miércoles, 31 de diciembre de 2025

El Verbo se hizo carne (Jn 1, 1-18)

 P. Carlos Cardó SJ 

La humanidad, óleo sobre lienzo de Cristina Alejos Cañada (1995), colección privada

En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.
Este era en el principio con Dios.
Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.
Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan.
Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él.
No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz.
Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo.
En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció.
A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.
Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.
Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.
Juan dio testimonio de él, y clamó diciendo: Este es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo.
Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.
A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer. 

La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Dios, a quien nadie ha visto nunca ha querido estar con nosotros por medio de su «Palabra», su Hijo eterno (Jn 1,1.14). No ha querido realizar la salvación del mundo manteniéndose en una inasequible lejanía, sino que ha preferido descender para elevarnos, empobrecerse para enriquecernos, hacerse hombre para hacernos participar de su vida divina. Se hace Dios-con-nosotros, cercano y prójimo nuestro, que habita entre nosotros. 

En esto consiste el elemento decisivo de la buena noticia (evangelio) que Dios nos da. Pero al decírnosla, Dios se arriesga a que no la entendamos o se la rechacemos. Y así ha ocurrido, en efecto, pues ya en el primer siglo del cristianismo surgieron corrientes de pensamiento contrapuestas: unas que veían a Jesús como un hombre extraordinario, incluso como Mesías, pero no como Dios; otras que reconocían su divinidad, pero negaban que fuese al mismo tiempo hombre. A partir de ahí se han sucedido en la historia innumerables debates teológicos y, lo que es peor, polarizaciones prácticas que generan formas opuestas de vivir el cristianismo sobre la base de una glorificación excesiva de Jesucristo con olvido de su humanidad, o viceversa, es decir, por no integrar la divinidad y la humanidad en la persona de Jesucristo. 

Consciente de las resistencias que sus afirmaciones sobre la encarnación de Dios iban a enfrentar, Juan, no obstante, da un paso más y proclama: Y nosotros hemos visto su gloria, gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad (v. 14). La majestad, el poder, el resplandor de su santidad, el dinamismo de su ser creador, todo ello se encarna en Jesús por su íntima unión trascendente con el Padre que lo envía. Más aún, en él, Dios no sólo asume nuestra condición humana, sino que se nos da a sí mismo. Por eso, el Niño que en Belén se incorpora en las vicisitudes históricas que hoy como entonces podemos vivir, es –en la misteriosa profundidad de su ser– una sola cosa con Dios. Es la palabra, la comunicación plena y definitiva de Dios. En adelante, toda su vida humana, desde su nacimiento hasta su muerte y toda su existencia de resucitado, elevado a la derecha del Padre, es comunicación de Dios de forma definitiva, en la que el mismo Dios se nos dice y se relaciona con todo ser humano como el aliado que lucha con nosotros y vence con nosotros, como el hermano mayor que guía con su ejemplo, como el amigo que comparte todo lo que es y todo lo que tiene. 

Núcleo central de nuestra fe, la encarnación de Dios es asimismo raíz y fundamento último de nuestra esperanza. Este Dios hecho hombre, hecho historia, hecho tiempo, es el que nos asegura –particularmente en este último día del año–, que con su venida ha llenado nuestro futuro de promesa y lo ha encaminado irreversiblemente a su reino. El futuro de la humanidad y de todo el universo creado por amor está garantizado porque Dios se ha hecho hombre en Jesús para renovar, rehacer y llevar a plenitud todo lo creado.

martes, 30 de diciembre de 2025

El Niño crecía en edad, sabiduría y gracia (Lc 2, 36-40)

 P. Carlos Cardó SJ 

San José con el Niño Jesús, óleo sobre lienzo de Guido Reni (1580), Museo del Hermitage, San Petersburgo, Rusia

En aquel tiempo, había una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana. De joven, había vivido siete años casada y tenía ya ochenta y cuatro años de edad. No se apartaba del templo ni de día ni de noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones.
(Cuando José y María entraban en el templo para la presentación del niño), se acercó Ana, dando gracias a Dios y hablando del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel.
Una vez que José y María cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y fortaleciéndose, se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios estaba con Él. 

La presentación de Jesús en el templo es relatada por Lucas como la manifestación de Jesús Mesías a Israel, representado en las figuras del anciano Simeón y de la profetisa Ana. 

Movido por el Espíritu, el anciano Simeón se alegra de haber encontrado a Jesús, luz de las naciones, que colma todas sus esperanzas y le hace capaz de vencer el miedo a la muerte. A continuación, aparece en escena una anciana, llamada Ana, hija de Fanuel, que daba culto al Señor día y noche con ayunos y oraciones. También ella se puso a alabar a Dios y hablar del Niño Jesús a todos los judíos fieles que aguardaban la liberación de su pueblo. 

Vienen luego dos frases sintéticas de la vida de Jesús en Nazaret: Cuando (sus padres) cumplieron las cosas prescritas en la ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría y la gracia de Dios estaba en él. 

Más adelante, Lucas dirá algo muy semejante y conciso: Bajó con ellos a Nazaret y vivía sujeto a sus padres. Su madre conservaba cuidadosamente todos estos recuerdos en su corazón. Y Jesús crecía en edad, estatura y gracia ante Dios y los hombres (Lc 2, 50-53) 

En esas frases está todo lo que el evangelio nos dice de esos treinta largos años de Jesús en Nazaret que, por ello los designamos como la “vida oculta”. Jesús mismo no hablará para nada de ella. Nada hay en los relatos bíblicos que satisfaga nuestra curiosidad. 

Se podría pensar, por ello que, en este mismo silencio, en este “no saber nada o casi nada” podríamos descubrir la primera lección de Nazaret: la lección del silencio cargado de palabra, pues no cabe duda de que la vida oculta de Jesús tiene una fuerza profética que contradice la lógica del mundo, que es la del triunfo, tanto más grande cuanto más sensacional. 

