sábado, 28 de febrero de 2026

Amar a los enemigos (Mt 5, 38-48)

 P. Carlos Cardó SJ 

Caín y Abel, óleo sobre lienzo de Giovanni Domenico Ferretti (1740), Colección privada

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Habrán oído que se dijo: "Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo". Yo, en cambio, les digo: Amen a vuestros enemigos, y recen por los que los persiguen. Así serán hijos del Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si aman a quienes los aman, ¿qué premio tendrán? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto". 

Toda la enseñanza moral de Jesús se resume en: Ama a tu prójimo como a ti mismo. Ama a tu prójimo tal como es porque tú y él son iguales hijos e hijas queridos de Dios. 

Quien no ama a su hermano no ama a Dios. Esto se ve de manera particular en lo referente al respeto que se debe tener a la vida del otro. No puede nombrar a Dios como Padre ni tomar parte en el banquete de la fraternidad quien primero no perdona a su hermano o no hace lo posible para restablecer la relación que se ha roto. 

Para llegar a estos principios morales Israel tuvo que recorrer un largo camino. En la Biblia Dios habla en lenguaje humano, se adapta al proceso de maduración de su pueblo y emplea una pedagogía gradual para educarlo y, por medio de él, iluminar a toda la humanidad. Se parte del principio de la reciprocidad: si Abraham, padre de la raza, fue un extranjero de origen pagano, por ello Israel tiene que abrirse al amor al extranjero. Debe imitar a Dios en su amor misericordioso. El libro de Jonás describe vivamente lo difícil que fue para los hebreos aceptar la universalidad del mensaje de salvación. Y la culminación del largo recorrido hacia el amor universal se alcanza con la enseñanza del profeta Isaías, concretamente con el horizonte que él despliega para el deseo y el empeño práctico en favor de la paz: llegará el día en que todos los pueblos acogerán la palabra del Señor, de la que Israel es portador, aceptarán el señorío de Dios sobre todas las naciones y entonces de sus espadas forjarán arados y de sus lanzas podaderas. Ya no alzará la espada nación contra nación, ni se entrenarán más para la guerra.  (Is 2,4). El amor universal hecho norma de vida conduce a establecer relaciones de justicia a todos los niveles, de las que nace la paz, el desarme mundial y la conversión de los gastos de guerra en inversiones para el desarrollo humano. 

El amor a todos los semejantes, hasta al enemigo, es una característica esencial del cristianismo frente a otras religiones. Es una tendencia común a todo grupo social el emplear el odio y aversión al enemigo como medio para reforzar la conciencia colectiva, definir la identidad común y reforzar la solidaridad entre sus miembros: se ataca y condena a los extraños, se defiende y apoya a los que son del grupo. Por esta razón el amor a los enemigos, predicado por Jesús, debió significar para sus contemporáneos judíos una exigencia radical. La primitiva iglesia la recogió íntegramente y con la teología de Juan dejó establecido que, conforme al pensamiento de Jesús, el amor universal, sin excepciones, significa haber conocido a Dios.  Si no se ama, no se tiene fe (Cf. 1Jn 4, 7-8; 3, 11-17). La lenta y progresiva comprensión bíblica del amor de Dios a todos alcanza en el Nuevo Testamento su culminación: Dios no tiene enemigos sino hijos; el cristiano no tiene enemigos, sino hermanos. Una religión que no llegue a esto, aún tiene camino por recorrer. Matar en nombre de Dios es la más abominable acción criminal porque va contra el hermano y contra Dios. Lo propio del cristianismo es morir perdonando, como Esteban el primer mártir. 

Todos podemos emplear mal nuestra libertad y hacer sufrir con nuestras decisiones. Más aún, todos –desde Caín– tenemos una cierta inclinación a la maldad y la hemos cometido, grande o pequeña alguna vez. Pero es innegable que el odio es una enfermedad del alma. Sin embargo, nos podemos acostumbrar al mensaje que los medios de comunicación, sobre todo, las películas, nos transmiten acerca de la venganza como virtud; se enaltece al vengador, se da por sentado que la venganza resuelve el mal cometido, y eso no es verdad porque muchas veces genera una pendiente por la que es casi inevitable deslizarse. Allí donde se desencadena el odio y la sed de venganza como reacción a frente a una violencia, un ultraje, o una injusticia padecida, allí triunfa el mal. La víctima inocente se ha dejado afectar por la enfermedad del mal y lo devuelve, generándose la espiral de la violencia. Refiriéndose al odio y a la venganza dice Etty Hillesum, la mártir judía de Auschwitz que acogió en su corazón el mensaje del cristianismo: “No veo más solución, sino que cada cual se examine retrospectivamente su conducta y extirpe y aniquile en sí todo cuanto crea que hay que aniquilar en los demás. Y convenzámonos de que el más pequeño átomo de odio que añadamos a este mundo lo vuelve más inhóspito de lo que ya es” (Journal, p. 205). 

Personas así se han aventurado en “un camino que es más excelente que todos los demás” (1Cor 12,31): el del amor incondicional a este mundo, a la humanidad pecadora y sufriente y al Dios de infinita misericordia. Imitarlo a él es tender a la perfección. Sean perfectos como su Padre celestial, dice San Mateo. Sean misericordiosos como el Padre, dice San Lucas.

viernes, 27 de febrero de 2026

Reconcíliate con tu hermano (Mt 5, 20-26)

 P. Carlos Cardó SJ 

Reconciliación de Esaú y Jacob, óleo sobre lienzo de Peter Paul Rubens (1625 – 1628), Palacio se Schleissheim, Munich, Alemania

Yo se los digo: si no hay en ustedes algo mucho más perfecto que lo de los fariseos, o de los maestros de la Ley, ustedes no pueden entrar en el Reino de los Cielos. Ustedes han escuchado lo que se dijo a sus antepasados: "No matarás; el homicida tendrá que enfrentarse a un juicio". Pero yo les digo: Si uno se enoja con su hermano, es cosa que merece juicio. El que ha insultado a su hermano, merece ser llevado ante el Tribunal Supremo; si lo ha tratado de renegado de la fe, merece ser arrojado al fuego del infierno. Por eso, si tú estás para presentar tu ofrenda en el altar, y te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí mismo tu ofrenda ante el altar, y vete antes a hacer las paces con tu hermano; después vuelve y presenta tu ofrenda. Trata de llegar a un acuerdo con tu adversario mientras van todavía de camino al juicio. ¿O prefieres que te entregue al juez, y el juez a los guardias que te encerrarán en la cárcel? En verdad te digo: no saldrás de allí hasta que hayas pagado hasta el último centavo. 

