lunes, 13 de febrero de 2017

Piden una señal (Mc 8, 11-13)

P. Carlos Cardó, SJ
Jesús en el lago Tiberíades, óleo de Antonio Muñoz Degrain (1909), Museo del Prado, Madrid.
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los fariseos y se pusieron a discutir con él, y para ponerlo a prueba, le pedían una señal del cielo. Jesús suspiró profundamente y dijo: "¿Por qué esta gente busca una señal? Les aseguro que a esta gente no se le dará ninguna señal".
Entonces los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla.
La raíz fundamental de la fe es la confianza. Los fariseos y los expertos en la religión judía, junto con los parientes y paisanos de Nazaret habían visto muchos signos realizados por Jesús, pero no lo siguieron, no confiaron en él; lo presionaron para que fuera él quien obedeciera sus exigencias. Rechazaron la actividad que realizaba y le exigían pruebas para legitimarla; no les bastaron las demostraciones que había hecho de su misión mesiánica y de la verdad de su mensaje, y le pedían pruebas extraordinarias para creer. De hecho, aunque se las diera, no iban a creer pues habían endurecido el corazón: tenían la intención de tenderle una trampa.
En el fondo de todo esto puede verse la contraposición de los modos de pensar de Dios y los del mundo. Para Jesús, Dios es amor misericordioso que ofrece a todos su salvación: para los fariseos, en cambio, Dios domina con su poder y discrimina a los extranjeros. Jesús lamenta que los fariseos rechacen la idea de Dios que Él ofrece y, como consecuencia, hagan daño al pueblo y promuevan el odio y el desprecio a los paganos. Jesús no los excluye de su amor, pero jamás podrá darles una señal que los afirme en su error y mala conducta.
¿Por qué esta generación pide una señal? Detrás de esta exclamación de Jesús resuena la desolación que le causaba a Moisés la ingratitud de los israelitas: ¿Por qué se enfrentan conmigo? ¿Por qué ponen a prueba al Señor? (Ex 17,2). El pueblo no hacía más que tentar a su Dios, aunque habían visto sus obras (Sal 95, 10. Cf. Dt 32, 5-20; Is 1,2; Sal 78,8).
La base de la fe es la confianza y ocurre como en la amistad: cuando se exigen pruebas que demuestre la confiabilidad del amigo, simplemente ya no hay amistad. Debe bastar la palabra del amigo. Por eso Jesús rechaza la petición de un signo  y dejándolos, volvió a embarcarse y se dirigió a la otra orilla, es decir, les dio la espalda, no entró en su juego.
Jesús ha anunciado la buena noticia de la salvación ofrecida por Dios a todos. Su palabra pone al hombre en contacto directo con Dios. El ejemplo de su vida compasiva y misericordiosa, ofrece la posibilidad de realizar una humanidad nueva, una nueva forma de ser. Con la multiplicación de los panes y el significado del pan que se comparte ha hecho ver que la entrega de la vida es el camino para la auténtica realización de la persona. Nada de esto convence a quienes creen en un dios que avala o permite los privilegios injustamente obtenidos, el poder ejercido como dominio, la práctica de una religión que no conduce al amor efectivo de los demás, la profesión de una fe que no exige la práctica de la justicia. Jesús los rechaza tajantemente: Y dejándolos, volvió a embarcarse y se dirigió a la otra orilla.
La exigencia de signos espectaculares realizados con el fin de imponerse y doblegar a la gente fue una tentación del maligno para Jesús. Dios respeta la libertad de sus hijos que pueden acoger su ofrecimiento o rechazarlo, y respeta al mismo tiempo la verdad del amor que no requiere de pruebas y crea libertad. Quien ama a otro está siempre expuesto al rechazo; pero no puede constreñir a quien ama, aunque tenga que sufrir por su amor no correspondido. 

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