Pero esa forma de revelarse el Salvador corresponde a la “sabiduría de Dios”. La palabra eterna, la comunicación viva y directa de Dios asume voluntariamente la impotencia del silencio y ocultamiento de treinta años transcurridos en una aldea de la región más pobre y deprimida de la Palestina de entonces, Nazaret. 

La obra de Dios no hace ruido, el amor no hace ruido, no se exhibe con publicidad, no necesita ni dinero ni poder para hacer el bien. Quedan cuestionadas muchas de nuestras eficacias. 

La vida oculta se entiende desde la Pascua. Cuando las primeras comunidades entienden la Pascua como centro y proyecto de todo, se asoman a los primeros momentos de la historia de Jesús, subrayando estas dimensiones pascuales. 

Dios asume la dimensión humana del anonimato, ocultamiento de treinta años transcurridos en una aldea de la región más pobre y deprimida, del pasar como  “uno de tantos”, ¡o como todos!— enseñándonos que “lo cotidiano”, cualquier circunstancia humana, es valiosísima si se la llena de amor. Clave para ello es estar en lo del Padre (Lc 2, 49).

lunes, 29 de diciembre de 2025

Presentación del Señor (Lc 2, 22-35)

 P. Carlos Cardó SJ 

Presentación de Jesús en el Templo, óleo sobre lienzo de Bartolomeo della Porta (1516), Museo de Historia del Arte de Viena, Austria

Asimismo, cuando llegó el día en que, de acuerdo a la Ley de Moisés, debían cumplir el rito de la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, tal como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor. También ofrecieron el sacrificio que ordena la Ley del Señor: una pareja de tórtolas o dos pichones.
Había entonces en Jerusalén un hombre muy piadoso y cumplidor a los ojos de Dios, llamado Simeón. Este hombre esperaba el día en que Dios atendiera a Israel, y el Espíritu Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no moriría antes de haber visto al Mesías del Señor. El Espíritu también lo llevó al Templo en aquel momento.
Como los padres traían al niño Jesús para cumplir con él lo que mandaba la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios con estas palabras:" Ahora, Señor, ya puedes dejar que tu servidor muera en paz como le has dicho. Porque mis ojos han visto a tu salvador, que has preparado y ofreces a todos los pueblos la luz que se revelará a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel". 

La presentación de Jesús en el templo es relatada por Lucas como la manifestación de Jesús Mesías a Israel, que aparece representado en los tres elementos característicos de su religiosidad: la Ley (van a cumplir lo mandado por la ley), el Templo (presentación del Niño en el templo) y la profecía (representada en Simeón y Ana). 

Jesús-Mesías encarna y lleva a cumplimiento esos tres elementos. La Ley: porque él trae la nueva ley del amor, sello de la nueva alianza. El templo: porque su cuerpo, roto en la cruz y resucitado al tercer día, es el verdadero templo. La profecía: porque la gente lo reconocerá como un profeta, pero él dirá que es más que eso, pues de él hablan las Escrituras y en él se cumple lo que anunciaron las profecías. 

El Templo ocupa un lugar central en la vida judía. Era considerado el lugar donde resplandecía la gloria de Dios, donde se tenía la certeza de estar en su presencia, mucho más que en cualquier otra parte. Pero la entrada del Hijo del Altísimo, heredero del trono de David, que reinará sobre la casa de Jacob para siempre (Lc 1, 32-33), se realiza de manera humilde y paradójica: entra en el templo –la casa de su Padre– como un sometido más, como un hombre cualquiera que tiene que cumplir la ley. Sus padres pagarán por su rescate la ofrenda de los pobres, un par de tórtolas o dos pichones, aunque es él quien viene a pagar con su sangre el rescate de nuestras vidas. 

Destaca en el relato la figura del anciano Simeón. Su nombre significa Yahvé ha oído. Representa al justo que oye la Palabra y la acoge en su corazón. Representa al cristiano que es el “oyente de la palabra”. Pero quien mueve a la persona para la escucha de la palabra de Dios no es solamente su voluntad, sino el Espíritu, que actúa en los corazones. Tres veces se le menciona referido a Simeón: el Espíritu estaba con él…; el Espíritu le había revelado que no moriría antes de haber visto al Cristo…; vino al templo movido por el Espíritu… Simeón es por ello también figura del Israel justo que aguarda el consuelo de Dios (Is 40), la liberación prometida para el tiempo del Mesías. 

Después de ver al Niño y reconocerlo como el Mesías, Simeón expresa su gozo con un canto de alabanza a Cristo luz de las naciones. La Iglesia reza este himno en la última oración del día, antes del descanso nocturno. En él se expresa la actitud de confianza de quien, por acción del Espíritu en su vida y por su adhesión a la Palabra, ha vencido el miedo a la muerte y vive confiando en el Señor. El encuentro con el Señor libera de las sombras de la muerte. Quien se encuentra con el Señor puede morir en paz. 

María y José se admiran de lo que dice el anciano. 

Viene después la profecía que Simeón dirige a la Madre: Este Niño será un signo de contradicción, una bandera discutida. Muchos se escandalizarán de él, no podrán resistirle y querrán hacerlo desaparecer. Pero queda claro que ante él habrá que definirse: a favor o en contra. El que no está conmigo, está contra mí está; y el que no recoge conmigo, desparrama, dirá (Lc 11,23). 

El pasaje de la Presentación de Jesús en el tempo, y en especial la figura de Simeón, dice mucho a la vida cristiana. Como él, el cristiano procura ser justo, es decir, respetuoso de Dios para proceder de manera responsable ante él. El Espíritu es el que orienta sus relaciones con los demás y lo mantiene coherente y auténtico en su opción personal por Cristo. Su corazón, en fin, desborda de confianza porque sabe que el Señor es fiel y hará que sus ojos vean su salvación.

domingo, 28 de diciembre de 2025

Fiesta de La Sagrada Familia (Mt 2, 13-2)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cristo en casa de sus parientes, óleo sobre lienzo de John Everett Millais (1849 – 1850), Galería Tate, Wetminster, Londres

Cuando se marcharon los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: "Levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo."
José se levantó, cogió al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes.
Así se cumplió lo que dijo el Señor por el profeta: "Llamé a mi hijo, para que saliera de Egipto".
Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: "Levántate, coge al niño y a su madre y vuélvete a Israel; ya han muerto los que atentaban contra la vida del niño."
Se levantó, cogió al niño y a su madre y volvió a Israel.
Pero, al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allá. Y, avisado en sueños, se retiró a Galilea y se estableció en un pueblo llamado Nazaret.
Así se cumplió lo que dijeron los profetas, que se llamaría Nazareno. 

