miércoles, 1 de abril de 2026

Cena pascual y anuncio de la traición – Miércoles Santo (Mt 26, 14-25)

 P. Carlos Cardó SJ 

La traición de Judas, óleo sobre lienzo de Carl Bloch (1875) capilla del castillo de Frederiksborg, Hillerød, Dinamarca

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: ¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?" Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselos. El primer día de la fiesta de los panes Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: "¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?" El respondió: "Vayan a la ciudad, a casa de fulano y díganle: `El Maestro dice: Mi hora está ya cerca. Voy a celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa'.
Ellos hicieron lo que Jesús les había ordenado y prepararon la cena de Pascua. Al atardecer, se sentó a la mesa con los Doce y mientras cenaban, les dijo: "Yo les aseguro que uno de ustedes va a entregarme". Ellos se pusieron muy tristes y comenzaron a preguntarle uno por uno: "¿Acaso soy yo, Señor?" Él respondió: "El que moja su pan en el mismo plato que yo, ése va a entregarme. Porque el Hijo del hombre va a morir, como está escrito de Él; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre va a ser entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido". Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: "¿Acaso soy yo Maestro?"
Jesús le respondió: "Tú lo has dicho". 

Con la traición de Judas, uno de los más íntimos de Jesús, el evangelista Mateo acentúa la atroz oscuridad en que va a desarrollarse la historia de la pasión del Señor. Es verdad que deja constancia de que todo iba a suceder conforme lo había ya predicho Jesús y de acuerdo a un designio de Dios (26, ls); sabe también, cuando escribe su evangelio, que de la oscuridad de la pasión brotará la luz de la resurrección, (16, 21; 17,23; 20, 19), pero lo que nos narra mantiene todo el carácter enigmático, sobrecogedor y nunca dominable del todo que tuvieron los acontecimientos de la pasión y muerte del Señor para los primeros testigos. 

Jesús, había anunciado que el Hijo del hombre dentro de dos días iba a ser entregado e iba a sufrir muerte de cruz (26, 2). Ahora asegura que ha llegado ya «la hora» (26, 45s), «su tiempo». Habla de ello con toda conciencia, empeñándose a sí mismo, y como quien se ha determinado a dar cumplimiento a la obra que se le ha encomendado. No va pasivamente. El Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por todos, había dicho claramente (Mt 20,28) Y en el evangelio de Juan es más enfático aún: A mí nadie me quita la vida, sino que yo la doy por mi propia voluntad. Tengo poder para darla y para recuperarla (Jn 10,18). 

Este señorío personal y determinación con que procede Jesús se muestra también en la orden que da a continuación a sus discípulos para que preparen su cena pascual y en la forma como dispone de la casa de un desconocido de Jerusalén para celebrarla. Los discípulos obedecen. Consciente o inconscientemente, realizan lo propio del discípulo que es cumplir lo que el Maestro les dice o lo propio de los familiares de Jesús que es cumplir la voluntad de su Padre que está en los cielos (12, 50). 

Al atardecer, se puso a la mesa con los Doce. Cae la noche del poder del mal y de la tiniebla. Y Jesús anuncia que uno de sus discípulos lo va a entregar. El clima se ensombrece aún más por el desánimo y la tristeza que embarga a los discípulos. Consternados, uno a uno le preguntan: ¿Acaso soy yo, Señor? Nunca han pensado una cosa así y, naturalmente esperan una respuesta negativa. Pero la situación es tan dramática que los ha puesto inseguros. El cristiano puede identificar dentro de sí la inseguridad que sienten los discípulos y puede ver reflejadas en su pregunta sus propias inquietudes sobre la baja calidad de su relación con Jesús, sobre sus incoherencias y la posibilidad de traicionar al Señor por la inestable fragilidad de la naturaleza humana. No hay razón para identificarse con el Iscariote, pero es indudable que su siniestra figura habla de la realidad que nos cuesta admitir: el pecado del mundo que actúa en nosotros. 

De ese mundo nos salva el Señor. Y quiere salvar a su discípulo. Es impresionante el modo como Jesús trata a Judas. No lo avergüenza, no profiere contra él insulto alguno ni lo censura abierta y drásticamente. Se limita simplemente a decirle: Tú lo has dicho. No es una expresión agresiva, es una afirmación confirmatoria que encierra tal vez una amonestación indulgente, como esperando que se arrepienta. Pero la distancia está trazada, la separación se ha consumado. El amor de Jesús por su discípulo no se contradice con la calificación del pecado de Judas. El Hijo del hombre se va, tal como está escrito de él, pero ¡ay de aquel que entrega al Hijo del hombre! ¡Más le valdría no haber nacido! 

Mateo, a diferencia de Juan, no dice si Judas salió inmediatamente de la sala, pero se supone. Volverá aparecer en el Huerto de los Olivos para entregar con un beso al Señor.

martes, 31 de marzo de 2026

Traición de Judas y anuncio de las negaciones de Pedro – Martes Santo (Jn 13, 21-33.36-38)

 P. Carlos Cardó SJ 

Negación de San Pedro, óleo sobre cobre de Carl Heinrich Bloch (1873), capilla del castillo de Frederiksborg, Hillerød, Dinamarca

En aquel tiempo, cuando Jesús estaba a la mesa con sus discípulos, se conmovió profundamente y declaró: "Yo les aseguro que uno de ustedes me va a entregar". Los discípulos se miraron perplejos unos a otros, porque no sabían de quién hablaba. Uno de ellos, al que Jesús tanto amaba, se hallaba reclinado a su derecha. Simón Pedro le hizo una seña y le preguntó: "¿De quién lo dice?" Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: "Señor, ¿quién es?" Le contestó Jesús: "Aquel a quien yo le dé este trozo de pan, que voy a mojar". Mojó el pan y se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote; y tras el bocado, entró en él Satanás.
Jesús le dijo entonces a Judas: "Lo que tienes que hacer, hazlo pronto". Pero ninguno de los comensales entendió a qué se refería; algunos supusieron que, como Judas tenía a su cargo la bolsa, Jesús le había encomendado comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres. Judas, después de tomar el bocado, salió inmediatamente. Era de noche.
Una vez que Judas se fue, Jesús dijo: "Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en Él. Si Dios ha sido glorificado en Él, también Dios lo glorificará en sí mismo y pronto lo glorificará.
Hijitos, todavía estaré un poco con ustedes. Me buscarán, pero como les dije a los judíos, así se lo digo a ustedes ahora: 'A donde yo voy, ustedes no pueden ir'. Simón Pedro le dijo: "Señor, ¿a dónde vas?" Jesús le respondió: "A donde yo voy, no me puedes seguir ahora; me seguirás más tarde". Pedro replicó: "Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti". Jesús le contestó: "¿Conque darás tu vida por mí?
Yo te aseguro que no cantará el gallo, antes de que me hayas negado tres veces". 

En medio de la comunidad de Jesús puede actuar la traición. Judas es uno de los Doce. La traición no viene de fuera, está dentro, entre los amigos: ¡uno de ustedes! Está el mundo de arriba, de Dios, de la verdad y de la luz, y está el mundo de abajo, del maligno, mundo de la mentira y de la oscuridad. Y el hecho es que este mundo que se opone a Cristo influye y actúa en la comunidad. 

