sábado, 17 de marzo de 2018

Nadie ha hablado jamás como él (Jn 7, 40-53)


P. Carlos Cardó SJ

Cristo y Nicodemo, óleo sobre tabla de Crijn Hendricksz Volmarijn (siglo XVII), subastado por Christies en 1962, actualmente en colección privada
Algunos de la multitud que lo habían oído, opinaban: "Este es verdaderamente el Profeta". Otros decían: "Este es el Mesías". Pero otros preguntaban: "¿Acaso el Mesías vendrá de Galilea? ¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá del linaje de David y de Belén, el pueblo de donde era David?".
Y por causa de él, se produjo una división entre la gente. Algunos querían detenerlo, pero nadie puso las manos sobre él. Los guardias fueron a ver a los sumos sacerdotes y a los fariseos, y estos les preguntaron: "¿Por qué no lo trajeron?".
Ellos respondieron: "Nadie habló jamás como este hombre". Los fariseos respondieron: "¿También ustedes se dejaron engañar? ¿Acaso alguno de los jefes o de los fariseos ha creído en él? En cambio, esa gente que no conoce la Ley está maldita". Nicodemo, uno de ellos, que había ido antes a ver a Jesús, les dijo: "¿Acaso nuestra Ley permite juzgar a un hombre sin escucharlo antes para saber lo que hizo?".
Le respondieron: "¿Tú también eres galileo? Examina las Escrituras y verás que de Galilea no surge ningún profeta". Y cada uno regresó a su casa.
Durante la Fiesta de Sucot o de las Cabañas, Jesús tiene una larga controversia con los judíos de Jerusalén sobre su origen e identidad. No podían negar que Jesús les hablaba con una autoridad y sabiduría muy superior a la de sus maestros y doctores del templo; pero, al mismo tiempo, les decepcionaba su realidad tan humana y su origen tan humilde.
Por esto, muchos al oírlo, pensaron que era un farsante porque sabían que era galileo y el Mesías tenía que ser de la familia de David y nacido en Belén de Judea. Otros se quedaron a medio camino y creyeron ver en él al Profeta que, según el libro del Deuteronomio (capítulo 18) vendría como otro Moisés para hablarles de Dios mejor que nadie. Y otros, en fin, se adhirieron a Jesús, reconociéndolo como el Cristo que vendría a dar cumplimiento a las promesas de Dios y establecer su Reino.
¿Un Mesías de Galilea? Desde el comienzo de su evangelio Juan pone esta cuestión como la dificultad que más sintieron los judíos para aceptar a Jesús. Uno de sus primeros discípulos, Natanael, se extrañó cuando su amigo Felipe le dijo que habían reconocido en Jesús de Nazaret a aquel de quien hablaron Moisés y los profetas, y exclamó: ¿De Nazaret puede salir algo bueno? (Jn 1,46).
Según la concepción de la época, el Mesías tenía que aparecer en majestad, vinculado a lo más glorioso de la historia de la nación: la monarquía davídica. Por esto, en torno a esta cuestión se produjeron los mayores enfrentamientos entre los judíos –sobre todo del partido de los fariseos– con los primeros cristianos. La pretensión de éstos de proponer a Jesús como el Salvador del mundo les parecía insensata: ¿cómo podía haber sido el Mesías un hombre de orígenes tan humildes?
En el fondo, lo que escandalizaba era la humanidad del Hijo de Dios. No aceptaron un salvador de nuestra propia carne. No aceptaron que precisamente por ser de nuestra carne, es salvación de toda carne. Al negarse a ver en el hombre concreto, Jesús de Nazaret, la encarnación de Dios, les fue imposible ver la salvación a través de lo humano.
Hoy también, al negarse a ver en la humanidad de Jesús el camino hacia su realización perfecta como personas, muchos niegan validez a los valores que su forma de ser hombre les exige. Prefieren una fe vacía, un cristianismo ideologizado, desencarnado,  falsamente espiritual, que no toca realmente la vida concreta de los humanos y la transforma.
Pero Dios ha querido revelarse en nuestra realidad y elevarla. Es en lo humano donde podemos tener acceso a Él. De otro modo, Jesucristo deja de ser mediador entre Dios y los hombres y Dios sigue siendo el gran desconocido, a quien nadie ha visto jamás, y cuyo mensaje no afecta para nada la vida de la gente y la situación del mundo.
Desde su infancia, la vida de Jesús, y sobre todo su muerte en cruz, es signo de contradicción (Lc 2, 34), piedra de escándalo con la que chocan las diversas maneras de entender a Dios y de relacionarse el hombre con Dios. Jesús no se impone; no tienen sentido la fe y el amor impuestos. Pero su palabra y el ejemplo de su vida mueven a una definición: o se está con Él o se está contra Él.
Él es la Palabra en la que Dios se nos dice. A cuantos la recibieron… les dio la capacidad de ser hijos de Dios (Jn 1, 12), es decir, de convertirse en lo que la Palabra es y participar de la vida divina como hijos en el Hijo. Esta Palabra habla en el corazón de todo ser humano, atrayéndolo al amor y a la justicia, todos pueden escucharla y responder a ella.

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