El evangelio de hoy, Fiesta de la Sagrada Familia, marca un fuerte contraste con la imagen muchas veces idílica que se tiene de la casita y hogar de Jesús en Nazaret. El evangelista San Mateo hace ver que fue una familia marcada por la inseguridad, tanto que se pueden ver en ellas de manera anticipada las angustias y zozobras que pasan muchas familias en el mundo de hoy. El drama de esta familia tenía como causa principal el significado extraordinario, absolutamente fuera de lo común, que tenía su niño. Desde que nació, José y María vieron que Jesús era, y siempre iba a ser, aceptado por unos y rechazado por otros. El destino futuro de su niño se les anticipó ya de manera dramática en la figura despiadada de Herodes que quería matarlo. Si lograron salvarlo fue gracias a la presencia providente de Dios que los impulsó a huir: Levántate –dijo el ángel del Señor a José–, toma al niño y a su madre y huye a Egipto. Se quedarían allí, exiliados, como cualquier atemorizada familia de inmigrantes, hasta que murieron los que atentaban contra la vida del niño. Guiados por Dios, decidieron ir a vivir a Nazaret, pueblecito de una de las más deprimidas regiones de Palestina, la Galilea. 

De los largos años vividos por Jesús en Nazaret, no sabemos casi nada. El más elocuente, Lucas, apenas nos da unos cuantos datos elementales, que él mismo resume al final con estas escuetas palabras: el niño crecía en edad, sabiduría y gracia ante Dios y los hombres…, y vivía sujeto a sus padres (Lc 2, 39-40. 50-53). Jesús mismo no hablará para nada de sus años en Nazaret. Sólo se sabe que sus paisanos lo conocían como el hijo de José, el carpintero, y que había parientes suyos mezclados entre sus discípulos o en la multitud que le seguía. Pero a pesar de esta falta de información, es obvio que Jesús, en su hogar de Nazaret, se nutrió, creció y maduró asimilando los valores de unos padres profundamente religiosos y enraizados en la cultura de su pueblo. Ellos forjaron su personalidad, le marcaron el sentido de su vida desde la fe religiosa, le adiestraron para valerse por sí y responder a la voluntad de Dios, su padre. 

Es válido por tanto reflexionar sobre la familia teniendo como referente el hogar de Jesús. La familia es como la tierra: engendra y nutre plantas sanas o raquíticas según la calidad de sus nutrientes. Es verdad que la familia no lo es todo, pero es indudable que ella marca la fisonomía física, psíquica, cultural, social y religiosa de las personas. En las relaciones familiares se lleva a cabo el proceso de formación de la conciencia y de los valores, de la propia seguridad y de la capacidad de expresar sentimientos y afectos. 

La crisis de la familia es una realidad preocupante. Además de ir en aumento el número de familias disfuncionales, las bien constituidas padecen el bombardeo incesante de mensajes que minan su unidad y consistencia: violencia, pornografía, frivolidad, relativismo e increencia. Se añade a esto la inseguridad económica de tantos grupos sociales: el desempleo, que genera desasosiego y obliga a muchos a emigrar, así como la extendida costumbre o imposición de horarios sobrecargados que hace que los padres pasen la mayor parte del día fuera del hogar. Por estas y otras causas, la familia puede ser la primera célula neurótica de la sociedad. La familia es el ámbito en el que es posible vivir las mayores alegrías y también los más duros sufrimientos y tribulaciones. 

Todos sabemos que hay tanto de lo uno como de lo otro, y que el problema no está en la institución, en cuanto tal, sino en las personas que componen cada familia. Cuando un hombre y una mujer se aman (y esta es la condición sine qua non para que haya familia), se da el calor afectivo que propicia la unión, el diálogo, el espíritu de superación y, sobre todo, la fe. Sólo sobre esta base se consolida el ámbito eficaz para la formación de personas verdaderamente libres, responsables y seguras.

sábado, 27 de diciembre de 2025

Juan, testigo de la resurrección (Jn 20, 2-8)

 P. Carlos Cardó SJ 

San Juan Evangelista, óleo sobre Lienzo de Pedro Pablo Rubens (1610 – 1612), Museo Nacional del Prado, España

El primer día después del sábado, María Magdalena vino corriendo a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto"
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro.
Los dos iban corriendo juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos puestos en el suelo, pero no entró.
En eso llegó también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro. Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos.

Dos días después de Navidad se celebra la fiesta de San Juan apóstol. A él se le atribuye el Cuarto Evangelio, escrito a fines del siglo I. Con su hermano Santiago eran los hijos de Zebedeo, a quienes Jesús llamó los “Boanerges”, es decir, los violentos. Una tradición lo identifica con aquel misterioso personaje que el Cuarto Evangelio llama “el discípulo amado” y cuya significación simbólica y paradigmática abraza en general al auténtico creyente en Jesús, al discípulo verdadero que está llamado a reclinar su cabeza en el corazón del Maestro y permanecer, al lado de María su Madre, junto a la cruz. El Evangelio de Juan emplea un lenguaje misterioso, cargado de símbolos y muy espiritual; pero al mismo tiempo es un evangelio que pretende –casi de manera continua– subrayar la realidad de la encarnación de Dios, la divinidad y humanidad de Jesús, Palabra eterna del Padre que se encarnó y habitó entre nosotros (Jn 1,14). 

