domingo, 31 de mayo de 2026

Domingo de la Santísima Trinidad – Quien cree no será condenado (Jn 3, 16-21)

 P. Carlos Cardó SJ 

Santísima Trinidad, óleo sobre lienzo de Pieter Coecke van Aelst (1550), Museo del Prado, Madrid, España

Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por Él. El que cree en Él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios. 

En la fiesta de la Santísima Trinidad, la liturgia propone este texto de Juan en el que aparece quién es y cómo actúa Dios. Es un Dios que ama a este mundo y se preocupa por nosotros, tanto que, por medio de su Espíritu, envió a su Hijo para salvarnos, vinculando nuestro destino al suyo. Desde ese envío del Hijo al mundo, Dios ya no es un ser lejano; está a nuestro lado, nos libra de todo mal, nos trae vida, nos da confianza y nos asegura una felicidad para siempre. El Dios Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo ama al mundo, ama a todos los seres humanos y sólo quiere el bien para nosotros; no es vengativo ni rencoroso, responde a nuestra confianza y nos asegura el logro pleno de nuestra vida en él, para siempre. 

En efecto, así se nos reveló Dios en Jesús. Vino en él, pero no se creyó en él. El mundo no quiso oír a Jesús, rechazó su mensaje, no cambió. Peor aún, una hostilidad cada vez mayor desencadenó contra él para darle muerte. Jesús tuvo conciencia de lo que se tramaba contra él y que podía seguir la suerte de los profetas. 

Según la idea de Dios que se tenía, conforme a muchos pasajes del Antiguo Testamento, por la muerte del inocente Jesús de Nazaret sólo podía esperarse un castigo de Dios (Mt 21, 23-46). Pero el Dios que se nos revela en Jesús es un Dios de infinita misericordia. Israel, el mundo, lo rechaza, pero el amor de Dios no cambia, sigue ofreciendo redención y perdón, mediante la entrega amorosa de su Hijo. Así, pues, frente a la idea de un Dios que castiga, el cristiano sabe que Dios “entrega” a su Hijo como prueba suprema de su amor: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16). San Pablo dirá: ¡Me amó y se entregó a la muerte por mí! (Gal 2,20). Éramos incapaces de salvarnos, pero Cristo murió por los pecadores en el tiempo señalado. Es difícil dar la vida por un hombre de bien; aunque por una persona buena quizá alguien esté dispuesto a morir. Pues bien, Dios nos ha mostrado su amor ya que cuando éramos pecadores Cristo murió por nosotros (Rom 5,6-8). 

La voluntad de Dios es clara: no quiere que nadie se pierda, y nos ha hecho ver hasta dónde llega su amor en el amor con que su Hijo, enviado para salvarnos, ha entregado su vida por nosotros. Pero este don determina una crisis, un juicio, pone a todos en una encrucijada, porque se le puede acoger o rechazar. Y esta crisis es actual, porque se desarrolla en la historia y en el interior de cada persona: ahora se puede creer en la salvación que Dios ofrece en Jesucristo o se la puede rechazar. Entonces, el que cree en él no será condenado; por el contrario, el que no cree en él, ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios. 

Hay que decir, por tanto, que no es que Dios juzgue y condene, sino que es el hombre mismo quien se juzga con su propia actitud de aceptación o rechazo del amor salvador que Dios le ofrece en su Hijo. Es la propia persona la que, por medio de su fe de aceptación y entrega, se encamina hacia la salvación que Dios le ofrece, o la que con su rechazo echa a perder su vida, entra en la luz o se queda en la tiniebla. La fe, por tanto, pone a toda persona ante una disyuntiva, la pone como en un juicio, pero es la persona misma quien lo ha de resolver, él es quien se juzga. 

Para San Juan, quien no acepta el amor salvador de Dios mediante la fe, opta por la oscuridad; quien, en cambio, ama a Dios y se confía a él, ama la luz. Quien cumple con la verdad –dice San Juan–, es decir, quien actúa con lealtad frente a Dios y al prójimo, se acerca a la luz y queda patente que toda su conducta es inspirada por Dios.

sábado, 30 de mayo de 2026

Controversia con las autoridades judías (Mc 11, 27-33)

 P. Carlos Cardó SJ 

El gran sanedrín en sesión, grabado publicado en la Enciclopedia Británica, siglo XIX

Volvieron a Jerusalén, y mientras Jesús estaba caminando por el Templo, se le acercaron los jefes de los sacerdotes, los maestros de la Ley y las autoridades judías, y le preguntaron: «¿Con qué derecho has actuado de esa forma? ¿Quién te ha autorizado a hacer lo que haces?».
Jesús les contestó: «Les voy a hacer yo a ustedes una sola pregunta, y si me contestan, les diré con qué derecho hago lo que hago. Háblenme del bautismo de Juan. Este asunto ¿venía de Dios o era cosa de los hombres?».
Ellos comentaron entre sí: «Si decimos que este asunto era obra de Dios, nos dirá: Entonces, ¿por qué no le creyeron?». Pero tampoco podían decir delante del pueblo que era cosa de hombres, porque todos consideraban a Juan como un profeta. Por eso respondieron a Jesús: «No lo sabemos».
Y Jesús les contestó: «Entonces tampoco yo les diré con qué autoridad hago estas cosas». 

La estadía de Jesús en Jerusalén está cargada de enfrentamientos y polémicas con los dirigentes judíos. Sus adversarios se ubican en el templo, lugar santo que ellos han convertido en lugar de comercio y de ejercicio de una autoridad abusiva. Forman tres grupos, sobre los cuales el evangelista Marcos hará caer la mayor responsabilidad en la muerte de Jesús: los sumos sacerdotes, los escribas o doctores de la ley y los ancianos. Los tres grupos constituyen el Sanedrín, asamblea suprema de la nación judía. Los primeros son los jefes del templo, los escribas son juristas y guías del pueblo y los ancianos son personas respetables que participan por derecho del Sanedrín. 

En varias ocasiones, directamente o por medio de enviados suyos, han interpelado a Jesús, sobre lo que enseña al pueblo y las acciones que hace; les irrita el modo como maneja las traiciones antiguas y que se atreva a violar el descanso del sábado por atender las necesidades de la gente, sobre todo de los enfermos. En esta ocasión lo interpelan sobre su autoridad, le exigen que acredite quién le ha nombrado para las funciones que desempeña, que muestre, por así decir, sus credenciales. 

