martes, 22 de agosto de 2017

El uso de los bienes (Mt 19, 23-30)

P. Carlos Cardó, SJ
El cambista y su mujer, óleo sobre tabla de Marinus Van Reymerswaele (1539), Museo de El Prado, Madrid, España
En aquel tiempo Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos. Os lo repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de los Cielos.»Al oír esto, los discípulos, llenos de asombro, decían: «Entonces, ¿quién se podrá salvar?». Jesús, mirándolos fijamente, dijo: «Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible». Entonces Pedro, tomando la palabra, le dijo: «Señor, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué recibiremos, pues?». Jesús les dijo: «Yo os aseguro que vosotros que me habéis seguido, que en la vida nueva, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, ustedes, los que me han seguido, se sentarán también en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo aquel que por mí haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre o madre, o esposa o hijos, o propiedades, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna. Y muchos primeros serán últimos y muchos últimos, primeros».
Este texto es la continuación del pasaje del joven rico. Expone, en forma de diálogo de Jesús con sus discípulos, su enseñanza sobre la relación con los bienes materiales. Como el caso del matrimonio indisoluble, la práctica de esta doctrina no va a ser fácil. Por eso el texto busca motivar a los cristianos para que acepten la enseñanza de Jesús, valorando lo que con ella se obtiene.
No se interpretan bien sus palabras si se las ve como una exhortación a privarse de bienes como si la renuncia fuera un bien en sí misma. Motivaciones puramente ascéticas y voluntaristas de la pobreza evangélica amargan y estrechan muchas veces el corazón de la personas, haciéndolas caer en mezquindades. Se trata de valorar lo positivo de la enseñanza de Jesús sobre el uso de los bienes y verla a la luz de su persona, que pasó haciendo el bien, nos enseñó que hay más felicidad en dar que en recibir (Hech 20,35) y habló del tesoro escondido y de la perla, cuyo hallazgo produce tal alegría que uno se mueve a venderlo todo para adquirirlo.
El joven rico no se animó a seguir a Jesús. La riqueza le tenía agarrado el corazón; no entendió cómo Dios podía ser su tesoro y cómo podía él situarse ante sus bienes con libertad para repartirlos y seguir a Jesús. El desenlace fue que se fue muy triste porque tenía muchos bienes. Pero Jesús no entra en componendas y dice a sus discípulos: ¡Yo les aseguro: Es difícil que un rico entre en el reino de los cielos!
Como en el caso del matrimonio indisoluble (Mt 19, 10), también aquí los discípulos se espantaron: ¡Quién podrá salvarse!, protestaron. Al igual que la mayoría de la gente piensan que la riqueza no tiene por qué ser un obstáculo para la salvación. Pero están engañados y Jesús quiere hacerles ver que cuando el corazón está lleno de egoísmo, el hombre usa mal los bienes que posee y los convierte en males.
Los bienes de este mundo son bendición y vida si se comparten, pero se tornan maldición y muerte si se acumulan para el propio confort. Lo que se retiene con ambición, divide; lo que se comparte, une. El apego egoísta a la riqueza lleva a ignorar las necesidades del prójimo y a cometer injusticias.
En cambio, emplear el dinero para llevar una vida digna y contribuir al desarrollo, generando fuentes de trabajo, compartiendo las ganancias con equidad y ayudando a resolver el problema de la pobreza, eso significa no darle al dinero el valor de un dios, sino usarlo según el plan del Creador en favor de la vida y tener en cuenta la soberanía de Dios sobre todas las cosas.
La enseñanza que da Jesús a los discípulos, se refuerza solemnemente con su frase complementaria: ¡Qué difícil es entrar en el reino de Dios!  Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.
No tiene ningún sentido discutir si se refiere al ojo de una aguja de coser o a la “aguja” o chapitel que se usaba como remate de torres y arcos. Lo que está claro es que con esa frase Jesús declara la imposibilidad absoluta de que una persona apegada a la riqueza pueda alcanzar la meta de la vida eterna; y la razón es que el dinero tiene un extraordinario poder de cautivar el corazón del hombre hasta convertirse en un ídolo que suplanta a Dios y al prójimo.
El apego al dinero es una idolatría, que atrae y lleva a los hombres a adorarlo como el bien supremo, ya sean cristianos, judíos, musulmanes o ateos, en todas partes del mundo. Por eso Jesús emplea este lenguaje gráfico y tajante: porque quiere hacer comprender que sólo teniendo a Dios como lo más importante en la vida y rechazando a los ídolos, entre los que la riqueza se encuentra en primer lugar, se puede acoger con gozo la salvación del Reino.
Sólo la gracia es capaz de lograr que el rico rompa con la riqueza, se haga discípulo de Jesús y se salve. La liberación interior frente a todas las cosas es acción de Dios por excelencia. Se produce en el encuentro con Jesús que revela dónde está puesto el corazón. Donde está tu tesoro, allí está tu corazón.
El evangelio nos abre los ojos a lo que ocurrió entre los primeros cristianos y sigue ocurriendo hoy: las personas se corrompen cuando entre ellas y Dios, entre ellas y el prójimo, entre ellas y el bien del país, está de por medio el dinero. Por eso, hay que recordar que el mismo Señor que nos da todos los bienes que poseemos, materiales, espirituales, intelectuales y morales, nos da también la capacidad de usarlos con libertad responsable para servirlo a Él y a los hermanos. 

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