La traición de Judas suele suscitar muchos interrogantes. ¿Impotencia de Dios ante la libertad del hombre? ¿Es inevitable el mal? La respuesta es que Dios no puede dejar de respetar la libertad humana, por la cual su criatura es imagen y semejanza suya. Pero queda claro que sólo cuando se rechaza a la luz, viene la tiniebla. Sólo cuando Judas, con el mal uso de su libertad, decide abandonar al Señor, entra el diablo en él. Jesús no se inmuta, sigue dueño de la situación, porque la luz vencerá a la tiniebla, aunque ésta tenga “su hora” y su poder. Dios se dejará vencer en la cruz de su Hijo para triunfar. Sólo así puede librarnos de la muerte, máximo poder y aparente triunfo del mal. 

Otra pregunta que el texto puede plantear tiene que ver con la posibilidad de la perdición y la salvación. Parece no haber alternativa, o una cosa o la otra. Pero somos salvados precisamente porque estábamos perdidos. Y esa es nuestra fe: Estábamos incapacitados de salvarnos, pero Cristo murió por los culpables… Dios nos ha mostrado su amor ya que cuando aún éramos pecadores, Cristo murió por nosotros (Rom 5, 6.8). Judas encarna la posibilidad de la perdición, de la que Jesús salva. Judas es la realidad que nos cuesta admitir: el pecado del mundo del que somos partícipes y que puede echar a perder nuestra vida. Pero este mundo perdido es amado por Dios. 

La fidelidad del amor de Dios por todos sus hijos e hijas se muestra en Jesús: Ama a Judas y da la vida por él. No puede no amarlo (no puede odiarlo) porque es el amor de Dios encarnado, y dejaría de ser Dios, sería un simple hombre. Por eso, la traición de Judas equivale en el evangelio de Juan a la glorificación del Hijo, es decir, a la revelación máxima del poder salvador del amor. 

Jesús ama al discípulo: muestra de ello es el darle el trozo de pan mojado en la salsa, en gesto de amistad y cercanía. Pero con el bocado entró Satanás en Judas y Jesús lo exhorta a actuar. Los discípulos no entienden. Judas sale y es la noche. Lo envuelve la tiniebla. Como a los Doce cuando se fueron en barca después de lo de los panes…Fuera de la comunidad de Jesús sólo hay noche. 

El pasaje de Judas saca al discípulo de la presunción de salvarse por sus propios méritos, y lo libra también de la angustia de perderse. Hace ver que la salvación es un amor que no se niega a nadie, ni a quien lo niega y traiciona. Dios nos ama porque somos sus hijos. 

Pedro pregunta: ¿A dónde vas, Señor? Ni siquiera al final del largo recorrido con el Maestro ha comprendido que su partida responde al plan de Dios; sigue en el nivel de los pensamientos de los hombres. Intuye, no obstante, que algo malo le puede suceder y exclama, en un arranque más de su carácter impulsivo: ¿por qué no puedo seguirte? Yo daría la vida por ti.  Y Jesús le anuncia sus negaciones. Pedro debe entender que el seguimiento de Jesús –cuya cúspide es el martirio– no depende de las fuerzas humanas. Como Judas, Pedro debe deponer la presunción de salvarse por sus propios méritos. A la luz de la resurrección, vuelto de sus pruebas, Pedro reconocerá que lo que salva no es el dar la vida por el Señor, sino que el Señor haya dado su vida por nuestra salvación. Cuando haya conocido verdaderamente su amor, estará listo para seguirlo hasta el final y nadie podrá arrancarlo de su mano.

lunes, 30 de marzo de 2026

La unción en Betania – Lunes Santo (Jn 12, 1-8)

 P. Carlos Cardó SJ 

La unción en Betania, óleo sobre tabla de Nicolas Froment (1461) perteneciente al tríptico La Resurrección de Lázaro, Galería de los Uffici, Florencia, Italia

Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Martha servía y Lázaro era uno de los que estaban con Él a la mesa. María tomó entonces una libra de perfume de nardo auténtico, muy costoso, le ungió a Jesús los pies con él y se los enjugó con su cabellera, y la casa se llenó con la fragancia del perfume.
Entonces Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que iba a entregar a Jesús, exclamó: "¿por qué no se ha vendido ese perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?" Esto lo dijo, no porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía a su cargo la bolsa, robaba lo que echaban en ella.
Entonces dijo Jesús: "Déjala. Esto lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tendrán siempre con ustedes, pero a mí no siempre me tendrán". Mientras tanto, la multitud de judíos, que se enteró de que Jesús estaba allí, acudió, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, a quien el Señor había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes deliberaban para matar a Lázaro, porque a causa de él, muchos judíos se separaban y creían en Jesús. 

Jesús va a Betania, donde ha devuelto la vida a Lázaro. Le ofrecen allí una cena de acción de gracias. Por la forma como lo relata San Juan, es un anticipo de la última cena en la que Jesús instituirá el memorial de su muerte y resurrección. 

Marta, María, Lázaro y los invitados, con Jesús como centro, simbolizan a la comunidad de los creyentes que celebra la Cena del Señor y lo hace presente por los siglos. Se destaca la figura de María y su ofrenda de un perfume finísimo, con el que rinde homenaje a Jesús y le demuestra toda su gratitud por lo que ha hecho en favor de su hermano. Las alusiones implícitas al Cantar de los Cantares (el perfume de nardo 1,12; los cabellos 7,6) permiten suponer que Juan ve en la mujer de Betania un símbolo de la Iglesia-esposa, que rinde homenaje a su Señor. 

La acción que realiza María es propia de los sirvientes de casa: ungir o lavar los pies del invitado en señal de bienvenida; pero ella lo hace como muestra de un amor que da sin llevar cuentas. Así es el amor auténtico. Todas las riquezas de la casa no bastan para comprarlo (Cant 8,7). Por eso, María lo demuestra con su regalo de un perfume carísimo que resulta excesivo a quien no conoce ni siente tal amor. Del mismo modo, el gesto de Jesús de lavar los pies de sus discípulos en la última cena, será para Juan la demostración de que Jesús, con la entrega de su vida, ha llevado su amor hasta el extremo. Este amor, expresión de la donación de uno mismo, será el distintivo de la comunidad. En esto conocerán que son ustedes mis discípulos… 

El perfume adquiere importancia central en el relato. Toda la casa se llenó de la fragancia del perfume. Todos en la comunidad han sido alcanzados por el espíritu del Señor, espíritu del amor. San Pablo dirá que Dios, valiéndose de nosotros esparce en todo lugar la fragancia de su conocimiento. Porque nosotros somos para Dios el buen olor de Cristo…, olor de vida que lleva a la vida (2 Cor 2, 15-16). No se puede guardar la fe como algo puramente íntimo, privado. El perfume se expande. Así como el pan es para ser partido y consumido, así también la esencia del perfume es expandirse y desaparecer. Un pan que se guarda no alimenta, no sirve para nada; un perfume que se guarda en sí mismo no es perfume. Por eso es símbolo de Dios cuya esencia, el amor, es expansivo, se da siempre. Es símbolo de Cristo que no se guarda para sí sino que sirve y se entrega totalmente. Y es símbolo del cristiano, hecho para la donación generosa en el servicio, a imitación del Señor. Se podría decir, también, que el frasco de perfume roto es otro símbolo, porque sugiere la idea de las opciones fundamentales y de los compromisos definitivos y para siempre, por medio de los cuales la persona lo da todo de una vez y para siempre, sin dejar abierta la posibilidad de echarse atrás. 

