domingo, 7 de junio de 2026

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Yo soy el pan vivo bajado del cielo (Jn 6, 51-58)

 P. Carlos Cardó SJ 

Adoración de la Eucaristía, óleo sobre lienzo de Cornelio Schut (1654), Sala Capitular de la Hermandad Sacramental de Nuestra Señora de la Alegría, Sevilla, España

En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne, y lo daré para la vida del mundo».
Los judíos discutían entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer carne?».
Jesús les dijo: «En verdad les digo que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre vive de vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que es vida, me envió y yo vivo por el Padre, así quien me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo. Pero no como el de vuestros antepasados, que comieron y después murieron. El que coma este pan vivirá para siempre». 

Los judíos no entienden. Llamarse Jesús “pan del cielo” les parece una blasfemia: se hace Dios. Decir que quien lo come tiene vida eterna les resulta inadmisible porque se pone así por encima de la Ley de Moisés, del templo, del sábado, es decir de aquello que, según la fe judía, les obtiene la salvación. Además, eso de comer les resulta demasiado chocante y lo de beber sangre va directamente en contra de lo establecido en el libro del Levítico (Lev 17, 10-12). 

Pero Jesús no da marcha atrás, antes bien refuerza su afirmación: Yo les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes. Expresiones sin duda duras, crudas, incluso chocantes, por medio de las cuales Jesús afirma que la fe verdadera consiste en alimentarse de su persona, nutrirse de sus actitudes y de su modo de vivir. Eso es lo que da al hombre la vida plena, que consiste en la participación de la misma vida-amor de Dios. 

El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él. Lo propio del amor entre las personas es que las hace vivir en comunión. Es un recíproco permanecer en el otro, como vivir el uno en el otro, comprobando que uno ya no se entiende a sí mismo sino en su relación con la persona a la que ama. Ya no dos sino uno solo, como en el amor conyugal. Ya no vivo yo, es Cristo que vive en mí, dirá San Pablo (Gal 2,20). 

La terminología eucarística de este discurso de Jesús es clara. La comunidad que escribió el evangelio y todos los primeros cristianos tenían por cierto que lo que Jesús les mandó realizar en la Última Cena antes de padecer fue el memorial de su muerte y resurrección, en el que comían la carne y bebían la sangre del Hijo de Dios, hecho presente de manera real, activa y eficaz. Proclamaban su muerte y resurrección, y el anhelo más profundo que orientaba sus vidas: Marana-tha! Ven, Señor Jesús. 

San Juan en su evangelio, no trae el pasaje de la institución de la Eucaristía como lo hacen los otros evangelistas y Pablo; pero trae a cambio este discurso sobre el pan de vida y el pasaje del lavatorio de los pies de los discípulos, pasajes en los que está explicado el significado de la eucaristía en toda su profundidad. Por eso, no cabe duda que Jesús dio a este discurso, pronunciado después de la multiplicación de los panes, un sentido eucarístico total. Y es que la fe desemboca necesariamente en la eucaristía. 

Los cristianos aceptamos por la fe que en la eucaristía Jesucristo se nos da, haciéndose eficazmente presente y actuante de modo salvador. En ella está el Señor con todo lo que él es y todo lo que él hace por nosotros: su Encarnación, su Muerte y su Resurrección. Las palabras del Señor en su discurso sobre el Pan de Vida y en su Última Cena nos llevan, pues, a apreciar el don del amor del Hijo de Dios, que por nosotros se hizo hombre, se inmoló en la cruz y resucitó para que también nosotros resucitemos con él. 

Es importante redescubrir la conciencia que tenían los primeros cristianos de la unión tan peculiar que se establece con Cristo y en Cristo. Comulgamos con Cristo, con todo lo que él es, su persona y su misión; y comulgamos en Cristo con todos los que él ama, miembros de su cuerpo, a los que entrega su vida. Por eso, quien comulga con Jesús vive la inquietud por crear comunión, deseo supremo suyo. El hacer comunidad se convierte en la piedra de toque de nuestra comunión con Cristo, con todas sus consecuencias prácticas en todos los órdenes de la vida humana, personal y social. Sacramento de unidad, la Eucaristía incita a las comunidades a superar las divisiones. Por eso pedimos: “Reúne en torno a Ti, Padre misericordioso, a todos tus hijos dispersos por el mundo”. Nos acercamos a comulgar y pronunciamos nuestro Amén a lo que significa el sacramento del Cuerpo de Cristo, que el sacerdote nos muestra y nos entrega. Dicho “amén” proclama nuestra disposición para ser transformados en lo que recibimos.