Han oído que se dijo… Yo les digo… La gente se admiraba de la autoridad con que Jesús enseñaba, tan distinta a las de sus maestros y doctores de la ley. No sólo hablaba en primera persona, cosa que los rabinos evitaban siempre, limitándose a repetir las enseñanzas de otros maestros de mayor prestigio, sino que él aclaraba, interpretaba y llegaba hasta modificar la ley. Esto causaba indignación a las autoridades religiosas; y lo que ciertamente no podían soportar era su pretensión de modificar y proponer de un modo nuevo el núcleo mismo de la Ley, los mandamientos. Para ello Jesús empleaba la fórmula: han oído ustedes que se dijo…, pues bien, yo les digo… Por supuesto que ellos habían oído y, en el caso de los diez mandamientos, tenían la certeza de que eran palabras sagradas dictadas directamente por Dios a Moisés. De modo que al decir Jesús: pues bien, yo les digo, ponía su yo en el mismo nivel de Dios (Yo-soy), pretendía tener la misma autoridad del legislador divino. Por eso lo acusarán de blasfemo porque, siendo un hombre, se hacía pasar por Dios (cf. Jn 10, 33). Pero Jesús no da marcha atrás. La convicción interior que le movía a obrar así la consigna claramente el evangelio de Juan: Porque yo no he hablado por mi propia cuenta, sino que el Padre mismo que me ha enviado es el que me ordena lo que tengo que decir y enseñar. Y sé que su enseñanza lleva a la vida eterna. Así, pues lo que yo digo es lo que me ha dicho el Padre (Jn 12,49-50). 

La novedad de la enseñanza moral de Jesús consiste en que él no propone normas y preceptos legales más estrictos aún que los anteriores, sino la buena noticia –evangelio– de que Dios obra en nosotros y nos concede el don de comportarnos entre nosotros a la manera como él se comporta con nosotros. En el fondo, la nueva moral de Jesús tiene como fundamento el amor del Padre, que él revela. En adelante, todo quedará contenido en un único mandamiento: Ama a tu prójimo como a ti mismo. Ama a tu prójimo tal como es porque tú y él son iguales hijos e hijas queridos de Dios. 

A partir de aquí se entiende el giro que da Jesús a los mandamientos. Lo primero de todo es el respeto que debemos tener a la vida del otro. Por eso, no basta no matar; cuando se odia, se insulta o se desprecia a alguien, se le está matando en cierta forma. 

La advertencia que hace Jesús es severa: el odio repercute en la misma persona que lo consiente, es veneno del alma y lleva a un final desastroso. Jesús lo expresa viva y crudamente: Será condenado al fuego que no se apaga. El original dice: Será condenado a la Gehenna, y se refiere a un lugar en el valle de Innon, fuera de los muros de Jerusalén, en el que los paganos sacrificaban víctimas humanas al dios Moloch. Para desacralizarlo, los hebreos lo habían convertido en un basurero, en el que quemaban las inmundicias. El fuego de la Gehenna ardía día y noche. Lo que viene a decir Jesús es que quien odia, quien deja de considerar al otro como un hermano, es como si hubiera hecho arder su propia vida, arrojándola a la basura. 

Por eso es tan importante llegar al acuerdo, porque el desacuerdo significa negar la propia condición de hijo de Dios y la condición de hermano de mi contrincante. Y esta es la razón por la cual el acuerdo está por encima de la ofrenda que se debe dar a Dios, por encima de los actos religiosos exteriores. No se puede llamar Padre a Dios ni sentarse a la mesa de los hermanos si primero no se perdona al hermano. Y –la aclaración es importante– se debe advertir que Jesús dice: Si recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti… ve primero a reconciliarte con tu hermano, lo cual se refiere no sólo al caso de que yo haya cometido algo contra el prójimo, sino a que la relación se ha roto porque el otro es quien tiene algo contra mí. La fraternidad rota es un mal en sí. Si de manera deliberada, pudiendo hacerlo, no se ponen los medios para repararla se incurre en una falta que impide compartir la mesa de la comunión. Tal omisión manifiesta que el otro ya no importa, ya no se le considera un hermano. Quien de esta manera se desentiende del hermano demuestra que él mismo ya no se comporta como hijo.

jueves, 26 de febrero de 2026

La eficacia de la oración y la regla de oro (Mt 7, 7-12)

 P. Carlos Cardó SJ 

Monja orando, óleo sobre lienzo de Joaquín Sorolla y Bastida (1883), Colección Bancaja, España

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre. Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le va a dar una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden”. 

El núcleo del texto se centra en el imperativo del versículo 7: Pidan. Se trata de saber cómo orar. La oración ha de ser asidua, duradera y perseverante. Ahora bien, como esta enseñanza-mandato aparece en el evangelio de Mateo precedida por el precepto de no juzgar y seguida por la llamada regla de oro de la moral: traten a los demás como quieren que ellos los traten, se puede decir que lo que debemos pedir y lo que Dios nos da, ciertamente, es la capacidad de comprensión, el amor al prójimo. 

Pidan y se les dará. Según San Agustín, Jesús nos manda pedir, no porque Dios no nos dé –ya que conoce nuestras necesidades aun antes de que le pidamos, y no hay nada que no hayamos recibido–, sino porque no debemos dejar de desear. “Tu deseo es tu oración, y si es continuo tu deseo, continua es tu oración. No en vano dijo el Apóstol: Orad sin interrupción (1Tes 5,17) … Tu deseo continuado es tu voz continuada. Callas si dejas de amar” (Comentario al Salmo 38). Se trata, por consiguiente, de no apagar el deseo interior y de mantenerlo vivo y abierto al infinito, porque en definitiva tiende a él. Si deseas a Dios, Él te hará sentir su presencia y te llenará de su Espíritu, por medio del cual habita en nosotros. 