Judas protesta. Encarna al mundo que rechaza el don del amor salvador que Dios ofrece y el camino hacia la plena realización humana por medio del amor de donación y servicio. Este mundo no aprecia el valor de la entrega sacrificada que da más de lo que es preciso; actitudes así le parecen despilfarro, derroche inexplicable. Pero además, Judas aparece designado específicamente como el que lo iba a traicionar, y su protesta, mentirosa, que no busca el bien de los pobres sino obtener provecho de la venta del perfume, deja ver la razón última de su traición: no ha aceptado al Señor, nunca lo ha comprendido, lo ha seguido pero por su propio interés y le molesta su mensaje del amor que salva. 

María sí ha entendido al Señor. Por su parte, Jesús la defiende e interpreta su muestra de afecto como una acción profética. Prepara mi cuerpo para la sepultura. Anticipa la experiencia pascual de las mujeres que irán con perfumes de mirra y áloe a embalsamar el cuerpo de Jesús. Pero a diferencia de ellas que irán a honrar a un difunto, María honra al que está vivo y da la vida, al gran Viviente que vencerá a la muerte. 

La frase de Jesús que viene a continuación puede resultar difícil de entender, pero se entiende si se la ve como una alusión al texto del Deuteronomio: No dejará de haber pobres en medio del país (Dt 15, 11), que remite al mandamiento de Dios de socorrer a los necesitados. Esta orden sagrada valdrá siempre, mientras la injusticia siga dominando en el mundo. El sentido de la frase de Jesús sería éste: «Hay que ocuparse siempre de los pobres, pero María ha hecho bien al ocuparse hoy de mí». 

Ocasiones para demostrar amor a los pobres las habrá siempre, pero la oportunidad de tributar a Jesús tal demostración de amor no se da sino ahora y María lo ha entendido. 

En resumen, el pasaje transmite la lección de la generosidad plena. No perdemos lo que entregamos. El amor generoso, que da sin llevar cuenta, será siempre el distintivo del verdadero discípulo.

domingo, 29 de marzo de 2026

Domingo de Ramos (Mt 26, 14 - 27. 66)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús entra en Jerusalén, fresco de Fillipo di Memmo di Fillipuccio (1338- 1345), Colegiata de San Gimignano, Toscana, Italia

Entonces uno de los Doce, que se llamaba Judas Iscariote, se presentó a los jefes de los sacerdotes y les dijo: «¿Cuánto me darán si se lo entrego?».
Ellos prometieron darle treinta monedas de plata. Y a partir de ese momento, Judas andaba buscando una oportunidad para entregárselo.
El primer día de la Fiesta en que se comía el pan sin levadura, los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: «¿Dónde quieres que preparemos la comida de la Pascua?».
Jesús contestó: «Vayan a la ciudad, a casa de tal hombre, y díganle: El Maestro te manda decir: Mi hora se acerca y quiero celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa».
Los discípulos hicieron tal como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua.
Llegada la tarde, Jesús se sentó a la mesa con los Doce. Y mientras comían, les dijo: «En verdad les digo: uno de ustedes me va a traicionar».
Se sintieron profundamente afligidos, y uno a uno comenzaron a preguntarle: «¿Seré yo, Señor?».
Él contestó: «El que me va a entregar es uno de los que mojan su pan conmigo en el plato. El Hijo del Hombre se va, como dicen las Escrituras, pero ¡pobre de aquel que entrega al Hijo del Hombre! ¡Sería mejor para él no haber nacido!».
Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó también: «¿Seré yo acaso, Maestro?».
Jesús respondió: «Tú lo has dicho».
Mientras comían, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomen y coman; esto es mi cuerpo».
Después tomó una copa, dio gracias y se la pasó diciendo: «Beban todos de ella: esto es mi sangre, la sangre de la Alianza, que es derramada por una muchedumbre, para el perdón de sus pecados. Y les digo que desde ahora no volveré a beber del zumo de cepas, hasta el día en que lo beba nuevo con ustedes en el Reino de mi Padre».
Después de cantar los salmos, partieron para el monte de los Olivos. Entonces Jesús les dijo: «Todos ustedes caerán esta noche: ya no sabrán qué pensar de mí. Pues dice la Escritura: Heriré al Pastor y se dispersarán las ovejas. Pero después de mi resurrección iré delante de ustedes a Galilea».
Pedro empezó a decirle: «Aunque todos tropiecen, yo nunca dudaré de ti».
Jesús le replicó: «Yo te aseguro que esta misma noche, antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces».
Pedro insistió: «Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré». Y los demás discípulos le aseguraban lo mismo.
Llegó Jesús con ellos a un lugar llamado Getsemaní y dijo a sus discípulos: «Siéntense aquí, mientras yo voy más allá a orar».
Tomó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y comenzó a sentir tristeza y angustia. Y les dijo: «Siento una tristeza de muerte. Quédense aquí conmigo y permanezcan despiertos». Fue un poco más adelante y, postrándose hasta tocar la tierra con su cara, oró así: «Padre, si es posible, que esta copa se aleje de mí. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú». Volvió donde sus discípulos, y los halló dormidos; y dijo a Pedro: «¿De modo que no pudieron permanecer despiertos ni una hora conmigo? Estén despiertos y recen para que no caigan en la tentación. El espíritu es animoso, pero la carne es débil».
De nuevo se apartó por segunda vez a orar: «Padre, si esta copa no puede ser apartada de mí sin que yo la beba, que se haga tu voluntad».
Volvió otra vez donde los discípulos y los encontró dormidos, pues se les cerraban los ojos de sueño. Los dejó, pues, y fue de nuevo a orar por tercera vez repitiendo las mismas palabras. Entonces volvió donde los discípulos y les dijo: «¡Ahora pueden dormir y descansar! Ha llegado la hora y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores. ¡Levántense, vamos! El traidor ya está por llegar.»
Estaba todavía hablando, cuando llegó Judas, uno de los Doce. Iba acompañado de una chusma armada con espadas y garrotes, enviada por los jefes de los sacerdotes y por las autoridades judías. El traidor les había dado esta señal: «Al que yo dé un beso, ése es; arréstenlo».
Se fue directamente donde Jesús y le dijo: «Buenas noches, Maestro.» Y le dio un beso.
Jesús le dijo: «Amigo, haz lo que vienes a hacer». Entonces se acercaron a Jesús y lo arrestaron.
Uno de los que estaban con Jesús sacó la espada e hirió al sirviente del sumo sacerdote, cortándole una oreja.
Entonces Jesús le dijo: «Vuelve la espada a su sitio, pues quien usa la espada, perecerá por la espada. ¿No sabes que podría invocar a mi Padre y él, al momento, me mandaría más de doce ejércitos de ángeles? Pero así había de suceder, y tienen que cumplirse las Escrituras».
En ese momento, Jesús dijo a la gente: «A lo mejor buscan un ladrón y por eso salieron a detenerme con espadas y palos. Yo sin embargo me sentaba diariamente entre ustedes en el Templo para enseñar, y no me detuvieron. Pero todo ha pasado para que así se cumpliera lo escrito en los Profetas».
Entonces todos los discípulos abandonaron a Jesús y huyeron. Los que tomaron preso a Jesús lo llevaron a casa del sumo sacerdote Caifás, donde se habían reunido los maestros de la Ley y las autoridades judías.
Pedro lo iba siguiendo de lejos, hasta llegar al palacio del sumo sacerdote. Entró en el patio y se sentó con los policías del Templo, para ver en qué terminaba todo. Los jefes de los sacerdotes y el Consejo Supremo andaban buscando alguna declaración falsa contra Jesús, para poderlo condenar a muerte. Pero pasaban los falsos testigos y no se encontraba nada. Al fin llegaron dos que declararon: «Este hombre dijo: Yo soy capaz de destruir el Templo de Dios y de reconstruirlo en tres días».
Entonces el sumo sacerdote se puso de pie y preguntó a Jesús: «¿No tienes nada que responder? ¿Qué es esto que declaran en contra tuya?». Pero Jesús se quedó callado.
Entonces el sumo sacerdote le dijo: «En el nombre del Dios vivo te ordeno que nos contestes: ¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios?».
Jesús le respondió: «Así es, tal como tú lo has dicho. Y yo les digo más: a partir de ahora ustedes contemplarán al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Dios Todopoderoso, y lo verán venir sobre las nubes del cielo».
Entonces el sumo sacerdote se rasgó las ropas, diciendo: «¡Ha blasfemado! ¿Para qué necesitamos más testigos? Ustedes mismos acaban de oír estas palabras blasfemas. ¿Qué deciden ustedes?».
Ellos contestaron: «¡Merece la muerte!» Luego comenzaron a escupirle en la cara y a darle bofetadas, mientras otros lo golpeaban diciéndole: «Mesías, ¡adivina quién te pegó!». Mientras Pedro estaba sentado fuera, en el patio, se le acercó una sirvienta de la casa y le dijo: «Tú también estabas con Jesús de Galilea».
Pero él lo negó delante de todos, diciendo: «No sé de qué estás hablando».
Y como Pedro se dirigiera hacia la salida, lo vio otra sirvienta, que dijo a los presentes: «Este hombre andaba con Jesús de Nazaret».
Pedro lo negó por segunda vez, jurando: «Yo no conozco a ese hombre».
Un poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro: «Sin duda que eres uno de los galileos: se nota por tu modo de hablar».
Entonces Pedro empezó a proferir maldiciones y a afirmar con juramento que no conocía a aquel hombre. Y en aquel mismo momento cantó un gallo. Entonces Pedro se acordó de las palabras que Jesús le había dicho: «Antes de que cante el gallo me negarás tres veces». Y saliendo fuera, lloró amargamente.

