lunes, 23 de julio de 2018

El signo de Jonás (Mt 12, 38-42)

P. Carlos Cardó SJ
Jonás expulsado por la ballena, ilustración para la Biblia del Papa Juan XXII. Escuela Francesa del siglo XIV
Entonces algunos escribas y fariseos le dijeron: "Maestro, queremos que nos hagas ver un signo".El les respondió: "Esta generación malvada y adúltera reclama un signo, pero no se le dará otro que el del profeta Jonás. Porque así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del pez, así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches. El día del Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay alguien que es más que Jonás. El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra esta generación y la condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay alguien que es más que Salomón."
En este pasaje, los letrados, llamados también doctores o maestros de la ley, se asocian a los fariseos para exigirle a Jesús una señal que equivalga a una credencial divina de su misión para poder creer en Él como el enviado de Dios. Quieren que Jesús realice algo visible, una acción simbólica, un signo celeste o un rasgo corporal que demuestre de manera inequívoca su identidad, ya que juzgan inadmisible su pretensión de obrar en nombre de Dios. Por eso lo apremian: queremos ver una señal tuya personal.
Jesús ve la incredulidad de sus oyentes y ve en ella también reflejada la incredulidad del pueblo de Israel. Estamos en plena crisis galilea: el pueblo que al comienzo le siguió entusiasmado, después por influjo de sus autoridades, le dio la espalda, y Jesús abrió el alcance de su mensaje salvífico a los pueblos extranjeros. Por eso su respuesta es categórica.
En la persona de sus interlocutores ve al pueblo, a la generación perversa y adúltera que exige una señal. El calificativo de perversa denuncia su incapacidad de hacer el bien, como el árbol malo que da frutos malos (7,17s), y de decir algo bueno porque son malos (12, 34s). El otro adjetivo es una clara alusión a la infidelidad de Israel, esposa adúltera de Yahvé, que rompe la alianza (Os 3, 1; Ez 16,38; 23, 45).
Por eso, Jesús no les dará lo que ellos piden, un signo material y sensible, sino una señal cuyo significado exige fe para ser entendida. Haciendo un paralelo con Jonás les hace ver que la peripecia vivida por el profeta en el vientre del pez durante tres días con sus tres noches,  fue un signo anticipatorio de la muerte del Hijo del hombre y de su permanencia en el reino de los muertos. Esta es la «señal» que Dios ofrecerá a aquella generación; pero será una señal paradójica para Israel porque, por una parte, señalará su culpa en la muerte de Jesús y, por otra, la posibilidad de salvarse por medio de esa misma muerte redentora si se adhieren a Él por la fe.
Vienen después dos referencias bíblicas que denuncian la incredulidad del pueblo. Su gravedad queda demostrada con la comparación entre la actitud de los hijos de esa generación con la de los habitantes de Nínive y con la de la reina de Saba. Asimismo, la afirmación de la superioridad de Jesús respecto al famoso profeta y al sabio rey Salomón, echa en cara a los letrados y fariseos su cerrazón para entender la autoridad con que Jesús, como el enviado definitivo, ha anunciado la venida del reino de Dios.
La persona de Jesús, la sabiduría de su mensaje y la obra salvadora que realiza en favor nuestro, por puro amor, deberían ser el argumento suficiente para creer en Él. Pero muchas veces nuestra fe es débil e inconstante. Entonces, como los letrados y fariseos, esperamos pruebas y demostraciones visibles para reemprender el camino en que estábamos. 
Las razones que antes sostenían nuestro compromiso cristiano se nos tornan insuficientes y nos sobreviene la tibieza, la falta de mística y ardor espiritual. En tales momentos no hay que esperar cosas extraordinarias para reencender el fervor, ni se deben hacer cambios que impliquen abandono de nuestros antiguos propósitos. 

domingo, 22 de julio de 2018

Homilía del XVI Domingo del Tiempo Ordinario - Como ovejas sin pastor (Mc 6, 30-34)

