martes, 19 de septiembre de 2017

El hijo de la viuda de Naím (Lc 7, 11-17)

P. Carlos Cardó, SJ
 
Jesús resucita al hijo de la viuda de Naím, óleo sobre lienzo de Pierre Bouillon (1817 aprox.),  Museo de Tessé, Le Mans, Francia
En aquel tiempo, se dirigía Jesús a una población llamada Naím, acompañado de sus discípulos y de mucha gente. Al llegar a la entrada de la población, se encontró con que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de una viuda, a la que acompañaba una gran muchedumbre.Cuando el Señor la vio, se compadeció de ella y le dijo: "No llores". Acercándose al ataúd, lo tocó, y los que lo llevaban se detuvieron. Entonces Jesús dijo: "Joven, yo te lo mando: Levántate". Inmediatamente el que había muerto se levantó y comenzó a hablar. Jesús se lo entregó a su madre.Al ver esto, todos se llenaron de temor y comenzaron a glorificar a Dios, diciendo: "Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo".La noticia de este hecho se divulgó por toda Judea y por las regiones circunvecinas.
Se puede decir que este relato de Lucas destaca más la misericordia que el poder mismo de Jesús de hacer retornar a la vida a un joven. Nos presenta a Jesús como el portador de la misericordia de Dios para su pueblo, portador de vida y auxilio del afligido.
Nahím en hebreo significa vergel, jardín hermoso. Pero lo que ve Jesús al entrar en ese pueblo no es un jardín de delicias sino de desdicha. Lo que encuentra no es vida, sino muerte, un cortejo fúnebre.
En medio del sepelio se destaca la protagonista del relato, una viuda. En la sociedad judía de entonces, la seguridad de la mujer era el varón; sin él, quedaba indefensa y desvalida. La mujer del relato no tiene ni siquiera al hijo que la sostenga. En la Biblia la viuda, junto con los niños y los extranjeros, son los preferidos de Dios, que los cuida y defiende (cf. Sal 68, 5; Dt 10, 18). Por eso, la religión agradable a Dios consiste en hacer el bien, buscar el derecho, proteger al oprimido, socorrer al huérfano y defender a la viuda (Is 1, 17).
Conviene observar que es la primera vez que el evangelio de Lucas designa a Jesús con el título de Señor, Kyrios, que encierra una confesión de fe. Jesús, el Kyrios, es quien restituye a los hijos a la vida. El título de Señor, Adonai, que los hebreos atribuían a Dios, destacaba la idea de poder y dominio soberano, equivalía a señor, amo, gobernante. Jesús, en cambio, es Señor porque es un Dios que se conmueve, un Dios, con corazón.
Conmovido, pues, por la situación de la mujer, Jesús la ve y le dice: No llores más. Él sabe que es natural que llore, pues no hay mayor dolor que el de un padre o una madre que deben enterrar al hijo. Todo el dolor y llanto que a todos causa una muerte así, abruman a esta mujer. Y Jesús lo ve y lo siente en sus entrañas.
Siempre se mostró sensible ante el dolor de los demás, como cuando se conmovió ante la multitud hambrienta y como llorará ante la tumba de su amigo muerto o al prever la tragedia de Jerusalén, la santa ciudad. El llanto cubre como un velo la desesperanza por lo irremediable. Entonces, el llanto pugna por expresar lo que las palabras ya no pueden. De esa desesperanza, del llanto amargo y fatalista Jesús quiere librarnos. No quiere,  como dice San Pablo, que los creyentes no se aflijan como los que no tienen esperanza (1 Tes 4, 13). La fe en Cristo infunde esperanza en la victoria suprema sobre la muerte.
Dice a continuación el relato que Jesús se acercó y tocó el ataúd. Dios en su Hijo se ha aproximado hasta el fondo de nuestra miseria, ha tocado nuestro dolor y nuestro destino de muerte. Tocando el leño de la cruz vencerá definitivamente a la muerte.
Muchacho, a ti te lo digo, levántate, le ordena Jesús. Le dirige la palabra creadora que de la muerte suscita vida. En ella está todo su poder salvador, que nos lleva a decir: Yo espero en el Señor con toda mi alma y confío en su palabra (Sal 130,5).
Dice el relato que el joven revivido, simplemente se incorporó  –pálido reflejo del Cristo que sale victorioso de la tumba– y se puso a hablar. El hablar, el poder de comunicarse, es una característica del ser humano. Sólo la persona humana tiene la capacidad de comunicarse mediante la palabra y por eso es imagen y semejanza de Dios que, por ser amor, es esencialmente relación, comunicación.
El pecado rompe en el ser humano la imagen de Dios y encierra al sujeto en sí mismo. El joven del relato padecía la muerte, que en la Biblia es consecuencia del pecado de la humanidad. La liberación que Cristo le aporta se simboliza en el devolverle la capacidad de relacionarse mediante la palabra.
El asombro cunde entre la gente. Interpretan el signo no sólo como un favor a la viuda y a su hijo, sino para todo el pueblo. Ven en Jesús la presencia del poder de Dios que ha visitado a su pueblo. Y la noticia se propagó, la buena noticia de que la muerte ha sido vencida.
Este evangelio nos toca en nuestras tristezas, miedos y desesperanzas. Para todo el que llora, para todo el que muere, Jesús es el Kyrios Vencedor.

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