domingo, 15 de febrero de 2026

VI Domingo del Tiempo Ordinario – Una actitud más allá de la ley (Mt 5, 17-37)

 P. Carlos Cardó SJ 

Señor Jesús, sé nuestro invitado, óleo sobre lienzo de Fritz von Uhde (1885), Antigua Galería de Berlín, Alemania

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud. Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley. Por lo tanto, el que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos. Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos.
Han oído que se dijo a los antiguos: No matarás y el que mate será llevado ante el tribunal. Pero yo les digo: Todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal; el que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del lugar de castigo.
Por lo tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda. Arréglate pronto con tu adversario, mientras vas con él por el camino; no sea que te entregue al juez, el juez al policía y te metan a la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.
También han oído que se dijo a los antiguos: No cometerás adulterio. Pero yo les digo que quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Por eso, si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecado, arráncatelo y tíralo lejos, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo. Y si tu mano derecha es para ti ocasión de pecado, córtatela y arrójala lejos de ti, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo.
También se dijo antes: El que se divorcie, que le dé a su mujer un certificado de divorcio. Pero yo les digo que el que se divorcia, salvo el caso de que vivan en unión ilegítima, expone a su mujer al adulterio, y el que se casa con una divorciada comete adulterio. Han oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en falso y le cumplirás al Señor lo que le hayas prometido con juramento. Pero yo les digo: No juren de ninguna manera, ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es donde Él pone los pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del gran Rey. Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco o negro uno solo de tus cabellos. Digan simplemente sí, cuando es sí; y no, cuando es no. Lo que se diga de más, viene del maligno". 

Jesús, con la autoridad de quien dio los diez mandamientos, modifica la Ley de Moisés, no para contradecirla ni abolirla, sino para darle su sentido pleno. La Ley era el sello de la alianza de Dios con Israel, pero los rabinos fariseos la habían convertido en un conjunto de prácticas exteriores, descuidando lo fundamental: el amor y la justicia. Jesús hace pasar de una moral de acciones externas, a la moral de actitudes que arraiga en el corazón, porque de los deseos del corazón provienen las malas acciones. Las comunidades cristianas primitivas recordaron claramente que Jesús subordinó los numerosos preceptos de la Torá al precepto del amor como centro. Vieron asimismo, sobre todo Pablo, que la ley de Moisés no posee autoridad por sí misma, sino por Jesús y que, por consiguiente, su función es la de ser guía –preceptor o pedagogo, dice Pablo– hacia Cristo (Gal 3,24), quien por medio de su Espíritu, infundido en nuestros corazones, nos impulsa a la justicia mayor del amor. 

Por todo esto, Jesús no dudó en mostrarse libre frente a las exigencias concretas de la ley cuando estaba de por medio el derecho de las personas o la vida de un ser humano que reclamaba su auxilio: por eso curó enfermos en sábado y liberó a sus discípulos de las tradiciones litúrgicas respecto a las purificaciones y ayunos. 

Abrió la ley a las exigencias más profundas del amor a los demás. No basta no matar (vv. 21-26), dirá; también la ira, el insulto, el desprecio son formas de matar al otro. El acuerdo y la reconciliación entre los hermanos están por encima del culto religioso (23-24). No ponerse de acuerdo significa destruir la propia condición de hijo y de hermano (25-26). Por eso, no puede tener a Dios por Padre ni tomar parte en el banquete de los hermanos quien primero no se reconcilia con su hermano que tiene algo contra él. La fraternidad rota hay que restablecerla. Mantener el desacuerdo es ya en sí mismo “el mal”. A eso se refiere Jesús cuando habla de la condena al fuego que no se apaga, la Gehenna, que era un lugar a las afueras de Jerusalén, en donde los paganos ofrecían sacrificios humanos al dios Moloch, y que los hebreos habían desacralizado convirtiéndolo en un basurero, en el que quemaban las inmundicias. Jesús se vale de esta imagen para afirmar que quien no considera al otro como hermano es como si hubiera sacrificado su propia vida y la hubiese arrojado a la basura. 

A continuación, Jesús interpreta el mandamiento No cometerás adulterio (v.27-32). Lo que busca es inculcar en sus oyentes el respeto a ese bien fundamental del prójimo que es su vida de pareja, en la que se realiza como persona a imagen de Dios. Jesús prohíbe no sólo el adulterio físico sino también el del corazón. Una fidelidad puramente exterior, que no sea a la vez del ojo y del corazón, será una hipocresía. El ojo es para desear y la mano para tomar. Hay aquí una advertencia contra la tendencia que lleva a no admirar nada sin querer en seguida adquirirlo, consumirlo. Jesús nos exhorta a cuidar esa tendencia para que ni el ojo con que deseamos ni la mano con que agarramos sean para nuestra muerte. La decisión ha de ser firme, sin componendas. Por eso su lenguaje hiperbólico: arráncate el ojo, córtate la mano, si son ocasión de pecado. 

Luego habla Jesús de la indisolubilidad del matrimonio. No la propone como una ley más dura que la antigua, sino como una gracia que Dios concede. Dios es quien capacita para amar con fidelidad. Jesús dirá: Ámense como yo los he amado. Permanezcan en mi amor. Por eso el amor fiel se recibe como gracia, se lleva a la práctica en obediencia y madura con la educación del amor. Hay que educar para el amor verdadero que tiene en sí mismo la fuerza para crecer y rehacerse en medio de las dificultades. Por falta de esta educación, llegan inmaduras a la boda, incapaces de asumir con libertad responsable el compromiso estable y definitivo del matrimonio cristiano, motivados únicamente por el deseo de ser felices, pero no formados en la capacidad de asumir las frustraciones (y la cuota de infelicidad) que toda vida trae consigo. Creen que el amor dura mientras uno es feliz, no creen en el amor que se recrea, se cura, soporta y perdona para renacer en una nivel superior de mutua comprensión y apoyo; en una palabra, no creen en el amor cristiano que canta San Pablo en la 1 Corintios 13.  Formación, acompañamiento, comprensión y discernimiento pueden lograr lo que ninguna ley es capaz de lograr, devolviéndole al matrimonio su pureza original de libre donación de amor hasta la muerte. 

