lunes, 20 de febrero de 2017

Curación de un epiléptico sordomudo (Mc 9, 14-29)

P. Carlos Cardó, SJ
Jesús cura a los enfermos, óleo de Benjamín West (1817 – Versión 2), Hospital de Pennsylvania, Estados Unidos
En aquel tiempo, cuando Jesús bajó del monte y llegó al sitio donde estaban sus discípulos, vio que mucha gente los rodeaba y que algunos escribas discutían con ellos. Cuando la gente vio a Jesús, se impresionó mucho y corrió a saludarlo.
Él les preguntó: "¿De qué están discutiendo?" De entre la gente, uno le contestó: "Maestro, te he traído a mi hijo, que tiene un espíritu que no lo deja hablar; cada vez que se apodera de él, lo tira al suelo y el muchacho echa espumarajos, rechina los dientes y se queda tieso. Les he pedido a tus discípulos que lo expulsen, pero no han podido".
Jesús les contestó: "¡Gente incrédula! ¿Hasta cuándo tendré que estar con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganme al muchacho". Y se lo trajeron. En cuanto el espíritu vio a Jesús, se puso a retorcer al muchacho; lo derribó por tierra y lo revolcó, haciéndolo echar espumarajos. Jesús le preguntó al padre: "¿Cuánto tiempo hace que le pasa esto?" Contestó el padre: "Desde pequeño. Y muchas veces lo ha arrojado al fuego y al agua para acabar con él. Por eso, si algo puedes, ten compasión de nosotros y ayúdanos". Jesús le replicó: "¿Qué quiere decir eso de ‘si puedes’? Todo es posible para el que tiene fe".
Entonces el padre del muchacho exclamó entre lágrimas: "Creo, Señor; pero dame tú la fe que me falta". Jesús, al ver que la gente acudía corriendo, reprendió al espíritu inmundo, diciéndole: "Espíritu mudo y sordo, yo te lo mando: Sal de él y no vuelvas a entrar en él". Entre gritos y convulsiones violentas salió el espíritu. El muchacho se quedó como muerto, de modo que la mayoría decía que estaba muerto. Pero Jesús lo tomó de la mano, lo levantó y el muchacho se puso de pie.
Al entrar en una casa con sus discípulos, éstos le preguntaron a Jesús en privado: "¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?" Él les respondió: "Esta clase de demonios no sale sino a  fuerza de oración y de ayuno".
Después del anuncio de la pasión y de las reacciones contrarias de los discípulos, Marcos incluye este pasaje para mostrar la victoria de Jesús en su lucha contra el mal hasta en su último reducto, que es la muerte. El niño epiléptico es presentado como muerto. Los discípulos tienen que pedir la fe que los capacita para creer en la resurrección.
La impotencia de los discípulos para curar al muchacho proviene de su falta de fe. Recuerda lo ocurrido en la tempestad, cuando Jesús dormía y ellos se aterrorizaron y Jesús les dijo: ¿Por qué son tan cobardes? ¿Todavía no tienen fe? (Mc 8,40). Hace pensar también en la situación de la primitiva Iglesia después de la resurrección, cuando no sentían la presencia de Jesús en medio de las tribulaciones y persecuciones. El mensaje del relato va a ser claro: el sentimiento de impotencia sólo es superable con la fe, y ésta se ha de alimentar con la oración.
Literariamente el pasaje está compuesto por cuatro escenas concatenadas. La primera (vv. 14-19) muestra a la multitud, dentro de la cual están los discípulos y los doctores de la ley. Se destaca en ella la incredulidad que irrita a Jesús y le hace exclamar: ¡Generación incrédula! ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos?
La segunda escena (vv.20-24) corresponde al diálogo de Jesús con el padre del muchacho y la exhortación a creer más. La tercera (vv. 25- 27) es el enfrentamiento con el espíritu inmundo que concluye con la victoria de Jesús, presentada como un anticipo de la resurrección (muchos creían que el muchacho estaba muerto). Y la cuarta escena (28-29) enfoca la reunión privada con los discípulos. En ella Jesús les hace ver que para ser verdadero discípulo y poder continuar su obra es imprescindible mantener un relación personal con Dios, basada en la confianza, que se expresa y alimenta en la oración.
El espíritu es mudo y sordo, como se queda el discípulo por su repugnancia y miedo a la cruz del Señor, que le impide incluso preguntarle sobre su sentido: Ellos no entendían lo que quería decir y les daba miedo preguntarle (Mc 9, 32).
El padre del muchacho, por su parte, vive un proceso que es propio de todo cristiano en su camino de fe: Si puedes hacer algo, compadécete de nosotros y ayúdanos, dice en primer lugar, manifestando una fe imperfecta por medio de una plegaria condicionada: si puedes…No sabe hasta dónde llega el poder de Jesús o duda de que pueda resolverle un problema humanamente imposible. Además, los amigos de Jesús (los cristianos, miembros de su comunidad) no han podido y él ha perdido confianza.
Jesús le responde: ¿Qué es eso de ‘si puedes’? Todo es posible para el que tiene fe. Y esta respuesta mueve al hombre a dar el paso a la fe verdadera y a la oración perfecta, que abren el espacio para que se manifieste la acción de Dios. El poder de Jesús no tiene límite pero depende del hombre que ese poder tenga efecto. Y el hombre responde: Creo, Señor, pero ayúdame a tener más fe. Ahora el objeto de su petición es la fe que salva. Es la oración perfecta, pide justamente aquello sin lo cual no se recibe ningún favor, que es la fe misma. Parte de la humilde confesión de la propia incredulidad y desemboca en la confesión del poder de Dios, en la apertura a su señorío sobre todas las cosas y en el abandono completo en su voluntad; las tres primeras peticiones del padrenuestro, que deben estar presentes de alguna manera en todas nuestras plegarias.
Entonces viene el milagro. El muchacho que estaba sin vida, muerto, se despertó, es decir, resucitó. Los verbos que se emplean: lo levantó y se puso en pie, son justamente los verbos característicos del triunfo de Jesús sobre la muerte y de las primeras fórmulas de la fe pascual. La curación del muchacho epiléptico está puesta como un anticipo de la resurrección de Cristo.
Finalmente, Jesús se reúne en privado con sus discípulos en la casa. Allí, en el espacio más propicio para el encuentro con Él y para la escucha de su palabra, Jesús les hace ver que hay ciertos demonios que no pueden ser expulsados sino con la oración. Se describe gráficamente la opresión extrema que causan estos “demonios”: hacen que las personas se sientan por los suelos (cada vez que se apodera de él, lo tira por tierra) y pierdan su capacidad de valerse por sí mismas (el muchacho era sordomudo, convulsionaba, arrojaba espuma, le chirriaban los dientes).
Frente a tales situaciones, la fe hace confesar la propia impotencia y la confianza en el poder superior, que pertenece sólo a Dios y a quien hay que recurrir mediante la oración.

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