P. Carlos Cardó SJ
Pastores, mural de autor anónimo (siglo XX) de la Capilla del Campo de los Pastores, Belén
Los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. El les dijo: «Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco».Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer. Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto. Al verlos partir, muchos los reconocieron, y de todas las ciudades acudieron por tierra a aquel lugar y llegaron antes que ellos. Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato.
En estos cuatro versículos tenemos toda una síntesis de vida cristiana.
Los apóstoles se reunieron con Jesús. Estar con el Señor, conocerlo para más amarlo y seguirlo es lo que define al cristiano. Jesús atiende a sus discípulos, presta atención a lo que le cuentan del trabajo que han realizado y los invita: Vengan ustedes solos a un lugar deshabitado, para descansar un poco. Detrás de estas palabras resuena el eco de aquellas otras que trae Mateo: Vengan a mí los que están cansados y agobiados, que yo los aliviaré (Mt 11, 28).
Siempre hay que procurar escuchar lo que dice Jesús como dirigido a nosotros hoy; sólo así la Escritura es palabra eficaz, que toca nuestra situación y nos cambia. Hay que oír, pues, su invitación a estar con Él, a saber “retirarnos” y descansar porque –consciente o inconscientemente– podemos llevar una vida que deshumaniza: agitados, absorbidos por el trabajo, en la búsqueda ansiosa de valores, que son útiles, sí, pero no esenciales.
Lo primero que se perjudica son las relaciones personales, es decir, lo más hermoso y satisfactorio que la vida nos da. Y lo mismo ocurre con Dios. Como toda relación, la amistad con Cristo hay que cultivarla, hay que darse tiempo para estar a solas con Él. Los tiempos que reservamos para la oración son los “lugares deshabitados”, de los que habla el evangelio, espacios en los que nos apartamos de aquello que, desde el exterior, nos desgasta y desorienta y accedemos a  nuestro interior, donde tocamos lo esencial.
Se fueron, pues, ellos solos en la barca, pero no lograron lo que buscaban, el descanso que tenían pensado se les frustró. La multitud que va y viene, ansiosa por ver a Jesús, se apresura y llega antes que ellos a la otra orilla. No les van a dejar tiempo ni para comer. Jesús mira la situación y, en vez de reprocharles –con todo derecho, por lo demás–, se conmueve.
Él sabe bien que lo buscan para que les ayude a vivir. Por eso no puede reprocharles su conducta ni defraudar la confianza que tienen puesta en Él. Una vez más sus entrañas de pastor bueno se compadecen: son como ovejas sin pastor (cf. Nm 27,17; Ez 34,5; Zac 13,7). Aprovecha entonces el momento para seguir haciendo lo que siempre ha hecho: congregar, unir (Mc 1,38s)… y se puso a enseñarles con calma.
Queda así enmarcado el milagro de la multiplicación de los panes que viene a continuación y definida la perspectiva desde la que hay que interpretarlo: milagro y enseñanza, pan y palabra van unidos.
La imagen de Jesús conmovido ante la necesidad de la gente nos hace apreciar lo más nuclear de su persona: Jesús fue alguien que supo amar de verdad. Más aún, su amor no fue en Él un sentimiento circunstancial, que le venía de vez en cuando, sino una realidad permanente que caracterizaba su persona. La razón de fondo es que en el amor profundamente humano de Jesús se revela su divinidad: su amor misericordioso es el amor mismo de Dios. Jesús es la encarnación del amor con que Dios ama, cuida y alimenta a sus criaturas 
Por esta razón última, cristológica, el amor compasivo es centro y esencia de la vida cristiana. El Papa Francisco no deja de repetirlo al proponer como nota esencial de la Iglesia el llamado “principio misericordia” que debe inspirar y unificarlo todo. 

sábado, 21 de julio de 2018

El Siervo de Dios (Mt 12, 14-21)

