociendo en Jesús la revelación y actuación del plan de Dios que es capaz de cambiar la historia, la eficacia del amor que transforma la realidad, es decir, la “sabiduría de Dios. 

Muchas otras aplicaciones puede tener la pequeña parábola de Jesús. Pero, no cabe duda, ella nos hace ver de qué manera más o menos definida o ambigua, sutil o grosera, intentamos traer a Dios a nuestro propio querer e interés y no nos determinamos a seguir lo que él nos pide. 

Asimismo, bodas y duelo, alegría y tristeza, son parte de la existencia. Hay un tiempo para cada cosa: un tiempo para llorar y un tiempo para reír (Eclesiastés 3,4). No todo puede ser llanto y melancolía, ni todo fiesta y diversión. Se exige discernimiento para percibir lo que conviene a cada tiempo, y coraje para cambiar o dominarse. 

Puede decirse, en fin, que no siempre el hacer lo que a uno le parece es signo de una personalidad definida; la terquedad y obstinación pueden rechazar la verdad que los otros muestran.

martes, 15 de septiembre de 2026

Ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre (Jn 19, 25-27)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo en la cruz con María y Juan, óleo sobre lienzo de Albrecht Altdorfer (1512), Castillo de Wilhelmshöhe, Kassel, Alemania

Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala.
Jesús, al ver a la Madre y junto a ella al discípulo que más quería, dijo a la Madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.»
Después dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.»
Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa. 

Todo es donación y entrega en la pasión y muerte de Jesús: nos da a su Madre, nos da a su Espíritu en el instante de su muerte, nos da a la Iglesia y sus sacramentos representados en la sangre y el agua que brotan de su costado abierto, y nos da su Corazón. 

María aparece como la Mujer nueva, la nueva Eva junto al nuevo árbol de la vida verdadera. Está junto a la cruz en posición de quien contempla el misterio que la sobrepasa y sobrecoge, pero que se le revela por el amor y la fe que tiene a su Hijo. Ha seguido a Jesús en todo momento, desde Caná, en donde él inició, a petición suya, los signos de su gloria. Por la fidelidad de su amor y de su fe, es Madre y figura de la Iglesia. 

Estaba también el discípulo a quien Jesús tanto quería, que es Juan, pero es también figura del discípulo de Cristo, de todo aquel que está llamado a reclinar la cabeza sobre el pecho del Maestro, a vivir en su intimidad y acompañarlo hasta el calvario. El discípulo da testimonio de la vida eterna que gana para nosotros el Crucificado. Por eso será testigo privilegiado de la resurrección, llegará el primero al sepulcro y creerá, reconocerá después al Señor desde la barca, y permanecerá hasta su retorno. 

Jesús ve a su Madre. No se preocupa de sí, piensa en su madre. Y le dice: Mujer, como la llamó en Cana. Israel es mujer, la hija de Sión, como afirma la Biblia. En María, madre del redentor, llega a la perfección el pueblo escogido y se inicia la Iglesia, el nuevo pueblo santo. 

- Ahí tienes a tu hijo, le dice el Hijo, pidiéndole que reconozca también al discípulo (y en él a todos nosotros) como a su hijo, como igual a él.
- Ahí tienes a tu madre, dice luego al discípulo. Lo que el Señor más quiere, lo da: su discípulo a su madre y su madre a su discípulo. La relación madre-hijo constituye a la Iglesia en su ser más íntimo.

Y desde aquella hora el discípulo la acogió, en su casa, en el espacio propio de lo que uno más ama y que más lo identifica. La acoge como su madre, de la que deriva la existencia de los que renacen por la fe y se hacen hijos en el Hijo, hermanos del Hijo por la carne y por el Espíritu, porque se hizo hombre en el seno de María. 

Los símbolos se acumulan en el relato. Los Santos Padres comparan la muerte de Jesús al sueño de Adán. Del costado de Adán sale Eva; del costado de Jesús, la Iglesia-Madre. «La primera mujer fue formada del costado del varón dormido, y se la llamó Vida y Madre de los vivientes (Gn 2, 22; 3, 20). El segundo Adán, inclinando la cabeza, se durmió en la cruz para que de allí le fuese formada una esposa, salida del costado del que dormía» (San Agustín. Del Evangelio de Juan, 120.2). 

