martes, 5 de junio de 2018

Dar al César lo que es del César (Mc 12, 13-17)

P. Carlos Cardó SJ
La moneda del César, óleo sobre lienzo de Antonio Arias (1646), Museo del Prado, Madrid
Le enviaron después a unos fariseos y herodianos para sorprenderlo en alguna de sus afirmaciones. Ellos fueron y le dijeron: "Maestro, sabemos que eres sincero y no tienes en cuenta la condición de las personas, porque no te fijas en la categoría de nadie, sino que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios. ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no? ¿Debemos pagarlo o no?". Pero él, conociendo su hipocresía, les dijo: "¿Por qué me tienden una trampa? Muéstrenme un denario". Cuando se lo mostraron, preguntó: "¿De quién es esta figura y esta inscripción?". Respondieron: "Del César". Entonces Jesús les dijo: "Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios". Y ellos quedaron sorprendidos por la respuesta.
Los miembros del Sanedrín, a quienes Jesús ha dirigido la parábola de los viñadores homicidas, que los ha indignado hasta desear su muerte, le envían ahora a unos fariseos y partidarios de Herodes para tenderle una trampa con la cuestión sobre la licitud del impuesto que pagaban a los romanos. Este tributo pro capite, a diferencia de otras contribuciones que tenían que pagar los judíos, era especialmente humillante porque se efectuaba con dinero romano como signo de sumisión y vasallaje.
Para el judaísmo, lo político y lo religioso estaban unidos, por eso el pago de este impuesto tenía también un significado religioso: la moneda que se empleaba, el denario de plata, con la imagen del emperador y la inscripción Tiberio César, hijo del divino Augusto, les hacía sentirse no sólo dominados sino propiedad del idolatrado Jefe del Estado.
Este fue el motivo de la rebelión de un tal Judas Galileo, el año 6 d.C., a quien los romanos subyugaron, masacrando a sus huestes y crucificando a dos de sus hermanos. De ahí nació el movimiento mesiánico de los celotas (“intransigentes”), que practicaban una especie de guerrilla partisana contra los invasores romanos y que, entre otras cosas, se negaban a usar la moneda romana.
La pregunta que le plantean a Jesús sus interlocutores es capciosa por donde se la vea: si responde que sí es lícito pagar el impuesto, se pondría de parte del opresor, justificando la opresión que sufre el pueblo. Al mismo tiempo negaría validez al anhelo nacional de un mesías libertador, echaría por tierra su propia pretensión de ser el enviado de Dios para liberar y frustraría las expectativas que tantos han puesto en él. Si, por el contrario, responde que no se debe pagar el impuesto, se pondría en contra de los romanos y sus enemigos tendrían un motivo para denunciarlo, cosa que finalmente harán.
Jesús pide que le muestren la moneda y con este solo gesto anuncia ya su respuesta. Los fariseos y herodianos no tardan en alcanzarle el denario, que suelen usar, poniendo así al descubierto su hipocresía. La frase de Jesús, además, los mete en aprietos pues les cuestiona la concepción que tienen del “divino” César, cuya imagen y moneda llevan consigo, y la concepción que tienen de Dios.
La respuesta de Jesús no es evasiva, lo que hace es poner la cuestión en un plano superior de pensamiento en el que se puede entender qué es de Dios, qué le pertenece, y qué pertenece al César. Los interlocutores de Jesús tienen que saber que la soberanía absoluta de Dios está sobre todo lo creado, incluidos los poderes de este mundo, que deben orientarse a Él, pues de lo contrario pierden legitimidad, Dios los derriba (cf. Lc 1,52).
No obstante, y sobre esta base de la soberanía absoluta de Dios, Jesús reconoce la autoridad romana conforme a la mentalidad del judaísmo de la época (cf, 1 Pe 13, 1-7), para darle lo que le pertenece ¡pero no más! El ser humano, que es imagen de Dios, pertenece a Dios; el dinero, que lleva la imagen del César, pertenece al César. La persona humana depende de Dios de manera incomparablemente más plena y más profunda que lo que puede depender de un gobernante, cualquiera que sea.
Y en esa dependencia absoluta de Dios, su Creador y Padre, encuentra la persona la libertad con que debe vivir en cualquier sistema político, mostrándose crítica frente a él para que no pretenda absolutizarse ni ejerza el poder contra las personas. Ningún César o gobernante o partido puede ocupar el puesto de Dios. La historia está llena de las tragedias a las que condujeron los “césares” que lo pretendieron.
Esto supuesto, no se puede reducir la respuesta de Jesús a la simple separación entre lo político y lo religioso, lo material y lo espiritual, el Estado y la Iglesia. Quedarse sólo en esto lleva muchas veces a la privatización de lo religioso, relegado a la interioridad de las personas, a la religión enmudecida, a la conciencia burguesa que deja de anunciar y exigir el respeto a los valores éticos y morales, a la libertad y a los derechos de las personas en el ordenamiento social. 
Como si Dios pudiese dejar de iluminar las mentes para el recto manejo de lo profano. Sólo si se respetan los valores morales, de los que da cuenta exacta el evangelio de Jesucristo, tiene garantía incuestionable la autonomía (y laicidad) de lo político. 

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