Es muy probable que lo que más ira les ha causado sea la expulsión de los mercaderes del templo que Jesús ha realizado poco antes. Fue una acción profética, simbólica. Con ella Jesús purificó el templo y lo declaró casa de oración abierta a todos. Al hacerlo, se puso en la línea de los grandes profetas Amós, Miqueas, Jeremías, que criticaron la religiosidad de su tiempo, fueron hostigados por sus representantes oficiales y dieron su vida por la verdadera religión. Pero además los sumos sacerdotes se enardecen contra Jesús porque desenmascara el comercio que mantienen en el templo con la venta de los animales para los sacrificio y el pago de impuestos para el santuario. 

¿Quién te ha dado autoridad para actuar así?, le preguntan. Jesús les responde con otra pregunta, como solían hacer los rabinos en sus discusiones, y deja al descubierto la mala intención de sus interlocutores. Los pone en un aprieto. El bautismo de Juan ¿era del cielo?, respóndanme. Al no querer responder, quedan obligados a admitir la santidad del bautismo de Juan y a tener que reconocer igualmente que la obra de Jesús es de origen divino. Han sido más que suficientes las enseñanzas que él ha impartido y los signos que ha realizado para darse cuenta de su identidad de enviado; pero el reconocimiento de esta identidad implica un grave riesgo para ellos pues les desestabiliza su seguridad, el poder que detentan y las riquezas que han acumulado. 

En suma, Jesús desinstala, quien reconoce a Jesús como lo que es, enviado del Padre, sabe que su vida debe cambiar y, sobre todo, debe despojarse de sus falsas seguridades e intereses personales ilícitos y no intentar defenderse con la respuesta de los jefes judíos: No sabemos…Ocurre así muchas veces cuando no se está dispuesto a arriesgar la posición o ganancia lograda para mantener los valores en los que se cree. La raíz de toda incredulidad práctica está en el miedo al riesgo y a las consecuencias que puede traer una conducta honesta. Creer es vivir con transparencia y rectitud.

viernes, 29 de mayo de 2026

La higuera seca y la purificación del templo (Mc 11, 11-26)

 P. Carlos Cardó SJ 

Jesús expulsa a los mercaderes del templo, acuarela de Ivanov Alexander Andreyevich (1824), galería Tretyakov, Moscú, Rusia

Después de haber sido aclamado por la multitud, Jesús entró en Jerusalén, fue al templo y miró todo lo que en él sucedía; pero como ya era tarde, se marchó a Betania con los Doce.
Al día siguiente, cuando salieron de Betania, sintió hambre. Viendo a lo lejos una higuera con hojas, Jesús se acercó a ver si encontraba higos; pero al llegar, sólo encontró hojas, pues no era tiempo de higos. Entonces le dijo a la higuera: "Que nunca jamás coma nadie frutos de ti". Y sus discípulos lo estaban oyendo.
Cuando llegaron a Jerusalén, entró en el templo y se puso a arrojar de ahí a los que vendían y compraban; volcó las mesas de los cambiaban el dinero y los puestos de los que vendían palomas; y no dejaba que nadie cruzara por el templo cargando cosas. Luego se puso a enseñar a la gente, diciéndoles: "¿Acaso no está escrito: Mi casa será casa de oración para todos los pueblos? Pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones".
Los sumos sacerdotes y los escribas se enteraron de esto y buscaban la forma de matarlo; pero le tenían miedo, porque todo el mundo estaba asombrado de sus enseñanzas. Cuando atardeció, Jesús y los suyos salieron de la ciudad.
A la mañana siguiente, cuando pasaban junto a la higuera, vieron que estaba seca hasta la raíz. Pedro cayó en la cuenta y le dijo a Jesús: "Maestro, mira: la higuera que maldijiste se secó".
Jesús les dijo entonces: "Tengan fe en Dios, les aseguro que si uno dice a ese monte: ‘Quítate de ahí y arrójate al mar’, sin duda en su corazón y creyendo que va a suceder lo que dice, lo obtendrá. Por eso les digo: Cualquier cosa que pidan en la oración, crean ustedes que ya se la han concedido, y la obtendrán. Y cuando se pongan a orar, perdonen lo que tengan contra otros, para que también el Padre, que está en el cielo, les perdone a ustedes sus ofensas; porque si ustedes no perdonan, tampoco el Padre, que está en el cielo, les perdonará a ustedes sus ofensas". 

El episodio de la higuera estéril y el de la purificación del templo aparecen unidos en el evangelio de Marcos. La razón es que el templo material daba al judío la falsa seguridad de su salvación. Se llenaban de orgullo exclamando: ¡Ah, el templo del Señor! ¡Ah, el templo del Señor! Les gustaba celebrar en él ceremonias solemnes y sacrificios costosos, pero al mismo tiempo se lo profanaba con toda clase de injusticias y se llevaba una vida de espaldas a los valores que en el templo se proclamaban. Por esta razón, esa religiosidad centrada en el templo no ha dado frutos, es la hojarasca engañosa de la higuera que esconde su esterilidad. 

Jesús recurre a una acción simbólica que lo presenta como el Mesías-Rey que juzga. La higuera que es Israel y el judaísmo oficial no ofrecen los frutos deseados y engañan a la gente, por eso merecen la condena de Jesús. 

Al día siguiente, los discípulos vieron que la higuera se había secado. Jesús aprovecha la ocasión para instruirlos sobre la fe verdadera, que se expresa en la oración auténtica y el perdón, frutos que estaban ausentes en la religiosidad de Israel. Es la razón por la que Jesús, haciendo uso de su autoridad mesiánica realiza a continuación, según Marcos, el gesto simbólico de purificar el templo y el culto: Mi casa es casa de oración para todos los pueblos. Ustedes sin embargo la han convertido en cueva de ladrones. 

Juan (2, 13-22) sitúa el episodio al comienzo, en una fiesta de pascua. Es más prolijo en detalles descriptivos. Habla del látigo que hace Jesús y del trato que da a unos vendedores y a otros. Y, sobre todo, incluye la profecía: Destruyan este templo y en tres días lo levantaré de nuevo. 