Finalmente, el evangelio de hoy habla de la sinceridad y transparencia. Quien jura pone a Dios por testigo de su propia veracidad. Jurar en falso es poner a Dios por testigo de una mentira. Por eso, los juramentos y promesas se han de cumplir para no deshonrar a Aquel que ha sido puesto como testigo. En todo caso deberá bastar la propia palabra, como garantía de que la persona es digna de credibilidad. Mucho hay que trabajar en los hogares, en las escuelas, en las iglesias para devolver credibilidad a la palabra en una sociedad que induce a lo contrario: a convertir el sí en no y el no en sí según sea el propio interés.

sábado, 14 de febrero de 2026

Segunda multiplicación de los panes (Mc 8, 1-10)

 P. Carlos Cardó SJ 

Multiplicación de los panes y de los peces, óleo sobre lienzo de Juan de Flandes (1496 – 1504), Palacio Real de Madrid, España

En aquellos días, vio Jesús que lo seguía mucha gente y no tenían qué comer. Entonces llamó a sus discípulos y les dijo: "Me da lástima esta gente: ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer. Si los mando a sus casas en ayunas, se van a desmayar en el camino. Además, algunos han venido de lejos".
Sus discípulos le respondieron: "¿Y dónde se puede conseguir pan, aquí en despoblado, para que coma esta gente?".
Él les preguntó: "¿Cuántos panes tienen?".
Ellos le contestaron: "Siete".
Jesús mandó a la gente que se sentara en el suelo; tomó los siete panes, pronunció la acción de gracias, los partió y se los fue dando a sus discípulos, para que los distribuyeran. Y ellos los fueron distribuyendo entre la gente.
Tenían, además, unos cuantos pescados. Jesús los bendijo también y mandó que los distribuyeran.
La gente comió hasta quedar satisfecha, y todavía se recogieron siete canastos de sobras. Eran unos cuatro mil.
Jesús los despidió y luego se embarcó con sus discípulos y llegó a la región de Dalmanuta. 

Marcos retoma el tema de la autorrevelación de Jesús como pan que se entrega para dar vida. De todos los símbolos con los que identificó (la luz, la vid, la puerta, el pastor, el camino…), éste es el que mejor expresa su modo de existir para los demás y su misión de salvar dando su vida. El pan es vida, la falta de pan es muerte. La razón de ser del pan es el ser comido: el pan se rompe, se reparte, se consume… y da vida. De lo contrario, se corrompe y no sirve para nada. Además, si se acumula y no se reparte, deja de ser un bien porque genera diferencias injustas. 

Los discípulos no comprendieron el significado del pan. Por eso, quizá, Marcos pone de nuevo la multiplicación ya relatada en 6, 34ss. Al mismo tiempo la intención del evangelista es hacer reflexionar sobre el significado central que tiene la Eucaristía en la vida cristiana: la palabra se hace pan; el Señor, pan de vida eterna, se entrega; la comunidad comparte su pan y hace presente al Señor; en la actitud del cristiano que se entrega al servicio de los demás, se reconoce también al Señor. 

En esta segunda multiplicación de los panes se destaca más la compasión de Jesús por la multitud hambrienta y en especial por los que vienen de lejos porque se pueden desmayar en el camino. Pueden verse aquí los paganos, la mujer sirofenicia, el sordomudo, los invitados a participar en el convite del “pan de los hijos” en la Iglesia. Y justamente por querer subrayar más la universalidad, no se alude al desierto ni a los aspectos mesiánicos de la primera multiplicación de los panes, que tenían un claro contenido judaico. 

Otra diferencia con el primer relato es que aquí Jesús es quien toma la iniciativa e invita a sus discípulos a dar de comer a la multitud. Tomó luego los siete panes, pronunció la acción de gracias, los partió y se los iba dando a sus discípulos para que los repartieran (v.6). Puede verse una alusión a las palabras de Jesús en la última cena y al relato que hace Pablo de la institución de la eucaristía en 1Cor 11,24. 

Los discípulos no entienden, no saben cómo hallar pan, ven imposible para ellos (y para Jesús) dar de comer a una multitud tan grande. Parecen no haber estado presentes en la primera multiplicación de los panes. Siguen pensando en la dificultad de comprar en despoblado. Además, esta multitud –a diferencia de la anterior– parece compuesta principalmente por extranjeros. Los discípulos siguen pensando en el “pan de los hijos” que no se puede dar a los paganos, como se pensó en el caso de la mujer sirofenicia. Pero Jesús les ha dicho: No tienen nada para comer, esperando que la experiencia que han tenido de la primera multiplicación de los panes para la multitud judía les haga tener la misma compasión y los mueva a hallar solución por sí mismos. Tienen que compartir lo que tienen: los siete panes, es decir, todo, siete es totalidad. La solidaridad debe ser plena. 

Eran unos cuatro mil. Número múltiplo de cuatro que simboliza también totalidad y universalidad. La multitud, congregada de los cuatro puntos cardinales, ha de ser servida por los discípulos. Vayan a todas partes, les dirá. El evangelio ha de ser predicado en todas las naciones, a los cuatro vientos. Si han de ser generosos hasta darlo todo (sus siete panes), han de demostrar también un amor universal (a los cuatro mil). 

En síntesis: aprender el significado del pan es fundamental para reconocer al Señor y para vivir la vida cristiana auténtica. Lo entendieron muy bien los primeros cristianos: Lo tenían todo en común; quienes tenían, propiedades o bienes los vendían y compartían con todos, según las necesidades de cada uno (Hech 2). Tenían un solo corazón y una sola alma y nadie consideraba como propio lo que tenía sino que todo lo tenían en común (Hech 4,32).

viernes, 13 de febrero de 2026

El sordomudo Effeta (Mc 7,31-37)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús cura al hombre sordo, fresco del siglo IV D.C. de autor anónimo, Iglesia de San Salvador de Cora, Estambul, Turquía 

En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis.
Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos.
Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: "Effetá", esto es: "Ábrete". Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad.
Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: "Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos." 

Como muchos milagros que son una predicación en acción, la curación de un sordo, que apenas puede hablar, hace ver la necesidad de “escuchar y entender” bien la Palabra para poder aplicarla a la propia vida y transmitirla. Y como se trata de un extranjero, de la Decápolis en la orilla oriental del mar de Galilea, en la actual Jordania, Jesús hace ver también que su palabra y su obra son para todos sin distinción, no sólo para el pueblo judío. 