Pidan, busquen, llamen…No es una simple yuxtaposición de sinónimos. Algunos ven aquí un camino que parte de las cosas más simples y ordinarias y se prolonga sin fin, hasta el deseo del Reino, sugerido en el llamar a la “puerta”, que es Cristo. Se busca lo que no logramos hallar con nuestros medios, lo que está oculto a nuestros ojos, pero que Dios ve; incluso podemos decirle que no lo sentimos, que parece ausente o escondido o dormido, como lo estuvo en la barca cuando los discípulos bregaban contra las olas en la tempestad. 

Muchas veces no podemos conciliar su bondad con los males que ocurren. Entonces, lo que pedimos y buscamos es su presencia. Descubrir a Dios en todo, cambia nuestra manera de vivir las cosas que nos duelen o atormentan. Se pide y se busca, en fin, por medio de la oración para vencer la desconfianza. El mal parece vencer en el mundo. El pecado, las injusticias y la corrupción de las costumbres ocultan la acción de la gracia salvadora, que se abre paso a pesar de todos los obstáculos. Entonces es necesario llamar para superar cuanto nos separa de la vida verdadera y nos disminuye la fe, la esperanza y el amor. 

La parábola que sigue a continuación, del padre que sabe dar cosas buenas a sus hijos (pan, huevo, pescado), abre al horizonte de la paternidad/maternidad infinita de Dios. El Padre otorga sólo cosas buenas. En Lucas, las “cosas buenas” que da el Padre del cielo son el Espíritu Santo (Lc 11,13), es decir, la vida misma de Dios, el amor. 

Conviene advertir que la fe en la oración según el evangelio no significa creer que el Padre celestial evite todo sufrimiento a los cristianos y que acceda a todas las peticiones que se le hagan. La oración del cristiano no es un substituto de la acción humana, en todo caso es una forma de acción y un estímulo para poner todos los medios confiando en la acción de la gracia divina. 

Viene a continuación la llamada “regla de oro”: Traten a los demás como quieren que ellos los traten, porque en esto consiste la ley y los profetas. En Tobías 4,15 esta regla aparece en negativo: No hagas a nadie lo que no quieres que te hagan a ti. El amor se ha de mostrar en obras, dice San Ignacio de Loyola. El amor siempre produce un hacer en favor del otro. Todos sabemos cuáles son nuestros derechos, aspiraciones y deseos. El amor lleva a considerar los derechos del otro como deberes para mí y las aspiraciones del otro como mis aspiraciones; debo procurar contribuir a la realización de los justos deseos del otro. En esto consiste el amor. 

El yo deja de ser el centro. Todas las enseñanzas de la Biblia (la ley y los profetas) se condensan en el mandamiento del amor, que es como premisa para la regla de oro. Todo lo que el amor y los preceptos de Jesús exigen, hay que hacerlo a nuestros prójimos. En este sentido, la regla de oro es como la síntesis del sermón de la montaña.

miércoles, 25 de febrero de 2026

El signo de Jonás (Lc 11, 29-32)

 P. Carlos Cardó SJ 

Salomón y la reina de Saba, óleo sobre cobre de Nicholas Vleughels (Primer tercio del siglo XVIII), Museo del Louvre, París, Francia

En aquel tiempo, la gente se apiñaba alrededor de Jesús, y él se puso a decirles: "Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación. Cuando sean juzgados los hombres de esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que los condenen; porque ella vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón. Cuando sea juzgada esta generación, los hombres de Nínive se alzarán y harán que los condenen; porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás". 

La raíz fundamental de la fe es la confianza. Los contemporáneos de Jesús, a pesar de haber visto las obras buenas que hacía, no confiaron; en vez de seguirlo pretendieron que él obedeciera sus exigencias de pruebas extraordinarias para creer. Habían visto sus obras en favor de los enfermos, pero las atribuyeron a Belzebú, príncipe de los demonios. Habían escuchado su enseñanza, pero les resultaba insoportable la imagen nueva de Dios que transmitía, que modificaba su fe, su moral y, sobre todo, les quitaba autoridad y poder ante el pueblo. La petición que le hacen de un signo extraordinario para creer en él recuerda la tentación del maligno, cuando lo subió a la parte más alta del templo y le dijo: Tírate de aquí abajo… (Lc 4, 9). Por eso Jesús rechaza tajantemente esa petición y añade que a esa generación sólo se le dará el signo de Jonás: el profeta que con su predicación logró que todos los habitantes de Nínive se convirtieran; y el signo de la reina de Saba que hizo un largo viaje para conocer la sabiduría de Salomón. 

Jonás es el profeta bíblico conocido por todos los judíos. Recibe de Dios la misión de ir a predicar la conversión a los habitantes de Nínive, opulenta ciudad asiria en la región actual del Mosul en Irak, famosa por sus riquezas y las malas costumbres de su gente. El profeta se rebela, no quiere la salvación de los ninivitas y cree imposible que se conviertan. Además, se niega a seguir a un Dios que es capaz de tener misericordia con gente así. Se escabulle, huye de su vocación, sufre un naufragio que le hace acabar en el vientre de un enorme pez; pero nada de eso le convence. Finalmente predica en Nínive, aunque de mala gana y sin ninguna confianza. Y ocurre lo inesperado: la ciudad pagana se convierte, desde el rey hasta el último vasallo y hasta los animales, todos hacen penitencia y Dios los perdona. Jonás se enfada. Pero Dios le va a enseñar: hace que se seque el ricino que le da sombra. El profeta maldice por el calor que hace. Y Dios le dice: Tú te molestas por un simple ricino ¿y yo no voy a tener compasión de todo un pueblo? 