En la entrada de Jesús en Jerusalén aparecen juntos su triunfo y su pasión. Con los niños judíos que salieron a su encuentro portando ramos de olivo, lo aclamamos como nuestro rey: “Hosanna al Hijo de David. Bendito el que viene en nombre del Señor”. Impacta la humildad y mansedumbre con que vive su condición de rey: entra en la ciudad montado sobre un pollino. Su reino no es de este mundo. Su grandeza no se manifiesta en el dominio y el poder, sino en el servir y dar su vida. 

A continuación, el relato de la Pasión según San Mateo hace ver cómo el largo camino recorrido por Dios en su búsqueda del ser humano alcanza su fin. En la cruz, Jesús nos da alcance, situándose para ello en el espacio que nos aleja de Dios: el espacio de nuestro pecado, nuestro dolor y nuestra muerte. Dios es misericordia, amor apasionado que se identifica con los que ama. La pasión hace ver lo que Dios se hizo para salvarnos: el juez es juzgado, el inocente condenado, el rey entronizado en un patíbulo de esclavos, el autor de la vida asesinado. Los brazos del Crucificado alcanzan el universo y anulan toda distancia y oposición entre el cielo y la tierra. 

La Pasión según San Mateo muestra la forma como la Iglesia primitiva contempló los sufrimientos y la muerte de Jesús y descubrió su sentido con la ayuda de la Escritura. Cayó en la cuenta de la correspondencia exacta que hay entre el plan de Dios, profetizado en el Antiguo Testamento, y los desconcertantes acontecimientos de la “semana santa”. 

Se subraya la contraposición entre el viejo Israel y la Iglesia de Cristo. A eso responde el interés del evangelista Mateo de señalar y denunciar a los responsables de la muerte de Jesús: Judas, los sacerdotes, los ancianos del pueblo. El proceso ha sido inicuo. Judas confiesa: Pequé entregando sangre inocente (27, 4) y arroja las monedas de plata. Los sacerdotes reconocen que son precio de sangre. El plan de Dios predicho por los profetas se ha cumplido (Zac 11, 12-13; Mt 27, 9). 

En el juicio ante Pilato se ve también la intención eclesial de Mateo de mostrar las relaciones entre Cristo y el antiguo Israel. Cuando la mujer del pagano Pilato intercede por “el justo”, la muchedumbre exige a gritos la muerte del Mesías. En adelante, la condición para entrar en el Reino será aceptar el ofrecimiento de salvación que Dios hace y agregarse a la Nueva Alianza, que sellará con la sangre de su Hijo. Ante el Crucificado, que entrega su espíritu (27,50), el cristiano se siente movido a confesar lo mismo que el centurión romano: Realmente éste era el Hijo de Dios (27,54). Hacia el Hijo de Dios, muerto por nuestros pecados y resucitado por nuestra salvación (Rom 4,25), se orienta toda la vida y actuación de la Iglesia, nuevo pueblo de Dios, que testimonia su fe a quienes quieran escuchar. La cruz de Jesús pone fin a la era antigua y hace nacer la era de la Iglesia. 

El relato de Mateo acaba describiendo las repercusiones cósmicas de la muerte de Jesús: el velo del templo se rasga en dos, señal del final de los tiempos antiguos; la tierra se estremece y resucitan muertos, señales de que la muerte de Cristo transforma el mundo y lo abre a la irrupción del Reino y de la gloria de Dios. 

La Pasión de San Mateo es apta para ser cantada, como hace J. S. Bach, y representada en teatro, como muestran las famosas “Pasiones” de la Semana Santa, pero sobre todo está escrita para ser rezada, meditada, agradecida y alabada, porque en la Pascua de Jesús, que con acentos tan sinceros se nos narra en ella, se funda nuestra salvación.

sábado, 28 de marzo de 2026

Conviene que muera por el pueblo (Jn 11, 45-56)

 P. Carlos Cardó SJ 

El sumo sacerdote Caifás, óleo sobre lienzo, detalle de la pintura Jesús ante Caifás de Tomás de Merlo (1737) robada en 2014 de la iglesia del Calvario, Ciudad de Antigua, Guatemala 

En aquel tiempo, muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver que Jesús había resucitado a Lázaro, creyeron en él. Pero algunos de entre ellos fueron a ver a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús. Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron al sanedrín y decían: "¿Qué será bueno hacer? Ese hombre está haciendo muchos prodigios. Si lo dejamos seguir así, todos van a creer en él, van a venir los romanos y destruirán nuestro templo y nuestra nación".
Pero uno de ellos, llamado Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: "Ustedes no saben nada. No comprenden que conviene que un solo hombre muera por el pueblo y no que toda la nación perezca". Sin embargo, esto no lo dijo por sí mismo, sino que, siendo sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación, y no sólo por la nación, sino también para congregar en la unidad a los hijos de Dios, que estaban dispersos. Por lo tanto, desde aquel día tomaron la decisión de matarlo.
Por esta razón, Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se retiró a la ciudad de Efraín, en la región contigua al desierto y allí se quedó con sus discípulos.
Se acercaba la Pascua de los judíos y muchos de las regiones circunvecinas llegaron a Jerusalén antes de la Pascua, para purificarse. Buscaban a Jesús en el templo y se decían unos a otros: "¿Qué pasará? ¿No irá a venir para la fiesta?" 