Sea como fuere, no es un simple arrebato de ira. Jesús adopta la actitud valiente de los profetas (Amós, Miqueas, Isaías, Jeremías) que habían denunciado la injusticia y dado su vida por la verdadera religión. Su conciencia crítica lo lleva a denunciar aquella perversión insoportable que consiste en usar a Dios para lucrar y oprimir. Por eso, el templo es vez de reflejar la gloria de Dios, se ha convertido en una cueva en la que se rinde culto a Mammon, el dios del dinero, que sustituye a Dios. Por eso Jesús tiene que purificarlo y llenarlo de la gloria que resplandece en su persona y en su palabra. Así aparece Jesús como el verdadero templo del Dios-con-nosotros, que hace entrar en comunión con Dios. 

Sólo después de la resurrección los discípulos llegarán a entender que el templo de piedra podía caer (como de hecho cayó el año 70), pero que el cuerpo de Cristo, destruido en la cruz, pero resucitado y levantado por Dios, es el templo nuevo en el que habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente (Col 2,9). Cristo resucitado es el lugar definitivo de la presencia de Dios en su pueblo, santuario de la auténtica adoración en espíritu y en verdad (Jn 4,23), la perfecta “casa del Padre”. 

La actuación de Jesús en el templo será la causa de su muerte. Su palabra acerca de la destrucción del templo será el motivo de su condena. Jesús es perseguido por los poderosos. Pero a diferencia de los poderosos, el pueblo sencillo le escucha. Quien escucha la Palabra y la pone en práctica, se convierte en piedra vida del nuevo templo. San Pedro dirá: Ustedes como piedras vivas, van construyendo un templo espiritual dedicado a un sacerdocio santo, para ofrecer, por medio de Jesucristo, sacrificios espirituales agradables a Dios (1 Pe 2,4-5). La comunidad eclesial es “el nuevo templo”. Y la ofrenda de nuestras vidas entregadas a la causa de Jesús y su Reino es el sacrificio espiritual agradable a Dios (Rom 12,1-3). El simbolismo de la higuera vale, pues, también para nosotros: el mundo es la viña del Señor y cada uno de nosotros una higuera, destinada a dar fruto.

jueves, 28 de mayo de 2026

Padre, aleja de mí este cáliz (Mt 26, 36-42)

 P. Carlos Cardó SJ 

La oración en el huerto, óleo sobre lienzo de Bernardo Bitti SJ (1596 – 1598), Museo de Antropología, Arqueología e Historia, Lima, Perú

Llegó Jesús con ellos a un lugar llamado Getsemaní y dijo a sus discípulos: «Siéntense aquí, mientras yo voy más allá a orar.»
Tomó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y comenzó a sentir tristeza y angustia. Y les dijo: «Siento una tristeza de muerte. Quédense aquí conmigo y permanezcan despiertos».
Fue un poco más adelante y, postrándose hasta tocar la tierra con su cara, oró así: «Padre, si es posible, que esta copa se aleje de mí. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú».
Volvió donde sus discípulos, y los halló dormidos; y dijo a Pedro: «¿De modo que no pudieron permanecer despiertos ni una hora conmigo? Estén despiertos y recen para que no caigan en la tentación. El espíritu es animoso, pero la carne es débil».
De nuevo se apartó por segunda vez a orar: «Padre, si esta copa no puede ser apartada de mí sin que yo la beba, que se haga tu voluntad». 

La oración de Jesús en el Huerto de los Olivos debió significar para los primeros cristianos uno de los episodios más difíciles de comprender y de aceptar de la vida de Jesús. Si lo consignaron en los evangelios esto es una prueba más de la credibilidad que merecen sus autores, pues obraron con absoluta honestidad, consignando todo el contenido del mensaje que recogieron de los primeros testigos, sin deformarlo ni reducirlo. 

Si al relato de Getsemaní se unen otros textos del Nuevo Testimonio como el de Juan: Ahora mi alma está turbada, ¿y qué voy a decir? ¿Padre, líbrame de esta hora? De ningún modo, pues precisamente para esta hora he venido (Jn 12,26), y el de Hebreos: El mismo Cristo en los días de su vida mortal, presentó oraciones y súplicas con grandes gritos y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado en atención a su actitud reverente (Hebr 5,7), se puede concluir que el episodio de Getsemaní es histórico, testimoniado por diversas fuentes, y que ciertamente hubo un momento en la vida de Jesús en que, consciente del drama que le esperaba, pidió a Dios que lo librara. La humanidad de Jesús se estremece ante la muerte. El amor a la vida, connatural a la naturaleza humana, le hace reaccionar violentamente contra la muerte. Pero por encima de esto, obra en él la absoluta confianza que ha puesto en su Padre, y resuelve el trance con su obediencia filial a la voluntad de quien lo ha enviado al mundo para mostrar un amor que no se detiene ni ante la muerte para salvar a todos sus hijos e hijas. 

La pasión y muerte no fueron para Jesús un destino inexorable, frente al cual no le cabía otra salida que la resignación pasiva y desesperada. Jesús opta y se mantiene fiel al camino que ha seguido de demostrar al mundo que el amor es capaz de convertir la maldad en perdón, reconciliación y vida. Optó por seguir amando con el mayor amor que consiste en dar la vida por quienes ama, es decir, por todos, incluidos aquellos que, guiados por Judas, se acercan ya con espadas y palos a prenderlo. 

La Iglesia contempla a su Señor en agonía, en combate interior, lleno de tristeza y angustia. También a ella como institución y al cristiano particular les toca tener que beber el cáliz amargo de pruebas y persecuciones, incomprensiones y rechazos. El ejemplo del Señor del Huerto los fortalecerá. Hay que velar con él y orar. La oración confiada y la vigilancia atenta son el camino para superar la crisis. Velen y oren para que puedan afrontar la prueba. 

Esto es sin duda lo más importante en el relato de la oración de Jesús en el Huerto de los Olivos. La intención del evangelista Mateo al redactarlo no fue inducirnos a reflexionar  conceptualmente sobre la crisis humana que Jesus vivió allí, sino iluminar los momentos oscuros que aguardan al creyente y a la comunidad cristiana. Como preparación para ellos, el evangelio nos mueve a la empatía con Cristo, mediante el recogimiento y la meditación, que hacen posible la apropiación de los sentimientos y actitudes que él demuestra. Sólo así el evangelio conmueve, despierta, fortalece, cuando lo leemos como la palabra viva de alguien que está a nuestro lado y nos mueve a reconocer –como decía San Bernardo en sus meditaciones sobre la pasión- , «¡Cuántas veces te vuelves a nosotros y nos encuentras durmiendo».

miércoles, 27 de mayo de 2026

La autoridad como servicio (Mc 10, 35-45)

 P. Carlos Cardó SJ 

Llamada a los hijos de Zebedeo, óleo sobre tabla de Marco Baisati (1510), Academia de Bellas Artes de Venecia, Italia

Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: "Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir".
Él les respondió: "¿Qué quieren que haga por ustedes?".
Ellos le dijeron: "Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria".
Jesús les dijo: "No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo beberé y recibir el bautismo que yo recibiré?".
"Podemos", le respondieron.
Entonces Jesús agregó: "Ustedes beberán el cáliz que yo beberé y recibirán el mismo bautismo que yo. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes han sido destinados"
Los otros diez, que habían oído a Santiago y a Juan, se indignaron contra ellos.
Jesús los llamó y les dijo: "Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud". 