Jonás es signo: fue enviado desde lejos para predicar la conversión a los habitantes de Nínive y éstos se convirtieron. Su persona y su palabra bastaron porque Dios actuó por medio de él. Los ninivitas creyeron en su palabra, y eso sólo bastó para la conversión. Jesús, por su parte, es el enviado de Dios, de él procede, y es más que un profeta, pero las reacciones de sus oyentes han sido de lo peor. Por eso los ninivitas se levantarán contra esa generación perversa y la condenarán. 

A continuación, Jesús recuerda a sus oyentes la historia de la reina del Sur o de Saba (1 Re 10, 1-29; 2 Cr 9,1-12), conocida como Balkis en la tradición islámica, soberana de un pequeño reino al sur de Arabia, identificado como Etiopía. Ella también es un signo porque hizo un largo viaje, cargada de regalos de oro, piedras preciosas y especias, para escuchar la sabiduría del rey Salomón; Jesús, por su parte, viene a Israel encarnando en su persona y transmitiendo con su palabra la auténtica sabiduría de Dios y su proclamación salvífica, pero le han dado la espalda, no han querido escucharlo. Por eso en el día del juicio, la Reina del Sur acusará también a los detractores de Jesús, porque él es más que Salomón. 

Por todo eso, Jesús se niega a darles otra señal. Su persona y su palabra les deberían bastar. Él es el “testigo” primordial de Dios y de su amor; quien cree y confía en él, acepta que Dios actúa en él, ama, perdona, salva, instaura su Reino. Su credibilidad plena está basada en la perfecta coherencia que se da entre su palabra y su vida. Ha anunciado la buena noticia de la salvación ofrecida por Dios a todo el que se convierte y cree. En vez de pedirle signos hay que escuchar su palabra y acoger su persona, su forma de ser humano. No hacen falta signos espectaculares para responder a su llamada. Dios respeta la libertad de sus hijos que pueden acoger su ofrecimiento o rechazarlo, y respeta al mismo tiempo la verdad del amor que no requiere de pruebas y crea libertad. Quien ama a otro está siempre expuesto al rechazo y a sufrir por ello; pero no puede constreñir. Quiere que se le ame libremente; lo contrario no es amor verdadero.

martes, 24 de febrero de 2026

La verdadera oración (Mt 6, 7-15)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo en el monte de los olivos, óleo sobre lienzo de Philippe de Champaigne (1646 – 1650), Museo de Bellas Artes de Rennes, Francia

Jesús les dijo: "Cuando pidan a Dios, no imiten a los paganos con sus letanías interminables: ellos creen que un bombardeo de palabras hará que se los oiga. No hagan como ellos, pues antes de que ustedes pidan, su Padre ya sabe lo que necesitan. Ustedes, pues, recen así: Padre nuestro, que estás en el Cielo, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo. Danos hoy el pan que nos corresponde; y perdona nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del Maligno. Porque si ustedes perdonan a los hombres sus ofensas, también el Padre celestial les perdonará a ustedes. Pero si ustedes no perdonan a los demás, tampoco el Padre les perdonará a ustedes". 

Al orar no hablen mucho, dice Jesús a sus discípulos, porque su Padre sabe lo que ustedes necesitan antes de que se lo pidan. Recomienda también orar en la habitación con la puerta cerrada para no ser vistos (Mt 6, 6). Pero no se trata de un encuentro con dos personas solitarias. El Señor siempre es Trinidad, comunidad de personas; y nosotros siempre somos también comunidad, Iglesia, mundo. Por eso, las tres primeras peticiones del Padrenuestro se refieren al Padre celestial aquí en la tierra, y las otras cuatro a la necesidad que tenemos de sus dones para vivir como hijos suyos y hermanos. 

Padre. Poder decir Abba a Dios es el gran don de Jesús. Al hacerlo, nos afirmarnos como hijos e hijas suyos, creados por amor, amados por sí mismos; más aún, amados con el amor que el Padre tiene por su Hijo. Quien, movido por el Espíritu de Jesús, se atreve a decir Abba a Dios, experimenta el amor que Dios le tiene: un amor misericordioso y propicio, que estará siempre con él; y esta experiencia afirmará su vida para siempre con una confianza básica que le hará capaz de decir en cualquier circunstancia: ¿Quién nos separará del amor de Cristo? (Rom 8, 32ss). 

Santificado sea tu nombre. Significa darle a Dios en la vida el lugar central que se merece. Jesús santificó su Nombre. Padre, yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo daré a conocer, para que el amor con que me has amado esté en ellos y yo en ellos (Jn 17,26). Santificamos el nombre de Dios cuando nos rendimos a él sin miedo a nuestras limitaciones ni a la muerte. Santificamos su nombre cuando reconocemos como un don de su paternidad lo que somos y tenemos. Quien no reconoce la paternidad de Dios pretende hacerse padre de sí mismo, y busca sólo su propia gloria. De esta ignorancia, raíz del pecado, nace el orgullo y la ambición, que nos aleja de él, nos divide y destruye la creación. 

Venga tu reino. Es la gran promesa de Dios, término seguro de la historia humana. Es la soberanía de Dios que trae consigo el triunfo de la verdad y de la vida, de la santidad y de la gracia, de la justicia, el amor y la paz en toda la creación. El reino “ha llegado” en Jesús para cuantos se conviertan y crean en el evangelio; y “vendrá” finalmente en su plenitud para revelar la gloria de su amor salvador. Está entre nosotros oculto como la semilla sembrada que crece y se hace un árbol (Lc 13,18s). Y es, en definitiva, Jesucristo resucitado, que vuelve de la misma manera como se le vio marcharse (Hech 1, 11). Nos toca pedirlo, buscarlo, acogerlo (Lc 18,17). La invocación apresura su venida mucho más que cualquier otra obra humana. 