El Evangelio según San Juan presenta el misterio de Jesús como un descenso desde el Padre por la encarnación y una ascensión a él por la resurrección. En el texto escogido para el día de hoy, los primeros testigos –los discípulos– comprueban que Jesús, vencedor de la muerte, ha realizado su subida al Padre, tal como lo había anunciado. 

El evangelio nos hace ver cómo los discípulos, después de la muerte de Jesús, recorren un camino lleno de sorpresas, que se inicia con la constatación de que el sepulcro está vacío, y concluye con la convicción de que la cruz no fue el final, sino el inicio del retorno de Jesús al Padre y de su glorificación.

Los personajes, María Magdalena, Pedro y Juan, simbolizan a la comunidad que reacciona y recobra la fe, venciendo la tristeza y el miedo. A pesar de las advertencias que les había hecho, el final de su Maestro había significado para ellos un fracaso total que echó por tierra sus esperanzas. No obstante, reaccionan, buscan, indagan, disciernen. María Magdalena fue muy de mañana al sepulcro y cuando vio que había sido removida la piedra, regresó corriendo adonde estaban Pedro y el otro discípulo a quien Jesús tanto quería; éstos por su parte salieron de prisa… En ellos aparece reflejada la prontitud y resolución con que el cristiano debe reaccionar para no dejarse abatir por las frustraciones y adversidades que conmueven su fe. 

Vio y creyó. Porque no había comprendido la Escritura... (vv. 8-9). Se subraya la importancia de la Sagrada Escritura para comprender los signos de la presencia del Resucitado en la historia. Revisar la propia vida a la luz de la Palabra nos permite ver la presencia de Dios en todas las circunstancias oscuras por las que atravesemos. Cristo resucitado vive en el corazón del mundo y se muestra en múltiples presencias, todas ellas liberadoras. 

Vivimos una época que exacerba el valor de los sentidos, hasta hacer pensar que sólo existe y cuenta lo material, aquello de lo que podemos disponer. La dimensión de lo trascendente queda sofocada. Pero tenemos que demostrar en nuestra vida que no somos seres para la muerte, ni todo acaba en la muerte. Cristo está en la comunidad de los que anuncian su mensaje y celebran la eucaristía. También en los hermanos necesitados, porque Cristo se identifica con ellos. El verdadero discípulo descubre en profundidad la presencia y acción del Resucitado y se muestra pronto para comunicar a otros las razones de su esperanza.

viernes, 26 de diciembre de 2025

Persecuciones (Mt 10, 17-23)

 P. Carlos Cardó SJ 

Martirio de San Esteban, óleo sobre tabla de Juan de Juanes perteneciente al retablo de San Esteban (1555 – 1562), Museo Nacional del Prado, Madrid, España

Jesús les dijo: "¡Cuídense de los hombres! A ustedes los arrastrarán ante sus consejos, y los azotarán en sus sinagogas. Ustedes incluso serán llevados ante gobernantes y reyes por causa mía, y tendrán que dar testimonio ante ellos y los pueblos paganos. Cuando sean arrestados, no se preocupen por lo que van a decir, ni cómo han de hablar. Llegado ese momento, se les comunicará lo que tengan que decir. Pues no serán ustedes los que hablarán, sino el Espíritu de su Padre el que hablará en ustedes. Un hermano denunciará a su hermano para que lo maten, y el padre a su hijo, y los hijos se sublevarán contra sus padres y los matarán. Ustedes serán odiados por todos por causa mía, pero el que se mantenga firme hasta el fin, ése se salvará." 

La fiesta de San Esteban, el 26 de diciembre, tiñe de rojo la navidad. Es el primer mártir del cristianismo, el primero que selló con su sangre la fe en Jesús. San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales hace contemplar el misterio del nacimiento de Cristo desde esta perspectiva: “Mirar y considerar lo que hacen (Nuestra Señora y José), así como es el caminar y trabajar, para que el Señor sea nacido en suma pobreza, y al cabo de tantos trabajos, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz; y todo esto por mí” (Ejercicios, 116). La falta de posada, las condiciones tan precarias en que nace y el tener que ser recostado en un pesebre (Lc 2,7) se proyectan hasta la extrema indefensión y soledad de su crucifixión. Inicio y fin se tocan. Como fue el principio así será el final. “¡Y todo esto por mí!”. 

Así quiso Dios realizar la salvación del mundo. Y Jesús, su Hijo, asumió libremente este destino que había sido ya simbolizado por el profeta como el propio del Cordero que es llevado al matadero (Is 53,7). Siervo inocente soporta sobre sí la violencia del mal y, sin devolverlo, vence al mal. 

Una multitud de testigos suyos lo seguirán (Hebr 12,1), dispuestos a identificarse con él en su estilo de vida y también en una muerte como la suya. Recordarán que la suerte del Maestro ha de ser la del discípulo y si lo persiguieron a él, a ellos también los perseguirán (Jn 15,20). Los entregarán a los tribunales… como hicieron con él. Los que intentan apagar la verdad con la injusticia no soportarán su forma de ser que contradice radicalmente lo que ellos viven. El justo con su sola presencia desenmascara la mentira del corrupto, que no tiene más remedio que hacerlo callar o hacerlo desaparecer de su vista. Y así ha venido ocurriendo en la historia del cristianismo, desde Juan Bautista, degollado por Herodes, y desde Esteban, el diácono lleno de gracia y de poder, que hacía signos y prodigios en favor de los necesitados, que fue examinado con atención por las autoridades del pueblo y su rostro les pareció como el de un ángel, pero amotinaron a la gente contra él para que lo apedrearan porque no pudieron contradecir la sabiduría y el espíritu con que hablaba (Hechos 6, 8-15). 

Mártir significa testigo. Darán testimonio, había anunciado Jesús. La sangre derramada sella como supremo testimonio la determinación de vivir hasta el final los valores que el Maestro transmitió. Con su martirio, el testigo fiel demuestra que esos valores por los cuales ha vivido, valen más que la vida. 