Como Jesús ya estaba muerto, los soldados no le rompieron los huesos (al igual que el cordero pascual, según Ex 12, 46) sin que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al punto brotó sangre y agua. El agua y la sangre que brotan del costado del Salvador son los símbolos de la vida bautismal y eucarística de los miembros del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Es verdad que la Iglesia “hace”, celebra, los sacramentos, pero también es verdad que los sacramentos, sobre todo el bautismo y la eucaristía, “hacen” a la Iglesia. Los sacramentos son “signos sagrados”, símbolos eficaces de los que Cristo resucitado se vale para abrir el espacio de su Iglesia y habitar en ella por su Espíritu. 

Mirarán al que traspasaron es la otra profecía (cf.  Ez 12, 10) que Juan ve realizada en la lanzada. En adelante, el cristiano vivirá mirando en dirección al costado abierto del Señor que revela su Corazón, el centro íntimo de su persona, lo más nuclear en ella: su amor salvador. En el corazón la persona se revela, es lo que más nos la da a conocer. Aplicado a Jesús, el símbolo del corazón designa –en bella expresión de Karl Rahner– la revelación primera de lo que Jesús es y de lo que Dios hizo en él por nosotros, la “protopalabra” de la que surge todo conocimiento.

lunes, 14 de septiembre de 2026

Curación del siervo de un oficial romano (Lc 7, 1-10)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo cura al sirviente del centurión, óleo sobre lienzo de Sebastiano Ricci (siglo XVIII), Galería Nacional de Praga, República Checa

Cuando terminó de enseñar al pueblo con estas palabras, Jesús entró en Cafarnaún.
Había allí un capitán que tenía un sirviente muy enfermo al que quería mucho, y que estaba a punto de morir. Habiendo oído hablar de Jesús, le envió algunos judíos importantes para rogarle que viniera y salvara a su siervo.
Llegaron donde Jesús y le rogaron insistentemente, diciéndole: «Este hombre se merece que le hagas este favor, pues ama a nuestro pueblo y nos ha construido una sinagoga».
Jesús se puso en camino con ellos. No estaban ya lejos de la casa, cuando el capitán envió a unos amigos para que le dijeran: «Señor, no te molestes, pues ¿quién soy yo, para que entres bajo mi techo? Por eso ni siquiera me atreví a ir personalmente donde ti. Basta que tú digas una palabra y mi sirviente se sanará. Yo mismo, a pesar de que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y cuando le ordeno a uno: "Vete", va; y si le digo a otro: "Ven", viene; y si digo a mi sirviente: "Haz esto", lo hace».
Al oír estas palabras, Jesús quedó admirado, y volviéndose hacia la gente que lo seguía, dijo: «Les aseguro, que ni siquiera en Israel he hallado una fe tan grande».
Y cuando los enviados regresaron a casa, encontraron al sirviente totalmente restablecido. 

Este pasaje viene después del discurso de Jesús a sus discípulos. Se puede suponer que la intención del evangelista Lucas al ponerlo aquí es la de hacer ver la eficacia de la palabra de Jesús para confiar en ella por encima de todo. Jesús ha anunciado la buena noticia de la salvación para los pobres; la acción que va a realizar ahora será un signo de que la salvación prometida ha comenzado ya a manifestarse. Ha transmitido una serie de principios que tienen que ver con el amor universal, incluso a los enemigos, con la apertura y solidaridad, el respeto mutuo y el perdón; todo ello como contenido práctico de la fe en él y del modo de vivir como verdadero discípulo suyo. Ahora, esos valores y principios normativos aparecerán en el diálogo de Jesús con los enviados de un centurión pagano, en la fe humilde y confiada de éste, en la curación que Jesús va a realizar como respuesta a la fe del oficial, y en el proponer a éste como modelo de creyente para los discípulos y para todo Israel. 

