miércoles, 3 de mayo de 2017

Levantado a lo alto atraeré a todos hacia mí (Jn 12, 31-36)

P. Carlos Cardó, SJ
Lo que Cristo vio desde la cruz, acuarela de James Tissot (1886-94), Museo de Arte de Brooklyn, Nueva York
En aquel tiempo dijo Jesús: «Ahora es el juicio de este mundo, ahora el que gobierna este mundo va a ser echado fuera, y yo, cuando haya sido levantado de la tierra, atraeré a todos a mí.» Con estas palabras Jesús daba a entender de qué modo iba a morir. La gente le replicó: «Escuchamos la Ley y sabemos que el Mesías permanece para siempre. ¿Cómo dices tú que el Hijo del Hombre va a ser levantado? ¿Quién es ese Hijo del Hombre?». Jesús les contestó: «Todavía por un poco más de tiempo estará la luz con ustedes. Caminen mientras tienen luz, no sea que les sorprenda la oscuridad. El que camina en la oscuridad no sabe adónde va. Mientras tengan la luz, crean en la luz y serán hijos de la luz.» Así habló Jesús; después se fue y ya no se dejó ver más.
Cercana ya su muerte, Jesús se ha sentido turbado en su interior, pero se ha ratificado en su voluntad de aceptar esa hora, la hora de su paso (pascua) de este mundo al Padre que lo ha enviado. Entonces, dice Juan, se oyó una voz venida del cielo: Lo he glorificado y lo volveré a glorificar (Jn 12, 27-28).
Se enuncia el significado de la hora: consistirá en el juicio de este mundo, con la derrota del príncipe de este mundo, y culminará en la «elevación» de Jesús en la cruz. Se nos invita, pues, a penetrar en el significado salvador y universal de la cruz: Jesucristo vence al jefe de este mundo que esclaviza con la mentira. Elevado por la fuerza del amor de Dios al mundo y por su propio amor, atrae consigo a todos los que ponen en Él su confianza y se dejan guiar por Él como la luz.
Ya Jesús había enunciado en qué consiste el juicio (crisis) del mundo que lo rechaza: consiste en que la luz vino al mundo pero los hombres prefirieron la oscuridad a la luz, porque su conducta era mala. Así, pues, el juicio en el evangelio de Juan no coincide exactamente con la idea del juicio final, entendido como una discriminación entre los muertos buenos y malos. En el cuarto evangelio el «juicio» es siempre actual, porque es el resultado del rechazo de la luz que llevaría al ser humano a vivir eternamente con  Dios.
Al mismo tiempo, el triunfo de Cristo trae consigo la derrota absoluta del príncipe de este mundo. Éste ya no tiene ningún poder sobre los que han puesto su confianza en Jesús. Es verdad que el misterio del mal todavía ha de desplegar su fuerza engañosa y homicida, y que va a tener su hora –la hora del poder de las tinieblas (Lc 22,53).
Pero Jesús le pedirá al Padre que guarde a sus discípulos del Malo (17, 15) y su petición será escuchada. Por los méritos de la entrega de Jesús en la cruz, el Malo ya no tendrá poder alguno sobre los que han nacido de Dios por la fe (1 Jn 5, 18s), ya no es capaz de obligar a nadie a obrar como él quiere.
Y yo, una vez que haya sido elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. El ser elevado significa ser puesto en lo alto de la cruz, y también ser glorificado. Ya lo había intuido el profeta Isaías en su IV Cántico del Siervo sufriente de Yahvé: Será puesto arriba, elevado, exaltado... yo le concederé muchedumbres (Is 52, 13.15).
La cruz deja de ser patíbulo infame y se convierte en trono del rey, lugar e instrumento de su exaltación. Desde ella, el Hijo inicia su subida al Padre y atrae a todos sin excluir a nadie. El amor que salva, gloria del Hijo único del Padre lleno de gracia y de verdad (Jn 1, 14), resplandece más que nunca con todo su poder redentor.
Pero los oyentes de Jesús no lo entienden. ¿Cómo dice que será levantado? No aceptan un Mesías que muere crucificado. No pueden entender que es en la cruz donde se revela el amor de Dios. Ellos esperan un Mesías, cuyo reino de justicia y de felicidad se realizará en Israel y no tendrá fin. Un Mesías que muere crucificado no tiene ningún sentido para ellos. Dios no puede realizar así sus promesas. Nuevamente Jesús corrige la imagen que los hombres se forman de Dios.
¿Qué quieres decir con eso de que el Hijo del hombre tiene que ser levantado? ¿Quién es ese Hijo del hombre?, preguntan, pero sin ninguna disponibilidad para creer. Cuando no se da una búsqueda sincera de la verdad, no hay forma de entenderse. Jesús no puede hacerse comprender. Se limita a repetir lo que ya tantas veces ha dicho, que Él ha venido como luz de la que hay que dejarse guiar confiadamente, y añade que esta luz que tienen delante poco después desaparecerá como el grano que cae en tierra y muere para dar fruto.
Nuevamente el contraste entre luz y tiniebla. Jesús invita a caminar a la luz, es decir, a avanzar hacia la fe, acceder al amor que da sentido y dirección a la vida. Porque el que camina en la oscuridad no sabe a dónde se dirige. Así alcanza el ser humano la realización plena de su existencia. Llega a ser luz e hijo de la luz porque accede a la fuente de aguas vivas, el Espíritu. Lo mismo el creyente puede convertirse en una fuente de agua viva que fluye hasta la vida eterna (4, 14; 7, 37s), así también puede hacer de su persona un referente, un testimonio vivo de la verdad que libera al mundo de toda maldad opresora y cambia los corazones de las personas.

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