sábado, 18 de febrero de 2017

La transfiguración (Mc 9, 2-13)

P. Carlos Cardó, SJ
La transfiguración, ícono ortodoxo de Teófanes el Griego (1408), Galería Tretyakov, Moscú.
En aquel tiempo, Jesús tomó aparte a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos a un monte alto y se transfiguró en su presencia. Sus vestiduras se pusieron esplendorosamente blancas, con una blancura que nadie puede lograr sobre la tierra. Después se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro le dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». En realidad no sabía lo que decía, porque estaban asustados. Se formó entonces una nube, que los cubrió con su sombra, y de esta nube salió una voz que decía: «Este es mi Hijo amado; escúchenlo». En ese momento miraron alrededor y no vieron a nadie sino a Jesús, que estaba solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos guardaron esto en secreto, pero discutían entre sí qué querría decir eso de "resucitar de entre los muertos".
En el camino que va a Jerusalén, Jesús ha anunciado su pasión y los discípulos se han quedado consternados. Ahora quiere fortalecerles su fe.
Tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan y los llevó a solas a un monte elevado. Son los mismos tres que “tomará consigo” para que lo acompañen en el Huerto de los Olivos. Entonces le verán sentir miedo y angustia, en una tristeza mortal semejante a la agonía (Mc 14,32-43). Ahora se les concede experimentar una vivencia deslumbradora: la revelación de la gloria de Hijo único del Padre lleno de amor y lealtad. Y sólo después de su resurrección, comprenderán que el mismo Jesús que vieron glorificado en el monte fue el Mesías que vieron muerto en la cruz.
¿Qué ocurrió en la transfiguración? Los discípulos, de forma inesperada, ven que se les revela una dimensión oculta, indescriptible, de la persona de Jesús. Y se quedan atónitos, incapaces de expresar lo que vieron. Sólo atinan a decir que sus vestidos se volvieron  de una blancura tan deslumbrante como nadie en el mundo podría blanquearlos. Ante el misterio de Dios, oculto en la persona de Jesús, la palabra más elocuente es el silencio.
Se les aparecieron también Elías y Moisés. Esto quiere decir que Jesús se muestra como el realizador de la esperanza de los profetas (representados en Elías) y el que lleva a plenitud la antigua ley mosaica. Refiriéndose a Jesús, culminación de la revelación de Dios, Pablo dirá: En él habita la plenitud de la divinidad corporalmente y de ella participamos (Col 2,9).
Lleno de emoción, Pedro siente la tentación de quedarse allí, de no seguir adelante en el camino que conduce a Jerusalén. Quiere prolongar la visión y aumentar el gozo, por eso su propuesta ingenua y egoísta: ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres tiendas…
Vino entonces una nube… y se oyó una voz desde la nube: Este es mi Hijo amado, escúchenlo. Es la voz que había resonado en el bautismo de Jesús, cuando se abrieron los cielos y bajó el Espíritu sobre él. Esta voz del cielo responde a la pregunta: ¿Quién es Jesús? Confirma la confesión hecha por Pedro: Tú eres el Cristo, Hijo de Dios, y confirma el camino que Jesús recorre conforme a la voluntad de su Padre, camino del Siervo sufriente, Hijo amado del Padre que hay que escuchar y seguir. La gloria divina resplandece en Él y resplandecerá más aún en su cruz.
El pasaje está lleno de simbolismos. El monte en la Biblia es el lugar de la presencia de Dios. Moisés trata con Dios en el monte y allí recibe las tablas de la ley. En el monte de las Bienaventuranzas, Jesús proclama la esencia de su mensaje. En el Tabor se transfigura ante sus discípulos. Y en el Gólgota derramará su sangre, sello de la nueva alianza de Dios con la humanidad.
En la historia de la espiritualidad, la subida al monte ha sido el símbolo usado para designar el encuentro con Cristo, el logro de una mayor intimidad con Dios, una vida más alta, más coherente y fiel, sin dejar de insinuar que la subida implica esfuerzo continuo de conversión.
La luz es otro símbolo. El mundo celeste refulge en el rostro de Cristo y en el de todos los elegidos. Dice Pablo que el cristiano contempla la gloria de Cristo y se va transformando de gloria en gloria (2 Cor 3,7-16), es decir, su vida cambia. La vida de los discípulos, ensombrecida con los anuncios de la pasión, se ilumina con la esperanza de la resurrección. Esta esperanza nos da la certeza de que, a pesar de la niebla o la oscuridad, el corazón de la vida está lleno de la luz de Cristo.
Finalmente, la nube simboliza la presencia misteriosa de Dios (Ex 16: guiaba a los israelitas en el desierto). Pero la nube, tanto en el Jordán como en el Tabor se abre con la voz: Este es mi Hijo amado. Con él los cielos quedan abiertos para siempre. Y la voz –que es una orden: Escúchenlo–, traza el camino del cristiano y de la Iglesia. No pueden dar oídos a otras voces.
Nos toca descender del monte, ir a nuestros hermanos para compartir luces y sombras, gozos y esperanzas, miedos y certezas. El que nos llevó al monte, nos envía; y la escucha de su palabra nos da la garantía de que no nos abandona nunca. Todo se transfigura con su presencia.

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