¿No se dan cuenta de que es preferible que muera un solo hombre por el pueblo, a que toda la nación sea destruida?, dijo Caifás. Y el evangelista San Juan añade una frase misteriosa: no hizo esta propuesta por su cuenta, sino que, como desempeñaba el oficio de sumo sacerdote aquel año, anunció bajo la inspiración de Dios que Jesús iba a morir por toda la nación. Y no sólo por la nación judía, sino para conseguir la unión de todos los hijos de Dios que estaban dispersos (Jn 11, 50-52). Es decir, que Caifás, sin saberlo ni pretenderlo, señaló el significado redentor de la muerte de Jesús. Tendrá que morir para que la nación y toda la humanidad se salven. Pero ¿qué sentido tiene que un hombre muera por toda la nación? 

Tradicionalmente se ha interpretado en el sentido de un rescate: uno paga para redimir a todos, Jesucristo cancela la deuda contraída por la humanidad pecadora, su sangre es el precio valioso que ha merecido para nosotros la vida. Esta idea está muy presente en el Antiguo Testamento. Se visibilizaba en el día de la purificación con el rito del macho cabrío sobre el que, simbólicamente, los hebreos cargaban los pecados del pueblo y lo abandonaban en el desierto (cf. Lev 16,20-22). 

La sangre, además, tenía poder de borrar los pecados. El Sumo Sacerdote con la sangre de las víctimas inmoladas asperjaba el propiciatorio –que era una plancha de oro sobre el Arca de la Alianza–, expresando la voluntad de unirse a Dios, eliminando la separación y distancia provocadas por el pecado. San Pablo aplica esta imagen a Jesucristo y lo presenta como el nuevo propiciatorio de nuestros pecados (Rom 5). 

La idea de la redención como rescate se une así a la de la muerte sustitutiva (vicaria) y a la del sacrificio expiatorio. La muerte vicaria aparece en varios pasajes de las cartas de Pablo (1Tes 5, Gal 2, 1Cor 1 y 15, 2Cor 5, Rom 5,14, también en 1Pe 2). 

Los Santos Padres de la primitiva Iglesia dirán que Cristo establece el intercambio entre Dios y los hombres, con el que se da la victoria sobre la muerte y el diablo, que Cristo con su sangre da a Dios la debida satisfacción (San Anselmo), y que su sangre es el instrumento del amor que reconcilia (Santo Tomás de Aquino). En el himno eucarístico Adoro Te devote, Santo Tomas de Aquino dice que una sola gota de la sangre de Cristo puede liberar al mundo entero de todos los crímenes. 

Pero no se puede negar que esta idea de que el inocente pague por todos, resulta difícil de comprender. Dios no quiso la muerte de su Hijo; no lo envió al mundo para que lo mataran. No se puede pensar así, se haría de Dios un padre despiadado. Lo que hizo Dios fue enviar a su Hijo para que se identificara con sus hermanos mediante un amor que lo llevaría hasta asumir solidariamente el sufrimiento y la muerte. Dios miraba sólo a que su Hijo, enviado y entregado al mundo, mantuviera su solidaridad salvífica con los hombres, acercándose incluso –con su amor llevado hasta el extremo– hasta abrazar a sus enemigos para sacarlos de su cerrazón y alejamiento. Y ese es lo que hizo Jesús: no dudó en hacer suya la voluntad amorosa de su Padre de dar su vida para que nadie se pierda, llenando de este amor los padecimientos y muerte que sus enemigos –representantes del pecado del mundo– le infligieron. Cristo Jesús nos ama y, porque nos ama, da su vida por amor. El Padre, por su parte, se complace y acepta el amor más grande que su Hijo demuestra dando la vida por sus amigos, confiriéndole todo su valor de eternidad y su eficacia salvadora. 

Además, Jesús ha de asumir toda la realidad humana, incluido el pecado, el sufrimiento y la muerte. Por eso acepta el dolor de la cruz, para iluminar y llenar con su amor el sufrimiento humano, la culpa humana y la muerte, y vencerlos. El amor es lo que redime y salva. 

Otra interpretación hace ver que el pecado y la muerte eran fruto de la humanidad vieja, constituida por el mundo sin Dios y sin esperanza (Cf. Ef 2, 12), y por el pueblo de Israel, que había quedado atrapado en el cumplimiento puramente exterior de la ley, sin la libertad de los hijos de Dios. Adán, inicio de la humanidad, representa el mundo viejo que ha de morir para que pueda nacer una nueva vida. Eso es lo que ocurrirá en la cruz del Señor. Para San Pablo Jesucristo es el nuevo Adán, que con su muerte da comienzo a la humanidad nueva cuyo destino es el cielo. En su cuerpo entregado y resucitado cabemos todos. Su cuerpo es «espiritual», y lo formamos todos: la comunidad de fe, esperanza y amor, que Cristo resucitado colma del Espíritu para renovarlo todo. Esta idea sintetiza lo que es la pascua: Lo viejo ha pasado y ha aparecido algo nuevo. Todo viene de Dios, que nos ha reconciliado consigo mismo por medio de Cristo (2 Cor 5 17-18). Por esto los que viven en Cristo son una nueva criatura. En la cruz, Cristo, el hombre nuevo, comparte la vida nueva del Espíritu con todo su cuerpo, que es la comunidad de sus hermanos y hermanas, y hace de ellos la humanidad nueva. Para eso muere Jesús.

viernes, 27 de marzo de 2026

Las obras de Jesús (Jn 10, 31-42)

 P. Carlos Cardó SJ 

Curando a los enfermos, óleo sobre lienzo de Gebhard Fugel (1885), monasterio de Heilig Kreuz, Altötting, Bavaria, Alemania

En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar, los judíos cogieron piedras para apedrearlo. Jesús les dijo: "He realizado ante ustedes muchas obras buenas de parte del Padre, ¿por cuál de ellas me quieren apedrear?".
Le contestaron los judíos: "No te queremos apedrear por ninguna obra buena, sino por blasfemo, porque tú, no siendo más que un hombre, pretendes ser Dios".
Jesús les replicó: "¿No está escrito en su ley: Yo les he dicho: Ustedes son dioses? Ahora bien, si ahí se llama dioses a quienes fue dirigida la palabra de Dios (y la Escritura no puede equivocarse), ¿cómo es que a mí, a quien el Padre consagró y envió al mundo, me llaman blasfemo porque he dicho: 'Soy Hijo de Dios'? Si no hago las obras de mi Padre, no me crean. Pero si las hago, aunque no me crean a mí, crean a las obras, para que puedan comprender que el Padre está en mí y yo en el Padre".
Trataron entonces de apoderarse de él, pero se les escapó de las manos.
Luego regresó Jesús al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había bautizado en un principio y se quedó allí. Muchos acudieron a él y decían: "Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan decía de éste, era verdad". Y muchos creyeron en él allí. 

Último enfrentamiento de Jesús con los judíos. Ya antes lo han querido apedrear (Jn 8,59). Les resulta una ofensa a Dios decir que sus palabras son las del Altísimo y que sus obras corresponden a las de su Enviado. Jesús, por su parte, ha dicho de ellos que tienen por padre al diablo, mentiroso y homicida, y que por eso se muestran agresivos con él y lo quieren matar. Pero para ellos la cosa está clara: si lo dejan hablar, van a quedar desacreditados, ellos que son precisamente los representantes oficiales de Dios. 

Jesús se defiende. No puede presentar testimonio humano alguno que valga para acreditar su misión de Mesías, pero sí puede apelar a las obras. Ellas hablan por sí solas: el resultado de los signos que realiza en favor de los enfermos y de los pobres, sólo Dios puede lograrlo. Con sus curaciones de enfermos y sus acciones en favor de la vida, Jesús rehace la creación rota por el pecado de los hombres, salva al mundo de la muerte, libera, da vida aun a quienes quieren lapidarlo. 

