viernes, 13 de julio de 2018

Persecuciones (Mt 10, 17-23)

P. Carlos Cardó SJ
La última oración de los cristianos, óleo sobre lienzo de Jean-Léon Gérôme (1863 – 1883), Museo de Arte Walters, Baltimore, Estados Unidos
Jesús dijo a sus apóstoles: «Yo los envío como a ovejas en medio de lobos: sean entonces astutos como serpientes y sencillos como palomas. Cuídense de los hombres, porque los entregarán a los tribunales y los azotarán en las sinagogas. A causa de mí, serán llevados ante gobernadores y reyes, para dar testimonio delante de ellos y de los paganos. Cuando los entreguen, no se preocupen de cómo van a hablar o qué van a decir: lo que deban decir se les dará a conocer en ese momento, porque no serán ustedes los que hablarán, sino que el Espíritu de su Padre hablará en ustedes. El hermano entregará a su hermano para que sea condenado a muerte, y el padre a su hijo; los hijos se rebelarán contra sus padres y los harán morir. Ustedes serán odiados por todos a causa de mi Nombre, pero aquel que persevere hasta el fin se salvará. Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra, y si los persiguen en esta, huyan a una tercera. Les aseguro que no acabarán de recorrer las ciudades de Israel, antes de que llegue el Hijo del hombre».
La fiesta de San Esteban, el 26 de diciembre, tiñe de rojo la navidad. Es el primer mártir del cristianismo, el primero que selló con su sangre la fe en Jesús. San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales hace contemplar el misterio del nacimiento de Cristo desde esta perspectiva: “Mirar y considerar lo que hacen (Nuestra Señora y José), así como es el caminar y trabajar, para que el Señor sea nacido en suma pobreza, y al cabo de tantos trabajos, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz; y todo esto por mí” (Ejercicios, 116).
La falta de posada, las condiciones tan precarias en que nace y el tener que ser recostado en un pesebre (Lc 2,7) se proyectan hasta la extrema indefensión y soledad de su crucifixión. Inicio y fin se tocan. Como fue el principio así será el final. “¡Y todo esto por mí!”.
Así quiso Dios realizar la salvación del mundo. Y Jesús, su Hijo, asumió libremente este destino que había sido ya simbolizado por el profeta como el propio del Cordero que es llevado al matadero (Is 53,7). Siervo inocente soporta sobre sí la violencia del mal y, sin devolverlo, vence al mal.
Una multitud de testigos suyos lo seguirán (Hebr 12,1), dispuestos a identificarse con Él en su estilo de vida y también en una muerte como la suya. Recordarán que la suerte del Maestro ha de ser la del discípulo y si lo persiguieron a Él, a ellos también los perseguirán (Jn 15,20).
Los entregarán a los tribunales… como hicieron con Él. Los que intentan apagar la verdad con la injusticia no soportarán su forma de ser, que contradice radicalmente lo que ellos viven. El justo con su sola presencia desenmascara la mentira del corrupto, que no tiene más remedio que hacerlo callar o  hacerlo desaparecer de su vista.
Y así ha venido ocurriendo en la historia del cristianismo, desde Juan Bautista, degollado por Herodes, y desde Esteban, el diácono lleno de gracia y de poder, que hacía signos y prodigios en favor de los necesitados, que fue examinado con atención por las autoridades del pueblo y su rostro les pareció como el de un ángel, pero amotinaron a la gente contra él para que lo apedrearan porque no pudieron contradecir la sabiduría y el espíritu con que hablaba (Hechos 6, 8-15).  
Mártir significa testigo. Darán testimonio, había anunciado Jesús. La sangre derramada sella como supremo testimonio la determinación de vivir hasta el final los valores que el Maestro transmitió. Con su martirio, el testigo fiel demuestra que esos valores por los cuales ha vivido, valen más que la vida.
Por eso puede morir en paz, seguro de que el Espíritu hablará en su favor. En el peligro, no le arrebatará ningún espíritu de miedo o de egoísmo, de odio o de violencia, sino el Espíritu de Dios, espíritu de amor que actúa en los corazones, e infunde el coraje (¡mucho más fuerte y eficaz que el de la venganza!) para perdonar incluso a los que lo persiguen.
El espíritu del mundo, espíritu de injusticia y de conflicto, seguirá extendiendo su influjo aparentemente invencible. Por él, el hermano entregará al hermano a la muerte; se levantarán los hijos contra los padres y los matarán… La falta de moral ataca las raíces de la vida, destruye la convivencia, mata los afectos y los sentimientos. Pero el Espíritu de Cristo se abre paso y asegura la victoria porque ya la anticipó y desplegó para siempre al resucitar a Jesús de entre los muertos. El amor es más fuerte. 
Quien se mantiene en esta fe que vence al mundo, ese se salvará.

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