P. Carlos Cardó SJ
La bendición de Cristo, óleo sobre lienzo de Francisco de Zurbarán (1638), Museo del Prado, Madrid
Enseguida los fariseos salieron y se confabularon para buscar la forma de acabar con él. Al enterarse de esto, Jesús se alejó de allí. Muchos lo siguieron, y los curó a todos. Pero él les ordenó severamente que no lo dieran a conocer, para que se cumpliera lo anunciado por el profeta Isaías: Este es mi servidor, a quien elegí, mi muy querido, en quien tengo puesta mi predilección. Derramaré mi Espíritu sobre él y anunciará la justicia a las naciones. No discutirá ni gritará, y nadie oirá su voz en las plazas. No quebrará la caña doblada y no apagará la mecha humeante, hasta que haga triunfar la justicia; y las naciones pondrán la esperanza en su Nombre.
Jesús ha declarado algo que los judíos no pueden  admitir: que Él está por encima de la ley de la santificación del sábado, y que las leyes están al servicio de las personas, no al revés. Para corroborar su enseñanza ha curado en sábado a un pobre hombre que tenía una mano atrofiada. Cuando está de por medio el bien, la vida de una persona, Jesús no duda en dejar de lado la ley del descanso sabático.
Entonces, dice el texto de Mateo, los fariseos se pusieron a planear el modo de acabar con él. Jesús lo supo y se alejó de allí. Sabe actuar con valentía y prudencia. Evita el conflicto. Ya llegará la hora en que lo enfrentará, cuando sea inevitable, y asumirá voluntariamente las consecuencias. 
Jesús no lucha con nadie, no ataca ni se impone; hace el bien a todos, sirve a todos y a todos perdona. No rivaliza, sino que se pone a servir a los demás. Frente a los poderes injustos que le atacan, Él se sitúa en la falta de poder y desde allí pone de manifiesto la verdad de sus motivaciones y el poder de Dios que triunfa en la debilidad. Enfrenta y vence al mal con la fuerza del bien. En Jesús se frena la dinámica de la violencia, porque Él no devuelve mal por mal. Jesús, pues, se oculta por prudencia, pero su obra continúa. Oculta es eficaz, con la eficacia del grano de trigo caído en la tierra. 
A pesar de la hostilidad de las autoridades judías contra Él, dice el evangelio que lo siguieron muchos. Son los débiles y necesitados, que andan como ovejas sin pastor. Son los cansados y agobiados, a quienes promete alivio y reposo. Y los sanó a todos. La salud que él ofrece alcanza a todos. 
Así se cumplió lo anunciado por el profeta Isaías: Este es mi siervo, el elegido… El evangelista Mateo ve en la actitud de Jesús para con los pobres y pecadores la realización de la profecía contenida en el Primer cántico del Siervo de Yahvé del capítulo 42 de Isaías. 
Jesús se identifica con el destino del Siervo. Es el elegido, por ser el Hijo amado en quien el Padre se complace. Reivindica parea sí la plena posesión del Espíritu divino (Cf. Lc 4, 18-21; Is 61, 1-2). Jesús Siervo no discute ni es violento; no pelea ni se impone; no constriñe ni domina; no emplea medios espectaculares para sojuzgar, no basa la eficacia de su mensaje en la fuerza de la propaganda, aunque lo que él diga en secreto haya que decirlo desde las azoteas. Atento a las personas, es manso y humilde para esperar el tiempo propicio de cada uno, mostrándose entre tanto comprensivo de sus fragilidades y de sus incertidumbres. Hace triunfar sobre la tierra la justicia-santidad de Dios y en él ponen su esperanza todos los pueblos. 

viernes, 20 de julio de 2018

El Hijo del hombre señor del sábado (Mt 12, 1-8)