Le llevaron a un hombre sordo que apenas podía hablar, y le suplicaban que impusiera sobre él la mano. No se dice quiénes son los que lo llevan, pero deben ser gente religiosa porque aprecian el significado que tenía en las culturas semitas el gesto de la imposición de manos. Además, es muy probable que hayan oído hablar de lo que Jesús hace en favor de los pobres y de los enfermos. 

Jesús, entonces, lo apartó de la gente… (lo mismo hará con el ciego de Betsaida – Mc 8, 23). Con ello quiere evitar reacciones equívocas. Al ver las acciones que realizaba en favor de los enfermos, la gente se entusiasmaba y lo aclamaba como Mesías, pero Jesús no se lo permitía porque los judíos tenían otra idea de los que debía ser el Mesías. Al mismo tiempo, el gesto de apartar al enfermo puede significar que el contacto personal con Jesús produce una “separación”, hace que la vida cambie, la persona asume otra manera de pensar y de obrar, diferente de la que antes tenía. La sordera que le impedía oír y asimilar los valores del Evangelio, y la traba de su lengua, que le incapacitaba para comunicar su fe, quedan curadas por el contacto personal con el Señor. 

La curación del sordomudo se realiza en dos tiempos. Primero, Jesús introduce los dedos en los oídos del enfermo y toca con saliva su lengua. Este gesto pasó a ser parte del antiguo rito del bautismo, pero eso no es lo importante. Lo más importante es lo que dice Jesús: Effetá, palabra aramea que significa ¡Ábrete!, y que convierte en realidad el significado del gesto simbólico empleado. Y al enfermo se le abren los oídos y se le suelta la lengua. Es una persona nueva. Se cumple lo anunciado por Isaías para la llegada del Mesías: los oídos de los sordos se abrirány la lengua del mudo cantará (Is 35, 5-6), nacerá un pueblo nuevo de personas libres que acogen la palabra de Dios. 

La figura del sordomudo, además, representa a los miembros de la comunidad eclesial que provienen de una cultura o de un nivel socio-económico diferente a los de la mayoría: el sordomudo es un extranjero menospreciado por los judíos. La comunidad a la que Marcos dirige su evangelio, como la nuestra hoy, tenía dificultades para asimilar en la práctica el mensaje de Jesús sobre el amor solidario que lleva a acoger a todos sin prejuicios ni actitudes excluyentes de la índole que sean. El ejemplo de Jesús mueve a construir la unidad en la diversidad, fomentando los vínculos que brotan de la misma fe compartida. 

Desde otra perspectiva, el pasaje evangélico nos lleva a pensar en la manera como oímos las enseñanzas de Jesús y hablamos de ellas. No siempre prestamos oído a lo que debemos oír, ni decimos lo que debemos decir. No prestamos atención a los que nos son extraños o piensan de manera diferente. Y por miedo a las consecuencias o porque los problemas nos superan, no abrimos la boca. Sordos que no oyen lo que les cuestiona, lo que les exige cambio o les remueve sus comodidades; y mudos que no comunican los valores y verdades en los que creen. 

Dejemos que el Señor, como al sordomudo, se nos muestre cercano y compasivo, que nos lleve aparte, si es necesario, de los círculos cerrados sociales o de pensamiento en que nos movemos y defendemos. Él nos abrirá los oídos para oír lo que debemos oír y nos soltará la lengua para hablar lo que debemos hablar en cada circunstancia. Esta disponibilidad a la gracia hará que la Iglesia llegue a hablar el lenguaje de la gente, como en Pentecostés, cuando todos la oían la oían y entendían en sus propias lenguas (Hech 2,11).

jueves, 12 de febrero de 2026

La mujer sirofenicia (Mc 7, 24-30)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo y la Cananea, óleo sobre lienzo de Annibale Carracci (1595), Palacio Comunal de Parma, Italia

En aquel tiempo, Jesús salió de Genesaret y se fue a la región donde se encuentra Tiro. Entró en una casa, pues no quería que nadie se enterara de que estaba ahí, pero no pudo pasar inadvertido.
Una mujer, que tenía una niña poseída por un espíritu impuro, se enteró enseguida, fue a buscarlo y se postró a sus pies.
Cuando aquella mujer, una siria de Fenicia y pagana, le rogaba a Jesús que le sacara el demonio a su hija, él le respondió: "Deja que coman primero los hijos. No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos".
La mujer le replicó: "Sí, Señor; pero también es cierto que los perritos, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños".
Entonces Jesús le contestó: "Anda, vete; por eso que has dicho, el demonio ha salido ya de tu hija".
Al llegar a su casa, la mujer encontró a su hija recostada en la cama, y ya el demonio había salido de ella. 

Se trata de un texto provocador, de una actitud provocadora de Jesús. Antes ha estado discutiendo sobre las tradiciones judías acerca de lo puro y lo impuro, ahora, en gesto provocador, se va a una región impura. Se le acerca una mujer con su hija. Es una extranjera, pero él no puede quedarse impasible; el dolor de la gente tiene poder sobre él, sabe que va a tener que curarla. Aprovecha entonces la situación para polemizar y hacer que –por esa misma polémica– sobresalga la justicia de la mujer pagana, impura. 

En los dos pasajes precedentes se hablaba de la ceguera de los discípulos que les impide comprender el significado de los «panes», y de la oscuridad que produce la religión legalista que difunden los fariseos y escribas. Como respuesta a ello, entra en escena la fe luminosa de una mujer pagana, que no pertenece a Israel ni vive sometida a la ley judía, pero que sí comprende perfectamente el significado de las «migajas del pan», por lo cual obtiene la salud/salvación para su hija (y para ella). 

En este sentido, los vv. 27-28 son la clave del pasaje: en ellos se afirma que Jesús ha venido a realizar su misión -de ofrecer el pan de la palabra y de la salvación- primero a los hijos de Israel, pero como éstos lo han rechazado, el pan de los hijos se ofrece también a los paganos. 

