jueves, 3 de mayo de 2018

Jesús levantado en lo alto (Jn 3,13-17)

P. Carlos Cardó SJ
La serpiente de metal, óleo sobre lienzo de Antonio Van Dick (1618-1620), Museo del Prado, Madrid
Dijo Jesús: Sin embargo, nadie ha subido al Cielo sino sólo el que ha bajado del Cielo, el Hijo del Hombre. Recuerden la serpiente que Moisés hizo levantar en el desierto: así también tiene que ser levantado el Hijo del Hombre, y entonces todo el que crea en él tendrá por él vida eterna. ¡Así amó Dios al mundo! Le dio al Hijo Único, para que quien cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no envió al Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que se salve el mundo gracias a él.
Todos queremos que nuestra vida esté segura, libre de sufrimientos, y que tenga un final feliz, no una muerte funesta y sin sentido, que dé al suelo con nuestras esperanzas. Pero ¿quién nos puede asegurar eso? ¿Quién nos garantiza que la vida no se pierde sin más en un final nefasto e inesperado?
Los israelitas se plantearon estas preguntas fundamentales cuando, en el desierto, se vieron atacados por serpientes que los mordían. Y murió mucha gente de Israel  (Num 21, 4). Entonces Moisés levantó una serpiente de bronce en lo alto de un mástil y quienes la miraban quedaban libres del veneno y vivían. Haciendo una comparación, Jesús dice: Así tiene que ser levantado el Hijo del  hombre (Jn 3,14). Pero hay una enorme distancia entre la salud que obtenían los israelitas con la serpiente de bronce y la vida eterna que trae Jesús levantado en la cruz.
Así fueron los hechos. Los judíos, que en un primero momento había seguido a Jesús, después lo rechazaron por influjo de sus autoridades religiosas. No aceptaron su mensaje, no se convirtieron y opusieron contra Él una hostilidad cada vez mayor, que adquirió el carácter de una verdadera confabulación para darle muerte.
Vieron en Él una amenaza a la fe, un “blasfemo” que se hacía pasar por Dios y se oponía al culto y a la moral judía: al sábado, al templo, la doctrina sobre lo puro e impuro. Jesús tuvo conciencia de lo que se tramaba contra Él y que podía seguir la suerte de  los profetas.
Y así fue. Lo condenaron y le dieron muerte en una cruz. Para una mirada exterior, allí no hubo más que la muerte de un pobre judío fracasado, sin importancia alguna para la historia, pues millones de muertes como la suya se han sucedido en la historia. Pero el evangelio nos hace mirar en profundidad: el Crucificado no es un pobre judío fracasado que muere en un horrendo patíbulo. Detrás de Él está Dios mismo.
La pasión y muerte de Jesús ponen de manifiesto la relación que hay entre Jesús y Dios. Es Dios quien lo ha enviado y entregado por amor a la humanidad. El sentido de la muerte de Jesús en la cruz es que Dios “entrega” al Hijo del hombre en manos de los pecadores (Mc 14,41; 10,33.45), y Jesús por su parte, hace suya la voluntad de su Padre y da libremente su vida, revelando así hasta dónde llega el amor de Dios al mundo y hasta dónde llega su propio amor por nosotros.
Según la idea de Dios que se tenía, conforme a muchos escritos del AT, podía esperarse un castigo de Dios a ese pueblo por dar muerte al inocente (Mt 21, 23-46). Pero el Dios de Jesús es un Dios de infinita misericordia. Israel, su pueblo lo rechaza, pero el amor de Dios no cambia, sigue ofreciendo misericordia y perdón, en virtud de la sangre de su Hijo.
Así, pues, frente a la idea de un Dios que castiga, el cristiano sabe que Dios “entrega” a su Hijo como expresión suprema de su amor: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16). San Pablo dirá: ¡Me amó y se entregó a la muerte por mí! (Gal 2,20). Éramos incapaces de salvarnos, pero Cristo murió por los pecadores en el tiempo señalado. Es difícil dar la vida por un hombre de bien; aunque por una persona buena quizá alguien esté dispuesto a morir. Pues bien, Dios nos ha mostrado su amor ya que cuando éramos pecadores Cristo murió por nosotros (Rom 5,6-8)
Por eso los cristianos veneramos la Cruz, porque ella nos hace ver que Dios quiere salvar a todos, sin excluir a nadie. Ya nadie, por abandonado y perdido que se sienta, morirá solo en esta tierra. Si sus ojos se fijan en la cruz del Señor, Dios llenará desde dentro su angustia y desesperanza, su soledad y abandono, con su presencia amorosa que comparte el sufrimiento y certifica su esperanza de una vida nueva. 

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