Hágase tu voluntad. Su voluntad es el amor fraterno, la construcción de la fraternidad. Ahí es donde se cumple toda justicia y se participa de su santidad. La voluntad de Dios no puede ser sino el bien para sus hijos. Jesús la cumple porque entrega su vida por los hermanos. En el cielo, la voluntad divina se cumple por el amor que existe entre el Padre y el Hijo; en la tierra, por el Espíritu que nos hace vivir como hermanos y hermanas, partícipes del amor de Dios. 

Danos hoy nuestro pan. El pan es vida. Así como la vida biológica sirve para la vida eterna, el pan material sirve para el espiritual, que es la Palabra y la Eucaristía. Ambos panes pedimos y no por separado, sino en continuidad uno y otro. Por el pan material no debemos inquietarnos, pues el Padre sabe lo que necesitamos (Lc 12, 22-31). Quien tiene el pan espiritual, trabaja, recibe y comparte. Pedir el pan no significa forzar la mano de Dios, obligarlo; es reconocerlo como el principio de la propia vida y no vivir con el miedo a la muerte. Y es el pan nuestro, no mi pan, porque lo que Dios da se comparte. Si no es pan nuestro, si no se comparte, genera división. Quien no comparte no ve en el prójimo a un hermano y, por tanto, no tiene derecho a llamar Padre a Dios. 

Perdónanos nuestros pecados. El pan de la vida es el amor que Dios da (por gracia) a todos, incluso al que ha pecado. Per-donar es la acción intensa y completa del donar. Es regalar o ceder voluntaria y gratuitamente. Jurídicamente los latinos llamaban perdón a la acción del acreedor de ceder definitivamente al deudor aquello que le debía. Es lo que hace Dios con nosotros y, al hacerlo, nos hace capaces de perdonarnos. Porque somos perdonados, también perdonamos. El cristiano no es justo sino justificado; no es perfecto sino misericordioso; no es santo sino favorecido con la gracia del único Santo que es Dios; no es fuerte contra el mal sino compasivo con el que ha caído. Por eso no condena, sino perdona. 

No nos dejes caer en tentación. No pedimos que nos libre de la prueba –componente de la vida temporal–, sino que nos proteja para no sucumbir. La tentación viene de mis debilidades y del miedo a la necesidad que se alía con el egoísmo. Pero “Dios es fiel y no permitirá que sean tentados por encima de sus fuerzas, antes bien con la tentación recibirán fuerzas suficientes para superarla” (1 Cor 10,13). La gran tentación es la pérdida de confianza en el Padre, que nos arranca del amor de Dios. Pero “esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe” (1 Jn 5,4).

lunes, 23 de febrero de 2026

El juicio final (Mt 25, 31-46)

P. Carlos Cardó SJ 

El juicio final, óleo sobre lienzo de John Martin (1853), Museo Tate (Museo Nacional Británico de Arte Moderno), Londres

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Cuando venga el Hijo del hombre, rodeado de su gloria, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria. Entonces serán congregadas ante él todas las naciones, y él apartará a los unos de los otros, como aparta el pastor a las ovejas de los cabritos, y pondrá a las ovejas a su derecha y a los cabritos a su izquierda.
Entonces dirá el rey a los de su derecha: 'Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo; porque estuve hambriento y me dieron de comer, sediento. y me dieron de beber, era forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, encarcelado y fueron a verme'.
Los justos le contestarán entonces: 'Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y te fuimos a ver?'. Y el rey les dirá: 'Yo les aseguro que, cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron'.
Entonces dirá también a los de su izquierda: 'Apártense de mí, malditos; vayan al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles; porque estuve hambriento y no me dieron de comer, sediento y no me dieron de beber, era forastero y no me hospedaron, estuve desnudo y no me vistieron, enfermo y encarcelado y no me visitaron'.
Entonces ellos le responderán: 'Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de forastero o desnudo, enfermo o encarcelado y no te asistimos?'. Y él les replicará: 'Yo les aseguro que, cuando no lo hicieron con uno de aquellos más insignificantes, tampoco lo hicieron conmigo'. Entonces irán éstos al castigo eterno y los justos a la vida eterna". 

El relato es una parábola o representación del juicio final. Gira en torno a la antítesis: “vengan-apártense”; “benditos-malditos”; “me dieron-no me dieron”. Quedan separados como el trigo y la cizaña, (Lc 13,24ss) o como los peces malos y los peces buenos (Lc 13, 47ss). Lo decisivo para ser acogido o rechazado es haber socorrido o no a mis hermanos más pequeños. Éstos están agrupados de dos en dos, conforme a tres necesidades de la vida humana: la alimentación, la inserción social  y la libertad. 

El hambre y la sed, si no se satisfacen, hacen que la vida no subsista, sobreviene la muerte. El vestido y la patria hacen posible la inserción social, pues la persona que no tiene un vestido digno se siente incómoda, rechazada; y el forastero, forzado a vivir fuera de su patria, se siente un ser extraño. La enfermedad y la cárcel, en fin, atormentan al espíritu con la incomunicación, el aislamiento y la soledad. 

Tanto los de la derecha como los de la izquierda se asombran de lo que les dice el Rey y preguntan: ¿cuándo te vimos hambriento...?  El rey responde afirmando su presencia en los necesitados: a mí me lo hicieron. La presencia de Cristo, misteriosa -de incógnito-, pero real, en los pequeños de este mundo, da a nuestros encuentros con ellos un valor trascendente, eterno. 

Tratar de reconocer, amar y servir al Señor en ‘estos pequeños’: de esta actitud depende el valor de nuestra vida, su radical realización o su radical fracaso. Por eso el juicio que hará de nosotros Cristo es el mismo juicio que hacemos ahora de los pobres y pequeños. Así, somos nosotros propiamente quienes lo juzgamos: al acogerlo o rechazarlo en los hambrientos y sedientos, en los desnudos y forasteros, en los enfermos y en los encarcelados. El juicio no será más que la constatación de lo que hacemos. Al final quedará al descubierto lo que libremente vamos haciendo con nuestra vida. Jesús nos lo advierte con la parábola del juicio para que abramos los ojos y nos hagamos conscientes de lo que hacemos o dejamos de hacer hoy. 