La búsqueda de poder se dio entre los discípulos de Jesús, fue también causa de división en la primera comunidad cristiana –concretamente en aquella a la que Marcos escribe su evangelio-, y sigue siendo una contradicción dentro de la Iglesia y en la vida de los cristianos. 

Al igual que la riqueza, el poder es algo a lo que toda persona aspira. De hecho, tarde o temprano todos debemos ejercer alguna forma de poder, en la medida en que nos toca cumplir alguna función de autoridad, dirigir a otros, tomar decisiones, ya sea en el gobierno político, en la empresa, en la escuela, en la familia o en cualquier organización a la que pertenezcamos. Pero sabemos que hay una forma de ejercer el poder según los valores del mundo y otra conforme a los del evangelio, de la que Jesús da ejemplo en su vida y nos enseña con su palabra. 

Se puede decir que el tema del poder acompañó a Jesús a lo largo de su vida. Ya al comienzo de su actividad el diablo lo tentó, ofreciéndole una forma de poder y de dominio sobre las naciones, que correspondía a un modelo de mesías opuesto a los planes de Dios. Jesús pudo situarse en las esferas del poder, pudo pertenecer a algún partido (saduceos, fariseos, celotas, esenios), formar parte de algún círculo de sabios (escribas, doctores, fariseos), o vincularse con los dirigentes religiosos y políticos (los romanos, la corte de Herodes, los sumos sacerdotes saduceos), sin embargo, optó por mantenerse al margen de los poderosos, que defraudaban y oprimían a la gente, transmitían falsas imágenes de Dios y se enriquecían con la religión. Prefirió por el contrario vivir intensamente la vida del pueblo, mostrarse solidario con los humildes y excluidos (Mt 11,19 par), y gastar su vida atendiendo las necesidades de los demás. Para formar la comunidad que habría de continuar su obra, no escogió a personas influyentes sino a simples aldeanos, artesanos, pescadores y a un grupo de mujeres generosas. Ellos fueron para él su verdadera familia (3,31-35) y a ellos les reveló los misterios del reino de Dios (4, 11). Estos mismos discípulos van a intentar repetidas veces moverle a emplear los medios del poder para realizar su obra: esperaban de él que fuera un mesías político, lo quisieron hacer rey, le propusieron emplear la fuerza y la violencia para instaurar el reino de Dios. Pero él los corrigió resueltamente y los exhortó más bien a seguir su ejemplo de entrega y servicio porque el Hijo del Hombre no ha venido para que lo sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos. En estas palabras que identifican su modo de ser y proceder encuentra el cristiano la razón de fondo que le mueve a concebir la vida como servicio, como don recíproco de vida entre hermanos. 

Esto no lo entendieron entonces Santiago y Juan, hijos de Zebedeo: no querían ir detrás como los discípulos que siguen a su Maestro, sino ir delante, ocupando los puestos más importantes. Como Pedro, no pensaban como Dios, sino como los hombres. 

Jesús entonces les tiene que enseñar en qué consiste la verdadera grandeza a la que hay que aspirar. ¿Pueden beber el cáliz de amargura que yo voy a beber o pasar por el bautismo por el que yo voy a pasar?, les pregunta. Beber el cáliz significa unirse a él hasta participar de su mismo destino, en un servicio a los demás hasta la muerte. El bautismo por el que tiene que pasar significa hundirse en el abismo de los sufrimientos y muerte de sus hermanos hasta dar la vida por ellos. Esa es la pasión con que Jesús ama, la pasión que quiere asumir resueltamente como quien bebe una copa hasta las heces, como quien es capaz de decir: ¡Tengo que pasar por este bautismo y qué angustiado estoy hasta que se cumpla! (Lc 12,50). Me encuentro profundamente angustiado; pero ¿qué es lo que puedo decir? ¿Padre, líbrame de esta hora? De ningún modo; porque he venido precisamente para aceptar esta hora. (Jn 11,27). 

Los otros discípulos, al ver el proceder de Juan y Santiago, se molestan pues tienen las mismas ambiciones. Jesús, entonces, aprovecha la ocasión para ahondar en su enseñanza. Les hace ver lo que suele suceder en las naciones: cómo los que las gobiernan tienden a someter al pueblo y a ejercer su poder como un dominio opresor. Y concluye: ¡No debe ser así entre ustedes! Honores, prestigio, poder, que se obtienen oprimiendo a la gente, son lo más contradictorio que puede haber con el evangelio. Estas palabras valen para todos y la Iglesia no puede dejar de confrontarse con ellas si no quiere actuar –en sus instituciones, en sus representantes y en los cristianos comunes- como se actúa en cualquier institución mundana. 

Está, pues, la jerarquía de valores del mundo y la de Jesús, dos maneras de pensar inconciliables entre sí. En la jerarquía de valores de Jesús, el primado lo tiene el amor desinteresado, libre y generoso, que saca de nosotros lo mejor para enriquecer a los hermanos y servir, como Jesús, hasta dar la vida si fuere menester. Sólo por esta vía encuentra la persona humana la verdad de su ser y la verdad de Dios, como Jesús nos lo ha revelado. Sólo así la persona se relaciona con Dios por medio de la fe verdadera que se demuestra amando.

martes, 26 de mayo de 2026

Vengan a mí los cansados y agobiados (Mt, 11, 25-30)

 P. Carlos Cardó SJ 

Dios Padre y el Espíritu Santo, óleo sobre lienzo de Domenico Antonio Vaccaro (1700 – 1710 aprox.), Galería Real de Pinturas Mauritshuis (o Casa de Mauricio), La Haya, Países Bajos

En aquella ocasión Jesús exclamó: «Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has mantenido ocultas estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, pues así fue de tu agrado. Mi Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo se lo quiera dar a conocer.
Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso. Pues mi yugo es suave y mi carga liviana». 