Se habla de la fe en el «pan», que a los discípulos les falta: el comprender y asimilar el significado del pan que se ofrece y se comparte y que, por ello, es el símbolo máximo de lo que es el Señor. No comprender el signo del pan es no comprender quién es Jesús y no vivir una vida que se ofrece para el bien de los demás Una fe que no mueve a llevar a la práctica el significado del pan, no es fe verdadera. La fe verdadera se verifica en el amor fraterno. Y a esta fe son llamados no sólo los judíos sino también todos los pueblos gentiles, representados en el relato por la mujer pagana. 

Es importante advertir que el pan es designado expresamente como el «pan de los hijos» (v. 27): porque es el pan que comparten los hermanos y hermanas en comunidad. Esta fraternidad no conoce límite alguno de nacionalidad, raza, o condición. Los judíos del tiempo de Jesús despreciaban a los extranjeros y hacían la contraposición perros/hijos, paganos/israelitas. “Quien come con un idólatra es como quien come con un perro”, decía el Talmud. Por eso, lo asombroso es que la primera persona que tiene acceso al «pan de los hijos» sea precisamente un «perro», un «perrillo», un ser que no vale nada porque ni siquiera pertenece al pueblo escogido y no puede reclamar ningún derecho. Para ello, con mucha habilidad, la mujer usa la imagen de Jesús y la retuerce para ponerla en su favor: hasta los perritos comen las migajas que caen... 

«Dios no hace distinción de personas, sino que acepta a quien lo honra y obra rectamente, sea de la nación que sea» (Hech 10,34 s.). 

Es claro, por lo demás, que el relato presenta la fe como aquello que lleva a superar toda barrera de separación: racismo, prejuicios, odios nacionalistas y culturales, enfrentamientos religiosos. La fe es el único título de pertenencia a la comunidad cristiana. Por eso, una fe débil, o un conocimiento débil o ambiguo de Jesús, deja a las personas sin fuerzas para superar sus prejuicios y costumbres que generan división y discriminación. La persona queda a la merced de sus prejuicios, que desatan odios y violencias. 

Finalmente, un detalle importante es que el milagro se realiza estando Jesús ausente: se realiza por la «palabra» de la mujer, como lo hace notar el mismo Jesús: Vete, por lo que has dicho, el demonio ha salido de tu hija (v. 29). 

La verdadera fe, que sabe reconocer y acoger la fuerza del amor que libera, es la que se hace «pan de los hijos». El pasaje de la siro-fenicia nos hace apreciar la fe verdadera, que despliega todo su poder en el amor, cuyo signo concreto y eficaz es el partir juntos el pan.

miércoles, 11 de febrero de 2026

La nueva moral (Mc 7, 14-23)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo en la Sinagoga, óleo sobre lienzo de Nikolay Ge (1868), Galería Tretyakov, Moscú, Rusia

Jesús volvió a llamar a la gente y empezó a decirles: "Escúchenme todos y traten de entender. Ninguna cosa que de fuera entra en la persona puede hacerla impura; lo que hace impura a una persona es lo que sale de ella. El que tenga oídos, que escuche".
Cuando Jesús se apartó de la gente y entró en casa, sus discípulos le preguntaron sobre lo que había dicho.
Él les respondió: "¿También ustedes están cerrados? ¿No comprenden que nada de lo que entra de fuera en una persona puede hacerla impura? Pues no entra en el corazón, sino que va al estómago primero y después al basural". Así Jesús declaraba que todos los alimentos son puros.
Y luego continuó: "Lo que hace impura a la persona es lo que ha salido de su propio corazón. Los pensamientos malos salen de dentro, del corazón: de ahí proceden la inmoralidad sexual, robos, asesinatos, infidelidad matrimonial, codicia, maldad, vida viciosa, envidia, injuria, orgullo y falta de sentido moral. Todas estas maldades salen de dentro y hacen impura a la persona". 

Continúa la polémica de Jesús con los fariseos y maestros de la ley acerca de la verdadera piedad. Los escribas y maestros de la ley, que normalmente residían en Jerusalén, ejercían una función de inspectores en las provincias y pueblos. Incluso es probable que los fariseos de Galilea los llamaran en su ayuda para rebatir a Jesús y frenar el movimiento que se estaba armando en torno a él entre la gente más sencilla de la región. Uno de los asuntos que fariseos y maestros de la ley más controlaban era el cumplimiento de las normas y tradiciones referentes a la purificación de las personas y de las cosas. 

Tales prescripciones judías nos pueden resultar incomprensibles, pero existían en casi todas las religiones. Los primeros que tenían que cumplirlas eran los sacerdotes porque estaban situados en un nivel superior al de los fieles y debían evitar todo aquello que pudiera indisponerlos con la divinidad y volver ilícitas o inválidas las acciones sagradas que ellos realizaban. Así, a partir de estas normas del Antiguo Testamento (sobre todo del libro del Levítico) se fue estableciendo la división entre hombres puros e impuros, objetos santos y profanos, y la religión fue reduciéndose a un conjunto de prácticas y acciones administradas por los consagrados. Es cierto que la pureza que se obtenía mediante los lavados de purificación y expiación simbolizaba la integridad de la conciencia, pero los profetas se vieron obligados a denunciar la tendencia a reducirlo todo a la exterioridad de los ritos. 

Jesús hace ver que lo más importante es la interioridad, el corazón, sede de los afectos y de los sentimientos, en donde reside la sinceridad y la autenticidad de la persona, y de donde salen también las malas acciones, inclinaciones y deseos. Por eso declara: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace al hombre impuro. 

El cristiano sabe, por tanto, que el encuentro con Dios es, primeramente y sobre todo, un acontecimiento interior liberador, que exige ser aceptado en la profundidad de la persona y no en la exterioridad de la pura apariencia. Lo importante para Dios no son las acciones religiosas que se realizan por tradición o costumbre, ni las normas morales que se cumplen como imposiciones externas y no desde convicciones profundas del corazón. San Pablo en la carta a los Romanos nos da esta norma segura de actuación: Les pido, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcan sus vidas como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Este ha de ser su auténtico culto. No se acomoden a los criterios de este mundo; al contrario, transfórmense, renueven su interior, y así discernirán cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto (Rom 12,1-2). 

Una vida regida por los valores de Cristo y no por los del mundo, esa es la religión genuina, viene a decir San Pablo. Más aún, en la entrega de sí mismo a Dios y a los hermanos realiza el cristiano el sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es el culto verdadero. Sin esta actitud, la celebración de los sacramentos es inauténtica, una pura ceremonia. 