Jesús califica sus obras de excelentes. Así son las obras de Dios. El Génesis lo dice al acabar la obra de la creación: vio Dios todo lo que había hecho, y todo era muy bueno (1,31). Las obras del Hijo son igualmente excelentes. Nicodemo, personaje importante, miembro del grupo de los fariseos, lo había reconocido: Maestro, sabemos que Dios te ha enviado para enseñarnos; nadie, en efecto, puede realizar los signos que tú haces si Dios no está con él (Jn 3,2). Y porque lo sabían muy bien, los que tenían enfermos de diversas enfermedades se los llevaban y toda la gente quería tocarlo, porque de él salía una fuerza que los sanaba a todos (Lc 6,19). Manifestaba especial compasión ante las multitudes hambrientas y abandonadas (Mc 6,34; 8,2s; Mt 9,36; 14,14; 15,32), hizo ver a los ciegos, oír a los sordos, andar a los inválidos, hizo presente el amor perdonador de su Padre para los pecadores y los perdidos. Su fama de compasivo se extendió por todas partes y los afligidos no dudaban en invocarlo como a Dios mismo: ¡Kyrie eleison! ¡Señor, ten piedad! (Mt 15,22; 17,15; 20,30s). Con todas estas acciones Jesús continúa la obra de su Padre: Mi Padre trabaja y yo también trabajo (Jn 5,17). 

No obstante, los judíos replican: No es por ninguna obra buena por lo que queremos apedrearte, sino por haber blasfemado. Pues tú, siendo hombre te haces Dios. Querían otra manifestación de Dios porque creían en otro Dios. Mantenían la idea de un dios distante e inaccesible, al que se podía complacer con ofrendas, sacrificios, tradiciones y normas y en quién podían basar su autoridad de jefes y maestros, con todas las ganancias que ello les reportaba. En Jesús, en cambio, en su humanidad, en su manera de ser hombre, se revelaba un Dios diferente: Dios de misericordia y de gracia, Dios que sigue dando vida por medio de su Hijo. Las obras de Jesús sólo pueden provenir de él. Jesús, por lo tanto, no blasfema; ese es su argumento. Y entran así en crisis todas las formas e imágenes erradas con que se concebía a Dios en su relación con los hombres. 

Si se tiene en cuenta, finalmente, que el contexto en que Jesús habla de sus obras es el de la fiesta de renovación del templo, no cabe duda de que una vez más Jesús habla de sí mismo como el templo verdadero, para la adoración de Dios en espíritu y verdad (Jn 4,23), templo indestructible que en tres días se levantará de nuevo (Jn 2, 19), templo en el que resplandece la gloria del Padre y desciende a nosotros su Espíritu para al perdón de los pecados (Jn 20, 23) y para guiarnos al conocimiento de la verdad completa (Jn 16, 13).

jueves, 26 de marzo de 2026

Jesús superior a Abraham (Jn 8, 51-59)

 P. Carlos Cardó SJ 

Abraham, Sara y el ángel, óleo sobre lienzo de Jan Provoost (1525 – 1529), Museo del Louvre, París

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: "Yo les aseguro: el que es fiel a mis palabras no morirá para siempre".
Los judíos le dijeron: "Ahora ya no nos cabe duda de que estás endemoniado. Porque Abraham murió y los profetas también murieron, y tú dices: 'El que es fiel a mis palabras no morirá para siempre'. ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Abraham, el cual murió? Los profetas también murieron. ¿Quién pretendes ser tú?".
Contestó Jesús: "Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, aquel de quien ustedes dicen: 'Es nuestro Dios', aunque no lo conocen. Yo, en cambio, sí lo conozco; y si dijera que no lo conozco, sería tan mentiroso como ustedes. Pero yo lo conozco y soy fiel a su palabra. Abraham, el padre de ustedes, se regocijaba con el pensamiento de verme; me vio y se alegró por ello".
Los judíos le replicaron: "No tienes ni cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?".
Les respondió Jesús: "Yo les aseguro que desde antes que naciera Abraham, Yo Soy".
Entonces recogieron piedras para arrojárselas, pero Jesús se ocultó y salió del templo. 

El texto recoge un tema clásico del evangelio de Juan: la presentación de Jesús como revelador de la gloria del Padre en contraposición con el templo, símbolo de la religión de la antigua alianza, lugar donde habitaba la gloria de Yahvé, pero que ha quedado oscurecido, sin capacidad reveladora bajo los signos de la grandeza y del poder opresor que los jefes religiosos han querido imponerle. Desde el Prólogo del evangelio viene subrayada esta oposición: la Palabra vino a los suyos, pero justamente allí donde debía ser acogida, fue rechazada. La gloria de Dios se revela ahora en la persona de Jesús y en el ofrecimiento de salvación que hace. Ha llegado la hora de los verdaderos adoradores que adoran a Dios no en el templo, sino en espíritu y en verdad (cf. Jn 4,23). 

Jesús se defiende y acusa, pero no da sentencia: a todos les ofrece la vida. Su palabra da la vida. En verdad, en verdad les digo: si uno observa mi palabra no verá la muerte. Llevar a la práctica su palabra, eso los hará libres hijos e hijas de Dios y los librará de la muerte. La vida que Jesús comunica no conoce fin. Tal es el designio de Dios, su Padre. 

Los jefes de los judíos no responden a la invitación de Jesús. Ellos son incapaces de comprender una promesa de vida. Se precian de ser hijos de Abraham, pero para ellos Abraham no es más que un pasado; no lo recuerdan como receptor de una promesa, él ya no es para ellos una promesa. Tampoco los profetas, sobre cuyos escritos se había edificado la esperanza, les abren a ningún futuro. Todos han muerto. Para ellos sólo vive Moisés, de quien se profesan discípulos; pero han deformado sus escritos, cercenando de ellos la esperanza que anunciaban, utilizando su Ley para oprimir. 

¿Quién pretendes ser?, le preguntan a Jesús. Y Jesús apela a su Padre, que es quien le da gloria, haciendo brillar en él su amor y lealtad (Jn 1,14). Él sabe quién es Dios, se identifica con él como su hijo por la comunión del mismo Espíritu y porque cumple su palabra. Yo sé quién es y cumplo su palabra. Por eso, su actividad manifiesta la obra de Dios: dar libertad y vida. He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10,10). Ese es el designio que ha recibido del Padre. 

Jesús no duda en declararse superior a Abraham y afirma que Abraham saltó de gozo porque iba a ver este día mío, lo vio y se llenó de alegría. El patriarca se alegró al ver realizada la bendición prometida en la obra de Jesús Mesías, que según San Juan se desarrolla en un día, en el día de la nueva humanidad, y se inició en Caná, cuando Jesús manifestó su gloria y creyeron en él sus discípulos (Jn 2,11). 

Al final del texto hay como un cambio de escenario. Se alude implícitamente a la tierra santa de Moisés, al lugar de la zarza ardiente y de la revelación del Nombre de Dios (Ex 3,6ss). La frase de Jesús lo evoca: desde antes que existiera Abraham, soy yo lo que soy. Al revelar su Nombre, Yahweh, Yo soy el que soy, Dios no quiso designar con un concepto abstracto su esencia, sino asegurar a Israel su lealtad, ayuda y protección continua. Al retomar Jesús esta palabra de Dios invita a que se le escuche como aquél en quien el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob se ha hecho cercano para salvar. Lo que es Dios, lo vemos en Jesús. En él, Dios es y estará con nosotros. 