Este trozo del evangelio de San Mateo consta de dos partes. La primera contiene el llamado grito de júbilo de Jesús (11,25-27). Hay quien afirma que estos versículos son quizá los más importantes de los evangelios Sinópticos. La segunda parte se centra en la invitación de Jesús a participar en su experiencia vital del Padre, con la cual se aligera el yugo que podrían parecer sus enseñanzas y mandatos. (11,28-30). 

En la primera parte tenemos una típica oración de Jesús a su Padre. Resalta la intimidad con que se dirigía a Dios, llamándole Abbá. Pronunciada con toda su resonancia aramea, esta palabra expresa el gozo y la confianza del niño al comunicarse con su padre. Abbá, con esta palabra tierna y primordial para quien la pronuncia y para quien la escucha, Jesús expresa el misterio insondable de Dios con la máxima cercanía que un hombre es capaz de experimentar, la intimidad que le une a su padre. Con ella también Jesús expresa la conciencia que tiene de sí mismo como alguien que no se entiende sino en referencia a Dios como padre suyo. 

Jesús reconoce que su Padre tiene una voluntad que debe cumplirse. Consiste en el establecimiento de su reinado, que ya ha comenzado pero todavía no ha llegado a plenitud en su relación con nosotros y con la realidad del mundo. Lo podemos ver en la acción de quienes se dejan conducir por la fuerza del Espíritu, y es el objeto de nuestra esperanza, pues culminará al final de los tiempos cuando Dios sea todo en todos. 

La revelación de su ser Padre y la venida de su reino, Dios las ofrece como un don (gracia). La reciben los pequeños y los pobres, los de corazón sencillo y los humildes, pero permanece oculta a los sabios y entendidos de este mundo. Los pequeños y los pobres de espíritu son los que viven del deseo de la ternura de Dios, anhelan que se vuelva a ellos y los salve. Los sabios y entendidos, en cambio, no esperan más que lo que ellos son capaces de producir, no reconocen su necesidad de reconciliarse, se quedan llenos de sí mismos pero no de Dios. 

Jesús se alegra de que el amor del Padre por todos sus hijos se ha revelado ya y todo aquel que lo acoge alcanza el poder de realizarse plenamente como hijo de Dios. 

En ese contexto, dice Jesús: “¡Vengan a mí los que están cansados y agobiados que yo los aliviaré!” Cansados y agobiados vivían los judíos a causa de la religión de la ley, sin la libertad de los hijos de Dios. Agobiado está quien no tiene otra actitud que la del temor servil, que lleva a cumplir la ley moral por el temor al castigo o la esperanza de premios. Una religión legalista es fatiga y opresión y se convierte en muerte porque degenera en la hipocresía y en el orgullo del hombre por sus obras. El amor cristiano, en cambio, lleva incluso a curar a un enfermo en día sábado y a sentarse a la mesa con publicanos y pecadores. Este amor produce gozo y descanso, es justicia nueva, hace posible vivir la vida misma de Dios que es amor. 

Y yo los aliviaré”. Él dará reposo a nuestras mentes y corazones agitados. El reposo de saberme amado por Dios tal como soy; el sosiego de saber que tenemos un lugar en la casa del Padre; la seguridad de que donde mis fuerzas terminan, ahí comienza el trabajo de Dios; la certeza de que ni siquiera el poder de la injusticia y de la  muerte de que es capaz el ser humano sobre la tierra podrá impedir la llegada del reino, porque el mundo, creado bueno por Dios, pero maltratado y herido por la maldad humana, ha sido amado, salvado y asumido en la carne de ese hombre perfecto, que es Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios resucitado. 

La ley del amor que él nos da no es carga que oprime. Mi yugo es suave y mi carga es ligera, nos dice. Su nueva ley del amor es la verdad que libera, porque nos hace vivir en autenticidad, capaces de alegría y creatividad, de grandeza de ánimos y corazón ensanchado. 

Vengan a mí… aprendan de mí que soy sencillo y humilde de corazón y yo les daré descanso. Responder a su llamada es aprender del corazón de Jesús man­sedumbre, humildad, sencillez, amabilidad. 

Corazón de Jesús haz nuestro corazón semejante al tuyo.

lunes, 25 de mayo de 2026

Ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre (Jn 19, 25-27)

 P. Carlos Cardó SJ 

Crucifixión de Jesús con María y Juan, óleo sobre tabla de Rogier Van der Weyden (1455), Museo de Arte de Filadelfia

Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala.
Jesús, al ver a la Madre y junto a ella al discípulo que más quería, dijo a la Madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Después dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa. 

Todo es donación y entrega en la pasión y muerte de Jesús: nos da a su Madre, nos da a su Espíritu en el instante de su muerte, nos da a la Iglesia y sus sacramentos con la sangre y el agua que brotan de su costado abierto, nos da su Corazón. 

San Juan resalta el don de la Madre. De pie junto a la cruz de su Hijo, está como la Mujer nueva, la nueva Eva junto al nuevo árbol de la vida verdadera. Está junto a la cruz en posición de quien contempla el misterio que la sobrepasa y sobrecoge, pero que se le revela interiormente por el amor y la fe que tiene a su Hijo. La discípula, la gran creyente, la que será proclamada dichosa por todas las generaciones, es ahora la Madre de los dolores porque ha llevado hasta el fin su identificación con el Crucificado. Ella siguió a Jesús en todo momento, desde Caná, en donde él inició, a petición de ella, los signos de su gloria, en unas bodas que preanunciaban la boda del Cordero crucificado, en la que también ella se hace presente. Por la fidelidad de su amor y de su fe, ella es Madre y figura de la Iglesia, Madre de la nueva humanidad redimida. Y representa también a Israel, pero como esposa fiel que dice: Hagan lo que les diga. 

Junto a la Madre estaba el discípulo a quien Jesús tanto quería, que es Juan, pero es también figura del discípulo de Cristo, de todo aquel que está llamado a reclinar la cabeza sobre el pecho del Maestro, a vivir en su intimidad y acompañarlo hasta el calvario. Es figura universal de todo aquel que es amado por el Hijo. Él está también como quien contempla al Hijo alzado a lo alto, y cuyo porte evoca al de Moisés que levantó la serpiente a lo alto. El discípulo da testimonio de la vida eterna que gana para nosotros el Crucificado. Por eso será testigo privilegiado de la resurrección, llegará el primero al sepulcro y creerá, reconocerá después al Señor desde la barca, y permanecerá hasta su retorno. En su evangelio canta el amor del Hijo por nosotros. 

