viernes, 22 de septiembre de 2017

Las mujeres que acompañaban a Jesús (Lc 8, 1-3)

P. Carlos Cardó SJ
Las mujeres en el sepulcro, óleo sobre lienzo de Peter Paul Rubens (1611-1614), Museo Norton Simon, Pasadena, Estados Unidos.
En aquel tiempo, Jesús comenzó a recorrer ciudades y poblados predicando la buena nueva del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que habían sido libradas de espíritus malignos y curadas de varias enfermedades. Entre ellas iban María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, el administrador de Herodes; Susana y otras muchas, que los ayudaban con sus propios bienes.
Es un sumario de la actividad pública de Jesús que será también la de sus discípulos. Contiene elementos típicos del modo de proceder de Jesús.
Se pueden ver tres partes en el texto: 1) la vida itinerante de Jesús, como modelo para la vida de la Iglesia; 2) la asociación de los Doce a la vida y actividad de Jesús, 3) las mujeres que siguen a Jesús y el papel que desempeñan en la comunidad.
1) Jesús era un predicador itinerante, no tenía casa propia, recorría las ciudades y aldeas de Palestina, procurando reunir a “las ovejas dispersas de la casa de Israel”. Quería formar el nuevo pueblo de Dios, llevar a todos la Palabra de la salvación que Dios, por su medio, les transmitía, sin excluir a nadie. El tema central de su predicación era el anuncio de la irrupción del reino de Dios y las condiciones para entrar en él.
2) Los Doce apóstoles forman el primer núcleo de personas que Jesús asocia a su labor misionera. En convivencia con Él, ellos aprenden su modo de ser y de actuar, comparten su vida. Con ellos forma la Iglesia, que habrá de ser también apostólica, misionera, movida por el mismo amor que la impulse a ir a todas partes y anunciar la buena noticia del reino de Dios. El estar con Él, en comunión de vida, trabajo, alegrías y sufrimientos, es lo que más identifica al apóstol. Hay un evidente aspecto personal de amor y de vinculación estrecha con el Maestro en la vocación a la que son llamados. Ellos estuvieron con él en todo momento, compartieron su vida, fueron los testigos presenciales de lo que dijo y realizó durante su vida pública hasta su muerte. Ellos representan al discípulo de todos los tiempos. Como ellos, también nosotros estamos llamados a estar con Él, a mantener el interés por conocerlo cada vez más internamente para más amarlo y seguirlo.
3) Las mujeres que siguen a Jesús. En la cultura y religión judía de aquel tiempo todo era para hombres; las mujeres estaban al nivel de los niños, no contaban. Jesús derriba todos los muros de separación entre los seres humanos: en su comunidad ya no hay distinción entre judío o gentil, esclavo o libre, hombre o mujer, porque todos son uno en Cristo Jesús (Gal 3, 28). Otras diferencias naturales o culturales resultan secundarias frente a esta igualdad: todos sin distinción estamos llamados a estar con el Señor. Lo importante es estar con Él.
Las mujeres cumplían una serie de funciones en la primitiva comunidad, desde tiempos de Jesús, como puede verse en las cartas de Pablo y en Hechos de los Apóstoles (Rom 16, Hech 1; 12; 16; 17), y todas sus funciones eran de servicio. Con su actitud personificaban en la comunidad el amor maternal, que hace posible la vida del otro dando de sí.
Lucas subraya que eran mujeres que habían experimentado el perdón y habían sido liberadas por Jesús de muchos males. Por eso manifestaban el amor que brota como respuesta a quien las ha amado primero, mostraban mucho amor porque mucho se les había perdonado (Lc 7, 47). Era, pues, auténticas discípulas, modelos del seguimiento de Jesús.
Ellas se mantendrán firmes junto a Él en la pasión, mientras los demás discípulos dejándolo solo lo abandonen. Estarán con María junto a la cruz, llevarán a enterrar el cuerpo del Señor, volverán de madrugada a la tumba para embalsamarlo y serán las primeras testigos de la resurrección. Después las veremos en compañía de María y de los apóstoles en la espera orante de Pentecostés.
Con los doce y con María, la madre de Jesús, muchas otras mujeres (según Lucas), constituyeron la primera comunidad cristiana, la primera Iglesia, que será modelo y referente obligado para la comunidad eclesial en todos los tiempos. Ellas supieron ser dóciles a su fe hasta dejarse transformar completamente por el Espíritu Santo. 
Como ellas, muchísimas otras mujeres santas de la Sagrada Escritura, de la historia antigua y de la actualidad nos sirven de modelo. Con sus vidas, su fidelidad –llevada muchas veces hasta lo heroico–, su sabiduría y su testimonio profético fortalecen a la familia humana y a la Iglesia. 

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