martes, 15 de mayo de 2018

Primera parte de la oración sacerdotal (Jn 17, 1-11)

P. Carlos Cardó SJ
Cristo entre los Apóstoles, óleo sobre lienzo de Sebastiano Santi (1828), Iglesia de los Santos Apóstoles, Venecia
Jesús levantó los ojos al cielo, diciendo: "Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti, ya que le diste autoridad sobre todos los hombres, para que él diera Vida eterna a todos los que tú les has dado. Esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste. Ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía contigo antes que el mundo existiera. Manifesté tu Nombre a los que separaste del mundo para confiármelos. Eran tuyos y me los diste, y ellos fueron fieles a tu palabra. Ahora saben que todo lo que me has dado viene de ti, porque les comuniqué las palabras que tú me diste: ellos han reconocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me enviaste. Yo ruego por ellos: no ruego por el mundo, sino por los que me diste, porque son tuyos. Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío, y en ellos he sido glorificado. Ya no estoy más en el mundo, pero ellos están en él; y yo vuelvo a ti."
La oración que Jesús dirige a su Padre en la última cena con sus discípulos tiene carácter de testamento y es también una instrucción para la comunidad. Ésta debe tener siempre presente que lo que el Señor espera de ella lo ha pedido en su oración al Padre y Él se lo concederá.
Jesús ora por su propia glorificación, luego por sus discípulos que el Padre le ha dado y finalmente por aquellos que creerán en Él por el testimonio y predicación de ellos.
La primera parte de la oración –con sus motivos particulares de la hora, la glorificación, la vida eterna y la palabra– se refiere a la obra que ha venido a cumplir en este mundo: la revelación del misterio de Dios, que para él tiene la máxima cercanía e intimidad que le lleva a llamarlo Abba, Padre.
Se dirige a Él con la confianza del hijo y le recuerda: Abba, ha venido la hora. “La hora” es uno de los temas que recorren todo el evangelio de Juan. Designa el momento en que el Hijo será glorificado por el Padre y viceversa. Esta gloria que se revelará en él comenzó a mostrarse en el primer signo realizado Caná (c. 2), cuando los discípulos creyeron en Él.
En la cena de Betania (c. 12) se dará inicio a la hora en la que el proceso de su glorificación llegará a su culminación por su entrega en la cruz. Frente a ella, se sentirá turbado, conmovido, pero tendrá el coraje de decir: Ha llegado la hora y ¿qué he de decir: Padre, líbrame de esta hora? ¡Pero si para esta hora he venido al mundo! (12,27). Será la hora en que el grano de trigo caerá y morirá para dar fruto. Será la expresión máxima del amor de su Padre y de su propio amor por nosotros: Habiendo llegado su hora… los amó hasta el extremo (13, 1).
El otro tema presente en la oración de Jesús, la gloria, aparece a lo largo de toda la Escritura. No es la simple fama a los ojos de los demás, que equivale a vanagloria. Gloria es más bien lo que uno vale ante Dios, aquello que redunda en alabanza suya, porque en definitiva es lo que Él hace en nosotros y lo refleja en nosotros. Por eso dice Dios a Israel: Porque tú eres precioso ante mis ojos, tu vales mucho para mí y yo te quiero (Is 43, 4). La gloria se revela en lo que uno hace. Jesús revela la gloria en lo que hace por nosotros y, sobre todo, en la entrega de su vida. Y allí experimenta que el Padre le ama: El Padre me ama porque yo doy la vida (Jn 10, 17).
Jesús sintetiza su obra por nosotros en hacer que tengamos vida eterna. En el evangelio de Juan es sinónimo de “reino de Dios” y de salvación; implica renacer y vivir en fraternidad. Implica también “conocer” a Dios como Padre y como el Hijo, con un conocimiento no puramente racional sino en una experiencia vital. La vida que el Hijo recibe del Padre, Él nos la comunica. La vida eterna en definitiva será, pues, la participación en la vida misma de Dios. 
El conocimiento de Dios que Jesús ha transmitido equivale a la manifestación de su Nombre. El nombre, en mentalidad semita, es la persona misma. Por medio de él –nombrándolo– se conoce al otro, se le aprehende. Por eso Dios es el Innombrable y por respeto llegan los judíos a referirse a él como “El Nombre”. Jesús, Hijo y Palabra de Aquel a quien nadie ha visto ni puede nombrar, nos lo ha puesto a nuestro alcance, nos lo ha hecho accesible, con la familiaridad con que los hijos se comunican con su Padre, Abba.
Jesús, en fin, reconoce que sus discípulos –los de entonces y los de ahora- son para Él un don recibido de su Padre. En ellos, por la fe que han tenido en Él y por el amor que los une, Él ha sido glorificado. 
Ellos no son del mundo pero están en el mundo. Continuarán en él su misión, realizarán sus obras, transmitirán su palabra que salva. Por haber seguido a Jesús, han adquirido una nueva forma de estar en el mundo: siendo para Jesús y para los hermanos, comportándose como verdaderos hijos. Ninguna forma de evasión del mundo puede justificarse con las palabras de Jesús.

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