Aparecen también en la escena la hermana de su Madre, María de Cleofas, y María Magdalena. Su fidelidad amorosa al Señor, a quien servían en sus necesidades, contrasta fuertemente con la infidelidad de los discípulos, que llenos de miedo huyeron y lo dejaron solo; y contrasta mucho más con el odio de los judíos y de los verdugos que no dejan de insultarlo y atormentarlo. 

Jesús ve a su Madre. No se preocupa de sí sino de los demás, piensa en su madre. Y le dice: Mujer, como la llamó en Cana. Israel es mujer¸ hija de Sión, como afirma la Biblia. En María, madre del redentor, llega a la perfección el pueblo escogido y se inicia la Iglesia. 

- Ahí tienes a tu hijo, le dice el Hijo, pidiéndole que reconozca también al discípulo (y en él a todos nosotros) como a su hijo, como igual a él. 

- Ahí tienes a tu madre, dice luego al discípulo, para que la reconozca como madre suya. Lo que el Señor más quiere, lo da: su discípulo a su madre y su madre a su discípulo. Ha establecido para siempre la relación madre-hijo que constituye a la Iglesia en su ser más íntimo. 

Y desde aquella hora el discípulo la acogió, en su casa, es decir, en el espacio propio de lo que uno más ama y que más lo identifica. La acoge como su madre, de la que deriva la existencia de los que renacen por la fe y se hacen hijos en el Hijo, hermanos del Hijo por la carne y por el Espíritu porque él asumió nuestra carne en el seno de María y habitó entre nosotros. 

La acoge como su madre. Por la fe renacemos a la condición de hijos en su Hijo, hermanos de él porque asumió nuestra carne en su seno y habitó entre nosotros por obra del Espíritu Santo.

domingo, 24 de mayo de 2026

Homilía del Domingo de Pentecostés - Venida del Espíritu Santo (Jn 20,19-23)

 P. Carlos Cardó SJ 

Pentecostés, fresco de Giotto di Bondone (1304 – 1306) Capilla de los Scrovegni, Venecia, Italia

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: "Paz a ustedes". Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.
Jesús repitió: "Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo". Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: "Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos."
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: "Hemos visto al Señor".
Pero él les contestó: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo".
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomas con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y les dijo: "Paz a ustedes". Luego dijo a Tomás: "Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente".
Contestó Tomás: "Señor mío y Dios mío!".
Jesús le dijo: "¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto".
Muchas otras señales milagrosas hizo Jesús en presencia de sus discípulos, que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Crean, y tendrán vida por su Nombre. 

Jesús, fiel a su promesa, envía desde su Padre al Espíritu Santo (Jn 14,2.15-17.25-26;15,26-27;16,4b-11.12-15). Por medio de él hace posible su presencia secreta en la historia, en la vida de todos nosotros, en todas las circunstancias que nos toque vivir. 

Pero ¿qué es, o mejor, quién es el Espíritu Santo? Podemos tener de él una idea equivocada, como si fuese algo, una cosa abstracta y sutil, un concepto o una fórmula, y no como nos enseñó a entenderlo Jesús, es decir, como un ser personal. 

Porque Jesús fue, en efecto, quien nos hizo comprender a Dios como comunidad de tres personas. Primero a Dios como Padre suyo y nuestro, creador y fuente de vida, con quien mantuvo una cercanía tan peculiar que le permitía llamarlo Abba, Padre. Por vivir en permanente comunión de vida con él, Jesús pudo ser reconocido no sólo como el mayor de los profetas y santos, sino como el Hijo de Dios y Dios con nosotros. Y finalmente, nos envió desde su Padre una nueva presencia suya y del Padre con nosotros y en nosotros, y la llamó Espíritu Santo. En el Espíritu vienen a nosotros el Padre y el Hijo, en él nos unimos a Dios y es el amor que ha sido derramado en nuestros corazones. 

Es el Espíritu que fecundó a María, realizando la encarnación de Dios. Es el Espíritu que condujo a Jesús al desierto y descendió después sobre él en el Jordán. El Espíritu que le acompañaba siempre, porque el Padre se lo había comunicado plenamente (Jn 3,34). Jesús lo llamó Paráclito –defensor y consolador- (Jn 14,16.25; 15,26; 16,7) y también Espíritu de la verdad (Jn 14,17; 15,26; 16,13), que nos asistirá en los peligros y nos llevará al conocimiento de la verdad plena, convirtiéndonos en “testigos” (15,27). 

El evangelio de Juan relata la venida del Espíritu Santo señalando la acción que realiza en la Iglesia. Cristo Resucitado se apareció a los discípulos, les dio su paz y, después de mostrarles sus llagas y costado, sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo…

sábado, 23 de mayo de 2026

Destino del discípulo (Jn 21, 20-25)

 P. Carlos Cardó SJ 

Discípulos Pedro y Juan ante la tumba de Jesús, óleo sobre lienzo de Henry Osawa Tanner (1900 aprox.), Instituto de Arte de Chicago, Estados Unidos

Pedro miró atrás y vio que lo seguía el discípulo a quien Jesús tanto amaba, el que en la cena se había inclinado sobre su pecho y le había preguntado: "Señor, quién es el que te va a entregar?".
Al verlo, Pedro preguntó a Jesús: "¿Y qué va a ser de éste?".
Jesús le contestó: "Si yo quiero que permanezca hasta mi vuelta, ¿a ti qué te importa? Tú sígueme".
Por esta razón corrió entre los hermanos el rumor de que aquel discípulo no iba a morir. Pero Jesús no dijo que no iba a morir, sino simplemente: "Si yo quiero que permanezca hasta mi vuelta, ¿a ti qué te importa?".
Este es el mismo discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito aquí, y nosotros sabemos que dice la verdad.
Jesús hizo también otras muchas cosas. Si se escribieran una por una, creo que no habría lugar en el mundo para tantos libros. 

Después del diálogo de Jesús Resucitado con Pedro, en el que le ha ratificado en la misión de apacentar su rebaño, aparece en escena el discípulo a quien tanto quería. Lo que sigue va a ser una constatación de que en la comunidad eclesial hay distintas formas de seguimiento de Jesús y distintas funciones y carismas que deben coexistir en armonía. Pedro representa a la iglesia jerárquica, el discípulo amado simboliza a los cristianos que, mediante el trato personal con el Señor y la entrega a los demás, testimonian hasta el fin de los siglos el amor salvador con que Dios nos ha amado en su Hijo. 

