jueves, 10 de mayo de 2018

Dentro de poco ya no me verán (Jn 16, 16-20)

P. Carlos Cardó SJ
Cautiverio de Babilonia, acuarela de James Tissot (1896), Museo Judío, Nueva York
Jesús dijo a sus discípulos: «Dentro de poco, ya no me verán, y poco después, me volverán a ver». Entonces algunos de sus discípulos comentaban entre sí: «¿Qué significa esto que nos dice: 'Dentro de poco ya no me verán, y poco después, me volverán a ver'?. ¿Y que significa: 'Yo me voy al Padre'? ». Decían: «¿Qué es este poco de tiempo? No entendemos lo que quiere decir». Jesús se dio cuenta de que deseaban interrogarlo y les dijo: «Ustedes se preguntan entre sí qué significan mis palabras: 'Dentro de poco, ya no me verán, y poco después, me volverán a ver'.  Les aseguro que ustedes van a llorar y se van a lamentar; el mundo, en cambio, se alegrará. Ustedes estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo.»
Jesús anuncia su próxima partida al Padre y el efecto que ella va a tener en la existencia de los discípulos: primero un estado de tristeza porque ya no estará con ellos, a pesar de haberles dicho: No los dejaré huérfanos (14, 18); después una transformación interior, porque la tristeza se les tornará alegría al comprobar la presencia nueva del mismo Jesús entre ellos. Esto lo dice con unas palabras que ellos no entienden: Dentro de poco ya no me verán; pero dentro de otro poco me volverán a ver.
Jesús les hace ver que la tristeza que tendrán y que les llevará a “llorar” y “lamentarse”, es decir, a hacer duelo, será provocada por su muerte en la cruz. El mundo, en cambio, se alegrará porque creerá haber triunfado en el juicio contra Él y haber conseguido destruirlo. Será el tiempo del escándalo que los sumirá en la oscuridad.
Pero la situación se invertirá y la tristeza de los discípulos se convertirá en alegría cuando, leyendo los acontecimientos del Viernes, a la luz de la fe y de la Escritura, vivan la experiencia de la resurrección que les hará gozar de la presencia victoriosa y continua del Señor con ellos y en ellos. Lo verán en la mañana de la Pascua, después de dos días de angustia. Lo verán y entenderán su cruz como el instrumento de su glorificación.
El primer tiempo es el tiempo del escándalo, de la falta de fe y de esperanza. El segundo, es el tiempo del encuentro personal con el gran Viviente, que les dará su paz como signo característico de su presencia entre ellos y se llenarán de una alegría que nadie les podrá quitar.
Esta alternancia se repite en la historia y en la vida personal: el continuo paso de muerte a vida, de pecado a conversión, de desolación a consolación. Ya los antiguos profetas, en las épocas de las mayores crisis de Israel, vieron que la obra liberadora de Dios iba a consistir en el paso del dolor del pueblo al gozo perpetuo: Llegarán a Sion entre gritos de júbilo; una alegría eterna iluminará su rostro, gozo y alegría los acompañarán, la tristeza y el llanto se alejarán (Is 35, 10; 51,11).
La vuelta del exilio en Babilonia será a la vez la prueba del poder liberador de Dios y el anuncio de la llegada a la meta final de la historia. Las palabras de Jesús sobre el cambio de la tristeza en gozo, anuncian la realización plena de la esperanza de Israel y el establecimiento final de la vida eternamente feliz, porque Él franqueará las puertas de la muerte y abrirá para siempre las puertas de su reino.
En nuestra vida personal tenemos que comprender también el sentido de las crisis y sufrimientos. En efecto, la esperanza cristiana es lo que nos mantiene firmes en medio de las tribulaciones, contradicciones y dolores inherentes a la existencia humana, y las que pueden venirnos como consecuencia de nuestro compromiso cristiano. Entonces, como a Pablo en su vida cargada de padecimientos, se nos concederá poder decir: Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo Padre misericordia y Dios de todo consuelo. Él es quien nos conforta en todos nuestros sufrimientos, para que también nosotros podamos confortar a todos los que sufren  con el consuelo que recibimos de Dios (2 Cor 1, 3-7). 
Conocer a Jesús y el poder de su resurrección implica participar de sus sufrimientos y de su muerte, con la esperanza de alcanzar la resurrección (Fil 3, 10-11). El cristiano resuelve así el carácter inexorable de la muerte, con la certeza de la fe en que Dios, por su Hijo resucitado, hará triunfar la vida: Destruirá la muerte para siempre y secará las lágrimas de todos los rostros (Is 25, 10).

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