Por eso puede morir en paz, seguro de que el Espíritu hablará en su favor. En el peligro, no le arrebatará ningún espíritu de miedo o de egoísmo, de odio o de violencia, sino el Espíritu de Dios, espíritu de amor que actúa en los corazones, e infunde el coraje (¡mucho más fuerte y eficaz que el de la venganza!) para perdonar incluso a los que lo persiguen. 

El espíritu del mundo, espíritu de injusticia y de conflicto, seguirá extendiendo su influjo aparentemente invencible. Por él, el hermano entregará al hermano a la muerte; se levantarán los hijos contra los padres y los matarán… La falta de moral ataca las raíces de la vida, destruye la convivencia, mata los afectos y los sentimientos. Pero el Espíritu de Cristo se abre paso y asegura la victoria porque ya la anticipó y desplegó para siempre al resucitar a Jesús de entre los muertos. El amor es más fuerte. 

Quien se mantiene en esta fe que vence al mundo, ese se salvará.

jueves, 25 de diciembre de 2025

Misa de Navidad - El Verbo se hizo carne (Jn 1, 1-18)

 P. Carlos Cardó SJ 

La adoración de los pastores, óleo sobre lienzo de Bartolomé Esteban Murillo (1650 – 1655), Museo Nacional del Prado, Madrid, España

Al principio ya existía la Palabra y la Palabra se dirigía a Dios, y la Palabra era Dios. Ésta al principio se dirigía a Dios. Todo existió por medio de ella, y sin ella nada existió de cuanto existe. En ella había vida, y la vida era la luz de los hombres; la luz brilló en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron.
Hubo un hombre enviado por Dios, llamado Juan, que vino como testigo, para dar testimonio de la luz, de modo que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino un testigo de la luz. La luz verdadera que ilumina a todo hombre estaba viniendo al mundo. En el mundo estaba, el mundo existió por ella, y el mundo no la reconoció. Vino a los suyos, y los suyos no la acogieron. Pero a los que la acogieron, a los que creen en ella, los hizo capaces de ser hijos de Dios: quienes no han nacido de la sangre ni del deseo de la carne, ni del deseo del varón, sino de Dios.
La Palabra se hizo hombre y acampó entre nosotros. Y nosotros contemplamos su gloria, gloria como de Hijo único del Padre, lleno de lealtad y fidelidad. Juan grita dando testimonio de él: Éste es aquél del que yo decía: El que viene detrás de mí, es más importante que yo, porque existía antes que yo. De su plenitud hemos recibido todos: una lealtad que responda a su lealtad. Pues la ley se promulgó por medio de Moisés, la lealtad y la fidelidad se realizaron por Jesucristo. Nadie ha visto jamás a Dios; el Hijo único, Dios, que estaba al lado del Padre, lo ha explicado. 

Cada año la fiesta de Navidad nos hace meditar con profunda admiración las palabras del prólogo del evangelio de San Juan: “El verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1). Dios no ha querido únicamente mirar desde lo alto el mundo creado por él, sino que ha descendido, hasta hacerse uno de nosotros para elevarnos hasta él. A Dios nadie lo ha visto nunca, pero se ha querido incorporar en nuestro mundo y en nuestra historia por medio de su Hijo Jesucristo para habitar entre nosotros. Nos había hablado antiguamente por medio de los profetas, pero ahora nos ha hablado en su propio Hijo, hecho Emmanuel, Dios-con-nosotros, cercano y prójimo nuestro. 

Esto es lo que celebramos en la Navidad: un acontecimiento histórico, real, que sigue afectando profundamente nuestras personas, y no sólo nuestros sentimientos o nuestra admiración estética o nuestro gusto festivo…, porque toca a lo más íntimo de nuestro corazón y, sobre todo, porque ha pasado a ser parte de nuestra historia, dándole una característica especial a nuestra identidad. Celebramos el nacimiento del Niño, del Niño por excelencia y con mayúscula, sin el cual nuestra vida simplemente no tiene sentido; no seríamos lo que somos ni pensaríamos el futuro como lo pensamos. El mundo, la historia y nuestras propias vidas son ya otra cosa desde que Dios quiso nacer para nosotros en Belén y porque, al hacerlo, él comparte nuestro destino y lo asegura para toda la eternidad. 

Dice San Juan que vino a los suyos y los suyos no lo recibieron, pero a cuantos lo recibieron, a los que creyeron en él, les dio la capacidad de ser hijos de Dios. En efecto, se requiere la gracia de la fe para entender y aceptar la identidad del Niño que nace en Belén. Reconocer en él al Eterno que se ha hecho tiempo, al Hijo de Dios que se ha hecho hombre, al Creador, ley y razón universal, que ha tomado para sí carne humana, sin dejar de ser al mismo tiempo Verbo y Palabra divina con toda su gloria y el abismo insondable de su amor y poder infinitos, eso no nos lo puede revelar ni la carne ni la sangre, ni mortal alguno sobre la tierra (Mt 16, 17), sino Dios su Padre que está en los cielos. 

Un antiguo himno litúrgico canta la paradoja increíble de la grandeza del Salvador del mundo que se descubre en la pequeñez de un recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre: 

Hoy ha nacido de la Virgen María
Aquel que mantiene en su mano el universo.
Ha sido envuelto en pañales,
Aquel que por esencia es invisible.
Siendo Dios, ha sido recostado en un pesebre,
Aquel que ha afirmado sobre los cielos su trono. 

Que la inmensa majestad de Dios haya aparecido en la estrechez de este mundo maltrecho, que el Santo y feliz comparta las tristezas y lágrimas de esta tierra nuestra, que la Vida eterna asuma vida temporal para morir en la cruz… ¡y todo esto por mí!, esta es la verdad inabarcable, la belleza espléndida, la bondad más tierna y profunda que tiene para nosotros la Navidad. 