“¡El pobre es Cristo!”, solía decir San Alberto Hurtado. Con ello ponía énfasis a esta verdad del evangelio: en el pobre siempre está Cristo. Así, el mandamiento del amor a los pequeños de este mundo constituye el fundamento más firme y universal del obrar humano que conduce a la unión de todos los seres humanos, por encima de las diferencias. Con este mandamiento, Jesús establece un criterio de acción que va más allá de todos los cuadros religiosos y propuestas ideológicas. Y es un mandamiento evidente para todos. El amor a los necesitados expresa, en un lenguaje universal que todos comprenden, un mensaje que dice no sólo una verdad sobre la persona humana sino una verdad sobre el misterio mismo de Dios. Además, el amor al pobre es el que más manifiesta el modo como Dios ama, pues su amor incondicional, sanante y liberador muestra toda su eficacia cuando levanta del polvo al desvalido  ( 1 Sam 2, 8; Sal 113, 7) y a los hambrientos los colma de bienes (Lc 1, 53).

domingo, 22 de febrero de 2026

I Domingo de Cuaresma - Las tentaciones de Jesús en el desierto (Mc 1, 12-15)

 P. Carlos Cardó SJ 

Tentaciones de Cristo, fresco de Sandro Botticelli (1481 – 1482), Capilla Sixtina, El Vaticano, Roma
En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían.

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: "Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: renuncien a su mal camino y crean en la Buena Nueva". 

En el primer domingo de Cuaresma, la liturgia pone ante nuestros ojos la imagen de Jesús enfrentando como nosotros a las atracciones del mal. Jesús fue tentado realmente, no aparentemente tentado como afirmaron algunos herejes. Quiso someterse a la tentación para estar cerca de los que son tentados y para que nada de la existencia humana quedara sin ser asumido por él, verdadero Dios y verdadero hombre. Aun cuando su conciencia humana estuvo iluminada y sostenida en cada momento por la acción del Espíritu divino –que le hacía vivir por completo unido a Dios como su Padre–, Jesús tuvo que resolver la disyuntiva de optar por el poder y el éxito según el mundo o por el camino de cruz que su Padre, le ofrecía para realizar la salvación de sus hermanos; y esta disyuntiva significó para él una lucha interior que le llevaría al final a clamar: Padre …, aparta de mi este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya. Esta es la tentación que acompañó a Jesús hasta la cruz. Las tentaciones en el desierto describen los componentes de esa tentación constante que tuvo que enfrentar. 

Dice el texto que el espíritu condujo a Jesús al desierto para que el diablo lo tentara. Pasar por el desierto equivale a pasar una prueba, vivir una crisis. Desierto, tentaciones y pruebas forman parte de la vida. No son catástrofes; son situaciones en las que se ponen de manifiesto las propias vulnerabilidades, pero también lo mejor de cada uno. Enfrentadas y sostenidas en la fe, las crisis y tentaciones pueden ser fuente de nuevas posibilidades; por ellas se consolida nuestra identidad y personalidad, aunque siempre implican un riesgo y pueden producir algún desgaste. 

Para seguir a Jesús necesariamente hay que pasar por la tentación y la prueba que purifica el corazón de todo apego a la posesión, al éxito, a los placeres o a cualquier otra realidad terrena que lleva a olvidar los valores del evangelio. Seguir a Jesús es vivir un proceso de liberación interior de nuestras contradicciones e inconsecuencias. 

Jesús ayunó cuarenta días y cuarenta noches. El número simbólico evoca los cuarenta años que pasó Israel en el desierto. Es como decir: un largo período. Lo importante es que, con Jesús, nuevo Moisés, se da el éxodo a la verdadera y plena libertad. 

Después de haber ayunado, tuvo hambre; y ahí fue cuando el diablo lo tentó. La tentación siempre se engancha al hambre, a la necesidad, cualquiera que sea. Por eso, las tentaciones tienen siempre apariencia de bien. En el caso de Jesús, del tentador le dice: ¡Si eres el Hijo de Dios! Es como decirle: ¿Acaso no es bueno que te manifiestes como Dios de tal manera que nadie pueda dudar de ti? Los peores males se han cometido en aras de las mejores causas. Hasta en nombre de Dios y de la religión, se han cometido y se cometen atrocidades. 

1ª tentación: Si eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes. La tentación consiste en hacer de la obra salvadora un proyecto económico para beneficio propio. Es como si el tentador dijera: “pon todo en función de tu ganancia personal y verán que eres Dios”. El pan y el dinero con que se adquiere se convierten en lo que más vale en la vida. Nos ocurre a nosotros cuando ponemos lo económico, dinero y bienes materiales, como el principio absoluto en la organización de nuestra vida personal, familiar o social. De la absolutización del bienestar material surgen las luchas y discordias, las injusticias y opresiones. Fácilmente olvidamos que los bienes materiales no son un fin sino un medio, que tienen una finalidad a la que deben orientarse y que, finalmente, se acaban. El amor al dinero es la raíz de todos los males; algunos, por codiciarlo, se han apartado de la fe y se han ocasionado a sí mismos muchos males (1 Tim 6,10). El hombre, pues, pretende autodeterminarse con lo que gana, aunque sea sin tener en cuenta a los demás y a Dios. En el caso de Jesús: la tentación consiste en usar los medios mesiánicos para el servicio de sí mismo. 

2ª tentación: Tírate abajo, porque está escrito: Dará órdenes a sus ángeles para que te lleven en brazos… Es la tentación central: hacer que Dios haga lo que a mí me plazca, en vez de hacer su voluntad. Querer que Dios nos escuche, en vez de escucharlo. Buscar un Dios a nuestro servicio. En el caso de Jesús la tentación fue establecer una relación interesada con Dios para que le ayude a someter al mundo con medios espectaculares, que seduzcan en vez de convencer, que dominen en vez de suscitar una respuesta amorosa y libre y, encima, teniendo a Dios como aliado. 