Por eso, para superar este riesgo el cristiano va a la eucaristía y después procura llevar a la práctica lo que en ella escucha, recibe y celebra. En la comunión, signo de reconciliación y de unión fraterna, se hace vida el mandamiento del amor que Jesús estableció justamente cuando instituyó el sacramento de su presencia viva entre nosotros. Se comulga en el pan único y compartido y se recibe la acción del Espíritu Santo que, al santificar nuestras ofrendas de pan y vino, nos santifica también a nosotros para formar, en Cristo, un solo cuerpo y un solo espíritu.

martes, 10 de febrero de 2026

Doctrina de lo puro e impuro (Mc 7, 1-13)

 P. Carlos Cardó SJ 

Fariseos cuestionando a Jesús, acuarela opaca sobre grafito en papel liso gris de James Tissot (1886 – 1894), Museo de Brooklyn, Nueva York

Los fariseos se juntaron en torno a Jesús, y con ellos había algunos maestros de la Ley llegados de Jerusalén. Esta gente se fijó en que algunos de los discípulos de Jesús tomaban su comida con manos impuras, es decir, sin habérselas lavado antes. Porque los fariseos, al igual que el resto de los judíos, están aferrados a la tradición de sus mayores, y no comen nunca sin haberse lavado cuidadosamente las manos. Tampoco comen nada al volver del mercado sin antes cumplir con estas purificaciones. Y son muchas las tradiciones que deben observar, como la purificación de vasos, jarras y bandejas. Por eso los fariseos y maestros de la Ley le preguntaron: "¿Por qué tus discípulos no respetan la tradición de los ancianos, sino que comen con manos impuras?".
Jesús les contestó: "Qué bien salvan ustedes las apariencias! Con justa razón profetizó de ustedes Isaías cuando escribía: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me rinden de nada sirve; las doctrinas que enseñan no son más que mandatos de hombres. Ustedes descuidan el mandamiento de Dios por aferrarse a tradiciones de hombres".
Y Jesús añadió: "Ustedes dejan tranquilamente a un lado el mandato de Dios para imponer su propia tradición. Así, por ejemplo, Moisés dijo: "Cumple tus deberes con tu padre y con tu madre", y también: "El que maldiga a su padre o a su madre es reo de muerte". En cambio, según ustedes, alguien puede decir a su padre o a su madre: "Lo que podías esperar de mí es "consagrado", ya lo tengo reservado para el Templo". Y ustedes ya no dejan que esa persona ayude a sus padres. De este modo anulan la Palabra de Dios con una tradición que se transmiten, pero que es de ustedes. Y ustedes hacen además otras muchas cosas parecidas a éstas".
 

El texto evangélico de hoy presenta una de las polémicas de Jesús con los fariseos y maestros de la ley acerca de la auténtica religión. El pueblo judío, como casi todos los pueblos de la tierra, incurría en la tendencia a reducir la religión a los ritos, ceremonias y prácticas exteriores, con las que se creía poder contentar a Dios, pero sin animarse a darle lo que él más quiere: el propio corazón. Los fariseos, grupo muy influyente, y los letrados de Jerusalén, “maestros de la ley”, eran los que interpretaban lo puro e impuro, lo lícito o lo ilícito, conforme a una serie de normas extraídas sobre todo del libro del Levítico (caps. 11-15). Estos fanáticos defensores de la ley habían transformado la religión en una moral de preceptos menudos que pervertía los mandamientos dados por Dios a Moisés, y llegaba a reglamentar las tareas más simples y ordinarias de la vida doméstica como el lavarse las manos o purificar vasos, jarros y bandejas. Siempre el culto (liturgia) y las prácticas escrupulosas de la moral han servido de pantalla para escamotear las verdaderas exigencias de la fe. 

En el Antiguo Testamento abundan las advertencias de los profetas contra esta pretensión humana de manipular lo divino y reducir la religión a normas externas y ceremonias sin práctica de la justicia. Es verdad que la pureza exigida en el Levítico para la celebración del culto podía ser símbolo de la pureza moral, pero casi siempre la exigencia de la pureza se reducía a lo externo. Por eso Jesús no duda en criticar la hipocresía de los fariseos, que se presentan como hombres piadosos, fieles cumplidores de los deberes religiosos, pero viven pendientes de obras de escaso valor, creyendo que con ello agradan a Dios. A ellos les dirige las palabras de Isaías: Así dice el Señor: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí y el culto que me rinden es puro precepto humano, pura rutina (Is 29, 13). 

Jesús mantiene y profundiza el espíritu de la Ley, pero aboga por una pureza interior, que se manifiesta en una vida conformada por entero con la voluntad de Dios. Declara que es una hipocresía la religiosidad basada en puras normas y tradiciones (cf. Mt 6, 7), inventadas por los hombres, que no pueden estar por encima del amor a Dios y a los prójimos. Por eso denuncia: Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, y siguen las tradiciones de los hombres. 

Un ejemplo evidente de este mal proceder lo ve Jesús en la supresión del mandamiento de honrar padre y madre por la práctica del corbán (ofrenda sagrada), sobre la cual hace caer la maldición divina. El corbán era un juramento en virtud del cual el judío podía declarar que sus bienes o parte de ellos quedaban destinados a ser ofrenda para el sostenimiento del templo y, por ello, ya no podía usarlos para atender las necesidades de sus padres, por muy necesitados que estuvieran, aunque él sí podía seguir usándolos hasta su propia muerte si así lo deseaba. Así, pues, como esa destinación piadosa de los bienes podía no concretarse, la norma del corbán se convertía en la práctica en una ficción, de la que se valían quienes querían vengarse de sus padres o desentenderse de sus necesidades. Los fariseos defendían este juramento aun sabiendo que significaba poner totalmente de lado el mandamiento dado por Dios. Para ellos, lo relativo al culto y al templo estaba por encima de las obligaciones del amor a los padres. Para Jesús, amor a Dios y amor al prójimo son indisociables; no se dan el uno sin el otro. Por eso, se pervierte la Palabra de Dios si se la interpreta contra el amor. 