Es, pues, mucho más que una fiesta familiar, por bella y tierna que sea. Navidad es el día en que declaro mi adhesión personal a la Palabra de Dios, que ha querido decírseme en el pequeño Niño de Belén como la increíble bondad y amor inmerecido de Dios por mí, y yo acojo esa Palabra para que nazca en mí y me transforme, hasta el punto de que pueda realizarse en cada uno de nosotros lo que deseaba San Pablo: que Cristo nazca por la fe en nuestros corazones (Ef 3,17), que Cristo se forme en nosotros (Gal 4,19). Y eso es posible y deseable, como no dudaron en afirmarlo los grandes maestros del espíritu: que Dios mismo entra en nuestros corazones como entró en Belén, como vino al mundo en la primera Navidad, y que lo hace de manera real y verdadera, y con mayor intensidad e intimidad aún que entonces.

miércoles, 24 de diciembre de 2025

Nochebuena (Lc 2, 1-14)

 P. Carlos Cardó SJ 

La Natividad, fresco de Fran Angelico (1390-1455), Instituto de Arte de Minneapolis

 Y aconteció en aquellos días que salió un edicto de César Augusto, para que se hiciera un censo de todo el mundo habitado. Este fue el primer censo que se levantó cuando Cirenio era gobernador de Siria. Y todos se dirigían a inscribirse en el censo, cada uno a su ciudad. Y también José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David que se llama Belén, por ser él de la casa y de la familia de David, para inscribirse junto con María, desposada con él, la cual estaba encinta. Y sucedió que mientras estaban ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito; le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón. 

En la misma región había pastores que estaban en el campo, cuidando sus rebaños durante las vigilias de la noche. Y un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor, y tuvieron gran temor. Mas el ángel les dijo: No temáis, porque he aquí, os traigo buenas nuevas de gran gozo que serán para todo el pueblo; porque os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor. Y esto os servirá de señal: hallaréis a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Y de repente apareció con el ángel una multitud de los ejércitos celestiales, alabando a Dios y diciendo: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres en quienes Él se complace.

HOMILÍA DE NOCHEBUENA

La liturgia de esta noche nos hace vivir el acontecimiento del nacimiento de Cristo. Por la fe y por la gracia, que actúa a través de los sacramentos, el Hijo de Dios se hace carne y habita entre nosotros (Ef 3,17).

La Navidad toca lo más íntimo de nuestro corazón y ha pasado a ser parte de nuestra historia y de nuestra identidad: no seríamos lo que somos sin el Niño que nació para nosotros en Belén un día como hoy. Vino como la Luz para iluminar a la humanidad en su larga marcha a través de la oscuridad de la historia. Y vino también para iluminarnos a cada uno de nosotros a iluminar nuestras propias oscuridades, desencuentros y enemistades, nuestros cansancios y problemas no resueltos, nuestras preguntas sin respuesta, temores y desesperanzas. Vino a nosotros y la noche se hizo clara como el día. Vino a nosotros y la noche se hizo Nochebuena.

Acojamos esta fiesta como un acontecimiento capaz de transformar nuestra vida. Dios habita en nuestra tierra. La misericordia y la verdad se encuentran, la justicia y la paz se besan, la lealtad y la fidelidad brotan de la tierra y se hace posible la justicia y la paz (Salmo 85,10-13).

Que nadie se sienta solo y triste en esta noche santa porque “ha aparecido la bondad de Dios, nuestro salvador, y su amor a los seres humanos” (Tito 3,4). En Navidad toda persona puede sentir cuánto vale para Dios. La Navidad suscita en cada uno la confianza de saberse sostenido internamente por un misterio de gracia que da valor y sentido a su persona. Que nadie deje de oír el canto de los ángeles. El año declina ya, pero es posible ser mejor. Todo se transforma en esperanza.

La Navidad hace posible la cercanía entre los seres humanos, permite que nos tratemos con afecto especial, que nos mostremos dispuestos a ayudar al que nos necesita y, sobre todo, que sepamos reconocer y acoger a un Dios que se expresa en nuestra condición humana, solidario con la debilidad humana, un Dios que resplandece en la extrema fragilidad e indefensión del Niño recién nacido en Belén.

Para aprender a reconocer a nuestro Salvador bajo tantas apariencias desconcertantes, necesitamos cambiar nuestra manera de pensar y abrirnos a la sencillez de los limpios de corazón a quienes se les revelan los planes de Dios. “Cuanto más humilde te hagas, más cerca estarás de la grandeza” (R. Tagore).  Sólo así podemos dejarnos impactar por la lógica del Hijo de Dios que viene a nosotros asumiendo nuestra naturaleza no siempre benévola, nuestra historia tantas veces indiferente y opaca. El Hijo de Dios nace en nuestra carne, es decir, en nuestra banalidad, en nuestra cotidianidad y aparente insignificancia.

Para todos los hombres y mujeres de buena voluntad, que se esfuerzan por construir la paz en todos los ámbitos de la actividad humana, venga la bendición de Navidad. Ellos “serán llamados hijos de Dios”, porque buscan caminos para superar la pobreza, la exclusión, la violencia y las desigualdades.

Venga la bendición de Navidad para los que reaccionan activamente contra el deterioro ambiental y hacen suyo el nuevo “paradigma ecológico” promovido por el Papa Francisco en Laudato sì, que contiene avances mucho más definidos que los logrados hasta ahora por la ONU y las Conferencias Internacionales.

Venga también la bendición de Navidad para aquellos que en nuestra nación luchan por poner fin al deterioro moral del Estado, que ha llegado a convertir lastimosamente la actividad política en la ocasión para el gobierno de la mediocridad y, lo que es peor, para el enriquecimiento ilícito, que mina de raíz toda forma humana de ejercicio de la autoridad.

Venga la bendición de Navidad para todos aquellos que en la vida cotidiana, de hogar y de oficina de trabajo, se esfuerzan por tener un corazón “que bate fuerte allí donde la dignidad humana –reflejo del rostro de Dios– está en juego”. Ellos han borrado de sus mentes toda exclusión, racismo o indiferencia, porque saben que para el Niño nacido en Belén nadie le es extraño ni ajeno.