Pedro miró alrededor y vio que, detrás de ellos, venía el otro discípulo al que Jesús tanto amaba. Su triple confesión de amor, que ha anulado su triple negación y ha hecho posible que el Señor le confiera la misión de pastorear a su rebaño, ha concluido con la orden: Sígueme. Se ha abierto para él un futuro nuevo, el inicio de un auténtico seguimiento de Jesús, que le ha de llevar hasta la aceptación de su mismo destino de cruz. Pedro mira alrededor y ve que el discípulo a quien Jesús tanto quería, viene siguiendo, porque él nunca ha dejado de seguir al Señor. Advierte entonces la importancia que tiene este discípulo: no ejerce un cargo de autoridad, pero sí testimonia un hondo conocimiento de Jesús y un profundo amor a su persona y a su obra. Es el discípulo que, durante la cena, apoyó su cabeza sobre el pecho de Jesús, el que estuvo con la Madre al pie de la cruz y miró al que atravesaron (19,35). Este discípulo tiene la capacidad de escuchar al Señor y de reconocerlo allí donde no es reconocido por los demás, como hizo en la barca cuando dijo a Pedro: Es el Señor. Él representa a la comunidad donde se gestó y escribió el cuarto evangelio (21, 24) y personifica al mismo tiempo al auténtico seguidor de Cristo, que, porque haber sido amado primero (13,23; cf. 1 Jn 4,19) tiene un gran amor al Señor y ama a los demás con el amor con que Cristo los amó. 

La condición de este discípulo, llevada al nivel de lo emblemático, nunca tendrá que faltar en la Iglesia. Las palabras de Jesús a Pedro: Si yo quiero que él permanezca hasta que yo vuelva, ¿a ti qué? Tú sígueme, no se refieren a la vida temporal que iba a tener el autor del cuarto evangelio, sino al amor que ha de mostrarse en la comunidad como prueba y testimonio de que, con la entrega de Jesús en la cruz y su resurrección, el amor salvador de Dios ha vencido al pecado y a la muerte. Cristo Resucitado sigue actuando en su Iglesia a través del servicio que Pedro, como vicario suyo, debe ejercer; pero actúa también en el servicio del discípulo, cuya intimidad con él le mueve a actuar con aquel amor que es el testimonio más creíble de la salvación que Dios ofrece. 

Queda claro, pues, que lo más importante en la Iglesia es la demostración del amor en todos los servicios, funciones y misiones que en ella se ejerzan. Eso es lo que nunca puede faltar, lo que debe permanecer. Especialmente usado y valorado por Juan, el verbo permanecer, y su sinónimo habitar, recuerdan a la Iglesia que lo decisivo para poder dar fruto es la unión con Cristo y con los hermanos. Ese es el “espacio” donde debe permanecer. Por su parte el creyente recuerda también que el vínculo personal con el Señor es fundamental, cualquiera que sea el camino que debe recorrer y afrontar en su seguimiento. Pero en definitiva uno solo es el camino, el del amor que sostiene el aliento del discípulo a lo largo de la historia: ¡Ven, Señor, Jesús! Ven a dar cumplimiento a la unión perfecta que esperamos, para que seas uno en nosotros como el Padre y tú son uno.

viernes, 22 de mayo de 2026

Diálogo del Resucitado con Pedro (Jn 21, 15-19)

 P. Carlos Cardó SJ 

San Pedro arrepentido, óleo sobre lienzo de Claude Vignon (siglo XVII), colección privada, Alemania

En aquel tiempo, le preguntó Jesús a Simón Pedro: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?".
Él le contestó: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero".
Jesús le dijo: "Apacienta mis corderos".
Por segunda vez le preguntó: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas?".
Él le respondió: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero".
Jesús le dijo: "Pastorea mis ovejas".
Por tercera vez le preguntó: "Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?".
Pedro se entristeció de que Jesús le hubiera preguntado por tercera vez si lo quería, y le contestó: "Señor, tú lo sabes todo; tú bien sabes que te quiero".
Jesús le dijo: "Apacienta mis ovejas. Yo te aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías la ropa e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás los brazos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras".
Esto se lo dijo para indicarle con qué género de muerte habría de glorificar a Dios. Después le dijo: "Sígueme". 

La comida que Jesús resucitado ofrece a los apóstoles después de la pesca alude a la eucaristía por la forma como está narrada. Participar en la eucaristía implica el compromiso de asimilarse a la vida y a la muerte del Señor que en ella se nos hace actual. Es el sentido del diálogo con Pedro que sigue a continuación. 

Tomando aparte a Pedro le dice: Simón de Juan, ¿me amas más que éstos? El llamarlo con el nombre con que lo conoció, y que después cambió por Cefas, traería a la mente del apóstol el recuerdo de todo lo vivido desde entonces con Jesús. Ha querido siempre ser el primero. Ahora Jesús quiere hacerle caer en la cuenta que la única forma de ser el primero es demostrar el mayor amor. Pero Pedro no puede afirmarlo después de haber negado al Señor. Por eso, sin compararse, se limita a expresar su cariño de amigo: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Ha aprendido, además, que el amor a Jesús se demuestra, no con declaraciones de fidelidad, sino haciéndose disponible a servir como él hasta dar la vida: El que ha hecho suyos mis mandamientos y los cumple, ése es el que me ama (14,21). 

Jesús le dice Apacienta mis corderos. Le hace ver así que su amistad sólo es auténtica si se dedica a promover la vida de los demás. Apacentar, procurar pasto, significa colaborar con Jesús en la obra de alimentar, dar vida, proteger de todo peligro al conjunto de los creyentes, sus corderos y ovejas, es decir, a los pequeños y a los grandes, sin discriminación basada en la importancia (o en todo caso, primero los pequeños). 

Puede verse que al confiar Jesús su misión a Pedro, no hace referencia a poderes ni prerrogativas, sino a las obligaciones que caracterizan al Buen Pastor de su parábola (cap.10) y que tienen que ver con la relación cercana del pastor con sus ovejas: las conoce y ellas lo conocen, las llama por su nombre, les inspira toda confianza para que lo sigan sin temor y, sobre todo, da su vida por ellas. Jesús quiso prolongar su palabra y su obra en la labor evangelizadora de los discípulos que escogió. Ahora quiere prolongar en la persona de Pedro, y en su misión dentro del rebaño de su Iglesia, el mismo cuidado y solicitud con que procuró en todo momento que conservaran la unidad y guardaran su palabra en medio de las adversidades del mundo. 

