miércoles, 22 de noviembre de 2017

La parábola de las onzas de oro (Lc 19, 11-27)

P. Carlos Cardó SJ
Parábola de los talentos, grabado, tinta sobre papel de William Unger (1874), Museo de Arte de Indianápolis, Estados Unidos
Cuando Jesús estaba ya cerca de Jerusalén, dijo esta parábola, pues los que lo escuchaban creían que el Reino de Dios iba a manifestarse de un momento a otro. «Un hombre de una familia noble se fue a un país lejano para ser nombrado rey y volver después. Llamó a diez de sus servidores, les entregó una moneda de oro a cada uno y les dijo: "Comercien con ese dinero hasta que vuelva".
Pero sus compatriotas lo odiaban y mandaron detrás de él una delegación para que dijera: "No queremos que éste sea nuestro rey". Cuando volvió, con su investidura de rey mandó llamar a aquellos servidores a quienes les había entregado el dinero, para ver cuánto había ganado cada uno.
Se presentó el primero y dijo: "Señor, tu moneda ha producido diez más". Le contestó: "Está bien, servidor bueno; ya que fuiste fiel en cosas muy pequeñas, ahora te confío el gobierno de diez ciudades". Vino el segundo y le dijo: "Señor, tu moneda ha producido otras cinco más". El rey le contestó: "Tú también gobernarás cinco ciudades". Llegó el tercero y dijo: "Señor, aquí tienes tu moneda. La he guardado envuelta en un pañuelo porque tuve miedo de ti. Yo sabía que eres un hombre muy exigente: reclamas lo que no has depositado y cosechas lo que no has sembrado".
Le contestó el rey: "Por tus propias palabras te juzgo, servidor inútil. Si tú sabías que soy un hombre exigente, que reclamo lo que no he depositado y cosecho lo que no he sembrado, ¿por qué no pusiste mi dinero en el banco? Así a mi regreso lo habría cobrado con los intereses". Y dijo el rey a los presentes: "Quítenle la moneda y dénsela al que tiene diez". "Pero, señor, le contestaron, ya tiene diez monedas".
Yo les digo que a todo el que produce se le dará más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. En cuanto a esos enemigos míos que no me quisieron por rey, tráiganlos aquí y mátenlos en mi presencia"». Dicho esto, Jesús pasó adelante y emprendió la subida hacia Jerusalén.
Puesta después del pasaje de Zaqueo, la parábola es como un comentario al tema de la recta administración de los bienes dados por Dios. Asimismo, la alusión al rey que ha de venir a pedir cuentas, mantiene el tema de la vigilancia y responsabilidad que se requiere para producir fruto según los dones recibidos de Dios.
El señor que reparte las onzas de oro y se va a un país lejano no es sólo un hombre noble sino el heredero del trono real, y lo va a conseguir a pesar de que haya quienes no lo quieren por rey. Jesucristo, antes de alcanzar toda su gloria de Mesías, dejará de estar visiblemente en el mundo, pero volverá con poder y majestad (Lc 21, 27), no sabemos cuándo. Mientras tanto se abre para nosotros una época de espera, fidelidad y vigilancia.
La parábola tiene mucho parecido con la de los talentos de Mt 25, 14-30. Aquí, lo que el señor reparte a cada empleado es una onza de oro, que se traduce también como mina, y es una suma pequeña equivalente a 1/60 de talento. Lo importante es que el señor tiene con ellos este gesto de confianza, al que ellos deben responder con lealtad y laboriosidad en su administración, de modo que la cantidad recibida se incremente.
Todos hemos recibido tal misión. En la lógica del evangelio, todo es don recibido y todo ha de ser puesto al servicio de Dios y de los prójimos. Obrando así, uno actúa como Jesús, lo tendrá de su parte cuando vuelva y obtendrá de Él vida eterna. En esto consiste lo central de la parábola.
¿Quién es ese empleado que recibió la onza de oro y la tuvo guardada en un pañuelo sin hacerla producir? Representa a todo aquel que sabe el bien que hay que hacer y no lo hace. Su culpa consiste en no haber negociado con el dinero que se le confió y haberse limitado únicamente a procurar no perderlo. Es evidente que este empleado podía haber obrado con obediencia y responsabilidad como los dos primeros, pero obró con desobediencia e indolencia, por el juicio erróneo que se había formado sobre el carácter de su señor.
El tono grosero con que le habla y le devuelve la onza de oro es una prueba de su mala conciencia. Por esto recibe del señor el calificativo de “malo”, no sólo de “negligente” (cf. Mt 25,26), porque se ha comportado como rebelde y desobediente. La falsa idea que tenía del señor le impidió dar de sí con generosidad y gratitud. Se mueve como Adán, que se esconde de un Dios malo y se aleja hasta acabar en la muerte. En cambio, quien responde con generosidad a tanto bien recibido, se hace capaz de recibir más y de dar más. Experimenta lo que enseñó Jesús: Den, y se les dará; una buena medida, apretada, remecida y rebosante, vaciarán en su regazo. Porque con la medida con que midan, se los medirá (Lc 6. 38).
El final de la parábola sorprende. El señor entrega como recompensa al primer empleado la onza que el tercero no había sido capaz de negociar. Los allí presentes juzgan arbitraria esta decisión y argumentan diciendo que ese empleado ya tiene diez onzas, pero la respuesta que reciben del señor señala que él actúa con absoluta soberanía y la benevolencia con que juzga y recompensa supera totalmente el modo humano de pensar.
El señor ha sido extraordinariamente generoso con sus empleados, y a la hora de ajustar cuentas con ellos no sólo los recompensará por su trabajo, sino que lo hará de un modo que supera todas las expectativas y todos los cánones de merecimiento.
La parábola es una invitación a examinar la idea que tenemos de Dios, pues de ella depende en gran medida la actitud con que servimos y el uso que damos a los bienes recibidos. Una relación con Dios contable, mercantil, no libre, no de hijo, sino de rival, lleva a la persona a actuar por pura obligación o por interés, de mala gana o procurando únicamente acumular méritos.
No fue así la actitud de los dos primeros empleados, que modestamente se limitaron a mostrar al señor lo que habían conseguido con la administración responsable de lo que se les había confiado y fueron por ello recompensados magníficamente. Cada uno en el servicio a Dios y a los demás ha de hacer entrega de lo que ha recibido y ha de hacerlo por amor, gratuita y desinteresadamente. Según el evangelio no se realiza quien tiene, sino quien da de sí. Y lo que cuenta no es la cantidad sino la actitud con que uno pone en el servicio lo que tiene, consciente de que todo lo ha recibido.

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