Venga la bendición de Navidad con toda su ternura y protección sobre nuestros niños, ellos son lo mejor que tenemos, cada uno de ellos es un regalo precioso. Ellos son nuestras más hondas fuentes de esperanza. La promesa de que la convivencia humana será mejor en un futuro más humano, en paz y bienestar para todos, está dirigida a ellos y a los que se hacen como ellos.

Bendición de Navidad  

Que Dios renueve tu esperanza en esta Navidad

Y te libere de todo lo que te preocupa o te angustia,

Que Dios te dé la capacidad de asombrarte profundamente

por la maravilla del nacimiento de su Hijo en el pesebre de Belén.

Que Dios restaure las relaciones que dañaste o rompiste

y te lleve a reconciliarte contigo mismo y con los demás.

Que Dios te dé seguridad en ti mismo, decisión firme y valentía

para que puedas ayudar a otros a sentir la alegría y la paz de Navidad.

Que Dios te acompañe con la luz de la Noche Buena

cuando vengan días oscuros.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel (Lc 1, 67-79)

 P. Carlos Cardó SJ 

Zacarías, sumo sacerdote, ícono de autor anónimo del siglo XVIII, Catedral católica griega de Hajdúdorog, Hungría.

Su padre Zacarías, lleno de Espíritu Santo, profetizó: "Bendito el Señor, Dios de Israel, porque se ha ocupado de rescatar a su pueblo. Nos ha suscitado una eminencia salvadora en la Casa de David, su siervo, como había prometido desde antiguo por boca de sus santos profetas: salvación de nuestros enemigos, del poder de cuantos nos odian, tratando con lealtad a nuestros padres y recordando su alianza sagrada, lo que juró a nuestro padre Abrahán, que nos concedería, ya liberados del poder enemigo, servirle sin temor en su presencia, con santidad y justicia toda la vida. Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque caminarás delante del Señor, preparándole el camino; anunciando a su pueblo la salvación por el perdón de los pecados. Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará desde lo alto un amanecer que ilumina a los que habitan en tinieblas y en sombras de muerte, que endereza nuestros pasos por un camino de paz". 

Como el Magníficat de María, el cántico de Zacarías está lleno de referencias y motivos bíblicos sobre la esperanza que tenía Israel de la venida del Mesías prometido. Es como una síntesis de los anhelos más profundos del pueblo judío, que recogen los de la humanidad de todos los tiempos. Este cántico es un modelo de la fe bíblica, que descubre en los acontecimientos de la historia la acción de Dios. La historia está llena de su promesa, y en ella se nos revelan sus designios salvadores. Por la fe, los acontecimientos de la historia revelan su contenido de “palabra”. 

El himno tiene dos partes, la primera (vv. 68 a 75) es una bendición. En la Biblia, el que bendice es propiamente Dios, y su bendición es donación de vida, gracia y don que se recibe. La plenitud de la bendición es el Shalom, la paz, abundancia y bienestar enviados de lo alto. Pero el ser humano, aunque pobre y desvalido ante el Poderoso, también bendice al Señor con una palabra que reconoce y confiesa su generosidad y le da gracias. 

La bendición de Zacarías no es propiamente por el hijo que le ha nacido, sino porque ve que la esperada liberación mesiánica está por cumplirse: ya viene el Salvador, descendiente de David, y su llegada será anunciada y preparada por Juan. 

Zacarías describe la salvación que trae Jesús con todos los contenidos históricos y políticos que el Antiguo Testamento y el judaísmo de su tiempo le atribuían: la ve como una liberación concreta y definitiva de toda opresión extranjera, Israel ya no será dominado por nadie, su victoria sobre sus enemigos está asegurada y ya no habrá miedo ni inseguridad. Late en el himno el deseo profundo de una tierra nueva, en la que habrá por fin una paz estable, y se podrá rendir a Dios el culto que se merece, con santidad y justicia, en su presencia todos nuestros días (v. 74s). 

En la segunda parte (vv.76-79) de su himno, Zacarías anuncia el futuro de su hijo Juan. 

Elegido por Dios como el precursor del Mesías, preparará para él un pueblo bien dispuesto. Pero lo que más sobresale es la admiración por la persona y obra de Jesús Mesías, que vendrá como el sol que nace de lo alto para iluminar a los que caminan en tinieblas y sombras de muerte. A simple vista, podría parecer que la salvación mesiánica se espiritualiza demasiado, pero en realidad lo que se anuncia es la más radical de las acciones libradoras de Dios, que llega hasta las raíces mismas del mal y de toda opresión: la maldad del pecado. 

La Iglesia canta este himno todos los días en la oración de la mañana: alaba a Jesucristo que por su resurrección brilla como el sol sobre la oscuridad de la muerte y da inicio al día perenne en que vivimos: al hoy de la continua visita y presencia del Dios-con-nosotros. Bajo esa luz vivimos, ella nos trae perdón, santidad y justicia, ella nos guía en la construcción de los caminos de la paz. 

El himno de Zacarías nos invita a admirar y agradecer la obra de Dios en nuestra historia personal.

martes, 23 de diciembre de 2025

Nacimiento de Juan Bautista (Lc 1, 57-66)

 P. Carlos Cardó SJ 

El Nacimiento de San Juan el Bautista, fresco de Domenico Ghirlandaio (1486 - 1490), Capilla Tornabuoni, Santa María Novella, Florencia, Italia

Cuando le llegó a Isabel su día, dio a luz un hijo, y sus vecinos y parientes se alegraron con ella al enterarse de la misericordia tan grande que el Señor le había mostrado.
Al octavo día vinieron para cumplir con el niño el rito de la circuncisión, y querían ponerle por nombre Zacarías, por llamarse así su padre.
Pero la madre dijo: «No, se llamará Juan.»
Los otros dijeron: «Pero si no hay nadie en tu familia que se llame así.»
Preguntaron por señas al padre cómo quería que lo llamasen.
Zacarías pidió una tablilla y escribió: «Su nombre es Juan», por lo que todos se quedaron extrañados.
En ese mismo instante se le soltó la lengua y comenzó a alabar a Dios.
Un santo temor se apoderó del vecindario, y estos acontecimientos se comentaban en toda la región montañosa de Judea.
La gente que lo oía quedaba pensativa y decía: «¿Qué va a ser este niño?» Porque comprendían que la mano del Señor estaba con él. 