La nueva ley que Cristo escribe e imprime en nuestros corazones por el Espíritu Santo, consiste en amar a los demás como él nos ha amado, privilegiando a los pobres y a los humildes. En esto consiste la «religión pura y sin mancha a los ojos de Dios nuestro Padre», dice el apóstol Santiago (Sant 1,27). Y San Juan es enfático al afirmar que la ley del amor constituye el criterio de verificación de nuestro amor a Dios: ¿Cómo puedes decir que amas a Dios a quien no ves, si no amas a tu hermano a quien ves? (cf. 1 Jn 4,20).

Sumario de la actividad de Jesús (Mc 6, 53-56)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo en la piscina de Bethesda, óleo sobre lienzo de Artus Wolffort (primera mitad del siglo XVII), colección privada. Vendida por Christie’s Londres en 2008

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos terminaron la travesía del lago y tocaron tierra en Genesaret. Apenas bajaron de la barca, la gente los reconoció y de toda aquella región acudían a él, a cualquier parte donde sabían que se encontraba, y le llevaban en camillas a los enfermos. A dondequiera que llegaba, en los poblados, ciudades o caseríos, la gente le ponía a sus enfermos en la calle y le rogaba que por lo menos los dejara tocar la punta de su manto; y cuantos lo tocaban, quedaban curados. 

Los discípulos no habían reconocido a Jesús cuando remaban desesperados en medio del lago y creyeron que era un “fantasma” –no habían comprendido “lo de los panes”, símbolo con el qué quiso identificarse y expresar lo que hace por nosotros (vv 49-52). Aquí, en cambio, la gente sencilla sí lo reconoce y corre a su encuentro. Han oído que libra de enfermedades, que da a comer su pan. Son pobres y enfermos, agobiados por algún mal físico o moral. 

Con esta “multitud” Jesús inicia el nuevo pueblo. Donde aparece la debilidad, representada en la afluencia de pobres y necesitados que esperan su salvación, nace la vida nueva de la comunidad cristiana. La Iglesia es comunidad de débiles y pecadores. En ella nos liberamos de nuestras miserias, miedos y desconfianzas. 

Querían tocarlo, dice el texto. Sus manos expresan lo que desean alcanzar de él. Todos llevan consigo una expectativa y saben que él los atenderá. Su confianza los mueve a “tocar” para comunicarle a Jesús lo que quieren de él y sentirse a la vez tocados por él y por su poder que libera. Es la fe de la hemorroísa que tocó el borde de su manto y quedó “salvada”, como le dijo Jesús: Hija tu fe te ha salvado. Es la fe de nuestro pueblo sencillo que siempre quiere tocar las imágenes ante las cuales ora: tocar, experimentar, sentir el misterio. La fe es eso: una experiencia vivencial de estar con alguien. 

Esto ocurre en nosotros. No podemos tocar físicamente, pero sí en la fe. Por ella nos adherimos a Cristo resucitado, sentimos su poder. En la Eucaristía tocamos su cuerpo; él nos congrega, alimenta y sana; nos hace comunidad abierta a los que sufren, y nos envía a repetir sus gestos, que brotan de su misericordia y son los signos del reino de Dios entre nosotros.

domingo, 8 de febrero de 2026

Domingo V del Tiempo Ordinario - Sal y luz del mundo (Mt 5, 13-16)

 P. Carlos Cardó SJ 

Mañana de Pascua, óleo sobre lienzo de Caspar David Friedrich (1820 – 1835), Museo Thyssen Bornemisza, Madrid, España

Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve insípida, ¿cómo podrá ser salada de nuevo? Ya no sirve para nada, por lo que se tira afuera y es pisoteada por la gente.
Ustedes son la luz del mundo: ¿cómo se puede esconder una ciudad asentada sobre un monte? Nadie enciende una lámpara para taparla con un cajón; la ponen más bien sobre un candelero, y alumbra a todos los que están en la casa.
Hagan, pues, que brille su luz ante los hombres; que vean estas buenas obras, y por ello den gloria al Padre de ustedes que está en los Cielos. 

Con estas imágenes tomadas de la vida diaria Jesús no da un mandato ni propone un programa de acción; lo que hace es describir lo que deben ser sus discípulos: deben ser sal en el mundo en que viven y luz para las personas con quienes tratan. 

La sal sazona los alimentos y los preserva de la corrupción. Además, en la cultura judía del tiempo de Jesús, la sal era símbolo de sabiduría, amistad y disponibilidad para el sacrificio. Dirigidas a nosotros, estas palabras de Jesús nos dicen que debemos mostrar el sabor de los valores del evangelio y la perseverancia en el buen obrar. Y hemos de ser sal de la tierra porque nuestra fe en Cristo le da sentido no solamente a nuestra vida personal, sino a las relaciones en sociedad. Somos sal de la tierra si transmitimos y defendemos los valores del evangelio, y procuramos mantener en el mundo las inquietudes por la justicia verdadera, luchando contra todo lo que hace que nuestra sociedad se corrompa y se degrade. 

Volverse insípido, en cambio, es perder el sabor de Cristo, incurrir en la tibieza, dejar que se enfríe el amor, perder mística, pasión, anhelo de entrega. Es una tentación en la que todos podemos incurrir, porque somos continuamente afectados por otros modos de pensar, otros sabores, y por ello debemos estar vigilantes. 

Ustedes son la luz del mundo, dice también Jesús. Él es la Luz. Y lo afirmó: Yo soy la luz del mundo, el que me sigue tendrá la luz de la vida (Jn 18). Él es quien ilumina, nosotros recibimos de su luz y damos luz. La identidad cristiana cuando está asimilada se deja ver, se trasluce, resalta. Pero también aquí se da una contraposición: porque el mundo tiene otras luces que encandilan y fascinan con sus propuestas de felicidad engañosa o efímera. La luz verdadera que hemos de transmitir, la describe el profeta Isaías en términos muy concretos: Aleja de ti toda opresión, deja de acusar con el dedo y levantar calumnias. Reparte tu pan al hambriento y sacia al que desfallece. Entonces brillará tu luz en las tinieblas, y tu oscuridad se volverá como la claridad del mediodía; entonces te dirigirás a Dios y Dios te hará sentir su presencia, te responderá: “Aquí estoy” (Is 58). 

