miércoles, 15 de febrero de 2017

El ciego de Betsaida (Mc 8,22-26)

P. Carlos Cardó, SJ
La curación del ciego, óleo de El Greco (1567), Colecciones Estatales de Arte de Dresden (Staatliche Kunstsammlungen Dresden), Alemania
En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron a Betsaida y enseguida le llevaron a Jesús un ciego y le pedían que lo tocara. Tomándolo de la mano, Jesús lo sacó del pueblo, le puso saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntó: "¿Ves algo?" El ciego, empezando a ver, le dijo: "Veo a la gente, como si fueran árboles que caminan".
Jesús le volvió a imponer las manos en los ojos y el hombre comenzó a ver perfectamente bien: estaba curado y veía todo con claridad. Jesús lo mandó a su casa, diciéndole: "Vete a tu casa, y si pasas por el pueblo, no se lo digas a nadie".
En el pasaje anterior decía Jesús: ¿Tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen? (v. 18), y concluía: ¿Y aún siguen sin comprender? (v. 21). Se refería a la ceguera de los discípulos para entender su presencia en el signo del pan y el ideal de una vida que se entrega como el pan.
El milagro del ciego de Betsaida va a señalar el paso a la iluminación. Es el milagro que Jesús debe realizar en la comunidad de los cristianos, para hacerla capaz de reconocer en el signo del pan su presencia, y pueda así disponerse a acoger la sucesiva revelación (que se iniciará en Mc 8,31), de un Jesús Siervo sufriente que salva a su pueblo cargando sobre sí el pecado, el dolor y la muerte de sus hermanos.
El milagro se hace en dos etapas. Es un toque de ironía del evangelista Marcos: la ceguera de los cristianos de su comunidad es algo tan grave y difícil que requiere una doble intervención de Cristo para abrirles los ojos. Puede interpretarse también este detalle como una alusión implícita al aspecto trascendente de la revelación de Cristo, que supera todo entendimiento.
En un primer momento el ciego ve de manera imprecisa: está aún a medio camino entre las sombras y la luz, confunde a los hombres con árboles (v. 24). Como los discípulos que no comprendieron el significado del pan, y confundieron a Cristo con un fantasma (6,49), o como «la gente», que identifica a  Jesús con figuras del pasado, ya muertas (Juan Bautista, Elías, los profetas).
Conviene aplicarnos la pregunta: ¿Ves algo? (v. 23b). Nos servirá de preparación para la gran pregunta que vendrá después: Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? (vv. 27b.29a). Marcos, al igual que Pablo (cf. 1 Cor 11, 28), invita a examinarse uno mismo para ver si sabe discernir a Cristo en el signo del pan.
La respuesta que da el ciego (Veo hombres, pero me parecen árboles), demuestra lo lejos que se está aún de esto. Va ser necesaria una nueva intervención para que la comunidad, al igual que el ciego, llegue a ver de lejos perfectamente todas las cosas (v. 25). Esa es justamente la finalidad del evangelio: hacer ver claramente que en Jesús, pan de vida que se entrega libremente por amor a sus hermanos, se ofrece la realización de la vida humana más perfecta y lograda, la redención de toda forma de egoísmo que aliena la existencia, la orientación certera hacia la verdadera felicidad, antes y después de la muerte.
La repetición de la multiplicación de los panes y la doble curación del sordomudo y del ciego tienen, por tanto, la intención de dejar bien asentada esta lección fundamental que Marcos quiere dar a su iglesia: aquello que ocurrió en la vida de Jesús, debe ocurrir en la iglesia. Cristo abre los ojos de sus fieles para que entre en ellos la luz del evangelio.
Sólo después de esta iluminación, prosigue la segunda parte del evangelio, Jesús se manifestará como el Hijo de Dios y nos indicará el camino a seguir para llegar con Él a su gloria.
Brota espontánea en el corazón la oración del ciego de Jericó, que vendrá después y representa al verdadero seguidor de Jesús: Maestro mío, haz que recupere la vista (10, 51). Jesús vendrá con su luz y nos marcará el camino. Nos dirá: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida (Jn 8, 12).

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