3ª tentación: Todo esto te daré si te postras y me adoras. Es la tentación del poder. Dominar con el poder. Ante esta tentación, Jesús reacciona de inmediato, no entra en diálogo con el tentador. ¡Apártate de mi Satanás! Lo mismo le dirá a Pedro, cuando éste intente desviarlo de su camino de cruz: Apártate de mí Satanás (ponte detrás, Tentador), que me pones obstáculo. Tú no piensas como Dios, sino como los hombres (Mt 16,23). Jesús, en cambio, nos revelará en qué consiste la verdadera libertad: en poner la vida al servicio de todos, sin dominar a nadie, para que nadie viva oprimido o dominado. 

Que el Espíritu del Señor nos guíe en nuestro camino cuaresmal y aprendamos a salir victoriosos de nuestras tentaciones, sabiendo discernir en cada circunstancia cuál es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto (Rom 12,2). Que nuestras prácticas penitenciales, concretamente el ayuno, nos recuerden que la vida es un don, no proviene del alimento sino de Dios creador. Así reconoceremos agradecidos que Dios es vida y que nuestro pan de cada día es un don que él nos hace.

sábado, 21 de febrero de 2026

Llamamiento de Leví y comida con pecadores (Lc 5, 27-32)

 P. Carlos Cardó SJ 

La fiesta en la casa de Leví, óleo sobre lienzo de Paolo Veronese (1573), Galería de la Academia, Venecia

En aquel tiempo, Jesús vio a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: "Sígueme".
Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos y otros.
Los fariseos y los escribas dijeron a sus discípulos, criticándolo: "¿Cómo es que comes y bebes con publícanos y pecadores?".
Jesús les replicó: "No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino para invitar a los pecadores a que se arrepientan". 

Jesús realiza un gesto provocador. Llama a un publicano a formar parte de su comunidad. Un judío decente evitaba el trato con los publicanos, porque eran considerados pecadores públicos y descreídos por dedicarse al vil oficio de recaudar impuestos para los romanos y ejercerlo de manera fraudulenta. 

La sorpresiva distinción de que ha sido objeto, provoca en el publicano Leví el deseo de celebrarlo y organiza un banquete. Quiere agradecer a ese Maestro galileo que haya tenido para con él esa deferencia tan inesperada, y tan contraria a las costumbres y creencias de los judíos, de contarlo entre sus discípulos. Naturalmente invita a muchos otros publicanos. Y Jesús acepta la invitación a sentarse a la mesa con esa gente. Sorprendente. 

La expectativa del Reino de Dios como un banquete que reunirá a los justos y elegidos había cargado de simbolismo el acto natural del comer: no sólo se celebraba el memorial del éxodo con el banquete del cordero pascual, sino que el comer juntos solía ser expresión de valores compartidos, alianzas, amistades. 

Pero como en la mesa del reino Dios comía sólo con sus elegidos y los otros quedaban excluidos, el judío sólo podía sentarse a la mesa con gente considerada honesta, justa, fieles a su religión. Por eso en la regla de la comunidad esenia, grupo especialmente excluyente y rigorista, estaba establecido: Que ningún pecador o gentil, ni cojo o manco o herido por Dios en su carne tenga parte en la mesa de los elegidos (regla de Qumram). 

Jesús cambia esta mentalidad. Los pecadores no se han de evitar como apestados. El médico cura a los enfermos. En Jesús, Dios se acerca a los excluidos, despreciados, no practicantes, traidores –como los publicanos que trabajaban en favor de los romanos– y pecadores públicos. 

La comunidad cristiana toma conciencia. El Dios de Jesús no es el dios de la sociedad judía puritana, excluyente y discriminador. Es Dios de misericordia, que ofrece a todos la posibilidad de rehabilitarse. La comunidad cristiana toma conciencia de lo que es: pecadores que han sido tocados por la gracia en Jesucristo. Cada uno puede verse en Leví, o entre los invitados al banquete. Por consiguiente, no caben las discriminaciones. 

No necesitan médico los sanos sino los enfermos. No he venido a llamar a justos sino a pecadores. Pablo dirá: Miren, hermanos, a quienes eligió Dios: no hay entre ustedes sabios, ni poderosos…, lo débil del mundo escogió Dios… (1 Cor 1, 26). 

En la mesa del Señor nos sentamos los pecadores. Es él quien nos congrega de toda raza, lengua y cultura. Reúne a todos los hijos e hijas de Dios dispersos. Y le damos gracias porque nos hace dignos de servirlo en su presencia. Indignos todos; la gracia es la que nos dignifica.

viernes, 20 de febrero de 2026

El ayuno (Mt 9, 14-15)

 P. Carlos Cardó SJ 

Caná, temple sobre tabla de Duccio Di Buoninsegna (1308 – 1311), Museo dell Opera Metropolitana del Duomo de Siena, Italia

Entonces se le acercaron los discípulos de Juan y le preguntaron: «Nosotros y los fariseos ayunamos en muchas ocasiones, ¿por qué tus discípulos no ayunan?».
Jesús les contestó: «¿Quieren ustedes que los compañeros del novio estén de duelo, mientras el novio está con ellos? Llegará el tiempo en que el novio les será quitado; entonces ayunarán». 

Antes de este pasaje aparece Jesús y sus discípulos comiendo en casa de un publicano; ahora los discípulos de Juan Bautista los sorprenden comiendo en un día de ayuno. Juan los ha enviado a seguir a Jesús, desde que lo señaló como el que era más grande que él, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Pero estas actitudes de Jesús y lo que enseña a sus discípulos los desconciertan. Por eso le preguntan: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos y tus discípulos no ayunan? 

Jesús responde situando la cuestión en otra esfera de pensamiento: en la esfera de la revelación del amor salvador de Dios ofrecido como gracia a todos los que escuchan su palabra y lo siguen. Su presencia señala el cumplimiento del tiempo mesiánico, la venida del reino de Dios, el tiempo nuevo de la realización de las promesas hechas por Dios a Israel, tiempo de la fiesta de la nueva humanidad reconciliada. 