No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de una montaña, continúa el texto. Jesús se refiere a la comunidad de los que lo siguen, a la Iglesia. Está en lo alto, todos la ven, todos se fijan en lo que en ella ocurre. De ahí brota nuestra responsabilidad porque somos ciudadanos de esa ciudad y lo que yo haga o deje de hacer –más aún si desempeño en ella una función especial– eso beneficia o perjudica a la Iglesia. 

Inspirado en el evangelio, el Papa Francisco no deja de advertir a todos –obispos, sacerdotes, laicos– que la Iglesia debe dejar de estar encerrada en sí misma, incapaz de dar al mundo de hoy el sabor de la sal y la luz del Evangelio. Suele decir: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrase a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termina clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos”. Exhorta a los fieles a no quedarse “tranquilos en espera pasiva en los templos”. Y nos invita a buscar las “fronteras”, los espacios humanos en los que se libra la batalla entre la fe y la increencia, la abundancia y la pobreza, el bienestar y el sufrimiento, convencido de que “lo que necesita hoy la iglesia es capacidad de curar heridas” y cultivar una “cultura del encuentro” entre las diversas culturas, las diversas maneras de pensar y las diversas capas sociales. 

Procurar que la Iglesia brille como “ciudad sobre el monte” no significa pretender el brillo y esplendor de una nación que se confronta con otras, o de una empresa que compite con otras, o de una asociación que se enorgullece por reclutar el mayor número de socios. El mismo Jesús que mueve a hacer brillar la luz, nos advierte: Cuidado con practicar las buenas obras para ser vistos por la gente…, no vayas pregonándolo como lo hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles para que los alaben los hombres (Mt 6, 1-2). Por consiguiente, la única gloria que la Iglesia debe procurar es la gloria de Dios, que en el evangelio aparece asociada a la obra de Jesús en favor de los enfermos, de los pobres, de los pecadores, y es contraria a la de los hipócritas que obran para ser vistos.

sábado, 7 de febrero de 2026

Como ovejas sin pastor (Mc 6, 30-34)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús junto al lago, óleo sobre lienzo de Greg Olsen (2012), Templo de Provo, Utah, Estados Unidos

En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.
Él les dijo: "Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco."
Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado.
Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron.
Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma. 

En estos cuatro versículos tenemos toda una síntesis de vida cristiana. 

Los apóstoles se reunieron con Jesús. Estar con el Señor, conocerlo para más amarlo y seguirlo es lo que define al cristiano. Jesús atiende a sus discípulos, presta atención a lo que le cuentan del trabajo que han realizado y los invita: Vengan ustedes solos a un lugar deshabitado, para descansar un poco. Detrás de estas palabras resuena el eco de aquellas otras que trae Mateo: Vengan a mí los que están cansados y agobiados, que yo los aliviaré (Mt 11, 28). 

Siempre hay que procurar escuchar lo que dice Jesús como dirigido a nosotros hoy; sólo así la Escritura es palabra eficaz, que toca nuestra situación y nos cambia. Hay que oír, pues, su invitación a estar con él, a saber “retirarnos” y descansar porque –consciente o inconscientemente– podemos llevar una vida que deshumaniza: agitados, absorbidos por el trabajo, en la búsqueda ansiosa de valores, que son útiles, sí, pero no esenciales. Lo primero que se perjudica son las relaciones personales, es decir, lo más hermoso y satisfactorio que la vida nos da. Y lo mismo ocurre con Dios. Como toda relación, la amistad con Cristo hay que cultivarla, hay que darse tiempo para estar a solas con él. Los tiempos que reservamos para la oración son los “lugares deshabitados”, de los que habla el evangelio, espacios en los que nos apartamos de aquello que, desde el exterior, nos desgasta y desorienta y accedemos a nuestro interior, donde que tocamos lo esencial. 

Se fueron, pues, ellos solos en la barca, pero no lograron lo que buscaban, el descanso que tenían pensado se les frustró. La multitud que va y viene, ansiosa por ver a Jesús, se apresura y llega antes que ellos a la otra orilla. No les van a dejar tiempo ni para comer. Jesús mira la situación y, en vez de reprocharles –con todo derecho, por lo demás–, se conmueve. Él sabe bien que lo buscan para que les ayude a vivir. Por eso no puede reprocharles su conducta ni defraudar la confianza que tienen puesta en él. Una vez más sus entrañas de pastor bueno se compadecen: son como ovejas sin pastor (cf. Nm 27,17; Ez 34,5; Zac 13,7). Aprovecha entonces el momento para seguir haciendo lo que siempre ha hecho: congregar, unir (Mc 1,38s)… y se puso a enseñarles con calma. 

Queda así enmarcado el milagro de la multiplicación de los panes que viene a continuación y definida la perspectiva desde la que hay que interpretarlo: milagro y enseñanza, pan y palabra van unidos. 

La imagen de Jesús conmovido ante la necesidad de la gente nos hace apreciar lo más nuclear de su persona: Jesús fue alguien que supo amar de verdad. Más aún, su amor no fue en él un sentimiento circunstancial, que le venía de vez en cuando, sino una realidad permanente que caracterizaba su persona. La razón de fondo es que en el amor profundamente humano de Jesús se revela su divinidad: su amor misericordioso es el amor mismo de Dios. Jesús es la encarnación del amor con que Dios ama, cuida y alimenta a sus criaturas. 

Por esta razón última, cristológica, el amor compasivo es centro y esencia de la vida cristiana. El Papa Francisco no deja de repetirlo al proponer como nota esencial de la Iglesia el llamado “principio misericordia” que debe inspirar y unificarlo todo.

viernes, 6 de febrero de 2026

Muerte de Juan Bautista (Mc 6, 14-29)

 P. Carlos Cardó SJ 

Decapitación de San Juan Bautista, óleo sobre lienzo de Michelangelo Caravaggio (1608), concatedral de San Juan, La Valeta, Malta

El rey Herodes oyó hablar de Jesús, ya que su nombre se había hecho famoso.
Algunos decían: "Este es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él poderes milagrosos". Otros decían: "Es Elías", y otros: "Es un profeta como los antiguos profetas".
Herodes, por su parte, pensaba: "Debe de ser Juan, al que le hice cortar la cabeza, que ha resucitado".