sábado, 6 de junio de 2026

El óbolo de la viuda (Mc 12, 38-44)

 P. Carlos Cardó SJ 

El óbolo de la viuda, óleo sobre lienzo de Marten de Vos (siglo XVII), Iglesia Episcopal de Tennessee, Estados Unidos

En aquel tiempo, enseñaba Jesús a la multitud y le decía: "¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplios ropajes y recibir reverencias en las calles; buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; devoran los bienes
de las viudas haciendo ostentación de largos rezos. Éstos recibirán un castigo muy riguroso".
Luego Jesús se sentó frente a la sala del Tesoro del templo, mirando cómo la gente echaba allí sus monedas. Muchos ricos daban en abundancia. De pronto se acercó una viuda de condición muy humilde y echó dos moneditas de muy poco valor.
Jesús, llamó a sus discípulos y les dijo: "Yo les aseguro que esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos. Porque los demás han echado de lo que les sobraba; pero ella, en su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir". 

Este texto tiene dos partes: la primera es una crítica de Jesús contra los maestros de la ley; la segunda, el episodio de la viuda pobre que deja su limosna en el arca del templo. 

Dijo Jesús a sus discípulos: Tengan cuidado con los maestros de la ley, a quienes les gusta pasearse lujosamente vestidos y ser saludados por la calle; buscan los puestos de honor en la sinagoga y los primeros lugares en los banquetes. 

Toda persona que se valore desea que se la respete y se la tenga en cuenta. Pero este deseo lícito y natural puede deformarse hasta convertirse en la motivación más determinante de lo que uno quiere hacer en la vida. Cuando se busca por encima de todo el propio éxito, se puede llegar a desconocer los propios límites y deficiencias, o incluso a atropellar el derecho de los demás por creerse superior. Por eso, lo que Jesús critica en los maestros de la ley es que ellos, los expertos en las cosas de Dios enseñan los preceptos de la religión, pero movidos por la ambición y la búsqueda de honores y privilegios. Se sirven de la religión como instrumento de lucro, y, lo que es insoportable a los ojos de Dios, valiéndose de su fama de justos y religiosos, llegan a aprovecharse de los bienes de huérfanos y viudas: Ellos devoran los bienes de las viudas y se disfrazan tras largas oraciones, denuncia Jesús, y les advierte que terminarán muy mal. 

Esta mentalidad y este comportamiento no fueron algo pasajero que acabó cuando, en el año 70 d.C., destruido el templo de Jerusalén, desaparecieron los escribas y sumos sacerdotes. Lo que Jesús criticó fue una tendencia que seguiría influyendo en la comunidad cristiana hasta hoy. Los simples fieles y los miembros de la jerarquía pueden actuar hoy como actuaban los escribas y fariseos en tiempos de Jesús, poniéndose por encima de los demás, ejerciendo sus funciones con ostentación, fatuidad y presunción. Cuando estas cosas suceden, Jesús pone en guardia: “¡Tengan cuidado!”, nos dice. 

Viene después un episodio que podía pasar desapercibido, pero que a los ojos de Jesús encerraba una lección fundamental. Sentado frente a las arcas del templo, observaba cómo la gente iba echando dinero en ellas para el culto; muchos ricos depositaban en cantidad. Pero llegó una viuda pobre que echó dos moneditas de muy poco valor. 