Lucas, a diferencia de Mateo (cf. Mt 8, 5), presenta al centurión romano como un benefactor de los judíos de Cafarnaúm, para quienes ha construido la sinagoga. Se trata, pues, de una persona que, aunque no pertenezca al pueblo escogido de Israel, hace el bien y reconoce la autoridad de Jesús como enviado de Dios. Pero lo que más resalta en él es la actitud de humildad y confianza absoluta: Señor, no te molestes; no soy digno de que entres bajo mi techo. Por eso yo tampoco me consideré digno de acercarme a ti. Pronuncia una palabra y mi muchacho quedará sano. Es un militar que tiene soldados a sus órdenes, pero reconoce la superioridad de la autoridad de Jesús. Frente a ésta y al poder de su palabra con el que puede vencer a la enfermedad, aun sin hacerse presente, la autoridad del oficial no es nada: yo tengo un superior, es decir, yo no soy más que un subalterno, reconoce. La conclusión del pasaje es el asombro que le causa a Jesús esa actitud del pagano y que le lleva a afirmar: Una fe semejante no la he encontrado ni en Israel. 

La comunidad cristiana vio en el centurión el modelo a seguir para creer en Jesús y hacer efectivo el poder de su palabra en sus vidas. El oficial confió que Jesús podía curar a su criado, se presentó ante él sin pretensión alguna, pequeño frente a la autoridad de Jesús, y le manifestó una adhesión que fue más allá del favor que esperaba obtener. Se podría decir, entonces, que el verdadero “milagro”, es decir, lo que más admiración causa es este hombre pagano que viene a la fe. 

La versión más antigua de este pasaje es la que consigna Mateo en su evangelio (8, 5-13). Lucas posteriormente la modifica un poco para poner con mayor énfasis la idea de la universalidad del mensaje cristiano y de la llamada de todos los pueblos a la fe y a la salvación. El oficial romano de Cafarnaúm es presentado como el modelo de los no judíos que reciben la invitación y entran a la comunidad eclesial de los que creen Jesucristo. Por su parte los cristianos pueden aprender la fe y humildad del oficial y la acogida misericordiosa de Jesús a él y a todos sin distinción.

domingo, 13 de septiembre de 2026

Domingo XXIV del Tiempo Ordinario - El perdón (Mt 18, 21-35 )

 P. Carlos Cardó SJ 

El sirviente despiadado es llevado ante el rey, grabado de Dirck Volkhertz Coombert y Maerten van Heemskerck (1554), Galería Nacional de Arte de Washington D.C., Estados Unidos

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús:
"Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?".
Jesús le contesta: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo". El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: "Págame lo que me debes." El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré." Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido.
Entonces el señor lo llamó y le dijo: "Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?".
Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano". 

Jesús ha hablado del perdón y de la corrección fraterna, pero Pedro no quiere entender, pregunta hasta dónde tiene que mantener abierta la posibilidad de llegar a un acuerdo, y busca un límite razonable al deber de perdonar. Parte del supuesto de que él es el agraviado y no tiene necesidad de perdón; como si hubiera dos varas de medir: una cuando me afecta a mí y otra cuando soy yo el que hiere y agravia. Hay que perdonar siempre, es la respuesta de Jesús. Y le propone una parábola. 

La parábola contrapone la magnanimidad del señor que perdona una deuda incalculable a un empleado, y la impiedad de éste que no perdona a un compañero una deuda pequeña. Diez mil talentos le han perdonado, pero es incapaz de perdonar cien denarios. Según el historiador Flavio Josefo (+ 101 d.C.) el talento valía diez mil denarios; luego diez mil talentos suman cien millones de denarios. Si se tiene en cuenta que el jornal de un obrero era un denario al día, aunque trabajase sin parar toda su vida, el empleado de la parábola no podría pagar la deuda. 