Se debe, por tanto, celebrar y hacer fiesta. Jesús lo dice con el proverbio: ¿Pueden acaso llevar luto los amigos del novio mientras el novio está con ellos? La situación de una fiesta nupcial excluye perentoriamente toda forma penitencial. Los profetas previeron este tiempo y su corazón se llenó de alegría. Recordemos, por ejemplo, a Isaías: “El espíritu de Yahvé sobre mí porque me ha ungido; me ha enviado... para alegrar a todos los afligidos de Sión y ponerles una corona en vez de cenizas, perfume de fiesta en vez de trajes de luto, cantos de alabanza en vez de un corazón abatido” (Is 61, 1-3) 

Llegará un día en que les quitarán al novio, entonces ayunarán, añade Jesús, anunciando su final. Les quitarán al novio cuando sea levantado en la cruz y elevado al cielo. Entre la alegría primera de su presencia en la tierra y la consumación de la unión perfecta de la humanidad salvada con Dios en el banquete nupcial del reino, transcurre el tiempo de la espera. 

Es tiempo de la vivencia de su presencia interior resucitada, que alienta la espera de la pascua eterna. De momento queda el símbolo de su cruz: en los crucificados. Y el signo eficaz de su presencia viva en el partir el pan. Esos símbolos nos guían a la práctica de la religión verdadera, y en particular al ayuno que quiere el Señor, que consiste en partir el pan con el hambriento, dar casa al sin techo, vestir al desnudo, romper las cadenas, quebrar todo yugo (Is 58, 6s.). Así nos encontramos con el esposo, hecho el último y el servidor de todos. 

Las pequeñas parábolas sobre lo viejo y lo nuevo: no se puede coser un pedazo de tela nueva en un vestido viejo porque, al encoger, hará un desgarrón mayor, ni se puede guardar vino nuevo en odres viejos porque al seguir fermentando reventará los odres y todo se perderá, vienen a subrayar la idea de que son incompatibles la religión nueva del corazón, que Jesús enseña, y la religión legalista y puramente exterior del judaísmo. 

El reino viene; a la novedad del anuncio debe responder la novedad de la respuesta humana. Ésta no puede consistir en un simple reformismo sino en una renovación radical y plena. Conviértanse, cambien de vida, porque el reino de los cielos ya está cerca (4,17): este cambio profundo implica despojarse de las seguridades del pasado y abrirse a la perspectiva de la fe que actúa en el amor.

jueves, 19 de febrero de 2026

Condiciones para el seguimiento de Jesús (Lc 9, 22-25)

 P. Carlos Cardó SJ 

Camino del calvario, óleo sobre lienzo de Domenico Zampieri “Domedichino” (1610), Centro Getty, Los Ángeles, Estados Unidos

Les decía: «El Hijo del Hombre tiene que sufrir mucho y ser rechazado por las autoridades judías, por los jefes de los sacerdotes y por los maestros de la Ley. Lo condenarán a muerte, pero tres días después resucitará».
También Jesús decía a toda la gente: «Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y que me siga. Les digo: el que quiera salvarse a sí mismo se perderá, y el que pierda su vida por causa mía, se salvará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si se pierde o se disminuye a sí mismo?». 

En el camino hacia Jerusalén donde iba a ser entregado, Jesús anunció a sus discípulos que “tenía que sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley, que lo matarían y al tercer día resucitaría”. Habló de esto con claridad, haciendo ver que su misión era la del Mesías Siervo, que no se acredita con un triunfo según el mundo sino asumiendo el dolor y la culpa de sus hermanos. Con ello Jesús aceptaba como propia la voluntad de su Padre que ama tanto al mundo hasta entregar a su Hijo. Con ello demostraba que “no hay mayor amor que el que da su vida por sus amigos”. 

Junto a los anuncios de su pasión, Jesús expone las opciones capitales que ha de tomar el que quiera ser su discípulo, sobre todo en los momentos difíciles que le toque vivir, cuando sienta la tentación de volverse atrás. 

Y lo primero que dice Jesús es que la adhesión a su persona y a su mensaje requiere una decisión de ir en pos de él, de seguirlo. En cierto sentido era lo que hacían los discípulos de los rabinos judíos de aquel tiempo, pero el modo como Jesús plantea el seguimiento implica una disposición personal a recorrer con él su camino hasta el final y asumir su estilo de vida con todas sus consecuencias. Lo que quiere Jesús es la identificación con él, para que su vida se prolongue en la del discípulo. Pablo dirá: “Vivo yo, ya no yo; es Cristo quien vive en mí” (Fil 1). “Estoy crucificado con Cristo y no vivo yo, sino es Cristo quien vive en mí” (Gal 2). 

El determinarse a ser como él implica también negarse a sí mismo, es decir, negar cada uno su falso yo –deformado por la voluntad de poder, la ambición y el egoísmo–, para hacer nacer su verdadero yo y hacer posible la donación sin reservas. Morir al egoísmo es nacer al amor solidario. Hay que volver la mirada a los otros para amarlos. Como Jesús: hombre para los demás. 

Cargue con su cruz cada día, añade Jesús, aludiendo a la lucha que cada uno ha de mantener contra el mal que actúa en él, la lucha contra el egoísmo. Es mi tarea diaria, que nadie puede hacer por mí. Llevar la cruz significa también asumir las cargas de sufrimiento y renuncia que la vida impone y ver la presencia de Dios en esas circunstancias. Entonces se revela el sentido que pueden tener y el bien al que pueden contribuir si se viven con Dios. No se trata de añadir sufrimientos a los que la vida misma y las exigencias del compromiso cristiano normalmente nos imponen. Se trata de aprender a llevarlo como Cristo nos enseña. 

La vida es un don y se realiza dándola; encerrarse en sí mismo, en su propio amor querer e interés, es echarla a perder. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la salvará. La entrega de uno mismo a los demás y a Dios, en eso consiste la vida auténtica y verdadera, que no se pierde, porque pertenece ya a Dios y él estará a su lado aun en la muerte. Es la realización plena de la persona que todos anhelamos, el tesoro escondido que uno descubre y, por la alegría que le da, vende todo para poder ganarlo.