Ya en las primeras escenas del evangelio de Marcos (1, 29-31) se centró la atención en otra pobre mujer, la suegra de Pedro. Estaba en cama con fiebre, y el Señor realizó en favor de ella -según Marcos- su primer milagro; un milagro aparentemente sin mayor relevancia, pero que convirtió a esa mujer en un ejemplo: Se acercó, la tomó de la mano y la levantó. Se le quitó la fiebre y se puso servir al Señor y a sus discípulos, dando ejemplo del verdadero seguimiento de Jesús que consiste en servir a los demás. Así también la escena de la limosna de la viuda, en apariencia tan poco significativa, hace ver que una pobre viuda se convierte en el evangelio vivo, en la figura perfecta de Cristo. Les aseguro que esa pobre viuda ha echado en las arcas más que todos los demás –declara solemnemente Jesús. Pues todos han echado de lo que les sobraba, mientras que ella ha dado desde su pobreza todo lo que tenía para vivir. Una pobre viuda que nadie tiene en cuenta, resulta ser la verdadera maestra de la ley del Nuevo Testamento, en oposición a los escribas hipócritas. Ella se constituye, junto con la suegra de Pedro, en la discípula verdadera del Maestro, que enseña a los discípulos la lección más importante del evangelio. Ella, a diferencia del joven rico, que no se animó a seguir a Jesús porque tenía muchas riquezas, dejó en la alcancía del templo –con las dos moneditas que depositó– todo lo que tenía para vivir. La enseñanza de Cristo no nos viene de los libros, sino de personas de este tipo. Los pobres nos evangelizan. 

Ante Dios no importa la cantidad de lo que uno da, sino la calidad. La viuda pobre deposita dos moneditas, pero es todo lo que ella tiene para vivir, mientras que los ricos echan de lo que les sobra y con ostentación. En la escala de valores de Jesús, una limosna insignificante puede tener mayor valor que una gran suma. Privarse únicamente de lo superfluo no representa la solidaridad aceptable al Señor, aunque lo aportado sea una buena suma de dinero. Dios, que ve lo oculto de los corazones, quiere sinceridad y transparencia en lo exterior y en lo interior. Lo que vale es la actitud de la pobre viuda que, al darlo todo, con corazón humilde y generoso, reproduce en su persona aquella característica de Jesucristo, que según San Pablo sintetiza su solidaridad con nosotros: Ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza (2 Cor 8,9).

viernes, 5 de junio de 2026

Si David lo llama Señor… (Mc 12, 35-37)

 P. Carlos Cardó SJ 

El rey David en oración, grabado de Lucas van Leyden (1520), Galería web de Arte

Jesús se puso a enseñar en el Templo y preguntaba: "¿Cómo pueden decir los maestros de la Ley que el Mesías es el hijo de David? El mismo David, movido por el Espíritu Santo, ha dicho: “Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies". Si el mismo David lo llama "Señor", ¿cómo puede entonces ser hijo suyo?". 

Estas palabras de Jesús corresponden al final de la controversia que tuvo con las autoridades del pueblo en el templo de Jerusalén, poco antes de su pasión. Después de defender el origen divino de su autoridad, Jesús vuelve a tomar la palabra para explicar que el Mesías esperado por Israel no puede ser simplemente un descendiente de David, sino alguien muy superior a David. Y para probarlo, citará el Salmo 111, salmo mesiánico muy conocido, con la intención de mover a sus oyentes a una reflexión sobre su propia identidad de descendiente de David e Hijo de Dios. 

Según el judaísmo y la enseñanza de los rabinos del tiempo de Jesús, basada en muchos textos del Antiguo Testamento, el Mesías por venir habría de restaurar la monarquía y señorío de David, dándole su máximo esplendor, pero sin trascender del plano estrictamente terrenal. Al ver las acciones que realizaba y la autoridad con que hablaba, la gente sencilla del pueblo había advertido que la promesa divina del Mesías se había cumplido en Jesús. Prueba de ello fue la aclamación con que lo recibieron en Jerusalén: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que viene, el de nuestro padre David! (11,9-10).  Pero Jesús tiene que aclarar esto; la gente debe tener una idea exacta de la identidad del Mesías y debe trascender el plano puramente terreno al pensar en el reino que el Mesías trae consigo. 

Para ello, plantea una pregunta: ¿Cómo dicen los maestros de la ley que el Mesías es Hijo de Dios?, y cita como respuesta al mismo David, quien, como autor del Salmo 111, habla del Mesías en un tono de máximo respeto, llamándolo su Señor, y haciéndolo subir a sentarse a la diestra del trono del mismo Dios. Por consiguiente, este argumento debe hacer pensar a sus oyentes que el ser hijo de David no puede designar verdaderamente su verdadero ser, porque el Mesías es más que eso, es Hijo de Dios. David mismo dijo, inspirado por el Espíritu Santo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies. 