Esta cifra tan desmesurada da una idea de lo que Dios ha hecho por nosotros. Nos creó por amor y nos encomendó el universo entero para que sirviéndole a él domináramos lo creado; y cuando por desobediencia perdimos su amistad no nos abandonó al poder de la muerte, sino que, compadecido, tendió la mano a todos para que lo encuentre el que lo busca. Y en el colmo de su amor misericordioso, envió a su propio Hijo que cargó en su cruz todos nuestros pecados. Así, pues, la deuda que tengo con Dios es mi propio ser, yo mismo soy la deuda que tengo contraída con él. Pero más que deuda es un regalo, un don infinito que él me ha dado sin calcular. Por consiguiente, el perdón que debo dar nace del perdón que he recibido. 

Mucho queda por hacer para inculcar la importancia del perdón para la formación de una personalidad sana, condición básica para una humana convivencia en sociedad. Se piensa neciamente que el perdón es algo propio de débiles o una actitud puramente religiosa. Pero el perdón es necesario para vivir de una manera sana, para poder humanizar los conflictos y para romper con la espiral de la violencia. No es dejar de lado la justicia, no es echar tierra sobre la historia; es no tomarte la justicia por tu mano, no practicar la ley del talión. 

El perdón no niega la realidad del mal cometido. Lo supone. Al mismo tiempo supone los sentimientos naturales de disgusto, enfado e indignación ante la injusticia, pero no da cabida al odio, al rencor y la venganza porque son instintos de muerte que dañan a quien se deja llevar por ellos y no construyen nada sino destruyen. Las relaciones humanas sólo se restablecen cuando se pone fin a la persistente amenaza, y esto sólo se obtiene con la reconciliación. El odio y la venganza, por el contrario, mantienen en el otro la voluntad de seguir haciéndonos daño, y la herida nunca cicatriza. 

Pero es de justicia, se suele argüir. En efecto lo es, pero según la justicia que se rige por la norma: quien la hace la paga. No según la justicia que Jesús enseña. Si no leemos mal su evangelio, no nos cabe sino aceptar que el cristiano ama a todos, incluso a su enemigo, se siente en deuda con todos porque es responsable de su hermano, a su adversario le debe reconciliación, al pequeño y al pobre solidaridad, al perdido el salir en su búsqueda, al culpable la corrección, al deudor la condonación de la deuda. Es la disparidad de la justicia divina, hecha de misericordia y amor. Es la justicia que lleva en definitiva a creer en la persona y en su capacidad de redención y de cambio, porque el otro es mi hermano, hijo del mismo Padre. Esta justicia nos hace ser misericordiosos como el Padre. Nos asemeja a Jesús, que no solo habló de perdón, sino que lo practicó y en la cruz oró por sus verdugos. 

Formamos la comunidad de la Iglesia de Cristo no porque no cometamos errores o seamos incapaces de ofendernos mutuamente, sino porque somos perdonados y por eso nos perdonamos. Y aunque no hayamos tenido que hacer nunca un acto heroico de perdón y, con la ayuda de Dios, no tengamos que vernos en ese trance, siempre podemos perdonar las humillaciones, decepciones, malentendidos, ingratitudes, abusos, que la vida ordinaria trae consigo. Por eso nos juntamos a rezar y decimos juntos como el Señor nos enseñó: perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido.

sábado, 12 de septiembre de 2026

No basta decir Señor, Señor (Lc 6, 43-49)

P. Carlos Cardó SJ 

Casa construida sobre roca, ilustración de Eugene Burnand (1908), publicada en The Parables, versión en lengua inglesa

Jesús les dijo: "No hay árbol sano que dé fruto podrido, ni árbol podrido que dé fruto sano. Por los frutos se distingue a cada árbol. No se cosechan higos de las zarzas ni se vendimian uvas de los espinos .El hombre bueno saca cosas buenas de su tesoro interior bueno; el malo saca lo malo de su tesoro malo, porque de lo que rebosa el corazón habla la boca. ¿Por qué me invocan: ¡Señor, Señor!, si no hacen lo que les digo? Les voy a explicar a quién se parece el que acude a mí, escucha mis palabras y las pone por obra.
Se parece a uno que iba a construir una casa: cavó, ahondó y colocó un cimiento sobre la roca. Vino una crecida, el caudal se estrelló contra la casa, pero no pudo sacudirla porque estaba bien construida. En cambio, el que escucha y no las pone en obra se parece a uno que construyó la casa sobre la tierra, sin cimiento. La corriente se precipitó sobre ella y en seguida se desmoronó, siendo grande el desastre de aquella casa". 