En efecto, Herodes había mandado tomar preso a Juan y lo había encadenado en la cárcel por el asunto de Herodías, mujer de su hermano Filipo, con la que se había casado. Pues Juan le decía: "No te está permitido tener a la mujer de tu hermano".
Herodías lo odiaba y quería matarlo, pero no podía, pues Herodes veía que Juan era un hombre justo y santo, y le tenía respeto. Por eso lo protegía, y lo escuchaba con gusto, aunque quedaba muy perplejo al oírlo.
Herodías tuvo su oportunidad cuando Herodes, el día de su cumpleaños, dio un banquete a sus nobles, a sus oficiales y a los personajes principales de Galilea.
En esa ocasión entró la hija de Herodías, bailó y gustó mucho a Herodes y a sus invitados. Entonces el rey dijo a la muchacha: "Pídeme lo que quieras y te lo daré". Y le prometió con juramento: "Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino".
Salió ella a consultar a su madre: "¿Qué pido?".
La madre le respondió: "La cabeza de Juan el Bautista".
Inmediatamente corrió a donde estaba el rey y le dijo: "Quiero que ahora mismo me des la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja".
El rey se sintió muy molesto, pero no quiso negárselo, porque se había comprometido con juramento delante de los invitados. Ordenó, pues, a un verdugo que le trajera la cabeza de Juan. Este fue a la cárcel y le cortó la cabeza.
Luego, trayéndola en una bandeja, se la entregó a la muchacha y ésta se la pasó a su madre. Cuando la noticia llegó a los discípulos de Juan, vinieron a recoger el cuerpo y lo enterraron.
 

La muerte de Juan anticipa la de Jesús. En su martirio, el profeta revela la verdad de la causa a la ha entregado su vida; demuestra que hay valores que valen más que la vida. 

La fama de Jesús se había extendido y el rey Herodes oyó hablar de él. La fe se transmite por la palabra. Pero Herodes no es capaz de alcanzarla: escucha cosas pero no las entiende y queda confundido. Se destaca este rasgo de su personalidad: es un confundido, voluble, influenciable. Le llegan las distintas opiniones que circulan sobre Jesús, y él cavila: ¿será Juan Bautista a quien yo mandé matar? Respetaba a Juan, lo tenía por santo y lo protegía, pero lo que decía lo dejaba confundido, y al final se dejará influenciar por el qué dirán y por su mujer, y lo mandará matar. Pablo hablará de los que ocultan la verdad por las cosas malas que hacen (Rom 1,18). Estas cosas malas en el caso de Herodes son su escandalosa unión con la mujer de su hermano, la opulencia que exhibe en su corte y el despotismo con que gobierna. 

¡No te es lícito tener la mujer de tu hermano!, le había dicho Juan. Por eso Herodías lo odiaba y quería matarlo, pero no podía. Los corruptos sienten como una amenaza a todo aquel que les hace ver su delito. Al no hallar la forma de desmentir la denuncia, querrán acabar con él, pensando que así quedarán tranquilos. Es lo que quiere Herodías pero no puede porque el rey respeta a Juan. 

La oportunidad se presentó cuando Herodes, en su cumpleaños, ofreció un banquete. El banquete en la Biblia es uno de los más bellos símbolos de la unión definitiva de Dios con sus hijos. El banquete de Herodes, en cambio, es la fiesta del mundo, en la que la belleza y el placer, representados en la muchacha y en su danza, ya no dan vida sino producen muerte. La mentalidad de Herodes todo lo pervierte. Celebra el aniversario de su nacimiento dando muerte al inocente. Por eso Jesús pondrá en guardia a sus discípulos para que no se dejen contaminar por la levadura de los fariseos y de Herodes (Mc 8, 15), porque esa mentalidad tiene un fuerte impacto social. Se difunde hasta hoy. 

La hija de Herodías bailó y dejó embelesados a Herodes y a los invitados. Pídeme lo que quieras y te lo daré, le dijo el rey, y añadió: Te daré hasta la mitad de mi reino. Movido por el engaño de su torcido corazón, o por inconsciencia o mala voluntad, el hombre se cree obligado a cumplir sus promesas erradas. Es muy común este quedar entrampado el sujeto en sus contradicciones. 

La muchacha, instigada por su madre, le pidió la cabeza del Bautista. La búsqueda desordenada de la propia seguridad, del mantenimiento de la posición adquirida y de los intereses individuales ciega el corazón de las personas y las induce al crimen. El proceder de los tres personajes que focalizan la escena –el rey, la hija y la madre– tipifican los horrores de muerte que causa la corrupción en la sociedad. La joven, sin personalidad, incapaz de decidir por sí misma, encuentra su seguridad en endosarle a la madre la decisión a tomar: ¿qué pido? La madre instrumentaliza pérfidamente a su hija para lograr su cometido de mantener la relación escandalosa con el rey. La ceguera del corazón pone el propio interés por encima de la vida de un inocente. Y el rey, finalmente, queda entrampado en sus propias dependencias: cegado por su sensualidad, que ha quedado incitada por la belleza de la joven, comete la insensatez de prometerle hasta la mitad de su reino; esclavo de su poder y prestigio, no puede desairar a la joven ni dejar de cumplir el juramento hecho ante los convidados; sometido a su mujer, acatará su voluntad asesina a pesar de la tristeza que siente. Queda patéticamente contrapuesta la grandeza de Juan Bautista, que muere por su libertad de palabra y por su fidelidad a la misión recibida, y la bajeza de Herodes y los suyos, cuya falta de conciencia les lleva a pisotear los valores más fundamentales. 

El relato concluye con una nota de piedad, que señala, además, el epílogo de la vida y misión del Bautista: vinieron sus discípulos, recogieron su cuerpo, le dieron sepultura… 

Finalmente puede verse aludido en el pasaje el tema de la ética política que aporta el cristianismo. El cristiano fiel a sus principios nunca podrá dejar de tener una postura crítica frente a las maniobras injustas de los poderosos y las actuaciones corruptas de gobiernos en los que reinan muchas veces la hipocresía, el sometimiento servil al gobernante y las alianzas para delinquir. Muchos, con razón, señalan que el delito de Juan Bautista –que se prolonga en el de muchos cristianos hoy– consistió en no quedarse con la boca cerrada.