En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, Jesús da a entender que tampoco la idea corriente que se tiene de su reino corresponde a la realidad. No se puede reducir la promesa divina de la salvación, ligada a la venida del Mesías, a una simple restauración y continuidad de una dinastía política. 

Es cierto que Jesús en esta intervención suya no se aplica el salmo directa y explícitamente a su misma persona, pero sí lo hará cuando el sumo sacerdote Caifás le pregunte: ¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito? Entonces, su respuesta será clara y directa: Yo soy, y verán al Hijo del hombre sentado a la derecha del Todopoderoso y cómo viene entre las nubes del cielo (14, 61-62). Hay que recordar también que los apóstoles en su predicación no dudaron en ver en el salmo una prueba de la mesianidad de Jesús y de su exaltación a la gloria celestial. 

Si se tiene en cuenta, finalmente, que la traducción griega de la Biblia, empleada por Jesús y los primeros cristianos, traduce el hebreo Adonai por el griego, Kyrios, Señor, se puede ver que este título contiene la confesión de fe de la primera comunidad cristiana en la divinidad de Jesucristo y en su misión salvadora. Para ellos, a la luz de la resurrección, quedó patente que Jesús es el Kyrios, Señor, y el Cristo, es decir, Salvador (ungido), verdadero hombre y verdadero Dios. Los primeros cristianos de lengua aramea lo llamaban Maraná, Señor nuestro (cf. 1Cor 16,21). 

Después de esta intervención suya, los oyentes de Jesús debieron sentirse movidos a reflexionar sobre su identidad y, sobre todo, a decidir si creían en él o no. Todo el evangelio de Marcos se escribe para responder a la gran pregunta: “¿Quién es Jesús?”. 

Nos corresponde responderla, no sólo desde lo que sabemos de él, sino desde la vivencia personal que tenemos de él como el verdadero Señor de nuestras vidas, que nos libra de todo cuanto nos impide lograr nuestra plena y feliz realización como personas, y nos compromete en la tarea de transformar nuestra realidad personal y social conforme al contenido y valores de su reino.

jueves, 4 de junio de 2026

Los dos mandamientos (Mc 12,28a-34)

 P. Carlos Cardó SJ 

Cuidado de niños en el orfanato de Harlem, óleo sobre lienzo de Salomonsz Jan de Bray (1663), Museo Franz Hals, Harlem, Países Bajos

Entonces un maestro de la Ley le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?»
Jesús le contestó: «El primer mandamiento es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es un único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu inteligencia y con todas tus fuerzas. Y después viene este otro: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay ningún mandamiento más importante que éstos.»
El maestro de la Ley le contestó: «Has hablado muy bien, Maestro; tienes razón cuando dices que el Señor es único y que no hay otro fuera de él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todas las víctimas y sacrificios».
Jesús vio que ésta era respuesta sabia y le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios.»
Y después de esto, nadie más se atrevió a hacerle nuevas preguntas. 

Los rabinos fariseos en tiempo de Jesús enseñaban a la gente que había que cumplir 613 mandamientos (248 preceptos y 365 prohibiciones). Un maestro de la ley quiso saber a qué atenerse y fue a Jesús con la pregunta fundamental: cuál es el mandamiento principal, que ha de regir al creyente. Jesús le respondió como respondería un judío fiel, que lleva grabado en su corazón y recita cada mañana el “Schemá Israel”: Acuérdate, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas fuerzas”. Y añadió que el segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Ambos preceptos se encontraban ya en la Biblia, en el Dt 6,4-9 y en el Lev 19,18b, respectivamente. El primero confesaba la unicidad de Dios y la disposición a amarlo con todo el ser. El segundo, sobre el amor al prójimo, había quedado medio enterrado entre la enorme cantidad de preceptos (613!), ritos y tradiciones que los fariseos sacaban del libro del Levítico, como código de leyes sobre el culto. 

