viernes, 20 de abril de 2018

Yo soy el pan vivo bajado del cielo (Jn 6, 52-59)

P. Carlos Cardó SJ
La comunión de los apóstoles, óleo sobre lienzo de Luca Signorelli (1512), Museo Diocesano de Cortona, Italia
Los judíos discutían entre sí, diciendo: "¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?".  Jesús les respondió: "Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente". Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaún.
Los judíos no entienden. Llamarse Jesús “pan del cielo” les parece una blasfemia: se hace Dios. Decir que quien lo come tiene vida eterna les resulta inadmisible porque se pone así por encima de la Ley, del templo, del sábado, es decir de aquello que, según la fe judía, les obtiene la salvación. Además, eso de comer les resulta demasiado chocante y lo de beber sangre va directamente en contra de lo establecido en el libro del Levítico (Lev 17, 10-12).
Pero Jesús refuerza su afirmación: Yo les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes. Con estas expresiones, sin duda duras, crudas, incluso chocantes, Jesús afirma que la fe verdadera consiste en alimentarse de su persona, nutrirse de sus actitudes y de su modo de vivir. Eso es lo que da al ser humano la vida plena, que consiste en la participación de la vida-amor de Dios.
El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él. Lo propio del amor entre las personas es que las hace vivir en comunión. Es un recíproco permanecer en el otro, como vivir el uno en el otro, comprobando que uno ya no se entiende a sí mismo sino en su relación con la persona a la que ama. Ya no dos sino uno solo, como en el amor conyugal. Es lo que alcanza Pablo por la gracia de Dios en él: Ya no vivo yo, es Cristo que vive en mí (Gal 2,20).
La terminología eucarística de este discurso de Jesús es clara. La comunidad de los primeros cristianos que escribieron el evangelio tenían por cierto que lo que Jesús les mandó realizar en la Última Cena antes de padecer fue un memorial que actualizaba su muerte y su resurrección. Eran conscientes de que al celebrarla comían la carne y bebían la sangre del Hijo de Dios, hecho presente de manera real, activa y eficaz entre ellos. Proclamaban así su muerte y resurrección, y expresaban el anhelo profundo que orientaba sus vidas: Marana-tha! Ven, Señor Jesús.
San Juan en su evangelio, no trae el pasaje de la institución de la Eucaristía como lo hacen los otros evangelistas y Pablo, pero trae en cambio este discurso sobre el pan de vida y el pasaje del lavatorio de los pies de los discípulos, pasajes en los que está explicado el significado de la eucaristía en toda su profundidad. Por eso, no cabe duda que Jesús dio a este discurso, pronunciado después de la multiplicación de los panes, un  sentido eucarístico total. Y es que la fe exigida desemboca necesariamente en la eucaristía.
Los cristianos aceptamos por medio de la fe que en la eucaristía está el Señor con todo lo que Él es y todo lo que Éél hace por nosotros: su encarnación, su muerte y su resurrección. Las palabras que pronunció en su discurso sobre el pan de vida y en su Última Cena nos llevan a apreciar el don del amor del Hijo de Dios, que por nosotros se hizo hombre, se inmoló en la cruz y resucitó para que nosotros resucitemos con  Él.
Es importante redescubrir la conciencia que tenían los primeros cristianos de la unión tan peculiar que se establece con Cristo y en Cristo. Comulgamos con Cristo, con todo lo que Él es, su persona y su misión; y comulgamos en Cristo con todos los que Él ama, miembros de su cuerpo, a los que entrega su vida. Por eso, quien comulga con Jesús vive la inquietud por crear comunión, deseo supremo suyo.
El hacer comunidad se convierte en la piedra de toque de nuestra comunión con Cristo, con todas sus consecuencias prácticas en todos los órdenes de la vida humana, personal y social. Sacramento de unidad, la Eucaristía incita a las comunidades a superar las divisiones. Por eso pedimos: “Reúne en torno a Ti, Padre misericordioso, a todos tus hijos dispersos por el mundo”. 
Nos acercamos a comulgar y pronunciamos nuestro Amén a lo que significa el sacramento del Cuerpo del Señor, que el sacerdote nos muestra y entrega. Dicho “Amén”, proclama nuestra disposición a ser transformados en lo que recibimos. Nuestro “Amén” nos compromete a demostrar que somos Cuerpo de Cristo, que Él está en nosotros, y nosotros en Él. Nos compromete, en fin, a poner todo de nuestra parte para que lo más característico de su vida: el amor a los demás, sea creído como lo que salvará al mundo.

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