Jesús ha señalado las características de los falsos guías y maestros: su ceguera por su falta de misericordia, su hipocresía por su pretensión de protagonismo, el erigirse en jueces de los demás por creerse los puros. Ahora señala el origen de todo eso: el corazón, cuya bondad o malicia se conoce por las actitudes que genera. No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos. 

La peor malicia es la del corazón endurecido, petrificado, que no siente y no reconoce su propio mal y por eso no se hace objeto de la misericordia; no siente que la necesita. Naturalmente, tampoco tendrá misericordia de los demás. El origen de la misericordia y de las buenas acciones radica en el corazón. El corazón bueno lleva a ver las cosas buenas, el corazón malo se fija sólo en lo malo. Reconocer la propia necesidad de cambiar nuestro interior es fundamental. Por eso pedimos: Crea en mí, oh Dios, un corazón nuevo (Sal 51, 10). La persona advierte entonces que la misericordia de Dios puede curar sus malas actitudes, siente su amor indulgente, y esto la abre a la comunión con su prójimo, a quien debe perdón. 

No basta decir Señor, Señor. Jesús descalifica las expresiones de fe que se quedan en peticiones y alabanzas, pero no van acompañadas de acciones buenas que demuestren que la persona busca ante todo hacer la voluntad de Dios y no la suya propia. Puede, en efecto, hacer muchas obras buenas por propia iniciativa y voluntad, pero sin buscar primero lo que Dios realmente le pide. No basta con orar ostensiblemente, invocar a Dios con aparente sinceridad, si no se tiene la actitud de servicio, que demuestra la autenticidad de la oración. La oración debe llevar a conocer lo que el Padre quiere de nosotros, y disponernos a ponerlo en práctica. No basta decir “Señor, Señor”, la verdadera fe pasa por el corazón y se verifica en el amor a los demás. 

En la parábola que viene a continuación, Jesús contrapone las consecuencias que trae el practicar o no practicar sus enseñanzas. Para lo primero, emplea la comparación de un constructor calificado de “prudente”, que edificó su casa sobre cimiento firme, de roca. Cuando el río se desbordó y las aguas chocaron contra ella, la casa se mantuvo firme por el fundamento que tenía. Para lo segundo, describe el proceder del “necio”, que construyó sobre suelo arenoso. Se produjo una inundación y la casa no pudo sostenerse, quedando convertida en ruinas. El discípulo está advertido. No basta tener buenas ideas, hay que llevarlas a la práctica. Importa saber las enseñanzas, pero más decisivo es cumplirlas. Hay que interiorizar,  pero también exteriorizar la fe con obras de amor y justicia, eso es lo que el Padre quiere. 

Pero para que la ética del deber esté bien orientada, hay que ponerle corazón. Corazón y acción constituyen la máxima expresión de acogida del mensaje de Jesús. Jesús habla a la razón, pero toca también los sentimientos y los afectos, sin los cuales la práctica de los principios morales no dura porque resulta una imposición venida de fuera. El evangelio abraza y dinamiza a la persona en su integridad. Ofrece verdades que orientan al buen vivir y que, si se escuchan con el corazón (afecto, sentimiento), arraigan en la conciencia como convicciones personales profundas. 

El establecimiento del vínculo entre el corazón –centro íntimo de la persona, origen de los sentimientos y afectos–, y el comportamiento exterior –el obrar y el hablar–, no es tarea de un día, equivale al proceso de desarrollo del individuo como persona adulta, autónoma y responsable. A medida que la conciencia va siendo iluminada y purificada por la Palabra, la conducta de la persona va demostrando un comportamiento, un obrar, cada vez más auténtico para su propio bien y el de los demás. Sus decisiones y sus actos ya no responden únicamente a un código de normas, sino que dejan traslucir lo que su corazón ama y desea. La libertad de autodominio y responsabilidad se verifica en ese centro interior que llamamos “corazón”.