El mandamiento del Levítico era éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Jesús dice: Ámense los unos a los otros como yo los he amado (Jn 15,11). Con ello, afirma una verdad indiscutible acerca de nuestra capacidad de amar: uno es capaz de amar a Dios y a sus semejantes si es amado y uno sólo puede amarse a sí mismo si ha sido objeto de amor. Más aún, la experiencia de sentirnos amados por Dios nos da la medida que debemos tener en el amor a los demás. 

Ahora bien, nos cuesta entender y sentir que Dios nos ame de manera incondicional, gratuita y desinteresadamente, sin límite, sin restricción, sin depender de nuestros méritos o de nuestros defectos. No lo entendemos porque vemos demasiado amor interesado y de conquista, demasiada rivalidad y competencia, demasiado interés egoísta y lucrativo, demasiada agresividad y violencia en las relaciones entre las personas. Por eso, nos cuesta imaginar un amor absolutamente limpio, generoso y desinteresado. Pero hay algo que alcanza indefectiblemente a todo ser humano que viene a este mundo: Dios, amor y fuente del verdadero amor, lo ha amado a él personalmente con un amor fiel e incondicional y ese amor se lo ha manifestado en Jesús con tal claridad, que ya nada podrá separarlo de ese amor (Rom 8,35.39). Quien se acerca a Jesús siente el amor en su vida y siente que puede amar, cualesquiera que hayan sido las carencias o infortunios sufridos en su historia personal. 

En esto ha consistido la originalidad de Jesús: le preguntaron cuál es el mandamiento más importante, y él añadió un segundo, tan importante como el primero: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19,18). Puso a ambos preceptos en el mismo nivel, porque deben ir siempre unidos. Para Jesús no se puede llegar a Dios por un camino individual e intimista, olvidando al prójimo. Dios y el prójimo son inseparables. Además, Jesús no unió los dos mandamientos, sino que nos amó y enseñó a amarnos unos a otros con hechos y gestos concretos en el servicio desinteresado, en el hacer a los demás lo que queremos que nos hagan, en reconocer y respetar la dignidad de toda persona, en encontrarnos y reunirnos gozosamente, en compartir lo que tenemos, en ver como propia la necesidad ajena y procurar resolverla, en ejercitar el perdón, incluso cuando el otro se ha convertido en mi enemigo, y en estar dispuestos incluso a dar nuestra vida por los demás si fuere necesario. En suma, Jesús nos enseña a vivir aquí y ahora de una manera diferente: con mirada limpia, no de competidor sino de hermano. Y esto trae consigo la felicidad íntima de sentirnos verdaderamente hijos de Dios y hermanos; esto nos humaniza y nos hace a la vez participar de la vida de Dios, que es amor. 

La respuesta que dio el escriba a Jesús revela el cambio profundo que Jesús trajo a la religión. Dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Entendió, pues, que el amor al prójimo está por encima de los actos que se realizaban en el templo. En ese tiempo, al igual que hoy, muchos creyentes pensaban que a Dios se llega a través de actos de culto, peregrinaciones, ofrendas para el templo, sacrificios costosos de animales... Sin embargo, la verdad es que para llegar a Dios hay que tener en cuenta al prójimo, preocuparse por los pobres y oprimidos, buscar una sociedad justa. El escriba ha comprendido cuál es el camino para ir a Dios. 

Un texto de Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, filósofa judía asesinada en el campo de concentración de Auschwitz ilumina mucho la unidad de los dos mandamientos:

“Si Dios está en nosotros y si Él es el Amor, no podemos hacer otra cosa que amar a nuestros hermanos. Nuestro amor a nuestros hermanos es también la medida de nuestro amor a Dios. Pero éste es diferente del amor humano natural. El amor natural nos vincula a tal o cual persona que nos es próxima por los lazos de sangre, por una semejanza de carácter o incluso por unos intereses comunes. Los demás son para nosotros “extraños”, “no nos conciernen”… Para el cristiano no hay “hombre extraño” alguno, y es ese hombre que está delante de nosotros quien tiene necesidad de nosotros, quien es precisamente nuestro prójimo; y da lo mismo que esté emparentado o no con nosotros, que lo “amemos” o dejemos de amarlo, que sea o no “moralmente digno” de nuestra ayuda”. (Edith Stein, filósofa crucificada, Sal Terrae, Santander 2000).)