Los judíos no pudieron soportar esto, cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se ocultó saliendo del Templo. La presencia del Dios con nosotros, abandona el templo, dejándolo vacío. Dios no ha querido manifestar su gloria en los signos de grandeza y de poder con los que los jefes religiosos querían representarla. Su gloria se opera en la vida digna, libre y fraterna, que Jesús ofrece para antes y después de la muerte, como la realización de la más perfecta felicidad del ser humano. 

Los signos de esta vida verdadera siguen apareciendo hoy ante nosotros, mezclados con otros signos que, como Abraham, Moisés y los profetas para los judíos interlocutores de Jesús, ya no transmiten esperanza. Nos toca saber discernirlos.

miércoles, 25 de marzo de 2026

La anunciación del Señor (Lc 1, 26-38)

 P. Carlos Cardó SJ 

La anunciación, témpera en madera de Benvenuto Tisi da Garofalo (1550), Pinacoteca de Brera, Milán, Italia

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La virgen se llamaba María.
Entró el ángel a donde ella estaba y le dijo: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo".
Al oír estas palabras, ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría decir semejante saludo.
El ángel le dijo: "No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin".
María le dijo entonces al ángel: "¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen?".
El ángel le contestó: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo, que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios".
María contestó: "Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho".
Y el ángel se retiró de su presencia. 

Contemplar a María de Nazaret es contemplar la imagen de una persona humana plenamente realizada en Dios. Ella nos muestra aquello que podemos llegar a ser si acogemos la palabra de Dios en nuestra vida. Porque la grandeza de María consiste en haber obedecido la palabra del Padre, hasta engendrar en su carne al Hijo de Dios. 

Dice San Lucas, que fue enviado el ángel Gabriel a una joven prometida como esposa a un hombre descendiente de David, llamado José; la joven se llamaba María. Dios se ha determinado a entrar en la historia humana para dársenos a conocer y realizar nuestra redención. Para ello se ha fijado en María, una muchacha judía que se preparaba para celebrar su boda con José, el carpintero del pueblo. La encarnación de Dios no va a ser un acontecimiento espectacular, se hará en el silencio y la pobreza, en lo oculto y lo sencillo. Así actúa Dios, así se nos manifiesta. 

Todo en María ha sido predestinado por Dios con vistas al cumplimiento de su voluntad de salvar a la humanidad enviando a su Hijo al mundo. Dios ha buscado a María, ha querido encontrarse con ella desde su eternidad. El sueño de Dios en favor de sus hijos puede al fin realizarse. Y Dios viene, se une a nosotros, se incorpora en nuestra historia, sella su alianza con nosotros para siempre. 

...darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús... será llamado Hijo del Altísimo, Dios le dará el trono de David... Todos los títulos mesiánicos que se le van a atribuir al Hijo de María se resumen en lo que proclama el ángel. El Hijo de María es el Hijo de Dios Altísimo. Sin embargo, pasará treinta años en una aldea, y luego como predicador itinerante en un país pobre, rodeado siempre de gente sencilla, realizará su obra lejos de las esferas de la riqueza y del poder de este mundo. El Reino de Dios es diferente. Al lado de María aprendemos los valores del Reino. Ella nos acoge en la escuela de Nazaret, para que Jesús nos enseñe los caminos del Reino y podamos tener los mismos criterios que Jesús enseñó y vivió. 

¿Cómo será esto...?, preguntó María. María no se intimida ante el Altísimo, se atreve a dirigirle esta pregunta espontánea y natural. El Dios de María no infunde temor, sino confianza; se puede ser uno mismo ante él. Por eso, como todos aquellos que se han sentido llamados a una gran misión, ella expresa sus dudas, su turbación, su sentimiento de incapacidad. La obediencia de la fe lleva primero a remontar las dificultades del creer. María no teme, pues, reconocer ante su Dios su propia incapacidad frente al designio divino que trasciende toda humana razón: ¿cómo podrá ser esto si no tengo relación con ningún varón? 

Muchas Marías se han sucedido desde entonces, muchas hermanas y hermanos nuestros a lo largo de la historia han experimentado, a diferentes niveles, la emoción de ser enviados a realizar algo grande, superior a los que creían posible. Lo hicieron porque confiaron en Dios como si todo dependiera de él y no de ellos y, al mismo tiempo, pusieron todo de su parte como si todo dependiese de ellos. 

Hágase en mí según tu palabra, es la respuesta de María al ángel. Acoge el plan de Dios en total obediencia. Dios ha encontrado una madre que le haga nacer entre nosotros. Con su fe, que le hace referir toda su existencia al Dios que todo lo puede, María no duda en responder: Hágase. En su palabra halla eco el Hágase divino, por el que fueron creadas todas las cosas. Su Hágase anuncia la nueva creación. María pone a disposición del Padre su cuerpo virginal, para que su Hijo pueda tener un cuerpo humano por obra del Espíritu Santo. Lo imposible se hace posible. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

martes, 24 de marzo de 2026

Cuando sea levantado conocerán que Yo-soy (Jn 8, 21-30)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús con la cruz a cuestas, óleo sobre lienzo de Michiel Cocxie (1555 aprox.), Museo del Prado, Madrid, España

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: "Yo me voy y ustedes me buscarán, pero morirán en su pecado. A donde yo voy, ustedes no pueden venir".
Dijeron entonces los judíos: "¿Estará pensando en suicidarse y por eso nos dice: 'A donde yo voy, ustedes no pueden venir'?".
Pero Jesús añadió: "Ustedes son de aquí abajo y yo soy de allá arriba; ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo. Se lo acabo de decir: morirán en sus pecados, porque si no creen que Yo Soy, morirán en sus pecados".
Los judíos le preguntaron: "Entonces ¿quién eres tú?".
Jesús les respondió: "Precisamente eso que les estoy diciendo. Mucho es lo que tengo que decir de ustedes y mucho que condenar. El que me ha enviado es veraz y lo que yo le he oído decir a él es lo que digo al mundo".
Ellos no comprendieron que hablaba del Padre.
Jesús prosiguió: "Cuando hayan levantado al Hijo del hombre, entonces conocerán que Yo Soy y que no hago nada por mi cuenta; lo que el Padre me enseñó, eso digo. El que me envió está conmigo y no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que a él le agrada".
Después de decir estas palabras, muchos creyeron en él. 

En la cruz se revela la identidad humana y divina de Jesús. Rechazado por sus hermanos, humillado y condenado por las autoridades de su pueblo, será allí mismo reconocido por Dios, su Padre, que garantizará la verdad de su causa, lo revelará como su Hijo, y hará que brille en él su gloria, resplandor de su ser divino, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad (1,14), amor y lealtad. 

En el evangelio de Juan, cruz y resurrección son dos caras de un mismo misterio. Por eso, “levantado” significa a la vez crucificado y resucitado. Juan ve la pasión como glorificación. Ya antes Jesús había dicho que convenía que el Hijo del hombre fuera levantado como la serpiente de Moisés en el desierto, para que quienes lo vean sean salvados (Jn 3,15ss). Dirá, asimismo: Una vez que haya sido elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí (12,31). 

San Juan no ve en la muerte de Jesús un simple hecho natural, ni un simple asesinato político-religioso o una tragedia incomprensible. Para el evangelista, Jesús realiza en la cruz su vuelta al Padre. Pero como los contemporáneos de Jesús no conocen a Dios, tampoco reconocen al Hijo. Sus mismos discípulos, antes de vivir la experiencia de su resurrección, quedarán abrumados pensando que su muerte ha sido su más radical fracaso. Y en cierto modo nos ocurre a nosotros también algo semejante cuando pensamos en nuestra muerte no como una vuelta y encuentro definitivo con Dios, sino como mera separación y privación de la vida, como el fin irremediable de lo que somos, que hace inútil toda tentativa de ponernos a salvo. 