P. Carlos Cardó SJ
Sacerdote Ajimelec entrega el pan y la espada a David, óleo sobre lienzo de Juan Antonio de Frías y Escalante (1667), Museo del Prado, Madrid
Jesús atravesaba unos sembrados y era un día sábado. Como sus discípulos sintieron hambre, comenzaron a arrancar y a comer las espigas. Al ver esto, los fariseos le dijeron: "Mira que tus discípulos hacen lo que no está permitido en sábado".Pero él les respondió: "¿No han leído lo que hizo David, cuando él y sus compañeros tuvieron hambre, cómo entró en la Casa de Dios y comieron los panes de la ofrenda, que no les estaba permitido comer ni a él ni a sus compañeros, sino solamente a los sacerdotes? ¿Y no han leído también en la Ley, que los sacerdotes, en el Templo, violan el descanso del sábado, sin incurrir en falta? Ahora bien, yo les digo que aquí hay alguien más grande que el Templo. Si hubieran comprendido lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios, no condenarían a los inocentes. Porque el Hijo del hombre es dueño del sábado".
El texto está en relación con el anterior, de la llamada de Jesús a los que andan cansados y agobiados por una religión que oprime las conciencias con el legalismo y sofoca la libertad. Quiere hacer ver que lo importante es el espíritu, no la materialidad de la ley.
La escena es muy sencilla. Los discípulos de Jesús atraviesan con Él un sembrado en día sábado. Tienen hambre, arrancan espigas de trigo y se comen los granos. Un grupo de fariseos observan y reaccionan emplazando a Jesús, como responsable del grupo: ¿No te das cuenta que tus discípulos hacen algo que no está permitido en sábado?
Representan a los sabios y prudentes que pueden conocer lo que está mandado, pero no conocen a Dios ni ayudan a la gente a encontrarse con Dios. Se consideran los puros, con derecho a controlar la conducta de la gente  y oprimen a los demás en la red de preceptos y prohibiciones que han tejido, y que a ellos también oprimen. Su mayor preocupación era que todo el mundo cumpliera con el mandato del descanso en día sábado, y para garantizar su cumplimiento, habían especificado con exactitud las treinta y nueve obras que estaban prohibidas en sábado.
Para responder, Jesús emplea el estilo rabínico de argumentación a base de citas de la Escritura, y concluye diciendo que Él está por encima del templo y del sábado y con esta autoridad declara que las instituciones religiosas, aun la más sagrada de ellas, que es la del sábado, están al servicio de las personas, para ayudarlas a encontrarse con Dios y no para oprimirlas.
La autoridad con que da este giro fundamental a la práctica de la religión y de la moral aparece como entrelíneas, entretejida en la relación que hay entre su persona y los temas santos de la Escritura que toca en su argumentación: la realeza de David, el templo, los panes de la ofrenda, el descanso sabático y las prerrogativas de los sacerdotes.
En primer lugar, está la alusión a David, el rey santo, que prefigura al Mesías-rey por venir. Jesús es descendiente suyo, heredero de su trono, pero quien llevará a plenitud el significado y contenido de la realeza de Dios.
En segundo lugar, el templo, la casa de Dios. Jesús es el nuevo templo; en Él y por Él el hombre tiene acceso real y directo a lo sagrado, porque Él es la morada de Dios con nosotros, Emmanuel. El nuevo templo, que es su cuerpo, será destruido en la cruz, pero se levantará glorioso en la resurrección.
Los panes llamados de la proposición se guardaban en el Tabernáculo y simbolizaban la comunión ininterrumpida del pueblo con Dios, autor de los bienes de que gozaba su pueblo; se renovaban cada semana y sólo los podían consumir los sacerdotes. Esos panes eran un tímido anuncio del verdadero pan del cielo, que es el cuerpo de Jesús entregado para que quien lo coma tenga vida eterna.
Por último, los sacerdotes: eran los que tenían acceso al tabernáculo y ofrecían a Dios los sacrificios de alabanza o de expiación, para lo cual eran ungidos con aceite (Ex 29,7). Con Jesús se abre para todos el acceso a Dios. Él es el ungido y consagrado, capaz de ofrecer el único sacrificio que borra los pecados del mundo y une a Dios con nosotros.
En la argumentación de Jesús se ve que la presencia de David fue la que legitimó la acción que realizaron sus compañeros al comer los panes que sólo podían comer los sacerdotes. Asimismo, la presencia de Jesús es lo que legitima la acción de sus discípulos que está prohibida en sábado.
En el caso siguiente, Moisés exoneró a los sacerdotes del descanso sabático porque se dedicaban al cuidado del templo, que está por encima del sábado. Por su parte, Jesús, declarando su superioridad sobre el templo, hace ver que tiene autoridad para permitir que sus discípulos coman espigas en sábado. Y para cerrar su argumentación, Jesús cita al profeta Oseas, que afirmó la superioridad del culto espiritual sobre el culto ritual.
Con ello demostraba que los fariseos no cumplían la voluntad de Dios revelada al profeta. Ellos exigían la observancia rigurosa de prescripciones y tradiciones humanas, pero descuidaban el mandamiento del amor misericordioso. Jesús, en cambio, obra como Dios quiere: poniendo por encima de todo la misericordia, cumple su voluntad. 
Y para que esto quede claro, sintetiza todo lo dicho con la afirmación: El Hijo del hombre es señor del sábado. Si algo es superior al sábado eso sólo es Dios. Jesús reivindica para sí tal superioridad, y con esa autoridad relativiza todas las leyes religiosas, subordinándolas a lo más importante en la vida: el amor misericordioso al prójimo.