Juan Bautista, figura clave del tiempo de Adviento, fue el hombre que recibió de Jesús el mayor de los elogios: Yo les digo que, entre los hijos de mujer, no hay nadie mayor que Juan. 

La narración de su nacimiento la hace San Lucas con pocas palabras, porque prefiere resaltar más la imposición de su nombre. Pero en esas pocas palabras, se expresa algo muy importante en la Biblia: la concepción y nacimiento de los personajes que van a tener una especial misión en la historia de Israel es un acontecimiento en el que Dios interviene. Esto se destaca de modo especial cuando la mujer que concibe es una estéril como Sara, esposa de Abraham y madre de Isaac (cf. Gen 16, 1; 17, 1), o como la esposa de Manoa, que concibió y dio a luz a Sansón (Cf. Jue 13, 2-5). Por esto, en el caso de Isabel, esposa estéril de Zacarías, los vecinos ven en su parto una acción de la misericordia y se alegran con ella. 

Aparte de esto, es indudable que la antropología contenida en la Biblia considera la venida al mundo de toda persona humana no como un acontecimiento o fenómeno fortuito o puramente biológico. Cada nacimiento es un hecho querido por Dios, y responde siempre a un designio suyo de amor. Tú formaste mis entrañas, me tejiste en el vientre de mi madre. Te doy gracias porque eres sublime y tus obras son prodigiosas (Sal 139, 13-14). 

El nombre Juan. En las culturas antiguas el nombre que se daba a las personas era siempre significativo. «Nomen est omen», (el nombre es presagio, pronóstico), decían los latinos; y para los hebreos el nombre señalaba algún atributo de Dios que en la vida del recién nacido se iba a manifestar, o el significado de la misión que le tocaba desempeñar al niño. Su nombre es Juan (Lc 1,63) dice Isabel y Zacarías lo confirma ante de los parientes maravillados, escribiéndolo en una tablilla. El mismo Dios, por su ángel, había dado este nombre que significa Dios es favorable. En la vida de Juan, Dios se mostrará favorable a su pueblo y a toda la humanidad. Pero no sólo en su vida: Dios siempre está en favor de todos sus hijos e hijas, en favor de toda vida humana aun antes de nacer. Mi propia vida, desde su concepción, demuestra que soy llamado por él a la existencia. El Señor me llamó desde el seno materno, desde las entrañas de mi madre pronunció mi nombre (Is 49,1). 

Juan nace con una misión que cumplirá cabalmente: vivirá dedicado a preparar la venida de Jesús Mesías. Como él, todos tenemos una misión que cumplir: la que nuestro Creador y Padre nos asigna aun antes de nacer. Ella confiere orientación y sentido a mi existencia. Percibida en mi interior como una llamada o atracción que aúna y orienta todos mis deseos, puedo libremente optar por ella como mi propio camino y elegir las actitudes que más me conduzcan a su cumplimiento, seguro de que en ello me juego mi realización personal y mi felicidad.

lunes, 22 de diciembre de 2025

Magnificat (Lc 1, 46-56)

 P. Carlos Cardó SJ 

Madonna en azul, óleo sobre lienzo de Carlo Dolci (siglo XVI), Museo de Arte John & Mable Ringling, Sarasota, Florida, Estados Unidos

En aquel tiempo, dijo María: "Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, por que ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede. Santo es su nombre, y su misericordia llega de generación en generación a los que lo temen.
Ha hecho sentir el poder de su brazo: dispersó a los de corazón altanero, destronó a los potentados y exaltó a los humildes. A los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió sin nada. Acordándose de su misericordia, vino en ayuda de Israel, su siervo, como lo había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia, para siempre".
María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa. 

Después de oír el saludo de su pariente Isabel, que la proclamó bendita entre las mujeres por el fruto bendito de su vientre y dichosa por haber creído, María dirigió la mirada a su propia pequeñez, fijó luego sus ojos en Dios, de quien procede todo bien, y entonó un cántico de alabanza. 

Celebra todo mi ser la grandeza del Señor. María es consciente de que toda su persona, su yo personal, su ser mujer, es un don de Dios y a él lo devuelve en un canto de alabanza. Ella es consciente de que las generaciones la llamarán bienaventurada, no por sus méritos propios, sino por las obras grandes que el Poderoso ha hecho en ella al darle la vida y elegirla para ser madre del Salvador. Por eso no duda en recalcar el contraste que hay entre su pequeñez de sierva y la grandeza, poder y misericordia de Dios, a quien ve como el santo, el todopoderoso, el misericordioso. 

El Magnificat de María se sitúa en línea con la corriente espiritual de los salmos, con el mismo estilo poético de su pueblo, henchido de sentimientos de auténtica fe, alegría y gratitud. Es un himno personal y a la vez universal, cósmico. En María canta toda la humanidad y la creación entera que ve la fidelidad del amor de Dios. Es el cántico nuevo que entona la criatura nueva, hecha nueva por la muerte de Cristo y por la efusión del Espíritu Santo. El Magnificat es también una síntesis de la historia de la salvación, contemplada del lado de los pobres y de los humildes, a quienes se les revela el misterio del Reino y sienten a Dios a su favor. Con el pueblo fiel de Israel, en la línea de los grandes profetas, María no duda en alabar a Dios por sus preferencias, porque dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos. 

María nos ayuda a descubrir a Dios en nuestra vida. Por eso, la Iglesia entona todas las tardes el Magnificat, como el reconocimiento de que Dios cumple siempre su promesa. En el canto de María laten los corazones agradecidos, que reconocen la acción de Dios en los acontecimientos de la propia historia personal y en la historia de la humanidad.