El que me envió está conmigo y no me deja solo, porque yo hago siempre lo que le agrada. Con esta certidumbre interior vive y muere Jesús. Su absoluta identificación con la voluntad de su Padre –que lo ha enviado para demostrar hasta dónde es capaz de llegar el amor que salva– hace que su aceptación de la muerte no sea pasiva, sino activa, como un acto supremo de entrega de la propia vida. Por eso los cristianos hablamos de la cruz de Jesús como una ofrenda y un sacrificio que nos salva. En la muerte de Jesús, culminación de una misión recibida, su Padre lo glorifica y da cumplimiento al proceso de revelarse al mundo como un Dios cercano. Por eso, el evangelio de San Juan ve en el Jesús levantado en la cruz la revelación de Yo-soy: Cuando levanten en alto al Hijo del hombre, entonces reconocerán que yo soy. 

Levantado en la cruz, Jesús revela quién es Dios y quien es él. Ya no se puede dudar, el Dios que en la persona de Jesús se ha acercado a nosotros es el Dios amor, capaz de cargar sobre sí el mal de sus hijos e hijas a quienes ama, capaz de perdonar y dar su vida a quienes lo llevan a la muerte. Sólo en la cruz conocemos en verdad quien es «Yo-soy» (Ex 3, 149. Por eso, Pablo dirá que el mensaje de la cruz es sabiduría y poder de Dios (1Cor 1,18ss). En la cruz se revela el Dios que libera de toda esclavitud. El abismo del mal es llenado por Dios con su amor incondicionado y sin límites, con el que vence al mal y quita el pecado del mundo. 

Se cumple así en sentido pleno la paradoja que José les hizo ver a sus hermanos en las consecuencias de su mala acción cometida contra él de venderlo como esclavo a los egipcios: Ustedes habían pensado hacerme el mal, pero Dios ha querido cambiarlo en bien, para hacer lo que estamos viendo: dar vida a un gran pueblo (Gen 50,20).

lunes, 23 de marzo de 2026

La mujer adúltera (Jn 8, 1-11)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo y la mujer sorprendida en adulterio, óleo sobre lienzo de Vasily Polenov (1888), Museo Estatal de Rusia, San Petersburgo

Jesús se dirigió al monte de los Olivos. Por la mañana volvió al templo. Todo el mundo acudía a él y, sentado, los instruía. Los escribas y fariseos le presentaron una mujer sorprendida en adulterio, la colocaron en el centro, y le dijeron: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés ordena que dichas mujeres sean apedreadas; tú, ¿qué dices"?
Decían esto para ponerlo a prueba, y tener de qué acusarlo. Jesús se agachó y con el dedo se puso a escribir en el suelo.
Como insistían en sus preguntas, se incorporó y les dijo: "Quien de vosotros esté sin pecado tire la primera piedra".
De nuevo se agachó y seguía escribiendo en el suelo. Los oyentes se fueron retirando uno a uno, empezando por los más ancianos hasta el último.
Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí de pie en el centro. Jesús se incorporó y le dijo: “Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?”.
Ella contestó: “Nadie, Señor”.
Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Ve, y en adelante, no peques más”.

El Hijo de Dios no ha venido para condenar sino para salvar (Jn 3,17). Su modo de ser choca con el modo de ser de los que se creen puros y juzgan a los demás. 

Éstos, los fariseos y doctores de la ley, le traen a una mujer que han sorprendido en adulterio. Según la ley (Lev 20,10), era un delito que se castigaba con la pena de muerte. Pero lo que ellos quieren realmente es juzgar a Jesús. Por eso le preguntan: Señor, esta mujer ha sido atrapada en adulterio. ¿Qué dices sobre ello? Si Jesús se opone al castigo, desautoriza la ley de Moisés; si lo aprueba, echa por tierra toda su enseñanza sobre la misericordia y contradice la autoridad con que él mismo ha perdonado a los pecadores. Al mismo tiempo, si afirma que se debe apedrear a la mujer, entra en conflicto con los romanos que prohíben a los judíos aplicar la pena de muerte; y si se opone, aparece en contra de las aspiraciones de los judíos de ejercer con autonomía sus derechos. La pregunta era capciosa por donde se la viera. 

Pero Jesús hace presente a Aquel que da la ley y es la fuente de toda justicia. Con esa autoridad tiene que hacer ver que el amor misericordioso ha de ser la norma de todo comportamiento humano. Por eso guarda silencio y con su gesto de ponerse a escribir con el dedo en el suelo, parece no interesarse en la cuestión planteada. 

La mujer, por su parte, con su dignidad por los suelos, no puede aducir nada; sólo aguarda la terrible condena. Pero ella no imagina que a su lado está quien personifica la misericordia. Sabe, sí, que su vida está en manos de ese rabí galileo llamado Jesús, que recorre los pueblos haciendo el bien a la gente y es amigo de pecadores y publicanos. No puede adivinar que él la conoce mejor que quienes la acusan, que ya la ha mirado con profunda compasión y que está dispuesto incluso a dar su vida por ella, como el pastor bueno que sale a buscar a la oveja perdida. De pronto, se escucha la voz de Jesús: indulta a la mujer, le otorga la remisión de la pena que podría corresponderle. Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra, dice a los escribas y fariseos. Y se van retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos. 

Se quedan solos Jesús y la mujer. “Quedaron frente a frente la mísera y la misericordia”, dice San Agustín. ¿Mujer, dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te ha condenado?, pregunta Jesús. Ninguno, Señor, responde ella con estupor por lo sucedido. Tampoco yo te condeno, añade Jesús. Puedes irte, pero no vuelvas a pecar. Un futuro de dignidad, de vida rehecha y transformada se abre para ella. 

Hay que detenerse a contemplar esta imagen de Jesús. A todos nos conviene porque a veces podemos ser duros e insensibles. El amor está por encima de la intransigencia, resuelve el pecado, vence al castigo. El amor integra, no discrimina, no excluye. 

Pensando en la pobre Iglesia de los pecadores, el P. Karl Rahner dejó esta reflexión: «Esta Iglesia está ante Aquel al que ha sido confiada, ante Aquel que la ha amado y se ha entregado por ella para santificarla, ante Aquel que conoce sus pecados mejor que los que la acusan. Pero él calla. Escribe sus pecados en la arena de la historia del mundo que pronto se acabará y con ella su culpa. Calla unos instantes que nos parecen siglos. Y condena a la mujer sólo con el silencio de su amor, que da gracia y sentencia libertad. En cada siglo hay nuevos acusadores de ‘esta mujer’ y se retiran una y otra vez comenzando por el más anciano. Uno tras otro. Porque no había ninguno que estuviese sin pecado. Y al final el Señor estará solo con la mujer. Y entonces se levantará y mirará a la adúltera, su esposa, y le preguntará: ¿Mujer, dónde están los que te acusaban?, ¿ninguno te ha condenado? Y ella responderá con humildad y arrepentimiento inefables: Ninguno, Señor. Y estará extrañada y casi turbada porque ninguno lo ha hecho. El Señor empero irá hacia ella y le dirá: Tampoco yo te condenaré. Besará su frente y le dirá: Esposa mía, Iglesia santa». (Karl Rahner, Iglesia de los pecadores).