Le preguntó de nuevo: Simón de Juan... y la respuesta de Pedro es la misma; afirma su vinculación a Jesús como amigo y se remite a su saber. Jesús le dice pastorea mis ovejas, asociando al discípulo a su oficio de buen pastor, que se entrega por las ovejas. 

Por tercera vez le preguntó: Simón de Juan ¿me quieres? Pedro advierte que le pregunta por tercera vez porque tres veces lo negó, y se entristece, se mueve a una rectificación total. Pedro había seguido al Señor como quien vive sometido a un jefe. Lo que le pide Jesús es la adhesión que da libertad, porque se basa no en la subordinación sino en la amistad. Pedro ha de tener esto para dar su respuesta, que será la definitiva.  Ahora ve que no puede tener secretos para Jesús y que éste conoce perfectamente la calidad de su adhesión. Por eso dice: Señor, tú lo sabes todo… 

Y Jesús con sus palabras, Apacienta mis ovejas, sintetiza las dos invitaciones anteriores, moviendo a Pedro a considerar como misión suya el hacer que los hermanos encuentren vida. Pero para esto, tendrá que estar dispuesto a entregar su propia vida. Por eso añade Jesús: Cuando eras joven…ibas donde querías, cuando seas viejo otros te ceñirán y te llevarán donde no quieras ir. Le predice con ello que su destino será dar su vida en la cruz como él. Dicho esto, añadió: Sígueme. Pedro inicia, o recomienza, su discipulado, sigue los pasos de Jesús en su vida y en su muerte. 

Muestra mucho amor porque mucho se le ha perdonado dijo Jesús de la pecadora que vertió sobre sus pies un vaso de perfume (Lc 7, 40-43). Tres veces afirma Pedro el amor que tiene a Jesús, porque le ha perdonado su triple negación. Ya solo le interesa que su Señor, que lo sabe todo, tenga presente el afecto que le tiene. Asimismo, muestra mucho amor el cristiano porque se siente tocado por la misericordia del Señor. Se sabe conocido y aceptado plenamente por él, y esto le da la confianza necesaria para ir tras él en su camino de amor y de servicio, aun donde no quiera ir.

jueves, 21 de mayo de 2026

Que todos sean uno (Jn 17, 20-26)

 P. Carlos Cardó SJ

La última cena, fresco de Fillipo di Memmo di Fillipuccio (siglo XIV), Domo de San Gimignano, Toscana, Italia

Jesús alzó sus ojos al cielo y dijo: "No ruego sólo por éstos, sino también por todos aquellos que creerán en mí por tu Palabra. Que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la Gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí. Así alcanzarán la perfección en la unidad, y el mundo conocerá que tú me has enviado y que yo los he amado a ellos como tú me amas a mí." 

El tema dominante de la oración sacerdotal de Jesús en su última cena es el tema de unidad, que corresponde a la gloria del Hijo reflejada en la Iglesia. La vida de la Iglesia ha de reflejar el misterio de donación y comunión que constituye la unidad del Dios Trinidad, concretamente el amor del Padre, la obediencia y entrega del Hijo y la comunión del Espíritu Santo. 

A la Iglesia, comunidad formada por los discípulos de Jesús y por los que creerán en el él por el testimonio y la predicación de ellos, Jesús le ha hecho participar de la gloria que ha recibido del Padre. En su cena, pide para que puedan contemplar esa gloria en toda su plenitud cuando estén todos reunidos con él junto al Padre. 

Sabemos ya que la gloria que Cristo ha recibido del Padre y desea para su Iglesia no tiene nada que ver con el triunfalismo. Consiste en la manifestación victoriosa del amor que sirve, se entrega y salva, del amor que, en definitiva, constituye el ser mismo de Dios. Jesús no retiene para sí la gloria, la prodiga en el amor con que procura el bien de los demás, sana sus dolencias, los libera de toda opresión y les da vida eterna. Esa es la gloria que da a sus discípulos y que ellos deberán transparentar en un amor mutuo semejante al suyo. 

Se entiende, entonces, que la práctica del amor que sirve y se entrega (el mandamiento del Señor) es lo que les ha de mantener unidos, pues en eso consiste la unidad verdadera de los que son de Cristo. Yo les he dado la gloria que tú me diste, de modo que puedan ser uno, como nosotros somos uno. 

La Iglesia está fundada para reproducir y hacer presente en la historia la obediencia de Jesucristo al Padre, por la cual no vivió para sí, no vino a ser servido sino a servir y dio su vida. En el ejercicio de su misión, la Iglesia ha de reproducir ese mismo dinamismo de amor, entrega y servicio que en la persona y actuación de Jesús aparece como la gloria que ha recibido de su Padre. Por consiguiente, el éxito de la labor evangelizadora de la Iglesia no reside en la grandeza de sus instituciones y de sus obras, sino en su capacidad de hacer sentir a la gente el amor con que Jesús amó a su Padre y a sus hermanos. 

La unidad es don de Dios, por eso Jesús la pide para nosotros. La división, en cambio, es obra del pecado. La unión que hay entre el Padre y el Hijo es fuente de la unión en la comunidad de los cristianos y modelo que deben procurar imitar. En la vida trinitaria, las tres personas divinas, manteniendo sus características y funciones propias, forman un solo ser divino. En la comunidad cristiana no se puede buscar una unidad en la uniformidad, sino en el respeto de la diversidad, que es riqueza de la misma Iglesia. 

Hay además un dinamismo de presente y un futuro, de realidad a la vez actual y por venir, en la manifestación de la gloria y en la formación de la unidad. Jesucristo había recibido la gloria que el Padre le había dado porque lo había amado desde antes de la creación del mundo; no obstante, esperaba ser glorificado en la hora de su muerte y resurrección. De modo semejante, la unidad de la Iglesia –en la que se muestra la gloria de Cristo– es una realidad actual, transmitida por él mismo, pero su plena realización es objeto de esperanza porque todavía no se ha realizado. Cuando Cristo sea todo en todos y seamos congregados por él en su reino, entonces se alcanzará la unidad perfecta. Mientras tanto, la unidad de los cristianos es una tarea y anhelo continuo pues tiene que ser visible para que el mundo crea.