jueves, 11 de enero de 2018

El leproso curado (Mc 1, 40-45)

P. Carlos Cardó SJ
Curación del leproso, fresco del Maestro de Tahull (Siglo XII), Museo Nacional de Arte de Cataluña, Barcelona
Se acercó a Jesús un leproso para pedirle ayuda y, cayendo de rodillas, le dijo: "Si quieres, puedes purificarme". Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: "Lo quiero, queda purificado". En seguida la lepra desapareció y quedó purificado. Jesús lo despidió, advirtiéndole severamente: "No le digas nada a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio". Sin embargo, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo, divulgando lo sucedido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que debía quedarse afuera, en lugares desiertos. Y acudían a él de todas partes.
En los milagros de Jesús se muestra el poder de Dios que defiende y sana la vida, reordena el mundo y hace presente su reino. En este sentido, la curación de un leproso era especialmente significativa porque para los judíos era comparable a la resurrección un muerto. Según la ley (Lev 13-14), los leprosos eran personas impuras que volvían impuro a quien los tocaba, igual que cuando se tocaba un cadáver. Inhabilitados para la vida social, tenían que vivir en despoblado y gritar: “¡Impuro, impuro!”, a la distancia, para que la gente no se les acercase.
Uno de estos enfermos se acercó a Jesús y le suplicó de rodillas: Si quieres, puedes limpiarme. Y Jesús sintió compasión. Es la palabra clave que hace comprender la misión de Jesús. Él no sólo siente el dolor de aquel hombre, dañado en su cuerpo y herido en su dignidad, sino que reacciona de inmediato para llevar a la práctica su misión de salvar lo que está perdido. Y esta misión es tan sagrada para Él, que –en éste y en otros casos de dolor y desesperanza–  Jesús no se detendrá, ni aunque tenga que dejar de lado algunas normas: extendió la mano, lo tocó y le dijo: Quiero, queda limpio.
Y aquel que según la ley era un inmundo, excluido de la convivencia social por un sistema religioso marginador, queda libre de su impureza, su carne se regenera, recobra la dignidad perdida y se vuelve apto para ir a presentarse a los sacerdotes y pagar la ofrenda que mandó Moisés “para que les sirva de testimonio”.
Esta acción servirá, por tanto, para que se le declare curado y “para que les conste” (como traducen algunos), que una institución religiosa discriminadora no acerca al Dios verdadero. No se puede marginar a nadie en nombre de Dios; ese Dios no es el Padre de nuestro Señor Jesucristo que ofrece a todos su amor y nos hace vivir unidos como hermanos.
Los sacerdotes eran los custodios de la ley mosaica; eso les hacía sentirse con el poder de dictaminar lo que era lícito o ilícito y juzgar quién era puro o impuro, justo o pecador. Jesús es tajante en su enseñanza: No juzguen para que Dios no los juzgue (Mt 7,1). Todos son iguales o, en todo caso, todos son pecadores necesitados de perdón.
No se lo digas a nadie, ordenó Jesús al leproso curado, pero éste no podía quedarse callado después de haber experimentado una prueba tan grande de la misericordia divina. Y en vez de guardar silencio, se puso a divulgar por todas partes lo sucedido; se convirtió en un anunciador de la obra salvadora de Jesús.
Toda la existencia de Jesús está determinada por el ser divino que es amor y misericordia. En contacto con Él, los que se sienten perdidos ven que se les abre una nuevo porvenir, los que se sienten en las últimas ven que vuelven a la vida, los que han perdido su dignidad se revisten de honor, los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia (Lc 7,22). 
Solemos pensar que nuestro deber fundamental es buscar a Dios. Y es verdad, sin duda. Pero el evangelio nos hace ver que, en Jesús, Dios sale al encuentro de todos, aunque uno sea un hijo pródigo alejado de casa, o no vea posible su recuperación como el leproso, el publicano o la pecadora pública. Este amor preferencial de Jesús por los excluidos debe reflejarse en nuestro comportamiento para con todos aquellos frente a los cuales la sociedad de hoy puede ser tan cruel como lo era la sociedad judía en tiempos de Jesús con los leprosos. 

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